Por los fans Capítulo trece #3
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Capítulo trece #3

Kyran se echa hacia un lado, carraspea y clava la vista en su vaso. Desvío sutilmente los ojos hacia él y nuestras miradas se cruzan un instante antes de que vuelva a concentrarse en su bebida, intentando dar con una excusa para huir de esta situación tan incómoda.

—Ey… —saludo a Kyran entre dientes. Acto seguido, me pego más a Frankie y la miro con una ceja levantada—. ¿Qué pasa, bestie ?

—Nada —responde con una voz cantarina, apoyándome la cabeza en el hombro—. Solo estábamos charlando.

—¿Sobre qué? —gruño en voz baja. Ella esboza una sonrisita y me guiña un ojo, pero no me responde.

«Esta tía se ha levantado hoy con ganas de poner a prueba nuestra amistad».

—¿Qué haces aquí, Avi? —resopla Kyran a mi derecha, y me giro para encararlo.

Tiene el ceño fruncido, como siempre, porque está claro que la incomodidad del momento no supera al desprecio que siente hacia mí.

—Pues, a ver, Kyran, a juzgar por toda la gente, el alcohol y la música…, yo creo que es bastante obvio que he venido a hacerles la declaración de la renta a todos. —Pongo los ojos en blanco y le doy un sorbo a mi bebida mientras Frankie estalla en carcajadas.

—Mira, listillo —refunfuña él, visiblemente molesto por mi bromita—, hay un montón de fiestas en el campus, no hace falta que vengas a las de mis amigos.

Se me escapa una risita por la nariz.

—No seas tan llorica, imbécil. Mis amigos también están aquí. De hecho, algunos parecen muy acarameladitos con los tuyos. —Señalo a Bea y a Theo, que están comiéndose con los ojos a escasos metros de nosotros—. Así que, ¿por qué no te relajas un poco?

—Como me vuelvas a decir que me relaje… —brama Kyran, acercándose a mí lentamente, como un lobo rabioso a punto de abalanzarse sobre su presa.

—Esto es justo lo que estaba esperando —murmura Frankie emocionada, y ambos la fulminamos con la mirada, pero no se corta ni un pelo. Sonríe con malicia y se queda observándonos con unos ojos bien abiertos y chispeantes, llenos de curiosidad.

—En fin, me la pela —respondo, poniéndome de pie y agarrando a Frankie del brazo—. Paso de quedarme aquí escuchando tus dramas, la música de la fiesta es menos deprimente.

Me llevo a mi amiga a rastras y apuro lo que me queda en el vaso.

Tengo la cara y el cuello ardiendo, tanto por el alcohol como por el mal rollo con el que Kyran va contaminando el aire a su paso.

Aunque la bebida ya ha empezado a hacer efecto y me noto un poco mareado, igualmente voy directo hacia Zeb y le pido otro de sus cócteles letales.

«Con don Berrinches ahí lanzándome miradas asesinas toda la noche, me va a hacer falta».

—¿Por qué te has sentado con él? —le pregunto a Frankie en voz baja, con tono de reproche—. Sabes que me odia y que cada vez que estamos a pocos metros pasamos un mal rato.

—Ah, ¿te refieres a esos malos ratos que habéis grabado para tu OnlyFans? —contesta, ladeando la cabeza con una sonrisita sabionda.

Abro los ojos de par en par y echo un vistazo alrededor para asegurarme de que nadie haya oído nada. Pero, como siempre, no hay ni un alma pendiente de nosotros.

Frankie pone los ojos en blanco.

—Vale, Avi, ahora eres tú el que necesita relajarse un poco.

Solo estábamos hablando. Y, siendo sincera, esperaba que aparecieras y se produjera esa tensión ardiente que os sale sin querer cuando estáis juntos.

—Me da un codazo y se inclina hacia mí para susurrarme al oído—: A lo mejor así se os ocurre más contenido picantón para luego.

Aprieto la mandíbula.

—Estás metiendo las narices donde no te llaman, Frances. Para ya.

Se encoge de hombros sin ningún tipo de remordimiento y se da la vuelta para hablar con Micah. Entonces deslizo los ojos de nuevo hacia el sofá, pero Kyran ya se ha ido.

Suelto un suspiro de alivio, y tal vez de algo más que no pienso detenerme a analizar. A continuación, acepto el vaso que me tiende Zeb y los cuatro nos entregamos de lleno a la fiesta, que para eso he venido, pese a lo que piense el soplapollas de mi hermanastro.

La noche sigue su curso. Los demás se emborrachan, gritan, ríen, bailan y se enrollan unos con otros.

Cuando por fin me paro a charlar con Bea unos segundos, aprovecha la oportunidad para contarme con todo lujo de detalles que le ha tocado el rabo a Theo y que está segurísima de que lo tiene enorme y precioso.

Aunque intento beber con moderación, me es imposible.

Kyran se pasa toda la noche en la otra punta de la habitación, haciendo tonterías con sus colegas del fútbol y fulminándome con la mirada de vez en cuando.

Creía que ya había aprendido a ignorar sus gilipolleces, pero, desde que empezamos a grabar juntos, su humor parece afectarme más de lo que me gustaría, y eso me saca de quicio.

Guty, el compañero de cuarto de Kyran, se coloca en todo el centro y se pone a presumir de sus alucinantes dotes como bailarín de breakdance. Estamos partiéndonos de risa y vitoreando al unísono cuando Zeb me da un codazo en el costado.

—Ese tío está buenísimo —susurra, y giro el cuello, un poco atontado por la bebida, para mirarlo boquiabierto—. ¿Qué? No te sorprendas tanto. Solo estoy siendo objetivo.

—Es que es el tío más hetero que te puedas echar a la cara —respondo entre risas, contemplando los pasos de baile de Guty.

Zeb se encoge de hombros.

—Me van los retos.

Pongo los ojos en blanco, resoplo y recorro con la mirada la multitud que se mueve al ritmo de la música.

Me detengo en seco al ver a Lexi Erikson, la amiguita animadora de Kyran, deslizándole las manos por el pecho y susurrándole algo al oído.

Él parece estar un poco aburrido, pero, aun así, tiene la mano apoyada en su cintura mientras ella le besa la mandíbula.

De pronto, clava los ojos en los míos. Me llevo el vaso a los labios para distraerme y trato de aparentar indiferencia, pero no soy capaz de romper el contacto visual. Encima, ahora Lexi está lamiéndole la oreja y chupándole el lóbulo…

«Tal y como él me hizo a mí. En secreto».

Arqueo una ceja y se me dibuja una ligera sonrisa involuntaria en los labios. Al reparar en ella, los ojos de Kyran comienzan a rezumar rabia. Agarra a Lexi por la cara y le hunde la lengua en la boca con una especie de violencia desesperada, como si estuviera cavando en busca de oro.

«En serio, ¿acaso le apetece besarla? ¿Qué intenta sacar de todo esto?».

Sigo observándolo y veo cómo abre los ojos despacio y los posa de nuevo en los míos, sin dejar de mover los labios descaradamente sobre los de Lexi.

«¿A qué viene este numerito? Ya nos ha quedado bastante claro que te molan las tías. No eres tan especial».

Estoy empezando a hartarme de la fiesta y de la ansiedad que me está provocando toda esta tontería sin motivo alguno. Al girarme, distingo a Bea subida a los hombros de Theo mientras él galopa por la habitación como un caballo, así que me abro paso entre la multitud para acercarme a ellos.

—Corazón, creo que voy a irme ya… —le digo a Bea, que está sirviéndose un chupito de Fireball.

—¡No! No te vayas todavía —lloriquea.

—Eso, tío —farfulla Theo—. Es muy temprano.

—No es tan temprano… —murmuro, sacándome un porro y el mechero del bolsillo de la camisa.

—Ay, ¡qué buena idea! —exclama Bea, bajándose de los hombros de Theo—. Vamos a fumar. —Se vuelve hacia su ligue y le bate las pestañas—. ¿Podemos ir a tu baño, porfa, pastelito?

Él parece querer protestar, pero Bea ha ido a por todas y está pasándole las uñas por los abdominales por encima de la camiseta para camelárselo, de modo que se limita a fruncir los labios.

—Vale, pero echad el humo en un trozo de papel higiénico o algo por el estilo. —Bea chilla de emoción, le da un beso en la mejilla y, a continuación, me agarra del brazo para tirar de mí hacia el baño—. ¡Y echad un huevo de ambientador!

—No es mi primer rodeo, vaquero —le grito, guiñándole un ojo conforme nos alejamos.

—Perdón, graciaaas —dice Bea con voz cantarina cuando llegamos a nuestro destino, colándose delante de toda la gente que está esperando para entrar. Me empuja hacia el interior del baño y cierra la puerta.

Enciendo el porro entre risas y le doy una calada larga antes de pasárselo.

Luego cojo un rollo vacío, lo relleno con papel para montarme un vaporizador improvisado y echo el humo dentro a la vez que Bea nos rocía con ambientador como una loca.

—¿No te parece que Theo está buenísimo? —me pregunta, girando sobre sí misma.

Intento soltar una risita sarcástica, pero me acaba saliendo una de verdad.

—Qué voy a saber yo…

—Avi, venga ya —murmura, abanicando el aire para disipar el humo—. Que a ti también te van los tíos.

Me quedo paralizado.

—¿Eso quién lo dice?

—Yo —contesta con una sonrisa, y me relajo un poco—. Y tú. ¿O es que ya se te ha olvidado que el otro día nos comentaste a Frankie y a mí que el tío de la peli que estábamos viendo te ponía?

Frunzo el ceño, intentando recordar en qué momento dije yo eso.

«Joder, macho, tengo que dejar de hablar con la gente cuando voy colocado hasta las cejas».

—Ah, ¿te refieres a Mandarina, el de Bullet Train ?

Se echa a reír y asiente con la cabeza.

—Lo que dije fue que me gustaba su acento, pero solo de manera objetiva. —Trago saliva—. Y su bigote…

Bea pone un puchero y me pellizca los mofletes.

—Qué mono eres.

—Quita, déjame —refunfuño, apartándole la mano, y ella sigue partiéndose el culo.

—Eh, ya me conoces —responde, arrebatándome el porro de los dedos—. No discrimino por genitales. —Esboza una sonrisa radiante y no puedo evitar descojonarme—. Me da lo mismo carne que pescado: si la persona está buena, me vuelvo una guarra.

Nos entra el pavo y empezamos a reírnos sin parar mientras se pone a perrear delante de mí y a corear:

—¡Guarra, guarra, guarra!

Entonces la puerta se abre de golpe y nos damos de bruces con el encantador de mi hermanastro y su cara habitual de chupar limones.