Por los fans Capítulo once #5
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Capítulo once #5

De repente, el aire se enrarece y una especie de calor sofocante se instala entre ambos. Nos limitamos a pajearnos con calma viendo el vídeo, aunque se nota que ninguno de los dos está prestándole tanta atención al porno como a la tensión que se respira en el ambiente.

Cuando acaba, Kyran se inclina hacia delante y reproduce el siguiente que salta en la pantalla. Al principio, parece otro vídeo de dos chicas besándose y restregándose el coño, pero entonces entra en escena un tío con un manubrio enorme y se lo empiezan a chupar encantadas.

Miro a Kyran de reojo y me doy cuenta de que apenas le cabe dentro de los pantalones. Él me echa un vistazo fugaz con las mejillas encendidas y se remueve incómodo en su sitio.

—Vas a tener que sacarla tarde o temprano —le digo, reclinándome en el sofá mientras sigo cascándomela despacio.

Kyran desvía la mirada brevemente hacia mi polla antes de alzarla de nuevo hacia mí.

—¿Por qué? ¿Tan desesperado estás por vérmela?

—Yo no, pero ellos sí —respondo, señalando la cámara con la cabeza.

—Que te follen —resopla.

—Piensa en el dinero… —insisto, y me bajo aún más los pantalones.

Clava la vista de nuevo en mi miembro, incapaz de resistirse, y un calor intenso se me extiende desde el estómago hasta el pecho.

—Vamos, no seas soso —lo provoco, frotándomela con la mano.

Se muerde el labio, echa otro vistazo al portátil y entonces, por fin, comienza a sacarse la polla, sin prisas, como si escondiera una gran sorpresa.

Y, en cierto modo, sí que lo es. No pienso darle la satisfacción de reconocerlo en voz alta, pero, incluso con los pocos centímetros que ha revelado, resulta evidente que la tiene bastante grande.

Empieza a mover la mano a lo largo del miembro y la piel se desliza hacia abajo, dejando al descubierto un glande rosado.

Abro los ojos de par en par.

—¿No estás circuncidado?

Se gira hacia mí con la cara roja.

—No. ¿Qué pasa? —gruñe.

Niego con la cabeza, tratando de disimular mi asombro.

—Nada, es que… nunca había visto… —Se me quiebra la voz y bajo los ojos hasta su fascinante miembro para observarlo.

«Guau… Qué fuerte».

—¿Ves muchas pollas? —me suelta en un tono casi agresivo.

Vuelvo a fijar la mirada en la suya y noto cómo un ligero rubor me tiñe las mejillas.

—No.

La nuez se le mueve en la garganta. Luego se sigue bajando los pantalones, mostrando un poco más de su miembro.

«Vaya… Pues sí que la tiene grande… y gorda».

—He oído que es más… sensible —susurro, ignorando que mi propia polla se está poniendo cada vez más dura—. ¿Es verdad?

—Yo qué sé —contesta con un hilo de voz—. Siempre la he tenido así. No puedo comparar.

—Claro… —me río con nerviosismo, tragando saliva.

Intento concentrarme en el vídeo, pero no me resulta ni de lejos tan cautivador como la escena que se está desarrollando a escasos centímetros de mí.

Por más que odie admitirlo, no puedo dejar de contemplar cómo se envuelve el miembro con esos dedos perfectos y mueve la mano de arriba abajo con firmeza, exponiendo la punta rosada y brillante.

«¿Por qué me intriga tanto? No creía que me gustaran las pollas, y menos la del imbécil chulito de mi hermanastro».

Cuando el vídeo se acaba, me percato de que Kyran no está pendiente de la pantalla, sino mirándome la entrepierna, igual que yo a él, lo cual me parece confuso y excitante al mismo tiempo.

Ahora que se me ha puesto dura como una piedra, me toco a un ritmo más acelerado que él intenta imitar. Los dos nos esforzamos por controlar nuestros jadeos, pero son lo único que se oye en todo el apartamento y comienzan a reverberar en las paredes a medida que se vuelven más intensos.

La distancia entre los dos se ha reducido, aunque no tengo ni idea de cómo ha pasado. Creo que estoy inclinándome hacia él, y no quiero, porque, si se da cuenta, seguramente pare y se ponga a gritarme.

Kyran apoya la cabeza en el sofá, cierra los ojos y continúa pajeándose. Me quedo tan embobado observándolo que ni siquiera me doy cuenta de que se está arrimando a mí… hasta que siento su brazo sobre el mío.

—Hazlo de una vez… —susurra.

—¿El qué? —pregunto con una voz suave y rasposa.

—Los dos sabemos cómo va a terminar esto, así que… —se detiene para tragar saliva—, venga, hazlo.

El pecho le tiembla de forma errática y, de repente, se suelta la polla, que cae sobre el abdomen, como si esperara algo.

Me muerdo el labio.

«Seguro que a los fans les encantaría verme…».

Niego con la cabeza, tratando de apartar ese pensamiento de mi mente.

—Solo si tú también lo haces.

Abre los ojos de golpe para mirarme.

—Y una mierda.

—Entonces, va a ser que no. —Me encojo de hombros y me suelto yo también la polla—. Aquí curramos todos, superestrella. O los dos o nin­guno.

Entrecierra los ojos con una furia más que evidente. Aun así, creo atisbar un ápice de curiosidad en su mirada, y él mismo confirma mis sospechas cuando lo pillo echándole un vistazo a mi miembro.

Entonces respira hondo.

—Esto es solo por los fans, ¿verdad? —murmura, alzando la vista hacia mí de nuevo.

Asiento con la cabeza.

—Por los fans.

Kyran extiende el brazo con indecisión y me envuelve la polla con los dedos. El tacto de su mano callosa me arranca un sonidito de la garganta.

—No hagas esos ruidos —gruñe, agarrándomela con fuerza, como si quisiera estrangulármela. En realidad, estoy disfrutando demasiado de la sensación, pero intento que no se me note.

—No puedo… evitarlo —gimoteo—. Tienes las manos muy ásperas.

—Cállate y vamos al lío —refunfuña entre dientes, subiendo y bajando la mano lentamente a lo largo de mi polla.

«Ay, Dios… Joder, me flipa».

No sé por qué. Es solo una mano. Encima, está áspera y no se ha echado nada de lubricante. En teoría, no debería gustarme, pero lo cierto es que me encanta.

Deslizo la mano izquierda por debajo de su brazo y, cuando le agarro el miembro, es él quien emite un ruidito.

—¿Ves? —digo mientras empiezo a masturbarlo despacio—. Es imposible contenerse.

—No, no es eso —replica con voz temblorosa—. Es que tienes las manos suaves…, como de chica.

—Lo que tú digas. —Le sacudo suavemente la polla y cuelo los dedos por debajo de los pantalones para abarcarla toda.

Al parecer, tiene más o menos la mitad guardada, lo que significa que es incluso más grande de lo que pensaba; sin embargo, no me da envidia. Es casi igual que la mía, salvo por el detalle del prepucio.

Seguimos pajeándonos mutuamente sin prisa y, aunque trato de fingir indiferencia, los movimientos descoordinados de su mano me dan mucho más placer del que me imaginaba.

Estamos recostados el uno al lado del otro, pero, mientras que él mantiene los ojos cerrados y la mandíbula tensa, yo no puedo apartar la vista de mi propia mano.

Esto es una puta locura. No me puedo creer que esté tocando una polla que no es la mía y que, además, la mera idea me tense más los huevos que el hecho de sentirlo pajeándome.

—Kyran… —susurro, alzando la vista hacia su rostro, que se encuentra a escasos centímetros del mío.

—¿Qué? —Jadea con los labios temblorosos. Tiene los ojos cerrados con fuerza, como si intentara desesperadamente imaginarse que está en cualquier otro lugar.

—¿Te gusta? —murmuro, sirviéndome de los dedos índice y corazón para rodearle la punta y deslizarle la piel hacia abajo.

—N-no… —gimotea, y luego se muerde el labio.

Se me hace la boca agua y el pulso me retumba en la cabeza mientras lo miro a la cara.

—¿Quieres que pare…?

Eleva ligeramente las caderas, buscando el roce de mi mano, y yo inclino las mías hacia él en respuesta, de tal modo que tenemos los muslos bien pegados.

—Eh… Mmm… —balbucea, y el sonido de su respiración entrecortada me sumerge en una especie de trance.

—Entonces, sigo —le digo con voz ronca, entregándome a sus caricias tímidas a la vez que jugueteo con su polla de una forma que se nota que lo excita, por más que se niegue a admitirlo.

—Deja… d-de hablar, Avi… —gruñe.

Mi nombre escapa de sus labios de una manera distinta a la habitual. Suena dulce, susurrante y cargado de deseo, como si su tono confesara todo aquello que nunca se atrevería a reconocer con palabras.

Eso enciende una chispa de necesidad en mi interior que me impulsa a llevarlo más allá de sus límites para demostrarle lo mucho que le gusta lo que estamos haciendo, aunque se empeñe en ocultarlo.

—Más fuerte —le pido entre jadeos, y, para mi sorpresa, obedece. Comienza a sacudirme la polla con más intensidad y se la acerca, provocando que incline las caderas hacia él. Dejándome llevar por el subidón de verlo acatar mis órdenes, digo—: Bájate más los pantalones.

Y lo hace. Con la mano izquierda, tira de la cintura hacia abajo y se termina de sacar la polla. Ambos la tenemos completamente fuera ahora mismo, y supongo que le puede la curiosidad, porque entreabre los ojos y gira la cabeza para contemplar cómo me da placer con la mano.

Cuando vuelve a fijarse en mi rostro con los párpados medio cerrados, de pronto soy consciente de su proximidad y bajo los ojos hasta su boca sin poder evitarlo, atraído por ella como si fuera un imán.

Luego miro de nuevo rápidamente los remolinos dorados y verdes de sus iris y vuelvo a sus labios húmedos y temblorosos.

Al parecer, la sutileza ha abandonado el chat.

—No… —me ruge.

—¿No qué? —contesto, pasándole el pulgar por la punta resbaladiza de la polla.

El pecho se le estremece al sentir mi tacto.

—Ni se te ocurra —gime.

Estamos tan cerca que puedo saborear el aroma a canela que despide su aliento.

—¿A qué te refieres…?

Inclina aún más la cara hacia mí, hasta que casi nos chocamos la nariz.

—No me beses.

Pese a que suena a amenaza, la forma en la que le tiembla la voz y se le tensa todo el cuerpo hace que parezca más un reto.

Como si quisiera que lo desafiara de ese modo que solo yo sé.