Por los fans Capítulo nueve
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Capítulo nueve

Kyran

L a primera vez que recuerdo haber pisado una iglesia fue cuando mi tío Luke falleció.

Llevaba un tiempo enfermo… Tenía cáncer testicular. Aunque en ese momento yo solo tenía siete años y no entendía muy bien lo que estaba pasando, cuando murió pensé que tal vez me explicarían algo; sin embargo, me quedé sentado esperando.

Creo que mis padres consideraron que compartir los detalles de su enfermedad con mi hermana y conmigo era inapropiado, porque se supone que los niños no deberían enterarse de lo cruda que puede ser la vida. Así pues, lo único que nos contaron fue que estaba enfermo y había dejado de sufrir.

Su funeral fue todo un espectáculo. En la Iglesia católica, sobre todo en el sur de Boston, los funerales son la ocasión perfecta para asegurarse de que los que aún vivimos comprendemos que Dios no tiene reparo alguno en castigar a quien desee, de modo que, mientras respiremos, debemos confesarnos y cumplir nuestra penitencia con un placer casi masoquista.

Al fin y al cabo, el mayor regalo que nos concede Dios es su perdón.

Recuerdo que estuve sentado dentro de aquella iglesia en la calle Washing­ton tantas horas que me parecieron días enteros, y más a esa edad.

No comprendía todo eso de estar de pie, sentarse, arrodillarse y rezar.

La eucaristía, la santificación y la purificación.

El humo por todas partes y los himnos. Pese a que en los años siguientes llegué a acostumbrarme a todos esos rituales, en el funeral de mi tío se me quedaron grabados por el miedo.

Fue la primera vez que de verdad temí a Dios.

No eran solo los sacerdotes intimidantes, con sus rostros serios y solemnes, ni mi padre, con esos ojos severos y críticos, los que me aterraban.

Ese día recuerdo que temí que Dios me condenara a yacer sin vida en un ataúd de madera por no obedecer sus mandatos al pie de la letra mientras la gente se arrodillaba para llorar y rezar por mi alma.

La ceremonia parecía estar más orientada a mostrarnos las diferencias entre el bien y el mal que a velar por mi tío.

Nos remarcaron que cualquier acción que no complaciera a Dios sería motivo de castigo a menos que la confesáramos y, como yo no quería ser el blanco de su ira divina, empezó a aterrarme la simple idea de cometer algún error y pecar ante la mirada atenta de nuestro Señor.

Ese miedo me llevó a seguir órdenes sin cuestionarme nada durante años. Tratar de imponerme aquella obediencia ciega fue el primer error de verdad que cometí en mi vida.

Los bancos de madera del vestuario donde estoy sentado ahora mismo me recuerdan a la dureza e incomodidad de los que hay en la Catedral de la Santa Cruz. Al abrir las manos, veo las líneas de mis palmas ocultas tras el rosario que mi padre me entregó aquel día.

«Ruega por tu salvación, Kyran. A viva voz, para que él te oiga».

Cierro los ojos con fuerza y aprieto los puños con tanta intensidad que me clavo las uñas en las palmas.

Entonces extendiendo las manos poco a poco y recuerdo cómo se me resbaló de ellas…

—Ey.

Esa voz me sobresalta. Abro los ojos, giro el rostro hacia la puerta y me encuentro a Avi entrando lentamente en el vestuario.

A pesar de que aún no se ha quitado el disfraz de mascota, lleva la cara al descubierto. Hasta poner los ojos en blanco me resulta agotador en este momento.

Se sienta a mi lado y sacudo la cabeza.

—¿Qué quieres?

Se queda callado un segundo. Siento que me observa, pero no estoy de humor para devolverle la mirada.

—Solo venía a ver cómo estabas —responde.

Suelto un suspiro de cansancio.

—Déjame en paz, Avi.

—Es solo un partido, tío —murmura—. Tener cinco victorias y una derrota sigue siendo todo un récord.

—No sabes una mierda de nada —gruño, pasándome los dedos por el pelo.

Lo último que me apetece es que intenten animarme. Y menos él, que pasa de todo y ni siquiera es capaz de entender lo importante que es el fútbol para mí. No se entrega a nada con tanta intensidad como para sentirse devastado después de una derrota así.

Esta noche hemos jugado el primer partido desde que me enteré de que el negocio de mi padre se había ido a la quiebra y no he podido sacármelo de la cabeza.

Llevo dos semanas estresado por el hecho de quedarme de repente sin un duro.

Ya sé que parezco un niñato caprichoso y llorica, pero así es como me han criado.

Nunca nos había faltado de nada. Es como si me hubieran dado a probar las mieles del privilegio para acabar arrojándome al fango con el resto de la gente.

Las inseguridades que tanto me había esforzado por enterrar a diario en lo más profundo de mi ser comenzaron a brotar a la superficie a la velocidad de un rayo.

«Tal vez no tengo nada de especial… Tal vez no soy lo bastante bueno para llevar a este equipo a los playoffs y ganar un campeonato.

Tal vez todo lo que he conseguido a lo largo de mi vida no ha sido nada más que fruto del azar.

Solo destacaba por ser un chico blanco y rico, y, ahora que he perdido esa última parte, me he convertido en un chico blanco y mediocre cualquiera de Boston intentando mostrarle al mundo una imagen de mí mismo que ni siquiera es real».

Las crisis existenciales nunca te pillan en un buen momento, pero que te dé una en mitad de un partido importante contra el equipo del Instituto Tecnológico de Georgia es el presagio de un fracaso asegurado.

Ni los gritos del entrenador ni las miradas de Guty y el resto del equipo en el campo han servido para que me sacara de la cabeza la idea de que no soy más que un inútil que ha estado haciéndose pasar por una estrella todo este tiempo.

El equipo contrario ha vencido veintiuno a tres y, aunque nadie lo ha dicho en voz alta, estoy seguro de que todos se han cabreado conmigo. Nuestra defensa ha resistido con fuerza. La verdad es que todos han jugado de maravilla.

Todos excepto yo.

—Sé que los Yellow Jackets son un equipazo —prosigue Avi, y yo aprieto los dientes—. Y, aunque los árbitros han tomado unas decisiones de mierda, habéis dado lo mejor de vosotros. Hemos empezado con muy buen pie la temporada. No te rayes por una sola derrota, Ky. No te pega.

Me vuelvo hacia él y lo miro con el ceño fruncido.

—¿A qué viene este discursito motivacional? No somos amigos.

—No hace falta que me lo jures —resopla—. Me ha parecido que te vendría bien. Todo esto de no tener dinero ha sido un palo gordo para los dos.

Me quedo callado un instante, preguntándome si de verdad quiero seguir hablando con él, pero estoy demasiado cansado para discutir.

—Es que ahora me lo juego todo —murmuro—. La beca depende de que gane, me han denegado la ayuda para el alojamiento por los bienes que aún están a nombre de mi padre y, para colmo, las normas de mierda establecen que, si no vivo en el campus, no tengo derecho a la beca. Es de locos.

Avi deja escapar un suspiro.

—Menuda putada…

—Así que perdóname si no estoy de humor para echar el rato contigo, colega, pero preferiría estar solo. —Me pongo de pie, me quito la camiseta de un tirón y la arrojo con todas mis fuerzas al otro lado del vestuario.

Por primera vez desde que se ha sentado, dirijo la vista hacia Avi y nuestros ojos se encuentran.

Me observa con una expresión seria, sin el más mínimo indicio de su sonrisa burlona de siempre, lo que, por algún motivo, me hace sentir mejor y peor al mismo tiempo.

No sé si es porque me tiene lástima o porque la situación pinta tan mal que hasta él ha perdido las ganas de reírse del resto del mundo como si nada tuviera importancia.

Aparto la mirada antes de que me cabree aún más. Acto seguido, me quito las hombreras y las dejo caer al suelo. Fijo la atención en mis pies y comienzo a sacarme las botas sin molestarme en desatarlas. Entonces noto que Avi se levanta del banco.

—Deberías venir a la fiesta de Frankie mañana —dice, y vuelvo a clavar los ojos en los suyos de golpe—.

No sé si te has enterado, pero va a dar un fiestón por Halloween en su nuevo apartamento, en Brookline.

—Niego con la cabeza, sin entender por qué ha pensado que iba a interesarme el plan—.

Va a estar muy bien. Además, con todo lo que ha pasado, nos merecemos divertirnos un poco.

—Ya. Seguro que no estás utilizando esta situación de excusa para seguir con tu vida despreocupada de fumeta y fiestero.

—Me has pillado. —Sonríe, y pongo los ojos en blanco—. No, ahora en serio. Sé que no te hace especial ilusión juntarte conmigo, pero deberías venir y despejarte un poco.

Lo miro con recelo. Me parece muy raro que me esté invitando a la fiesta de su amiga, aunque Avi es una persona bastante peculiar, así que vete a saber lo que se le habrá pasado por la mente.

Las demás fiestas de Halloween se celebrarán en el campus, por lo que cabe la posibilidad de que los guardias de seguridad dispersen a la gente en cualquier momento si la cosa se desmadra. En Brookline, en cambio, habrá más descontrol.

Pero tendría que tirarme toda la noche viendo al plasta de mi hermanastro y a los frikis de sus amigos.

Aparte, tampoco es que tenga la cabeza para pensar en fiestas de disfraces ahora mismo.

—Creo que paso —contesto, encogiéndome de hombros.

—Pues yo opino que te vendría bien —dice con firmeza, poniendo los brazos en jarras.

—Bueno, por si no te has dado cuenta desde que nos conocemos… —digo, alzando las cejas—, me da igual lo que opines.

—Tú tan agradable como siempre, superestrella —repone con sorna y, antes de darse la vuelta para irse, añade—: ¡No te olvides del disfraz!

Dicho eso, se aleja pavoneándose, aún vestido de águila.

—Quítate el traje ese. Estás haciendo el ridículo —le grito.

—¡No puedo! —me responde a voces por encima del hombro—. No llevo nada debajo.

Me guiña un ojo y sale del vestuario, dejándome a solas con la frustración que su presencia me ha provocado.