Capítulo once #6
—¿Por qué iba a besarte? —respondo con el pecho agitado, luchando por mantener los ojos abiertos ante el placer que me provoca notar su mano recorriéndome la polla con firmeza y rapidez.
—Tú… n-no lo hagas —tartamudea entre jadeos—. Por favor —añade en un susurro apenas audible.
No logro comprender por qué, pero esa súplica ronca y suave logra encenderme de tal manera que me da la impresión de que los huevos me van a estallar en cualquier momento.
Acompaso la mano al ritmo de la suya y, aunque estoy usando la izquierda, me entrego al movimiento mientras ambos elevamos las caderas en perfecta sincronía para facilitar la fricción.
El deseo me nubla los sentidos y se apodera de mi cuerpo, impulsándome a acariciarle el torso con la mano derecha. Él gruñe en protesta, pero, cuando le rozo la garganta con los dedos y luego asciendo hasta la mandíbula, emite un gemido anhelante.
Entonces le sujeto la cara y susurro sobre sus labios ardientes:
—No tengo por qué hacerlo.
A pesar de toda la ira, el rencor y la hostilidad que ha estado mostrando hasta ahora, siento que se inclina hacia mí, luchando consigo mismo, y me vuelve loco. Los testículos me palpitan por la necesidad de correrme mientras él me pajea con ansia, llevándome al borde del orgasmo.
Cada vez que baja la mano, me roza los huevos con los dedos y me hace cosquillas.
De repente, con la izquierda, me agarra de la camiseta con fuerza.
No sé si intenta atraerme hacia él o apartarme.
Ni siquiera tengo claro que se haya dado cuenta de que la voracidad de nuestras sacudidas nos ha sumido en tal frenesí que estamos casi el uno encima del otro.
—¿Vas a correrte para mí? —Jadeo contra su boca, hundiéndole apasionadamente los dedos en el pelo.
Asiente con la cabeza a toda prisa, sin mediar palabra, mordiéndose el labio con la intención de ahogar los quejidos de placer que amenazan con brotar de su garganta.
—Dilo… —murmuro, tratando de contener mi propio orgasmo para prolongar el momento.
—Vete a la mierda —resopla, aunque se le escapa un gemido y comienzan a temblarle los párpados.
—Entonces, a lo mejor debería parar… —lo amenazo, dejando de mover la mano.
—No, no pares —suplica—. Voy… voy a…
—¿Vas a…? —lo tiento, enredándole los dedos en el pelo.
He perdido el control. Por un momento, abandono todo pensamiento racional y me olvido de todo lo que creía saber hasta este instante. Estoy a punto de desmoronarme bajo la aspereza de su mano, incitado por su calidez y su terca necesidad.
—Voy a… correrme —gruñe, tirándome de la camiseta para atraerme más hacia él, y nuestras manos se chocan por la ferocidad con la que buscamos el clímax.
El roce de las puntas hinchadas de nuestras pollas me arranca un chillido tembloroso de placer y entonces suplica con voz ronca—: Que…
que te den, Avi. Voy a correrme para ti.
—Dios, yo también. —Suspiro, presionando las caderas contra las suyas de tal forma que nuestros miembros acaban juntándose y nos restregamos frenéticamente—. Córrete conmigo.
—Voy a correrme contigo… —susurra, y luego gime.
A continuación, jadea y suelta el gruñido más erótico que he oído en mi vida mientras su semen sale disparado y aterriza sobre mí.
Me empapa la mano y la polla, y él se mancha también, lo que provoca que no pueda contenerme más.
Con la cabeza dándome vueltas y un nudo en el estómago, me inclino hacia delante, le muerdo el labio inferior y la polla se me estremece, salpicándonos de semen a ambos.
Seguimos moviendo las caderas y frotándonos conforme lo llenamos todo de corrida. Comienzo a succionarle el labio que le estaba mordiendo hace un instante y pego mi frente a la suya mientras nuestros jadeos resuenan por todo el salón.
Es una puta locura. La experiencia más alocada, ardiente e inesperada que se haya visto jamás.
Sin embargo, la euforia decae enseguida, como suele ocurrir siempre.
En cuanto se nos pasa el subidón del orgasmo, la realidad nos golpea como un mazo y nos damos cuenta de lo que estamos haciendo y de todas las reglas que hemos roto por el camino.
—Joder… —resopla Kyran, que me suelta la camiseta y la polla y se echa hacia atrás en el sofá para alejarse de mí.
Me aclaro la garganta y me aparto de él también, sacudiendo la cabeza en un intento de librarme del aturdimiento.
«Levántate ahora mismo y quita la cámara».
«Hostia puta, la cámara», recuerdo de pronto.
Me pongo de pie a duras penas y me apresuro a ir hacia el móvil antes de que quede inmortalizado su ataque de ira y tenga que eliminarlo del vídeo.
Una vez que he conseguido cortar la grabación, respiro hondo y me subo los pantalones.
Tengo semen esparcido por todo el cuerpo, aunque es imposible saber a quién de los dos pertenece.
«¿Qué cojones ha pasado?».
—Eh… Puedes… —Carraspeo para librarme de la ronquera—. El baño está…, eh…, allí —le indico, señalando como puedo en su dirección.
Kyran tiene los ojos sorprendentemente abiertos, teniendo en cuenta que acaba de correrse de una forma tan explosiva, pero, para mi sorpresa, no grita ni se abalanza sobre mí. Se limita a asentir, se levanta del sofá y se va subiendo los pantalones de camino al baño.
Se tira un buen rato metido allí dentro. Más de quince minutos, que es el tiempo que tardo yo en limpiar con jabón de platos el semen que ha caído en el sofá, rezando para que no deje ninguna mancha permanente en la tela.
Cuando por fin sale, estoy sentado viendo Seinfeld en la tele e intentando aparentar toda la normalidad que puedo. Al fin y al cabo, acordamos que nos lo tomaríamos como un trabajo y nada más, pese a que tengo el estómago revuelto, lo cual es muy poco profesional en estos instantes.
Kyran permanece de pie al otro lado de la habitación y, cuando poso los ojos sutilmente en él, parece haberse recompuesto del todo. Ya no tiene el pelo alborotado, sino peinado hacia atrás con cuidado.
—Bueno, pues ya… —empieza a decir, pero las palabras se le atascan en la garganta y se dirige dando fuertes pisadas hacia la puerta.
—Te enviaré un mensaje cuando tenga el… —digo, aunque sale del apartamento antes de que termine la frase— dinero.
Me tapo la cara con las manos y me froto los ojos con fuerza.
—¿Qué cojones, tío?
Entonces echo un vistazo a la izquierda y veo a Robin, que sigue acurrucada en el mismo sitio del sofá. Al darme cuenta de que ha estado ahí todo este rato, una carcajada brota desde lo más profundo de mi garganta.
—Es mi hermanastro, ¿sabes…? —le explico, y ella parpadea, sin mostrar el más mínimo interés.
Miro hacia la puerta y niego con la cabeza.
Mi puñetero hermanastro…, con el que ahora comparto un secretito raro y complicado de narices.