Por los fans Capítulo diez #3
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Capítulo diez #3

Me dejo llevar por el momento y le trazo una línea de besos desde la parte alta del estómago hasta el bajo vientre.

Entonces, le separo las piernas y coloco la cara delante del coño.

Respiro hondo para calmarme y le doy un buen lametón en el clítoris.

La oigo gemir de placer, así que le paso la lengua una y otra vez, hasta que noto unos dedos cerca.

Cuando abro los ojos, me la encuentro guiando la mano de Kyran hacia la zona que estoy lamiendo.

No sé qué me impulsa a hacerlo, pero le rodeo un dedo con los labios y se lo chupo.

Él se da cuenta al instante y lo saca a toda prisa de mi boca.

Esta vez no puedo contener la risita malvada que me retumba en el pecho.

—Quita, rarito de los cojones —me espeta, con la respiración bastante entrecortada, he de decir.

—Perdón… Se me ha ido la lengua. —Me apoyo en su muslo y, como era de esperar, también me aparta la mano de un tirón.

—Que dejes de tocarme, joder —ruge mientras Frankie le conduce los dedos hasta su clítoris.

Él toma la iniciativa. Comienza a restregárselo y luego le introduce dos dedos que le arrancan un jadeo.

Mantengo los ojos fijos en los largos dedos de Kyran entrando y saliendo e intento bordearlos mientras acerco la boca al clítoris de Frankie para continuar lamiéndoselo, pero de vez en cuando se los rozo con los labios o la lengua sin poder evitarlo.

—Avi, como vuelvas a chuparme, te arranco la lengua —me advierte Kyran.

—Mmm… Eso es. Dime guarradas —lo provoco.

«Si es que me lo pone a huevo».

Al oírme, gruñe y afloja el ritmo.

—Te voy a reventar, gilipollas.

—Kyran… —susurra Frankie con calma, tratando de atraer su atención de nuevo.

Alzo la vista justo cuando lo agarra de la mandíbula para acercarlo a ella y seguir besándolo.

Contemplo cómo funden sus bocas mientras le lamo y le chupo el coño, rozando sin querer los dedos de Kyran con la lengua; sin embargo, esta vez no dice nada.

Parece estar temblando, y ese detalle vuelve a dejarme embelesado.

Me fascina la timidez de sus movimientos. Es increíble que alguien tan violento y gruñón pueda mostrarse tan sumiso. Tiene el cuerpo en tensión…, como una presa a punto de estallar.

Dejo a un lado esos pensamientos y me obligo a concentrarme en el coño de Frankie, pero de pronto noto que empuja la cabeza de Kyran hacia abajo para que se una al banquete.

Pese a que me parece misión imposible que mi hermanastro acceda a poner su boca tan cerca de la mía, para mi sorpresa, se dejar guiar por ella y, aunque se entretiene en sus pechos un instante, no tarda en acabar entre sus muslos junto a mí.

Me mira de reojo, atento a cómo le chupo el clítoris. Entonces me detengo y me aparto un poco, alzando las cejas hacia él. Se lo ve indeciso y con ganas de pelea, como siempre.

—A ver quién lo hace mejor —nos reta Frankie con una sonrisa pícara—. No os vendrá mal un poco de competencia sana.

Echo un vistazo arriba y me guiña un ojo. Qué astuta es la picarona… Sabe que Kyran no puede resistirse a demostrar que es el número uno en todo.

Por un momento, se queda quieto, mordiéndose el labio, como si estuviera inseguro.

No obstante, cuando nuestros ojos se encuentran de cerca, percibo la intensidad ardiente de sus iris.

El verde musgo que se arremolina con el bronce claro consigue paralizarme unos segundos, hasta que aparta la mirada y se lanza a por el coño de Frankie.

Comienza a lamerlo despacio, con cierto nerviosismo, y me cautiva lo distinto que parece ahora mismo.

Da la impresión de no haberlo hecho nunca, aunque claramente es imposible que no tenga experiencia en esto.

Desliza la lengua a lo largo una vez, con rapidez, y, al volver a posarla sobre el clítoris, la mueve con cierta indecisión.

Aun a riesgo de firmar mi sentencia de muerte, decido ayudarlo un poco y acerco la cara para cubrir las zonas que se está dejando, pero nuestras mandíbulas se chocan y él no pierde la oportunidad de quejarse.

—Demasiado cerca —murmura con la voz ronca, y yo pongo los ojos en blanco.

—Pues te jodes —contesto. Acto seguido, procedo a lamer a Frankie con más ímpetu.

Esta vez, le rozo el labio a mi hermanastro sin querer y me rodea el cuello con la mano para frenarme.

—Asfíxiame, cari —lo reto con una sonrisa maliciosa mientras clava su mirada fría en mí.

—Déjate de gilipolleces, imbécil —responde, liberándome de su agarre.

Sin embargo, tenemos la cara tan cerca que noto la calidez de su aliento en los labios. Me los humedezco con la lengua sin pensar y, por una milésima de segundo, sus ojos verdes y dorados descienden hasta mi boca.

Pese a que ha sido solo un instante fugaz, no me ha pasado desapercibido.

—Te he visto —susurro en un tono burlón, aunque no puedo negar que mi voz suena un poco más rasposa de lo habitual. Supongo que uno no es de piedra.

—Que te den —suelta Kyran, hecho una furia, y desiste del sexo oral.

En su lugar, le recorre el clítoris con el pulgar y luego le introduce un dedo despacio.

—Veo tu apuesta… y subo a dos dedos —digo, cumpliendo con mi palabra y deslizándolos dentro de Frankie.

Tenemos las manos literalmente pegadas, palma contra palma, mientras exploramos su coño y nos sostenemos la mirada, movidos por una mezcla de terquedad y rencor.

Frankie se rinde al placer y se retuerce ante nuestro tacto al mismo tiempo que nos enzarzamos en una batalla el uno contra el otro, usando su cuerpo como una especie de peón para ganar esta insólita y erótica disputa.

—Le gusta más lo que hago yo —gruñe Kyran a escasos centímetros de mi cara.

—Qué más quisieras —respondo, metiéndome la otra mano por debajo de los pantalones para acomodarme el miembro, que está extrañamente rígido y dolorido en este momento.

—Ni se te ocurra pajearte delante de mí. —La voz se le quiebra un poco, provocándome en el estómago un cosquilleo incomodísimo que no logro entender en lo más mínimo.

—Me pajearé donde a mí me dé la gana —contesto entre dientes, cerrando los dedos alrededor de la erección.

—Y una mierda.

En un arrebato de locura, me agarra de la muñeca y tira de ella para impedir que me toque, como si de verdad pensara que podía hacer que dejara de pajearme, pero en realidad solo logra moverme la mano y es como si me la estuviera cascando él.

—Me la estás poniendo más dura. —Lo miro con los ojos entrecerrados, torciendo la boca en una mueca socarrona.

—Eres un puto marica. —El pecho le sube y baja con fuerza; la voz le sale ronca y entrecortada.

Me acerco a él hasta que nuestras narices casi se rozan.

—Pues eres tú el que me la está sacudiendo ahora mismo.

De repente, se tensa aún más y le aparece un tic en la mandíbula.

—No es mi mano.

—A mí me hace el mismo apaño. —Me encojo de hombros.

Entonces Frankie tensa las piernas y contrae el coño en torno a nuestras manos, pero estamos tan enfrascados en la discusión que no nos damos cuenta.

Kyran me libera la muñeca y apoyo la cabeza en el muslo de mi amiga, cerrando los ojos un instante para deleitarme en el calor y la tensión del momento mientras me toco la polla.

No sé por qué lo estoy disfrutando tanto, pero no puedo ocultarlo.

Al abrir los ojos de nuevo, pillo a Kyran observando cómo muevo la mano por debajo de los pantalones.

—¿Se te ha puesto dura? —susurro, y él levanta la mirada de golpe.

—Ni de coña —bufa.

Le echo un vistazo a sus pantalones. La tela no logra ocultar su notable erección.

—Mentiroso.

Se la cubre con la mano.

—No me mires la polla, puto pervertido.

—¿Por qué? ¿La tienes pequeña? —Me muerdo el labio.

—No. —Entrecierra los ojos y se inclina más hacia mí—. La tengo grande.

—Demuéstramelo —suelto en un impulso, y me sorprendo a mí mismo.

«¿Qué coño estoy haciendo?».

—Eso es lo que a ti te gustaría —replica con la voz áspera, presionándose el pantalón.

Tiene las mejillas sonrojadas y las pupilas dilatadas.

Movemos al unísono las manos, resbaladizas por la humedad de Frankie, mientras seguimos metiéndole los dedos, sin prestarle la más mínima atención a ella, completamente absortos en una especie de lucha que nos está consumiendo a ambos.

No sé cómo hemos llegado hasta aquí, pero tengo la mente tan nublada que soy incapaz de pensar con claridad.

—Estás demasiado cerca de mí, Kyran —susurro con la respiración agitada—. Si me corro, te voy a salpicar entero.

—Como me manches, te arranco la polla de cuajo —brama.

Dios, me noto igual de tenso que una cuerda a punto de romperse. El calor que emana de él me golpea en oleadas y me quema por dentro.

De pronto, siento un peso en la parte baja del cuerpo y, cuando bajo la mirada, embotado por la excitación del momento, veo su pierna sobre la mía.

Aunque no creo que sea consciente de sus movimientos, ahora que me fijo en él, percibo cómo balancea ligeramente las caderas, como si buscara con anhelo un placer que no va a serle concedido, porque, a diferencia de mí, no se está tocando.

Y una parte retorcida de mí desearía que lo hiciera.

«Estoy fatal. Todo esto es una puta locura…».

—Así que tienes miedo… —murmuro, batiendo las pestañas.

Él se muerde el labio y emite un sonido grave que me sacude los huevos con fuerza. Me dispongo a acercar las caderas a las suyas, pero, antes de alcanzar mi objetivo, Frankie empieza a gimotear y, a continuación, suelta un grito ahogado.

—Ay, Dios. Joder, me corro. —Entonces baja la mano con rapidez y nos agarra a ambos la muñeca con desesperación, como si su vida dependiese de ello—. Me corro, me corro. Joder, me corro… —repite una y otra vez mientras se estremece por el orgasmo.

Tengo la boca de Kyran tan cerca de la mía que prácticamente respiro el aire que exhala. Noto cómo le tiemblan los labios. Siento su pulso latiendo como si fuera el mío.

Todo es tan intenso que me da la impresión de que podría correrme en cualquier momento.

Sin embargo, en cuanto Frankie nos suelta y se desploma sobre la cama satisfecha, Kyran retira los dedos y se aparta con brusquedad de mí.

El hechizo se rompe de inmediato y vuelvo a la realidad de golpe. Parpadeo varias veces, me saco la mano del pantalón y me siento sobre la cama despacio. Carraspeo, aturdido, y observo a Kyran, que se levanta como alma que lleva el diablo y se queda de pie, de espaldas a nosotros.

Ladeo la cabeza, preguntándome por qué está tan raro. A ver, sé que lo que acabamos de hacer ha sido fuerte, pero el tío ni siquiera se digna a mirarnos.

Frankie se incorpora sobre los codos con una sonrisa pícara y me acaricia el pelo.

—Qué puta pasada. —Gira la cabeza hacia Kyran—. ¿Queréis que os ayude yo ahora a vosotros?

—No —responde él con la voz áspera, poniéndose la camiseta—. Me piro.

Deslizo las piernas fuera de la cama y sacudo la cabeza. Debería haberme imaginado que dejaría de comportarse como una persona civilizada en cuanto acabáramos. Me pongo de pie y le echo un vistazo a mi polla, que sigue dura como una piedra y apretada contra los pantalones.

—O sea que no vas a echarme una manita con esto, ¿no? —me burlo, y a Frankie se le escapa una risita.

Kyran se vuelve hacia mí por fin y me mira con una expresión cargada de furia, pero eso no es lo que me llama la atención.

«Creo que tiene una mancha de humedad en los pantalones…».

Separo los labios, incapaz de pronunciar palabra alguna.

Me quedo completamente petrificado. Cuando poso los ojos de nuevo en su cara, me lo encuentro rojo como un tomate y con los dientes apretados de la rabia.

Se cubre la zona con las manos en un absurdo intento de ocultar que se ha corrido en los pantalones y se encamina hecho un basilisco hacia la puerta.

—Ni una palabra de esto —ordena, con los hombros visiblemente tensos, de espaldas a nosotros. Agarra el pomo, dispuesto a largarse, pero antes le dirige una última mirada a Frankie—. El dinero…

Mi amiga parece tan desconcertada como yo.

—Sí… Te lo pasaré por Venmo —contesta tras aclararse la garganta.

Él asiente con la cabeza.

—Perfecto. Gracias… —murmura, dándose la vuelta otra vez, y luego desaparece por la puerta.

Frankie y yo intercambiamos una mirada y giramos lentamente la cara hacia la cámara al mismo tiempo.

«Bueno, pues ya está».