Capítulo once #4
—A lo mejor deberías cortarte con la bebida… Y, ¿perdona? ¿Convencerte? No te estoy persuadiendo de nada, Kyran; es solo un puto medio para un fin. —Le pega otro sorbo a la botella y se la quito de las manos—. Vale, ya es suficiente.
—Si vamos a hacerlo, necesito ponerme ciego —murmura, sujetándose la nuca mientras se tambalea por la cocina.
—Espera… —Voy detrás de él, con la ansiedad por las nubes—. ¿Quieres hacerlo ahora ?
—No quiero hacer una mierda —responde, con los ojos vidriosos por el alcohol—, pero, ya que estoy aquí, es mejor que nos lo quitemos de encima cuanto antes.
«Hostia puta…».
El corazón me late tan fuerte que siento que se me va a salir por la garganta. No estaba nada preparado para esto.
—Eh… Sí, claro. Supongo que podríamos… —Le doy un trago largo a la botella para intentar calmar el temblor que me recorre los brazos y las piernas. La cabeza me da tantas vueltas que parece una atracción de feria.
«¿Por qué me sudan tanto las manos?».
—Tenemos que establecer unas reglas —dice Kyran, que arrastra los pies hasta el sofá y se desploma sobre él.
Da la impresión de sentirse abatido, como un hombre derrotado que lo ha perdido todo. Aun así, es él quien ha decidido seguir adelante con esto, y a un ritmo mucho más acelerado del que me imaginaba. Sin puñetazos de por medio ni discusiones acaloradas. Incluso parece dispuesto a hablar de reglas.
«Debe de estar como una cuba…».
—Reglas… —repito, caminando lentamente hacia él, y me siento con cierta vacilación a su lado en el sofá, aunque procuro dejar un buen trecho entre ambos. Al percatarse de mi presencia, intenta alejarse aún más de mí, pero lo agarro del brazo para detenerlo—. No me aplastes a la gata.
Gira la cara hacia Robin, que se ha adueñado por completo de un cojín del sofá y está acicalándose con la lengua como si nada.
—Punto número uno, nos lo repartiremos todo a partes iguales —me advierte, observando al animal un instante antes de centrarse en mí—. Nada de aprovecharse del otro como un avaricioso de mierda.
Pongo los ojos en blanco.
—Vale, pero entonces vas a tener que echarme una mano con el marketing. No pienso partirme el lomo mientras tú te rascas la barriga y te llenas los bolsillos.
Él resopla con sorna.
—Como si no tuviera ya suficiente con lo que me ha tocado —replica, recorriéndome con la mirada un instante.
—¿Por qué te comportas como si me estuvieras haciendo un favor enorme solo por planteártelo?
—Porque es lo que estoy haciendo —gruñe.
—No, los dos vamos a hacer algo que no queremos y los dos vamos a forrarnos con ello. Estamos en igualdad de condiciones, gilipollas.
—Vale, lo que tú digas. —Se echa hacia atrás y se cubre la cara con las manos.
—Bueno, punto número dos —prosigo—. Nada de discusiones. No podemos estar todo el rato peleándonos. Frankie me dijo que esto es como un trabajo, y tiene razón. Si lo vemos así y mantenemos la profesionalidad, se nos hará mucho más llevadero.
Se aparta las manos de la cara y me lanza una mirada que me indica que está de acuerdo, pero no piensa darme el gusto de reconocerlo, así que se limita a asentir con la cabeza.
—Otro punto, y el más importante: nadie puede enterarse de esto. Nunca —murmura.
—Me parece bien.
—Hablo en serio, Avi. —Su voz adquiere un tono casi suplicante mientras fija los ojos en mí—.
Si esto saliera a la luz, el dinero daría completamente igual.
Me echarían del equipo de fútbol. Y si mi padre se enterara…
—Niega con la cabeza, incapaz de acabar la frase, y baja la vista hacia sus manos.
De pronto, se ha convertido en un manojo de nervios, y no puedo evitar preguntarme por qué está tan tenso.
Se nota a la legua que la relación con su padre no es lo que se dice buena.
Tom apenas muestra interés por Kyran, más allá de las notas o el fútbol, lo cual es bastante triste.
A mí me resulta impensable tener una relación así de mala con mi madre.
Da igual cuántas veces la cague, ella siempre está ahí para apoyarme.
Si se enterara de lo del OnlyFans, sé que se cabrearía, pero no me montaría un pollo ni me repudiaría. Probablemente hasta se reiría del tema, aunque aparentase no hacerle gracia, así que no me preocupa.
Sin embargo, Kyran es distinto. Siempre está pendiente de lo que opina su padre y de lo que piensan los demás.
«A saber de dónde le vendrá esa obsesión…».
Gira las manos y se queda mirándose las palmas en silencio. Es un gesto bastante raro, pero a lo mejor solo está borracho.
—No va a enterarse nadie —susurro, y él clava los ojos en los míos—. Lo juro. Esto es solo por la pasta, nada más. Nos aseguraremos de que no salga de aquí.
Kyran asiente con la cabeza, se aclara la garganta y toda vulnerabilidad desaparece de golpe. En menos de un segundo, vuelve a fruncir el ceño y me fulmina con la mirada.
—Último punto: nada de tocarse el uno al otro.
Se me escapa una carcajada y entrecierra los ojos.
—A ver, creo que no entiendes de qué va esto. Esos tíos no van a soltarnos toda esa pasta para vernos sentaditos juntos.
—Me la suda. Eso es lo que hay, punto —escupe, terco como una mula.
—Tío, piensa con la cabeza —replico con sorna, y él se endereza.
—Que no soy gay, joder.
—Ya, eso ya lo has dejado claro. —Me pellizco el puente de la nariz—. Pero tenemos que fingir que nos va todo este rollo, si no, no servirá de nada. No nos queda otra. Hay que hacerlo creíble. Por los fans.
Suelta una risita sin ganas, sacude la cabeza y me arrebata la botella de las manos. Acto seguido, le pega un buen trago para ahogar toda su frustración en el empalagoso dulzor de la canela.
—No sé si puedo…
—No lo sabrás hasta que lo intentes. —Me encojo de hombros.
Me observa con recelo.
—Bueno, ¿y qué sugieres? ¿Qué es lo que quieren esos fans tuyos exactamente?
Repaso en mi mente las burradas que han estado escribiéndome durante toda la semana.
—Será mejor que empecemos con algo sencillo…
—No pienso comerte la polla —me bufa.
Y, por alguna extraña razón, poso los ojos en su boca. Trago saliva, me pongo de pie y salgo pitando a mi habitación para coger el trípode y el portátil, tratando de esquivar la oleada de emociones que me ha provocado esa simple imagen.
Cuando aparezco de nuevo por el salón, se le cambia la cara por completo.
—Uf… Esto no me gusta nada.
—Deja de comportarte como un puto llorica. —Coloco el trípode frente al sofá. Luego apoyo el portátil sobre la mesa de café, lo abro y entro en PornHub—. Busca algo que te guste. Lo que te pondrías estando tú solo.
Se queda paralizado y me lanza una mirada furiosa ante la que no puedo evitar poner los ojos en blanco de nuevo. A este paso, voy a acabar viéndome el cerebro.
—Venga, Kyran —resoplo, apagando la tele y preparando el móvil para grabar.
Aunque tarda unos segundos, al final se inclina hacia delante y comienza a navegar por el porno disponible. Permanezco de pie para darle espacio mientras se decanta por un vídeo. Al ver que clica en uno de dos chicas, intento contener la risa.
«Pues sí que está empeñado en demostrar que es hetero».
El vídeo empieza a reproducirse a un volumen bajo y las actrices proceden a hacer lo suyo en la pantalla. Entonces pulso el botón de grabar, rezando con todas mis fuerzas para que salga bien.
No quiero admitirlo, pero lo cierto es que estoy bastante nervioso, sobre todo porque hay demasiado en juego. Si la cagamos, no sé qué va a ser de mí.
Kyran mantiene los ojos pegados al portátil, como si le diera miedo mirar a otra parte.
Me acerco al sofá despacio y me siento, asegurándome de volver a dejar suficiente espacio entre ambos.
Siento su rigidez, igual que aquella noche en casa de Frankie.
Tiene las manos firmemente apoyadas sobre los muslos y se le notan todos los músculos en tensión.
Está claro que va a recaer sobre mí la responsabilidad de poner esto en marcha, así que me desabrocho los pantalones y me bajo la bragueta lo justo para poder meterme la mano y recolocarme el miembro.
Kyran desvía los ojos hacia mí y se incomoda aún más.
—¿Qué haces?
—Voy a pajearme —murmuro, irritado—. Habrá que hacer algo. La gente no va a pagar por ver nuestras reacciones a un vídeo porno.
Aprieta la mandíbula, pero cede y se recuesta un poco mientras sigue contemplando a las chicas que están toqueteándose en la pantalla.
Aunque el vídeo no me llama mucho la atención, finjo que sí.
Me acaricio la polla por debajo de los pantalones y le doy un par de sacudidas lentas, con la esperanza de que él se anime a imitarme; sin embargo, permanece inmóvil como una estatua.
Suelto un suspiro de impaciencia y me acerco para desabrocharle los pantalones.
—Quita, marica —refunfuña, apartándose de un salto.
—Tío…, en serio. Relájate de una puta vez, hostia —respondo, y continúo tocándome—. Has sido tú quien ha elegido esta mierda de vídeo.
—¿Preferirías que salieran dos tíos? —dice en un tono acusador.
—No sé… Me da lo mismo. Total, tampoco es que a tu rabo parezca entusiasmarle mucho este.
Me lanza una mirada asesina y se mete la mano en los pantalones, con los dientes visiblemente apretados.
—A mí sí me pone.
—Ah, ¿sí? —Ladeo la cabeza en un gesto burlón y él asiente—. Pues venga, demuéstralo. Sácatela o cállate la boca.
—No.
—Joder, macho. —Me bajo los pantalones de un tirón, dejando al descubierto unos cuantos centímetros de polla.
Me está costando bastante empalmarme con su cabezonería, así que todavía no la tengo dura del todo, pero, cuando posa los ojos en ella y lo veo tragar saliva, los huevos me palpitan de tal forma que la sangre se me va directa hacia ellos.
—Puedes mirarme a mí si quieres… —murmuro divertido mientras me la meneo suavemente.
Niega con la cabeza, fija de nuevo la vista en la pantalla y comienza a mover la mano poco a poco por debajo de los pantalones.