Capítulo ocho
Avi
P uede que se me haya ido la olla.
Y lo digo en serio. Creo que se me ha ido la olla, el cucharón y la cocina entera.
Deja que te cuente cómo me han ido estas dos últimas semanas y verás que no te estoy exagerando ni un poquito.
Hace unos quince días, me enteré de que Thomas Harbor, el marido de mi madre y mi querido padrastro, se ha quedado sin un duro. Está más pelado que el sobaco de una rana, lo que significa que no puede permitirse gastos extra, y menos aún darle dinero a su hijastro.
La tarjeta de crédito que guardaba para emergencias (y con la que, como era de esperar, me pagaba la comida, la ropa, el transporte y prácticamente todo lo demás) dejó de funcionar dos días después de recibir aquella fatídica noticia.
Fue bastante humillante verme con casi veinte años rogándole a mi madre por teléfono que me prestara unos cuantos pavos para sobrevivir hasta que encontrara algún curro en el campus, pero no me quedó más remedio.
Vaciaron todas las cuentas casi de inmediato, incluida la mía, que, siendo sinceros, solo tenía dinero porque mi madre me ingresaba algo todas las semanas.
Cuando vivíamos en Brooklyn, echaba algunas horas de vez en cuando en el Starbucks de la esquina después de clase. Al mudarnos, pensé en buscar un trabajillo, pero entonces Tom accedió a pagarlo absolutamente todo e incluso animó a mi madre a que redujera la jornada en el concesionario de Mercedes.
Sin embargo, con todo este lío, se ha visto obligada a volver a trabajar sesenta horas a la semana para mantener a una familia que, ahora, cuenta con dos bocas más que alimentar. Y tiene pinta de que seguirá así hasta que a Tom le salga otra cosa.
La situación es una mierda la mires como la mires.
La vida en Boston es casi tan cara como en Nueva York, lo cual es ridículo, teniendo en cuenta que es una ciudad mil veces más pequeña, y los descuentos para estudiantes en el campus de la universidad tampoco es que se noten mucho, así que he tenido que despedirme de los sofisticados lattes mañaneros y de los constantes pedidos de comida a domicilio, y darle una calurosa bienvenida a los fideos instantáneos que vienen en un ridículo vaso de plástico.
Cómo no, un universitario sobreviviendo a base de ramen. La historia mejora por momentos.
Lo peor de todo es que se supone que debería estar viviendo como un rey.
Una semana antes de que empezara el semestre, me informaron de que, debido a la falta de espacio y a un milagro divino de última hora, iban a cambiarme de Walsh a los apartamentos Thomas More, la zona más exclusiva y codiciada de toda el área residencial de la universidad.
Normalmente, tienes que ser rico de narices o el hijo de algún senador o algo así de tocho para entrar allí, pero yo, el pequeño Avi Vega de Brooklyn, lo he conseguido de pura chorra.
Encima, todavía no le he visto el pelo al nuevo compañero que me han asignado, Ash Holloway. Nadie me ha contado qué le ha pasado ni por qué ha desaparecido de repente de la universidad, pero tampoco puedo decir que me moleste.
Aunque el tío iba al instituto de Somerville conmigo, la verdad es que no éramos tan amigos como para que me haya entristecido su ausencia, y menos si eso significa que tengo una habitación doble del tamaño de una suite solo para mí.
El caso es que han pasado dos meses y no sé nada del paradero del músico australiano que me ha tocado como compañero ni si se dignará a aparecer en algún momento.
Básicamente, debería estar viviendo una vida de ensueño, pero la verdad es que me he comido un mojón bien gordo, porque todos los planes que había hecho en mi cabeza de amueblar este sitio y montar fiestas a lo Playboy se han ido al garete por la falta de pasta.
Por suerte, compré ropa de cama decente y utensilios para la cocina con la tarjeta de crédito de Tom antes de enterarme de que su empresa había quebrado, pero, al margen de eso, el sitio está medio vacío.
Aun así, he de admitir que está bastante bien esto de tener privacidad y un espacio propio… Lo que me lleva, por fin, a la anécdota que demuestra que he perdido la cabeza.
Frankie vino a verme la semana pasada justo cuando estaba sumido en mi propia miseria.
—¿Qué voy a hacer ahora? —le pregunté angustiado mientras me paseaba de un lado a otro—. Estoy jodidísimo. La beca que pedí ni siquiera cubre la matrícula completa del próximo semestre, y del alojamiento ya ni hablemos.
—¿Cuánto te hace falta? —respondió, mirándome desde el sofá del salón de mi residencia, con los dedos pegados en forma de triángulo sobre los labios.
—Tres mil quinientos dólares para acabar el segundo año —solté con un suspiro y, acto seguido, me dejé caer de rodillas sobre el parqué de forma teatral—.
Y otros nueve mil para poder quedarme aquí —gimoteé, acariciando el suelo de madera maciza con melancolía—.
Ya decía yo que era demasiado bonito para ser verdad…
—¡¿Solo eso?! —exclamó Frankie, ahogando un grito de sorpresa—. ¿Nueve mil por un semestre en este sitio? Pues es bastante barato…
—Se apiadaron de mí y me aplicaron la tarifa que suelen tener el resto de los edificios —murmuré—.
De todas formas, no va a servirme de nada.
¿De dónde coño voy a sacar trece mil pavos en dos meses?
Ni siquiera pagándolo a plazos me daría tiempo a reunir toda esa cantidad.
Además, no voy a poder trabajar las horas que necesito para ganar esa pasta y seguir llevando al día los estudios…
—Apoyé la frente en el suelo y empecé a lloriquear de la desesperación—.
Adiós, mi querida y preciosa residencia de lujo.
Lo nuestro podría haber sido tan especial…
Al sentir unos ligeros toquecitos en el costado, miré a Frankie y la vi dándome con los dedos de los pies.
—Puede que yo sepa cómo conseguir dinero rápido…
Me quedé contemplándola, perplejo.
—Me da un poco de miedo que se te hayan iluminado los ojos de esa forma…
—Entonces esbozó una sonrisa maliciosa de oreja a oreja, lo que provocó que me enderezara de inmediato—.
Frankie…, no pienso atracar un banco contigo.
Creo que me faltan huevos para hacer algo así.
Y, aparte, ¿qué me pongo? ¿Medias o pasamontañas? Si es que hay demasiadas opciones…
—No, tonto. —Se rio entre dientes—. No tienes que atracar a nadie… Al menos, no literalmente. —Me limité a observarla mientras se inclinaba hacia mí—. Dos palabras… Bueno, son dos, pero se escriben juntas por decisiones de marketing o qué sé yo.
Fruncí el ceño, intrigado.
—OnlyFans.
Seguí mirándola atónito durante cinco segundos antes de descojonarme en su cara.
—Sí, claro. Qué buena esa. Gracias, Franks, necesitaba echarme unas risas —le contesté, secándome las lágrimas de los ojos, pero ella se puso seria.
—No estoy de coña.
De pronto, se me borró toda la alegría. Resoplé y la fulminé con la mirada como si estuviera chalada.
—Tía, no me puedo abrir un OnlyFans…
—¿Por qué no? —Se incorporó y cruzó los brazos.
—Porque… —murmuré, sacudiendo la cabeza ante el rumbo tan absurdo que había tomado la conversación—. ¿Qué voy a enseñarle a la gente? ¿Cómo iría todo eso? No me veo haciendo… porno.
Frankie se echó hacia atrás con una carcajada.
—No es porno de verdad.
Alcé las cejas en un gesto de incredulidad.
—Bueno, vale, igual sí. —Se deslizó por el suelo hasta quedarse sentada frente a mí—. Pero, Avi, escúchame. Estás buenísimo. Tienes un cuerpazo, cosa que nunca entenderé, con esos atracones de comida basura que te metes y lo poco que te mueves.
Fruncí el ceño.
—Oye, aunque te parezca mentira, sí que entreno.
—El caso es que la gente en internet se dejaría una buena pasta por verte. —Sonrió con malicia—. Subes unos cuantos vídeos picantones, te forras y problema resuelto, potrillo salvaje.
Jamás pensé que llegaría a planteármelo en serio, pero lo cierto es que la idea de ganarme un dinero rápido me resultó bastante atractiva.
Tenía la certeza de que no había forma de juntar la suma que necesitaba con un trabajo normal de los que podrían salirme. Me quedaba muy poco tiempo. Ni siquiera habría servido de nada renunciar a aquella lujosa residencia y volver a casa.
Si quería quedarme en la Boston College y seguir viviendo en aquel maravilloso apartamento que me había llovido del cielo, tenía que tomar medidas drásticas. No podía desperdiciar la oportunidad que me habían brindado.
Entonces se me vino a la cabeza la conversación que había tenido con Kyran la semana anterior.
Por cosas del destino, había logrado entrar en un sitio que se encontraba a todas luces fuera de mi alcance y estaba plagado de personas que se creían mejores que yo.
Si me rendía y me cambiaba a una universidad menos cara cerca de casa, les habría demostrado que tenían razón.
No podía permitir que mi vida se fuera al traste solo porque la empresa del ricachón de mi padrastro se hubiese ido a la quiebra.
No necesitaba su ayuda. Era más que capaz de sacarme yo solo las castañas del fuego y demostrarles a todos que me merecía estar allí tanto como ellos.
Así que hice de tripas corazón y me interesé por saber más de la propuesta de Frankie.
—¿De verdad ganas tanta pasta solo por grabarte desnuda?
—Digamos que he ahorrado lo necesario para dos meses de alquiler y la fianza de un apartamento en Brookline —respondió con una sonrisita afable en los labios. La noticia me pilló desprevenido—. Iba a esperar a contártelo… No quería darte más disgustos. Pero me mudo la semana que viene.
—¿Te vas del campus? —Le hice un puchero, desanimado por la noticia. Necesitaba a Frankie a mi lado, sobre todo en ese momento.
Al fin y al cabo, es mi mejor amiga.
—Estaré a diez minutos de aquí. No seas llorica. —Su risita logró animarme—. Además, voy a dar una fiesta de Halloween épica para inaugurar el apartamento y espero verte allí.
—No me la perdería por nada del mundo —le aseguré con una sonrisa.