Por los fans Capítulo trece #4
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Capítulo trece #4

—¿Quieres hacer el favor de no convertir el baño en un puto submarino? —gruñe, dirigiéndose únicamente a mí, no a Bea.

«Porque, al parecer, yo siempre tengo la culpa de todo».

—No seas aguafiestas, hermanito —respondo con alegría, y Bea se tapa la boca para contener la risa—.

Dale una caladita a esta delicia. —Le ofrezco el porro, pero él lo tira al suelo de un manotazo y lo aplasta bajo la suela del zapato—.

Tío, eso no mola nada. —Frunzo el ceño—. Eres un cortarrollos.

—¿Qué coño haces aquí? —insiste, atacándome con esa hostilidad que lo caracteriza, de tal modo que me veo obligado a dar un paso atrás.

—Disfrutar de la fiesta. —Le guiño un ojo a Bea y ella se muerde el labio.

Kyran alterna su mirada asesina entre ambos.

—¿Os estabais liando?

—¡¿ Qué?! —Me río por la nariz.

Se adentra en el baño y me acorrala con los puños apretados a ambos lados.

—Lo que oyes. A mi amigo le gusta esta chica y no voy a permitir que vengas aquí a levantársela.

—Vale, se te está yendo demasiado la olla —contesto entre risas—. A ver, sí, tuvimos un rollete hace tiempo, pero no…

—Bea, sal de aquí, por favor —gruñe, sin quitarme los ojos de encima—. Voy a partirle la cara a este pringado y no quiero que te pase nada.

—Kyran, no nos hemos liado —dice ella suspirando, riéndose todavía un poco, aunque a él claramente no le hace gracia, y estoy empezando a preocuparme de verdad por la posibilidad de que me dé una buena tunda.

—Es mejor que te vayas —le repite, y luego se gira hacia mí con los ojos entrecerrados y la mandíbula tensa—. Ya me he hartado de tus tonterías de fumeta.

Miro a Bea, que ha dejado de reírse y parece algo intranquila. Como no me apetece montar ninguna escenita, y mucho menos con los del equipo de fútbol fuera, le dedico una sonrisa forzada.

—No te preocupes, Bea. —Le hago un gesto con la mano para restarle importancia—. Mi hermanito solo necesita unos segundos para calmarse. Vuelve a la fiesta.

Ella parpadea, confundida, mientras Kyran me arrincona contra el la­vabo.

—¿Seguro?

Asiento con la cabeza, rápido.

—Al cien por cien. Píllame algo de beber. Enseguida te alcanzo.

Bea se encoge de hombros, sale del baño y cierra la puerta, dejándome a solas con la bestia rabiosa y frustrada a la que tengo el dudoso placer de llamar hermanastro.

—Te quiero matar —dice entre dientes. Le pongo una mano en el pecho para frenarlo, pero me la aparta de un golpe—. En serio, cada vez que te veo la cara me dan ganas de partírtela.

—No lo hagas —murmuro, con el corazón latiéndome más fuerte que los bajos de la canción que está sonando.

—¿Por qué no? Si es lo que quiero… —Kyran me agarra del cuello y me inmoviliza contra el lavabo—. ¿Qué me impide hacerlo?

Está presionándome con tanta fuerza que tengo el culo apoyado sobre la encimera y la espalda pegada al espejo. Intento huir de su furia moviéndome hacia la izquierda, pero me estrella contra la pared y me fijo en su respiración agitada.

—Estás comportándote como un puto demente, Kyran —replico, manteniéndome firme y apoyándole ambas manos en el pecho para tratar de alejarlo—. Solo porque hayamos…

—Ni se te ocurra volver a mencionarlo —me interrumpe con un rugido. El sonido de nuestra respiración entrecortada reverbera en las paredes del baño junto a sus palabras.

—¡Si ni siquiera hemos hablado de ello todavía! —escupo—. ¿Por qué estás actuando como un psicópata? ¿Porque te gustó? ¡A nadie le importa una mierda!

Kyran se aprieta aún más contra mí y empiezo a sudar por todos lados. Desprende calor igual que un horno. Probablemente se deba a que está a punto de reventarse la ropa como Hulk por toda la rabia que tiene acumulada, pero la temperatura también parece estar subiéndole por nuestra proximidad.

Y por el roce de nuestros miembros…

—Te odio. —Su voz resuena en cada fibra de mi ser.

Al sentir los latidos desbocados de su corazón bajo las palmas, trago saliva.

Seguro que él lo ha notado, porque me está agarrando la garganta como si pensara estrangularme.

Sus ojos descienden un instante hacia donde tiene la mano, luego suben despacio hasta mis labios y vuelven a posarse en mis ojos. Entonces las pupilas se le dilatan.

«Vale… ¿Qué está pasando aquí? ¿Y por qué narices hace tanto calor de repente?».

Mis dedos cobran vida propia y se aferran suavemente a la tela de su camisa. Su respiración se vuelve más superficial y ahora es él quien traga saliva.

—¿Por qué me odias, Ky…? —pregunto en un susurro áspero.

—Porque sí —gruñe, sin dejar de presionarme contra la pared.

—¿«Porque sí»?

Le tiro de la camiseta para atraerlo hacia mí y él se acerca poco a poco, hasta que sus labios flotan sobre los míos y saboreo el aroma afrutado del alcohol que le impregna el aliento.

—Porque… —Traga saliva otra vez, y desliza de nuevo sus ojos curiosos, llenos de destellos verdes y dorados, hasta mi boca—. Porque eres… eres…

—No sabes por qué, ¿verdad? —Arqueo la espalda y pego el pecho al suyo, de tal modo que los torsos quedan completamente unidos.

Ya no parece tan furioso. Aunque todavía percibo algo de ira ardiendo en el fondo de su mirada, ahora se ha transformado más bien en un cuerpo tembloroso, desconcertado e indefenso. No sé qué leches está pasando entre nosotros, pero tengo todos los músculos tensos y la sangre me late en los oídos.

Una fuerza invisible nos mantiene pegados y no creo tener la voluntad suficiente para luchar contra ella. Quizá él tampoco…

Así que, en contra de toda lógica, le rozo los labios con los míos. Ni siquiera estoy seguro de ser yo el que lo hace… ¿Por qué iba a firmar mi sentencia de muerte de esta forma? Pero el caso es que está ocurriendo y el gesto le arranca a Kyran un gemidito de la garganta.

—Avi… —Pronuncia mi nombre con un suspiro tembloroso—. No…

El deseo me nubla la mente.

—No digas que no cuando en realidad quieres decir que sí … —respondo, separando ligeramente los labios sobre los suyos.

Su labio inferior encaja a la perfección entre los míos, como una pieza de puzle aterciopelada, y no puedo evitar darle un chupetón suave y vacilante.

«Ya que estoy… Tampoco pierdo nada».

Para mi sorpresa, él se pone a ronronear.

«Hostia puta. El rubio buenorro gruñón me está ronroneando en la boca».

«Mi puñetero hermanastro».

«Dios mío, qué ruiditos…».

Se me estremece la polla cuando afloja su agarre sobre mi garganta y me apoya tímidamente la mano sobre el pecho. Tiro de él para acercarlo aún más y vuelvo a besarlo…

Me es imposible resistirme.

En cuanto nos damos cuenta de que estamos besándonos de verdad, nos desatamos y pasamos de cero a cien en un segundo.

En un abrir y cerrar de ojos, dejamos de rozarnos los labios con timidez y nos lanzamos el uno sobre el otro con voracidad.

Nos chupamos con ansia y abrimos más la boca para enredar las lenguas de una forma salvaje, codiciosa y brutalmente excitante.

A Kyran se le escapa un gemido bajito y yo gimo también, soltándole la camiseta para hundirle los dedos en el pelo.

Me presiona más fuerte contra la pared, pero le respondo con la misma fuerza, luchando por hacerme con el control, aunque él parece haber sucumbido al hechizo de nuestros besos embriagadores y me lo cede sin resistencia.

Al morderle el labio, suelta un quejido de placer. Se aferra a mi pecho con dedos temblorosos y el sonido húmedo de nuestras bocas inunda el diminuto baño.

—Cierra la puerta —me ordena entre jadeos mientras nos devoramos.

—Ya está cerrada —gruño, deslizándole una mano por la espalda y sujetándole la mandíbula con la otra.

Me maravilla lo cincelada y afilada que la tiene.

Notar cómo la mueve al besarme provoca que se me ponga la polla dura como una piedra y se quede encajada entre ambos.

Lo atraigo hacia mí por la parte baja de la espalda para sentirlo y compruebo que, efectivamente, a él se le ha puesto igual de dura que a mí. Puede que incluso más.

«Madre mía, ¿por qué me gusta tanto su polla?».

—Echa el pestillo —me exige, deslizándome la lengua en la boca para acariciar la mía—. La puerta, Avi… Por favor, échale el pestillo.

«Joder… Esa lengua me vuelve loco…».

«Esto está mal a todos los niveles».

Alargo el brazo por detrás de él y echo el pestillo como buenamente puedo. Una vez que lo he logrado, vuelvo a agarrarle el culo y se lo amaso con ansia hasta que le saco otro gemido.

—¿Has echado el pestillo? —susurra entre besos salvajes y febriles.

— Sí, Kyran, he echado el puto pestillo —murmuro, harto de su obsesión por controlarlo todo. Acto seguido, le tiro del pelo con fuerza y le succiono los labios con tanta intensidad que le dejo un moratón.

—Pues atráncala —gimotea, estremeciéndose contra mí.

Me río en su boca.

—¿Con qué?

—Con lo que sea, pero hazlo —replica en un tono de voz ronco y suplicante—. No puede enterarse nadie. Absolutamente nadie. ¿Me oyes, Avi?

Asiento con la cabeza, le paso la lengua por el labio y lo atrapo entre los dientes.

—Sí, cari, ya me ha quedado claro.

—Ni se te ocurra llamarme así —bufa, y lo empujo contra la puerta.

—Perdón, estaba pensando en otra persona —bromeo, mordiéndole la boca hasta que ronronea de nuevo. La polla me palpita con fuerza de la excitación—. Usa ese cuerpazo tuyo para bloquearla.

—Cállate —resopla con rabia—. Esto no cambia nada. Sigo odián­dote…

—Ajá —respondo, frotándole la polla con la mía a través de los pantalones.

—Y lo hacemos solo por el dinero…

—Pero si no estamos grabándolo —digo, rozándole el pezón con la palma de la mano por encima de la tela. Él suelta un quejido de placer y siento que me derrito.

—Pues grábalo, joder —contesta con un jadeo, jugueteando con los botones de mi camisa de manera impaciente.

No creo que nos haga falta grabar ahora mismo, y ese pensamiento me hace ser consciente de que, sea lo que sea lo que estamos haciendo, no es por los fans.