Por los fans Capítulo trece #2
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Capítulo trece #2

—Me da igual. No me apetece ir a una fiesta llena de jugadores de fútbol americano que, aparte, son amigos de mi hermanastro, para ver cómo hacen el pino sobre el barril de cerveza o se lían a saco con todas las tías que pillan.

Me dedica una mirada de complicidad.

—O sea que por eso no quieres ir…, porque te da miedo que tu compañero secreto de corridas esté allí con su novia la animadora…

—Vale, lo primero: no es su novia —mascullo con la mandíbula tensa mientras Frankie ladea la cabeza y sonríe con suficiencia—.

Segundo: a mí me importa un pito lo que haga con su vida…

Y tercero… —La voz se me apaga por los nervios—.

Que no, que me la suda. No vas a arrastrarme hasta allí y punto.

Además, ¿para qué vais vosotros a esa fiesta?

Si los jugadores de fútbol americano son lo más soso del mundo.

—Bea quiere tirarse a Theo —dice Frankie, encogiéndose de hombros.

Resoplo y me froto los ojos. Bea lleva detrás de Theo desde el año pasado. De vez en cuando se lían, pero, conociendo a mi amiga, sé de sobra que se muere por arrancarle la ropa a bocados. La verdad es que no me sorprende… Theo está para comérselo.

«Pero eso no viene a cuento ahora. ¿Y qué me ha dado a mí últimamente con los jugadores de fútbol americano?».

La mente me va a mil por hora. El caso es que no quiero compartir el mismo espacio con Kyran de manera voluntaria, mucho menos después de lo que hemos hecho juntos. Si estando solos ya somos un peligro, con más gente alrededor se desataría el caos seguro.

—No puedes esquivarlo eternamente, Avi —dice Frankie, colándose en mis pensamientos—.

Vais a la misma universidad. Si queréis seguir con vuestro trabajillo clandestino, tenéis que aprender a convivir sin incomodaros —añade, y me da un codazo mientras asimilo sus palabras—.

Si no, imagínate lo mal que lo vais a pasar en la próxima reunión familiar. ¿No volvéis los dos a casa por Navidad?

«Hostia puta… Ni me lo había planteado».

Supongo que tuve suerte de que no pudiera ir a la cena de Acción de Gracias. A saber cómo habría acabado todo si él hubiera estado también allí…

Por más que me fastidie admitirlo, Frankie tiene razón.

«Atiborrarme de comida china y ver la tele me daría muchos menos quebraderos de cabeza…».

—Bueno, vale… —murmuro, y ella se pone a dar saltitos de alegría—. Me lo pensaré. Aunque no prometo nada.

—Genial. —Me da un beso en la mejilla y sale disparada hacia el tren, pero, antes de subirse, grita por encima del hombro—: ¡Ponte guapo! Tienes que impresionar a tu novio secreto… —Me guiña un ojo y la sangre me hierve de rabia.

—Que me la… —comienzo a vociferar, pero ya se ha ido, así que suelto la última palabra suspirando— pela.

Es verdad. Me la pela impresionar a Kyran, y sé que solo lo ha dicho para chincharme, pero, aun así, por alguna razón que no logro comprender, tengo los nervios a flor de piel y me sudan las manos.

Me muerdo el labio, doy media vuelta y me dirijo a mi residencia.

«Madre mía. ¿Y yo qué leches me pongo?».

Es una idea pésima.

Ese hecho no ha cambiado en el transcurso de las últimas horas, mientras fumaba, me duchaba, fumaba otra vez, me vestía y luego volvía a fumar frente al espejo, evaluando mi atuendo.

Al final he optado por ponerme mis botas negras favoritas, unos vaqueros negros rotos y una camisa de cuadros roja y negra. Llevo el pelo despeinado, como a mí me gusta, y las uñas recién pintadas de negro, igual que siempre.

Solo que ahora, al verlas, no puedo evitar acordarme del comentario que me hizo Kyran la última vez que estuvimos juntos.

Me da igual que se haya fijado en ellas. Llevo años pintándomelas de negro. Pero, aun así, sus palabras no dejan de resonar en mi cabeza cada vez que me miro las manos.

«Rollito antisistema, dice… Puf. Será borrego, el tío».

«Aunque igual empecé a hacerlo justo por eso…».

«Me cago en su estampa. Si es que me lo jode todo».

Se las ha apañado para cargarse hasta mi despertar bisexual. Ahora, cada vez que me apetezca tontear con un tío, se me va a venir a la mente su cara de tontaina.

«Puaj».

Subo las escaleras del edificio Walsh hasta la planta de Theo con un humor de perros. Cuando entro en el pasillo, comienzo a oír música y voces, lo que contribuye a ponerme aún más nervioso. Odio ir por mi cuenta a las fiestas.

«Debería haber llamado a Zeb o a Micah para que me acompañaran».

Me he asegurado de llegar elegantemente tarde, porque, si ya de por sí no me gustan nada este tipo de fiestas, presentarse antes de que la gente se haya puesto contentilla es muchísimo peor.

Me acerco a la puerta sin prisas y, al asomarme, enseguida localizo a Bea hablando con Theo, así que decido armarme de valor e ir a saludar.

Entro a la fiesta al ritmo de los bajos de la suave melodía de Two Feet que está sonando, intentando ignorar las miradas que parecen gritar «¿y este qué pinta aquí?

» y que se me adhieren como si estuviera cargado de electricidad estática.

Trato de evitar el contacto visual con los demás y voy directo hacia Bea, pero alguien me agarra del brazo antes de que la alcance.

—¡Ey!, ¿qué pasa, chula? —Zeb me da dos besos en las mejillas, como si se creyese europeo.

—Anda, ¡mira quién ha venido! —grita Micah.

—Qué hay… —murmuro, obligándome a no desviar los ojos para buscar a mi hermanastro.

—Uy, a alguien le hace falta pillarse un buen pedo —se burla Zeb—. Toma, prueba esto.

Me ofrece su vaso, lo huelo y pongo cara de asco al instante.

—Dios bendito… ¿Qué coño es?

—Es mi cóctel estrella. —Sonríe—. Lo llamo el Sex on the beach con Zeb.

—Mi madre me ha dicho que no acepte bebidas de desconocidos —respondo entre risas y, acto seguido, le pego un trago largo al vaso—. Espero que la droga haga efecto rápido.

—Amén, hermana —bromea Zeb—. No veo la hora de tenerte a mi merced. —Me guiña un ojo y me quedo mirándolo fijamente.

—Esta bebida, al igual que la idea de follar contigo, es asquerosísima —respondo en tono burlón, y él finge ofenderse—. ¿Dónde está Frankie?

Doy otro sorbo y echo un vistazo alrededor, ya un poco más animado que antes, en parte por el alcohol, pero también por la sensación de seguridad que me aportan mis amigos. Siempre me levantan el ánimo. Aunque seamos todos unos apestados, al menos nos tenemos los unos a los otros.

—Pues no te lo vas a creer, pero está camelándose al campeón de tu hermanastro —responde Micah, señalando con la cabeza hacia el otro extremo del cuarto.

De pronto, se me tensa todo el cuerpo y, cuando veo a Frankie hablando tan tranquilamente con Kyran en el sofá, el pulso se me dispara. Él le sonríe con amabilidad y se ríe de las barbaridades que seguro que le está soltando.

Se me forma un nudo extraño en el estómago al contemplarlos y fijarme en lo relajado que parece Kyran recostado en el sofá, con la mano de Frankie en la rodilla.

«¿Están… tirándose la caña?».

«Imposible… Kyran no es para nada el tipo de Frankie, y a él tampoco le van las chicas como ella».

Pero entonces se me vienen a la mente imágenes de ellos dos besándose, ella masturbándolo y él lamiéndole el coño durante nuestro intento chapucero de trío, ese que nos ha conducido directos al lío en el que estamos metidos ahora.

«Supongo que solo iba detrás de Frankie aquella noche…».

Me acabo de un trago la colonia que ha preparado Zeb, toso y le extiendo el vaso.

—Échame más, anda.

El autor del cóctel explosivo se pone contentísimo, pero apenas le hago caso. Estoy demasiado ocupado observando cómo Frankie le recorre el hombro a mi hermanastro con sus largas y brillantes uñas.

—Esos han follado —dice Micah, y giro la cabeza en su dirección como un látigo.

—¿¡Qué!?

—Sí… En la fiesta de Halloween —prosigue, provocando que se me activen todas las alarmas.

—Vaya… —contesto, y vuelvo a posar los ojos en ellos de manera despreocupada para disimular.

—Lo vi saliendo de su habitación y se largó inmediatamente después.

Miro a Micah de reojo.

«Bueno, parece que no me pilló a mí escabulléndome de esa misma habitación, así que imagino que es buena señal».

—Creía que estaba con la animadora esa —añade, sorbiendo de su bebida—. Lexi no sé qué…

—No están juntos —suelto de golpe, y él alza una ceja—. O sea, de forma oficial. No sé…

«¿Qué cojones me pasa?».

«¿Y dónde coño se ha metido Zeb, que no me trae la puta bebida?».

Al cabo de unos segundos, aparece mi amigo el coctelero pisando huevos, con el brazo extendido para ofrecerme el vaso.

—Te he hecho uno doble.

Se lo arrebato de las manos y me lo bebo de un tirón, ignorando el ardor que me deja en la garganta.

—Bueno, más bien uno triple… —murmura—. Ve con cuidado, bombón, que eso lleva por lo menos cinco tipos distintos de alcohol.

—Ajá… —murmuro, haciendo caso omiso de sus palabras mientras me centro de nuevo en Kyran y Frankie, como si una fuerza invisible me arrastrara hacia ellos.

Ella levanta la vista y, al darse cuenta de que los estoy observando, me hace señas con una sonrisa pícara para que me acerque.

Niego con la cabeza, pero se queda mirándome con los ojos entornados, como si no pensara darse por vencida.

Ignorando mi sentido común, les murmuro una excusa a Micah y a Zeb y cruzo la habitación intentando aparentar la mayor naturalidad posible.

Kyran no se percata de mi presencia hasta que estoy justo enfrente de él. Cuando me ve, la expresión le cambia por completo y se le va casi todo el color de la cara, como si estuviera ante un fantasma al que le ha comido la polla debajo de la sábana.

—¡Churri! —chilla Frankie, agarrándome de la mano y tirando de mí hasta que tropiezo y voy directo hacia un lado del sofá; sin embargo, como es la maldad personificada, se mueve en el último segundo y acabo apretujado entre ambos—. ¡Ya está aquí el churri!