Por los fans Capítulo doce #2
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Capítulo doce #2

—Sé que Gutierrez es más que capaz de librarse de ellos, pero, por si acaso, quiero que el resto ganéis la máxima distancia posible, así les será imposible cubriros a todos. —Me lanza una mirada seria—. Harbor, mantén los sentidos alerta. Enséñales lo alto que vuelan las águilas.

Me da una palmadita en la espalda y asiento con la cabeza. Tengo la mente igual de agitada que los rápidos de un río embravecido, pero también serena como las aguas de un estanque. Nos jugamos tanto en este partido que la adrenalina y los nervios me tensan todos los músculos del cuerpo.

El estrés de las luces brillantes, el ruido ensordecedor y los miles de ojos que hay puestos sobre el campo bastarían para que cualquiera se rindiera en este instante.

Pero yo no pienso permitir que me afecte.

El tumulto pasa a un segundo plano, como si hubiera erigido un escudo invisible a mi alrededor. Vuelvo a reprimir mis emociones y transformo el caos que me rodea en combustible para impulsarme a seguir adelante.

«No voy a dejar que me derroten».

«No van a ganar».

—¡Avanzad! —exclama el entrenador antes de que se agoten los segundos de nuestro tiempo muerto—.

Esperan que corramos y que hagamos la típica jugada para marcar un gol de campo, pero eso no va a pasar.

¡Avanzad, joder! —Se echa hacia atrás y, acto seguido, vocifera de forma rápida con su habitual tono autoritario—: Eagles a la de tres. Una, dos tres…

—¡Eagles! —gritamos a coro; luego nos dispersamos y regresamos al partido.

Quedan menos de dos minutos para acabar y vamos perdiendo por tres puntos.

El equipo de Duke venía preparado y ha estado respondiendo a nuestra energía con la misma intensidad.

Cada vez que anotamos, ellos también, y, además, cuando el balón cae en sus manos, dejan a nuestra defensa con el culo torcido.

Creo firmemente que puedo ponernos por delante en el marcador, pero mis compañeros tendrían que contenerlos hasta que se agote el tiempo.

Perder este partido no entra ni de coña en nuestros planes. Duke ha estado casi imparable esta temporada (con especial énfasis en el «casi»). Si los vencemos ahora, podríamos asegurarnos su puesto en los playoffs.

Su quarterback, Devon Lancaster, es una auténtica fuerza de la naturaleza. Nos comparan constantemente y nuestras estadísticas son casi idénticas. Si gano este partido, me coronaré como el mejor de una vez por todas.

«Necesito esta victoria. Necesito demostrar que voy por el buen camino».

Siento cómo vibran las gradas desde el campo. Por el rabillo del ojo, capto destellos granates y dorados que acompañan los movimientos de cierta mascota a la que he estado ignorando deliberadamente toda la noche.

El simple hecho de saber que se encuentra ahí provoca que apriete los puños mientras espero el saque. La mandíbula se me tensa al verlo dar saltitos conforme se agota el reloj de jugada.

«Cuatro…, tres…, dos…».

El tiempo parece detenerse un momento antes de fluir de nuevo a toda velocidad. Recibo el balón y retrocedo, con la mirada fija en Guty, aunque lo tienen completamente rodeado. Está claro que su táctica durante todo el partido ha consistido en interceptar nuestros pases.

Sin embargo, están tan centrados en él que se han olvidado de otro de nuestros receptores, Tim Fellows, que tiene vía libre para correr, y eso es justo lo que hace.

Lanzo el balón en su dirección. Es un pase alto… Guty lo atraparía sin problemas, porque es el tío más rápido que he visto jamás; en cambio, Fellows tiene que esprintar como si le fuera la vida en ello para alcanzarlo.

Aguanto la respiración y observo cómo desciende el balón mientras él estira los brazos, pero entonces me placan y no llego a ver el desenlace.

Me quito de encima al defensa de Duke que me ha tumbado, le aparto de un manotazo el brazo que me tiende y me levanto de un salto al oír los vítores y aullidos del público.

Fellows ha cogido el balón y está corriendo como un rayo hacia la zona de anotación.

El corazón se me sube a la garganta y la respiración se me corta justo cuando evita por los pelos que lo agarren y cruza la línea antes de desplomarse sobre el césped.

—¡Sí, joder! —grito a pleno pulmón, y la multitud estalla en un clamor en cuanto el árbitro lo confirma.

¡Touchdown!

Nos volvemos todos locos, saltando y chillando al compás del rugido de las gradas. Todo el mundo se entrega a la euforia del momento, porque tiene pinta de que vamos a llevarnos la victoria.

No obstante, aún queda un minuto en el reloj y, por la forma en la que ha estado jugando Duke toda la noche, sé que Lancaster va a intentar marcar otro touchdown en el último segundo para no darme la oportunidad de regresar al campo.

Todo depende de nuestra defensa, lo que significa que la situación escapa a mi control, y eso me pone de los nervios.

Theo consigue el punto extra, lo cual está genial, pero, aun así, abandono el campo intranquilo mientras el entrenador les grita instrucciones a los linebackers. Me acerco a Fellows y le doy una palmada en el hombro.

—Buen trabajo, chaval.

Se quita el casco de un tirón, sonriendo igual que yo. Parece emocionado, pero también algo tenso, porque ambos sabemos que aún pueden cambiar las tornas.

—¿Siempre se lo lanzas así a Guty? —bromea entre resuellos, y procede a beber a chorro de su botella—. Joder con Míster Músculo.

Me río y le pego un ligero empujón.

—Si lo has clavado.

Me quito el casco, me dejo caer en el banquillo con indecisión y bebo agua con los ojos fijos en el campo. No puedo dejar de mover la rodilla mientras vigilo a Lancaster, intentando descifrar cuál será su próxima jugada.

Pero algo me desconcentra. Una figura enorme se asoma haciendo el tonto por mi visión periférica.

Rechino los dientes y trato de ignorarlo, pero noto que viene directito hacia mí justo cuando el wide receiver de Duke atrapa el balón en su yarda veinte tras la patada de despeje. Se colocan en formación a tan solo cincuenta segundos de acabar y llega el momento de la verdad.

Tras el saque, Lancaster se hace con el balón, pero nuestros jugadores lo rodean por completo. Al final, se lo entrega al running back en la mano y avanzan nada más que media yarda.

—Toma ya —gruño, y desvío la vista hacia la derecha—. Aléjate de mí, por favor.

—Qué pedazo de lanzamiento —dice Avi con la voz amortiguada bajo el disfraz de águila.

—Ah, ¿sí? —murmuro, tratando de despacharlo y centrarme en el partido. Los nervios me revolotean en el estómago con tal intensidad que siento que voy a potar en cualquier momento.

«Venga, vamos. Esto ya está hecho».

—Supongo que sí… —contesta Avi, sentándose junto a mí, y me muevo a un lado para apartarme de él—. Hemos anotado puntos y todo.

Giro la cabeza y lo miro con una mezcla de desconcierto y horror que provoca que empiece a partirse de risa en mi cara como Baldwin el Águila, dándose palmaditas con los guantes en las rodillas y todo.

—Por Dios, que estoy de coña —resopla al percatarse de mi expresión—. Sé de fútbol, no soy tan tonto.

—Me da igual. —Sacudo la cabeza—. Cállate ya. Este es el momento más estresante de mi vida. Lo último que me apetece es tenerte al lado dándole a la lengua con tus gilipolleces.

—Grrr… No me digas esas cosas, pillín —responde.

Clavo los dedos en el banco, esforzándome por pasar de él, y contemplo boquiabierto desde la línea de banda que el equipo contrario consigue su tercer down y se queda a cuatro yardas del primero.

—Vamos, vamos… —susurro para mí una y otra vez, rezándole a los dioses del fútbol.

La cuenta atrás sigue bajando y, al echarle un vistazo a Avi, me lo encuentro moviendo la rodilla igual que yo. Entrecierro los ojos con recelo, pero parece que también está concentrado en el partido, como si le importara de verdad, aunque fuera solo un poco.

El árbitro pita y me vuelvo de golpe hacia el campo. El balón surca el aire.

Me pongo de pie de un salto. Lancaster le lanza un pase largo a su running back, el número dieciocho, que se encuentra en nuestra yarda veinticinco.

El tío estira los brazos y el estómago me da un vuelco.

Se me para el corazón cuando el balón le baila en los dedos.

Pero entonces, de la nada, aparece nuestro cornerback, Matt Naruto, que tumba al número dieciocho con un placaje en las piernas antes de que lo agarre.

Y el balón queda libre en el campo.

Un grito ahogado se extiende entre el público y, acto seguido, los forofos de los Eagles comienzan a rugir en las gradas. Como era de esperar, se lanzan pañuelos, pero no alcanzo a distinguir nada. Todos se arrojan sobre el balón como locos y el campo se sumerge en el caos.

Cuando el árbitro por fin detiene la jugada, el balón está en nuestras manos, y así lo confirma.

—Pérdida de balón. Lo recuperan los Eagles.

—¡Sí! —exclamo, alzando los brazos al aire.

Avi pega un salto y hace lo mismo. La gente agita los puños y estalla en vítores, celebrando que hemos recuperado el balón a veintiocho segundos de acabar el partido.

«¡Hemos ganado, joder!».

—Hemos ganado, joder —digo, soltando el aire contenido, y Avi me zarandea por los hombros.

—¡Eso es, perra! —grita, y no puedo evitar reírme.

—¡Harbor! Vamos a por la puta victoria. —El entrenador me manda de nuevo al campo y todos rompemos en carcajadas y aullidos de alegría.

«¡Menudo subidón!».

Entro al campo, pero estoy demasiado lejos como para jugármela, así que planto la rodilla en el suelo para agotar el tiempo.

«¡Hemos ganado, joder! ¡Hemos vencido a Duke!».

La multitud se desmadra, al igual que nosotros. Nos empujamos los unos a los otros, con la testosterona por las nubes. Ha sido un partidazo.

«Una victoria más y nos plantamos en los playoffs ».

—Ey, buen partido, tío —me felicita Devon Lancaster, acercándose para darme la mano.

—Igualmente —contesto, y se la estrecho con una sonrisa humilde.