Por los fans Capítulo doce
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Capítulo doce

MonolitoTieso : Ese culo parece un tambor… Qué ganas de aporrearlo con mi baqueta ElChurrero : Enterradme vuestra semilla bien profunda como si fuera una maceta

Kyran

L a evasión es un talento que he ido perfeccionando a lo largo de los años.

Una habilidad que aprendí siendo apenas un crío. Soportar cosas que me incomodan mientras finjo indiferencia se ha convertido en una especie de arte, al menos para un servidor.

El truco está en forzarte a centrar la atención en otras cosas. Cuanto más incómodo te resulte aquello que quieres evitar, más deberás sumergirte en tu forma de evasión.

Creo que por eso siempre se me ha dado tan bien estudiar.

No es que me importen especialmente las asignaturas…

Matemáticas, ciencias, historia… Ninguna me despierta un interés particular, que digamos, pero son las herramientas que me sirven para huir de la realidad; la tierra y la pala que utilizo para sepultar lo que no deseo que salga a la superficie.

El programa de Empresariales es bastante exigente, pero no tengo queja.

A muchos de mis compañeros les cuesta compaginar las clases con el fútbol, sobre todo por la intensidad de los entrenamientos, los partidos y los constantes viajes.

Para ellos, el deporte y las fiestas son lo primero; sin embargo, a mí me parece insuficiente.

Dedico los ratos muertos a los estudios porque no me queda otra.

He de mantener la mente ocupada en todo momento para no pensar.

«Pensar me lleva a recordar… y los recuerdos son mi verdadera con­dena».

La forma en que la luz incide sobre mis libros, en la mesa de café, me da una idea para otra de mis evasiones favoritas. Cojo el móvil y hago una foto para subirla a Instagram.

El conocimiento es el antídoto contra el miedo.

Ralph Waldo Emerson

#BC #vidauniversitaria

Una vez que la he publicado, me quedo mirando la pantalla un momento mientras empiezan a llegar los likes. Al ver arriba la notificación de mensajes nuevos, se me forma un nudo en el estómago.

Lanzo el móvil sobre la mesa y vuelvo a mi libro.

«Evasión».

Recorro las palabras con los ojos, sin lograr retener ninguna, hasta que comienzan a fundirse unas con otras. Lo malo de la evasión es que, cuando la realidad pesa demasiado, siempre consigue abrirse paso y salir a la superficie.

—¡Harbor! —grita Guty tras abrir la puerta de golpe con los brazos cargados—. Tienes correo, chavalín.

Cierra de una patada, coloca en la encimera las bolsas que lleva y comienza a armar un estruendo de mil demonios rebuscando entre todas las cosas que, por lo visto, ha comprado en la tienda.

Las comisuras de los labios se me alzan solas ante la estampa.

Suelto un suspiro, me levanto y estiro los músculos doloridos después de una sesión intensa de entrenamiento matutino y un rato más largo de la cuenta apalancado en el sofá.

—¿Te has traído la tienda entera o qué? —bromeo, acercándome para curiosear.

—Estaba de oferta la proteína en polvo esa que nos gusta —responde mientras saca unos botes enormes de las bolsas—. He pillado suplementos, gominolas de potasio… Vamos, mierda de la buena.

Arqueo la ceja.

—¿Has comprado comida de verdad ?

Sonríe y saca un paquete gigantesco de cecina.

No puedo evitar que se me escape una carcajada.

Guty es un personaje de los grandes. Un tío ruidoso y bastante alocado, pero también uno de los mejores jugadores con los que he tenido el placer de compartir equipo.

Además, no sabe estarse quieto, lo cual le viene de maravilla, porque es de los típicos que viven por y para entrenar.

A pesar de que nos llevamos de maravilla, los dos somos extremadamente competitivos, por lo que, cada vez que entrenamos juntos, acabamos reventados. Él siempre anda presumiendo de que tiene el mejor cuerpo del equipo, pero eso aún está por ver, claro.

—Sabes que no puedes alimentarte solo a base de proteína, ¿no? —digo, divertido, y él me dirige una de sus sonrisas Colgate.

—Hay ensalada de kale en la neverita —murmura, y señala con el dedo un sobre que ha dejado en la encimera—. Esto es para ti, de la Oficina de Alojamientos.

De pronto, todo rastro de alegría se me borra de la cara. Cojo el sobre, respiro hondo y lo abro. Siento los ojos de Guty sobre mí, así que me giro para leer lo que pone.

Es la factura de la residencia para el próximo semestre: 8 782 dólares.

Por cinco míseros meses.

«Bienvenido a Estados Unidos».

Cierro los ojos y me fuerzo a respirar. Inhalo una larga bocanada de aire, lo retengo y me restriego la cara con una mano. Sabía que esto iba a pasar… No debería sorprenderme tanto, pero, aun así, ver esa cifra por escrito impresiona bastante.

La carta que acompaña a la factura no dice nada que no supiera ya: mi beca no cubre el alojamiento.

Me piden que efectúe el primer pago el mes que viene para poder quedarme en el edificio Walsh.

Aunque me ofrecen la opción de fraccionar el pago en varias cuotas, siguen siendo más de dos mil dólares al mes, y eso contando únicamente este curso.

El siguiente año, la cantidad será aún más elevada.

—¿Va todo bien? —pregunta Guty, y yo abro los ojos de golpe.

Doblo la carta, me la meto en el bolsillo trasero del pantalón y me giro hacia él con una sonrisa que oculta todo el estrés y la incertidumbre que me carcomen por dentro. Resulta muy convincente, llevo años perfeccionándola.

—Sip. Solo querían confirmarme algunos detalles de la beca. ¿Al final has encontrado los suplementos para la recuperación muscular de los que me hablaste? —digo, apresurándome a cambiar de tema.

Entrecierra los ojos un segundo, como si se oliera que le estoy escondiendo algo, pero, por suerte, no le da importancia. Se limita a sacar un montón de plátanos de la bolsa y esboza una sonrisita.

—¿Acaso lo dudabas, Nueve? Ahora mismo nos preparo unos batiditos y ponemos estos brazacos a punto, que hoy toca partido, cari.

Empieza a moverse de un lado a otro y a echar cosas en la batidora. Me río y sacudo la cabeza, pero entonces la realidad vuelve a arrebatarme el aire de los pulmones.

Quizá debería leer los mensajes, al menos los que tengan que ver con mi situación actual. Evadirse de la realidad solo sirve cuando puedes permitirte el lujo de no pensar en ella, y yo, por desgracia, ahora mismo no puedo.

«Necesito más pasta para ya».

El dinero que Avi me ha enviado por Venmo me ha ayudado a paliar gran parte de la confusión y la inseguridad incapacitantes que llevo ignorando desde aquella noche en su residencia.

Ha pasado una semana, y he estado distrayéndome de todos los modos posibles que conozco para no darle vueltas a lo que ocurrió.

De ahí que no haya abierto ninguno de sus mensajes.

No me hace falta leerlos. Además, preferiría no tener que tratar con él si puedo evitarlo. No obstante, por muy horrible que fuera la experiencia, debo admitir que cumplió exactamente con su cometido…

Ahora tengo dinero suficiente para cubrir al menos la mitad del alojamiento para el próximo semestre, lo cual me parece increíble.

Es cierto que se me sube la bilis a la garganta cada vez que me asaltan los recuerdos de aquel momento, pese a mis extraordinarias habilidades para evadirme de la realidad, pero es que nunca había hecho nada ni remotamente parecido y, como era de esperar, me dejó descolocado.

No me interesa liarme con ningún tío. No me apetece que me toquen la polla, ni sentir un cuerpo ajeno pegado al mío, ni que me susurren cosas contra los labios mientras me provocan uno de esos orgasmos ridículos e indeseados que te recorren toda la espalda…

Eso no va conmigo. No soy gay, por más que la gente en internet quiera verme actuar como si lo fuera.

Y, en lo que respecta al imbécil de mi hermanastro…

, bueno, supongo que, en cierto modo, llevaba razón.

Haciendo aquello logramos cumplir nuestro objetivo: ganamos dinero.

Aunque, por desgracia para mí y mi heterosexualidad, necesito mucho más de lo que hemos logrado reunir si quiero seguir viviendo en el campus y, por consiguiente, no perder la beca de fútbol ni la oportunidad de llegar al campeonato.

Así que aquí estoy, atrapado entre la espada y la pared, solo que en vez de una espada tengo un pene enorme amenazándome de frente.

Incluso sin entrar en su conversación, sé perfectamente que Avi no ha dejado de escribirme chorradas sobre lo bien que ha funcionado el vídeo y lo mucho que los fans suplican ver más.

Me siento como un trabajador sexual reacio que acaba de recibir con vergüenza su primer fajo de dinero sucio. Odio la idea de volver a quedarme a solas con Avi delante de la cámara…

Pero, al mismo tiempo, soy consciente de que es la única forma de conseguir la cantidad de dinero que necesito en los plazos que me piden.

«Sabes que quieres hacerlo…».

Cierro los ojos con fuerza y trago la saliva que se me acumula en la boca.

«No pasa nada por reconocer que te gusta…».

—Tío. —La voz de Guty interrumpe de golpe mis pensamientos y doy un respingo—. ¿Estás bien? —pregunta, observándome con el ceño fruncido.

Enderezo la espalda y lo reprimo todo, ocultándome de nuevo tras el brillante plástico de mi máscara.

—Sí, no es nada —respondo, y le dedico la misma sonrisa forzada de siempre. A veces, me cuesta tanto mantenerla que todo mi cuerpo amenaza con derrumbarse—. Me he empanado pensando en la defensa de Duke…

La expresión preocupada de Guty se transforma en una mueca engreída.

—Tranquilo, amigo mío. Esta noche vamos a exorcizar a esos Blue Devils y a mandarlos de vuelta a Carolina del Norte, que es donde deberían estar.

Me guiña un ojo y suelto una risita, pero solo por fuera.

Por dentro, en realidad, me corroen las dudas.

—Muy bien. ¡Escuchadme! Lo tenemos todo a nuestro favor. Solo hay que centrarse.

La voz del entrenador se impone sobre el rugido del público.