Por los fans Capítulo doce #4
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Capítulo doce #4

«Voy a tener que pillarme una buena cogorza cada vez que venga a este sitio… No me apetece ser consciente del rumbo que está tomando todo esto».

Cojo la botella, me sirvo un poco más y deslizo los ojos hacia el salón. El sofá me recuerda a la última vez que estuve aquí.

«Con la mano de mi hermanastro alrededor del…».

—¿Dónde está el chisme ese…? —digo con la voz ronca, intentando no pensar en los nervios que me atenazan—. El trípode o como se llame.

Avi guarda silencio un momento y, cuando echo un vistazo, lo veo mirándome con un interés curioso, como el que observa a un perro que cree que puede morderlo.

—En la habitación —responde, sorbiendo con calma de su vaso.

Asiento y me dirijo hacia allí a regañadientes, pero, por desgracia, estar dentro de aquella estancia solo contribuye a incrementar mi ansiedad.

Su cuarto es un poco más grande que el mío, aunque está dispuesto de la misma forma, con dos camas y dos escritorios.

La suya está deshecha, con las sábanas revueltas, y ha utilizado la otra, en la que claramente no duerme nadie, para colocar su ropa y otras pertenencias.

Estuvimos viviendo en la misma casa varios años, así que tampoco es que me sorprenda este desorden.

«Menos mal que nunca compartimos habitación. Seguro que habría acabado tirándome por la ventana».

Ya tuve bastante con compartir el baño con él. Los lavabos parecían pertenecer a dos mundos diametralmente opuestos: uno de extrema pulcritud y otro de puro caos.

Me cuelo en la habitación y ojeo los papeles que tiene desperdigados por el escritorio. Son dibujos de gente, caras y distintas escenas. El nivel de detalle es bastante impresionante, pero no quiero fijarme mucho en ello, y menos cuando oigo que entra, con los pies descalzos.

—Entonces…, ¿estás aquí solo? —pregunto, dándole un trago a mi vaso—. ¿Cómo es que no tienes compañero?

Se acerca al trípode y comienza a trastear con una cámara de vídeo. El estómago me da un vuelco al verla.

«Eso es nuevo…».

—No sé. —Suelta un suspiro y se encoge de hombros—. El tío que me asignaron no se ha presentado por aquí todavía.

—Bien. —Poso los ojos fugazmente en los suyos—. Nos viene bien, quiero decir. Por la privacidad y todo eso…

«Joder, qué situación más incómoda».

Me froto la nuca y le doy un trago más generoso a mi vaso.

«Por favor… ¿Cuánto va a tardar esto en hacerme efecto?».

Avi no dice nada. Se tira en la cama, pone el vaso en el suelo y se recuesta sobre los codos. Me irrita que siempre parezca mucho más relajado que yo. No sé si se debe a los porros o si sencillamente le da igual todo, pero el caso es que vive en un estado perpetuo de despreocupación absoluta.

Me dedico a cambiar el peso de pierna unos segundos que se me hacen eternos mientras Avi juguetea con el esmalte de las uñas, como si tuviera todo el tiempo del mundo y ninguna de las inquietudes que a mí me asaltan.

Al final, me acerco con cautela, me siento a los pies de su cama y me termino el resto de mi bebida.

—¿Lo de pintarte las uñas forma parte de tu rollito antisistema o cómo va la cosa? —pregunto, colocando el vaso vacío en el suelo.

—Si te consuela pensar eso… —se burla.

—No busco ningún tipo de consuelo —gruño—. Solo estoy intentando sacar algún tema de conversación.

Clava los ojos en los míos.

—¿Has venido a charlar o a currar ?

Aprieto la mandíbula.

—Discúlpame por tener que mentalizarme antes. Se ve que no me interesa tanto como a ti experimentar con la bisexualidad.

—Por Dios, relájate, tío. —Deja caer la cabeza sobre la almohada con una risita entrecortada—. Cuantas más vueltas le des, más raro te va a parecer.

Lo fulmino con la mirada.

—¿Y qué coño quieres que haga? ¿Que me abalance sobre ti y ya está? No me atraes, Avi.

Él inclina la barbilla y me observa con los ojos entrecerrados, provocándome un calor indeseado en el cuello.

«Debe de ser por el alcohol».

—Ah, ¿no? —Arquea una ceja, y yo niego firmemente con la cabeza—. ¿Ni siquiera un poquito…?

—No —contesto rechinando los dientes mientras él se incorpora en la cama.

Cuando lo veo quitarse la camiseta de un tirón y lanzarla a un lado, el pulso se me acelera de los nervios. Detesto con todas mis fuerzas que mi cuerpo reaccione de esta forma. No tiene ningún puto sentido.

No quiero ponerme nervioso delante de él, y mucho menos que se crea que es porque disfruto haciendo esto.

Me niego.

—Pues entonces debes de ser un actor cojonudo. —Avi tuerce la boca en una media sonrisa, revelando uno de sus puñeteros hoyuelos—. Olvídate del fútbol y vete a Hollywood, no vaya a ser que el mundo se pierda al próximo Jake Gyllenhaal.

Los músculos se me tensan de la frustración.

—Me lo estás poniendo aún más difícil con tus bromitas, capullo.

Se inclina hacia mí y me coloca una mano en la cadera, dejándome inmovilizado. Intento echarme a un lado, pero los latidos del corazón comienzan a retumbarme en la cabeza al percatarme de que no tengo escapatoria.

—Por mucho que estemos fingiendo por la pasta, no puedes negar que te corriste, Kyran —murmura—. Yo estaba a tu lado. Te vi.

—Eso no significa nada… —respondo, forzándome a no pensar en el calor que me envuelve en esta burbuja de tensión que se ha formado a nuestro alrededor, en su aliento con aroma a canela y azúcar, ni en su olor a clavo, un toque de maría y algo familiar que no logro identificar.

Aunque tampoco es que quiera. Lo único que me interesa es salir de esta lo más entero posible para poder quedarme en la universidad.

«Céntrate. Piensa en el dinero».

Da la impresión de tener un montón de comentarios sarcásticos en la punta de la lengua, pero se los guarda. En su lugar, levanta la mano y la desplaza con lentitud hacia la cremallera de mi sudadera. Nuestras miradas se cruzan y él arquea ligeramente una ceja, como si me pidiera permiso.

Me encantaría denegárselo de forma contundente; sin embargo, me limito a asentir con timidez.

Baja la cremallera y sigue con la mirada su recorrido.

Luego comienza a quitarme la prenda por los hombros y, pese a mis reservas, lo ayudo a desha­cerme de ella.

Tomo una bocanada de aire y me saco la camiseta por la cabeza antes de que intente hacerlo él, porque no quiero que parezca que me está desvistiendo.

De repente, me recorre la cintura con el dedo índice, justo donde se ve la goma de mis calzoncillos asomando por debajo de los pantalones de chándal.

—¿Qué te crees que estás haciendo? —lo increpo, agarrándole la muñeca con la mano.

—Te estoy tocando, Kyran —musita con un tono de impaciencia en la voz que me despierta un incómodo cosquilleo en el estómago—. ¿No quieres que lo haga?

—No —gruño—. No quiero.

Él inclina la cabeza y me mira fijamente.

—Entonces, ¿a qué has venido?

Separo los labios, pero no tengo ni idea de qué decir. No hay forma de hacer esto sin que me toque. Esa es la triste realidad de esta situación de mierda.

Así que me trago los nervios, le suelto la muñeca y me quito los zapatos a patadas, que caen al suelo con un golpe sordo.

—Has aparecido rapidísimo después del partido… —susurra con sensualidad, colocándome una mano en el muslo—. Imagino que ese beso con la Barbie animadora no ha llegado a ninguna parte…

—¿A t-ti qué te importa? —Me noto la garganta tan seca y rasposa que no puedo evitar tartamudear.

Se encoge de hombros y me acerca la puñetera mano a la entrepierna.

El corazón me golpea las costillas con fiereza y me quedo paralizado, vigilándola como si se tratara de una cobra venenosa, pero entonces se desvía de su camino, asciende hasta los abdominales y me acaricia la franja de pelo que me nace en esa zona, provocando que me estremezca.

—Solo quiero saber… —comienza a decir en un susurro ronco que dudo que la cámara logre captar— si ya te has corrido o si esto va a acabarse rapidito.

—Me imaginaré que estoy con ella de todas formas —replico con un rugido.

En mi cabeza, esa es la verdad; sin embargo, no lo siento como tal, y se me revuelve el estómago solo de pensarlo. La mentira me amarga en la boca y, aunque no sé cómo, Avi también se ha dado cuenta de que me estoy engañando a mí mismo, lo cual me desconcierta aún más.

—Muy bien —responde, siguiendo el contorno de mis abdominales con los dedos—. Haz lo que tengas que hacer, superestrella.

De pronto, me agarra del antebrazo y se tumba en la cama, tirando de mí hasta colocarme encima de él. Trato de alejarme, pero me sujeta con más fuerza y guía mi mano hacia su pecho.

—Adelante —murmura, acomodándose debajo de mí—. Imagínatelo.

—No… no puedo… —Estoy hecho un manojo de nervios. Ni siquiera sé cómo hacerlo. No creo que sea capaz.

Desvío la mirada hacia la cámara, pero Avi me coge de la mandíbula y me obliga a girar la cara.

—No pienses en eso. Cierra los ojos e imagínate que soy ella.

—Pero es que no lo eres —escupo entre dientes, sintiendo cómo se me sube el calor a la cara por culpa de su proximidad… Por estar a horcajadas sobre él.

Por el hecho de que no haya ni un coño ni unas tetas cerca, solo una polla pegada a la persona que más detesto en el mundo.

—Venga ya… Eres Kyran Harbor —dice con una sonrisita de suficiencia—. Creía que tú no te rendías ante nada.

Por más que odie admitirlo, tiene razón.

Me niego a permitir que esta situación de mierda acabe conmigo. Llevo desde pequeño enfrentándome a todo tipo de adversidades, y esta no va a ser la excepción.

Transformo los nervios en energía, igual que hago en el campo, y cierro los ojos y me inclino sobre él.

Le deslizo una mano temblorosa por el pecho. Aunque tiene la piel suave y cálida, solo palpo bloques de puro músculo, como los míos. Es una sensación extraña y, cuando nuestros pechos se rozan, su firmeza me desconcierta por completo.

Nunca he estado con un hombre. Por muy marcados que tenga los pectorales, siguen sin ser tetas, y soy muy consciente de ello. Aun así, lo ignoro y comienzo a frotarme contra él despacio.