Capítulo once #2
Me echo a reír y miro a la aludida, que se aprieta el abrigo contra el pecho con un aire sumamente sospechoso.
—¿Qué te pasa?
—Avi…, necesito tu ayuda. —Bea fija sus enormes ojos en mí. Esta tía es todo ojos, labios y tetas, de verdad—. No te asustes.
Arrugo la frente.
—¿Por qué iba a asustarme…?
Se muerde el labio y procede a abrirse el abrigo despacio, dejando al descubierto un gatito negro minúsculo acurrucado en sus brazos.
—¿Lo has llevado escondido ahí todo este rato? —pregunta Frankie, llenándose los carrillos de patatas fritas.
Bea hace un puchero y acaricia repetidamente la cabecita del animal mientras lo acuna.
—¡Me lo he encontrado fuera! Se ha perdido, no sabía qué hacer.
Contemplo boquiabierto a Bea y al gatito, que parece satisfecho de estar junto a ella. Me acerco despacio, incapaz de resistirme a lo mono que es. Además, soy un auténtico amante de los mininos, todo sea dicho.
En Brooklyn daba de comer a todos los gatos callejeros del barrio, y ahora en Somerville siempre juego con los de nuestra vecina, la señora Adelman, aunque no he tenido uno propio desde que murió mi tigre naranja, Bates, cuando yo tenía doce años.
Fue la segunda gran tragedia de mi infancia…
No me vi con fuerzas de llevar otro gato a casa para sustituirlo, tal vez por miedo a sufrir otra pérdida.
Pero esta cosita…
«Es tan diminuta y suave…».
Efectivamente, no he dudado ni un segundo en ponerme a darle mimitos y un montón de besos en la cabecita.
—Estaba fuera, solo y cogiendo frío —gimotea Bea—. No podía irme y dejarlo ahí.
—Este chiquitín tiene que ser de alguien… —murmuro, cogiendo al gato en brazos para examinarlo.
Está un poco sucio y parece hambriento. Es pequeñísimo… No tendrá más de un año.
—¿Por qué os referís a él en masculino? —Frankie señala al animal con una patata frita—. ¿Lo habéis comprobado?
Dirijo la mirada hacia Bea, que niega con la cabeza. Levanto al gato para confirmar si tiene pelotillas, pero no veo nada.
—Creo que es hembra —digo, embobado con su incesante ronroneo—. ¿Deberíamos… llamar al refugio?
—Es una opción… —contesta Bea, acariciando a la diminuta bola de pelo—. Aunque también podrías quedártela.
Me giro hacia ella.
—No nos permiten tener mascotas en la residencia.
—Ya, ¡pero tú vives aquí solo! —exclama con entusiasmo—. ¿Quién se va a enterar?
«Ay, Señor. Que alguien me dé una excusa para no quedarme con esta cosita… Ya me estoy encariñando».
—A lo mejor le has birlado el gato a un pobre niño que lo está buscando —interviene Frankie con toda la razón del mundo, por más que odie dársela en este momento.
—Echaré un vistazo por la zona, a ver si hay carteles colgados —dice Bea sonriendo—. ¿Puedes quedártela al menos hasta que encontremos a sus dueños?
Posa sus ojos centelleantes en mí y suelto una risita a la vez que sacudo la cabeza.
—Has acudido a mí porque sabías que no iba a ser capaz de negarme, ¿verdad, sinvergüenza?
Bea se encoge de hombros sin ningún tipo de pudor y Frankie se ríe por la nariz.
—Siempre podemos llevarla a tu apartamento —le dice a esta, dándole un golpecito en la cadera.
—Nop. Ni de coña —responde de inmediato con la cara seria—. Soy alérgica.
—Ya, claro, lo que te da alergia es encargarte de algo de manera altruista —le espeto entre risas.
—Me has pillado —confiesa con una sonrisita pícara.
—Venga, hay que lavarla —le indico a Bea—. Y no tengo comida para gatos. Frankie, ¿puedes ir a comprarle algo?
Ella suspira ante mi petición y se pellizca el puente de la nariz.
—Por favor —le suplico, clavando los ojos en los suyos—. Me lo debes.
Ella arquea una ceja.
—Ah, ¿sí? ¿Y por qué te lo debo exactamente? —me reta, cruzándose de brazos.
Dirijo la vista hacia Bea y luego vuelvo a centrarme en Frankie. No me apetece soltarle todo el rollo de que acabé en un trío con mi hermanastro por ella y que su gran idea ha provocado que mis suscriptores no paren de pedirme vídeos de sexo gay.
—Tú ve a la tienda y pilla comida para gatos, ¿vale? Y un arenero. Y la arena correspondiente —murmuro, mirándola con los ojos entrecerrados.
Ella deja escapar un resoplido de fastidio, pero la ignoro y me llevo al gato y a Bea al baño.
—Hay que ponerle nombre —dice esta, rascando la cabecita de la adorable criatura.
Curvo los labios hacia arriba.
—Voy a llamarla Robin.
Es casi medianoche cuando Frankie y Bea se van. Y parece que por fin vuelvo a tener compi de piso.
Tras bañar a Robin y darle un festín de comida, le puse el arenero en el armario del pasillo.
Ahora está tan pancha, acurrucada en mi regazo enel sofá y ronroneando mientras la acaricio y disfruto de esa alegría y esa calma que solo los animales saben brindar.
Soy consciente de que, si alguno de los encargados de la residencia se entera de que está aquí o si averiguamos quién es su dueño, me tocará despedirme de ella, así que intento no encariñarme demasiado, pero me resulta difícil con lo mona que es.
—A ver, Frankie dice que soy tonto si no me planteo al menos hacer otra colaboración…
—le susurro a mi amiga peluda mientras suena de fondo Seinfeld, que está puesta en Netflix—.
Pero los fans quieren que sea con Kyran, y eso no va a pasar.
Ni siquiera soporta hablar conmigo, así que mucho menos va a…
De pronto, llaman a la puerta y me invade una oleada de nervios.
—Ay, mierda… —susurro, colocando a Robin en el sofá.
Me levanto de un salto, cojo la manta de lana que tengo al lado y la tapo con ella.
—Tú quietecita ahí —le digo a la gata antes de ir corriendo a la puerta—. No hagas ruido.
Descorro el pestillo, respiro hondo para tranquilizarme y abro una rendija, convencido de que será algún guardia de seguridad del campus, dispuesto a llevarse a mi pequeñina.
Sin embargo, me encuentro con un pelo rubio arena, unos ojos color avellana y un ceño fruncido bastante familiar.
—Eh… —Lo miro boquiabierto, completamente desconcertado ante el hecho de que se haya presentado en mi apartamento de una manera tan inesperada—. ¿Qué haces aquí?
Él arquea una ceja.
—Me has invitado tú. Madre mía, ¿los porros te están dejando tonto o qué? —Parpadeo, confundido, y él pone los ojos en blanco—. Dijiste que era importante, que no querías tratarlo por escrito, que si patatín, que si patatán. ¿Puedo pasar o vas a dejarme aquí de pie en el pasillo como un imbécil?
Sigo alucinando, pero también me parece sorprendente lo poco que ha tardado en sacar a relucir su actitud de mierda. Aunque es cierto que le he escrito yo, ya me estoy arrepintiendo de haberle abierto la puerta al capullo engreído este y sus malas vibras.
Me aparto a un lado y le hago un gesto con la mano para que pase.
—Adelante… Te plantas aquí a estas horas de la noche, sin avisar, y encima soy yo el loco.
Kyran entra con pasos fuertes.
—Te repito que has sido tú el que me ha suplicado que viniera.
—Bueno, a ver, decir que te lo he «suplicado » es fliparse un poco… —murmuro, y él se gira para encararme, alzando de nuevo la puñetera ceja.
—¿Quieres que te enseñe los mensajes? —Se cruza de brazos.
—Ya los tengo. Te los he enviado yo, gilipollas —farfullo, y levanto la mano antes de que conteste—.
En fin, da igual. No me respondiste, así que no esperaba que te presentaras aquí a medianoche.
—Frunzo el ceño al ver cómo se tambalea mientras intenta girar la cabeza para echar un vistazo alrededor—. Y encima borracho…
—No estoy borracho —gruñe, examinando cada rincón y toqueteándolo todo—. Me he ido de una fiesta antes de tiempo para ver qué coño era eso tan importante que no podías contarme por escrito… —Se le apaga la voz y se vuelve hacia mí de repente—. ¿Este es tu cuarto?
—No, es que me gusta pasar aquí el rato —respondo con sarcasmo, y él pone los ojos en blanco—. Pues claro, ¿de quién va a ser si no?
Estalla en carcajadas y niega con la cabeza.
—Solo tú podías haber acabado en un sitio como este…
—¿A qué te refieres? —Lo observo con los ojos entrecerrados.
—Lo sabes de sobra —dice, remarcando sus palabras—.
Estos apartamentos están reservados para los hijos del decanato y para los alumnos del Máster en Administración y Dirección de Empresas con beca completa, no para fumetas con una media de aprobado.
Es más, creo que la mitad del profesorado vive aquí…
—Eh, que mi media es de notable —replico, y luego añado en un susurro—: Bueno, casi…
Kyran suelta una risita por la nariz. Esos aires de grandeza que se gasta están empezando a tocarme las pelotas.
—Mira, no te he pedido que vinieras para ponernos a discutir ni para que me insultes.
—Vale, pues suéltalo de una vez. —Se da media vuelta y se dirige hacia el salón—. ¿Qué quieres, Avi?
El mosqueo desaparece de golpe y da paso a los nervios.
Lo invité con la intención de hablarle de mi OnlyFans y enseñarle todos los mensajes que recibo sobre nuestro vídeo…
Sin embargo, ahora que lo tengo aquí delante, vestido con esa ropa cara de pijito y comportándose como el imbécil de siempre, me siento incapaz de reunir el valor para decírselo.
Sé que se va a poner como loco. Quizá incluso me pegue un puñetazo…
No he hecho nada para merecérmelo, pero él tampoco es que sea la persona más comprensiva del mundo.
—Muy bien, allá voy. —Respiro hondo—. Tengo…
—Eh, Avi… —me interrumpe. Resoplo y pongo los ojos en blanco. Madre mía, es que no me deja ni hablar un segundo—. No quiero alarmarte, pero creo que hay una rata ahí…
Arrugo la frente.
—¿Que hay qué?
Señala con la cabeza hacia el sofá.
—Esa manta… se está moviendo.
Sigo su mirada y veo a Robin agitándose bajo la manta. Entonces Kyran empieza a recular hacia la cocina y no puedo evitar reírme. Coge una sartén de la encimera y regresa de puntillas al salón con el brazo en alto, listo para arrearle un golpe al bulto del sofá.