Capítulo siete #2
Tiene las mismas ojeras que Hannah, no se ha afeitado la barba en varios días y lleva la camisa blanca impoluta de siempre desabrochada y arrugada.
Ambos toman asiento; sin embargo, mientras Hannah nos dedica a Avi y a mí una sonrisa vacilante, mi padre ni siquiera se atreve a mirarnos.
—Papá… —susurro, y tensa la mandíbula al oírme.
Veo cómo se le mueve la nuez al tragar antes de alzar la vista hacia mí brevemente. Tiene los ojos inyectados en sangre… Tal vez haya estado bebiendo más de la cuenta.
—Feliz cumpleaños, hijo —responde entre dientes—. Me he enterado de lo del partido de esta semana… Enhorabuena.
Abro la boca con la intención de contestarle, pero no consigo articular palabra.
Creía que su simple presencia bastaría para avivar la rabia que he ido acumulando a lo largo de todos los partidos por los que no ha mostrado ni un ápice de interés.
Incluso había preparado un discursito en el que presumía de mis yardas de pase y luego le decía que se fuera a la mierda.
Pero, al verlo así, me he quedado en blanco.
—Bueno, todo el mundo a comer —dice suspirando Hannah—. He preparado mi cuscús especial y…
—Y una mierda —suelta Avi de mal humor, provocando que todas las miradas se vuelvan hacia él.
—Aviel, no uses ese vocabulario en la mesa —lo regaña su madre—. Venga, come algo.
—Ni de coña —prosigue—. Aquí no come nadie hasta que nos digáis qué cojones está pasando.
Por una vez, estoy de acuerdo con él, aunque no voy a darle la satisfacción de hacérselo saber. Los dos clavamos los ojos en nuestros respectivos progenitores, esperando a que suelten la bomba que parecen llevar tiempo conteniendo.
Hannah se pone a juguetear con su servilleta y entonces le echa un vistazo a mi padre.
—Tom…, tenemos que contárselo.
—¿Contarnos el qué? —bufa Avi, aferrándose al borde de la mesa con tensión.
Mi padre sigue negándose a mirarnos, pero le leo el rostro como si fuera un libro abierto: frustración, desolación, surcos de ira, resentimiento y hostilidad. Todo me resulta tan familiar que siento que voy a desmayarme en cualquier momento.
Contemplo cómo toma una profunda bocanada de aire y, a continuación, exhala despacio.
—El negocio se ha ido a pique —murmura.
Se hace un silencio tan absoluto en el comedor que sus palabras parecen rebotar contra las paredes desiertas.
«Vale… Eso sí que no me lo esperaba».
Me trago el nudo de confusión que se me ha formado en la garganta y me fuerzo a reaccionar.
—¿Cómo que se ha ido a pique? ¿Qué ha pasado? —pregunto.
Me lanza una mirada de derrota.
—Robert hizo malas inversiones, las avaló con nuestras pensiones y… En fin, no es necesario que sepas todos los detalles, pero estamos jodidos.
Mantengo la boca y los ojos abiertos de par en par tanto tiempo que se me resecan por igual. No puedo creerme lo que estoy escuchando.
Mi padre empezó su negocio desde cero. Contó con una generosa donación de mis abuelos para despegar, por supuesto, pero, quitando eso, llevaba asegurándose de que creciera sano y fuerte como si fuera un hijo más desde antes incluso de que naciera mi hermana.
De hecho, siempre ha sido su mayor orgullo.
¿Y ahora va y nos suelta que… lo ha perdido todo? ¿Así como así?
—Siento mucho que hayamos tenido que contaros esto en tu cumpleaños, Ky —se disculpa Hannah.
Parpadeo, incrédulo.
—¿A quién coño le importa mi cumpleaños? ¿Estáis diciéndonos que estamos… arruinados ?
—Tranquilízate —me ordena mi padre con voz áspera.
—No, lleva razón —interviene Avi—. Tenemos derecho a saber cómo va a afectarnos todo esto.
—Bueno, por si no se nota, hemos estado vendiendo cosas —responde Hannah, esforzándose por mantener una actitud positiva, aunque nunca la había visto tan agobiada—. Algunos muebles de la casa, los dos coches… Y yo volveré a trabajar a jornada completa en el concesionario.
—Tiene que ser una puta broma… —digo mientras me paso los dedos por el pelo, incapaz de asimilarlo.
La mente me va a mil por hora. Trato de pensar en todos los cambios que esta nueva situación va a suponer en nuestras vidas, pero siento que va a explotarme la cabeza ante la infinidad de posibilidades que se me ocurren.
—¿Y la casa…? —pregunta Avi, con una ansiedad en la voz nada típica de él.
—Podremos conservarla —responde mi padre—. Estoy buscando un nuevo empleo. Ya tengo un par de opciones, pero me va a costar bastante adaptarme…
—¿Y qué pasa con la universidad? —lo interrumpo bruscamente.
Alza los ojos de golpe hacia los míos; sin embargo, no articula palabra. Un silencio ensordecedor se apodera de toda la estancia.
De repente, mi padre se levanta y se dirige hacia el minibar para servirse un vaso de whisky. Se lo ventila de un trago y procede a llenarlo de nuevo. Hannah se limita a observarlo con un gesto de incomodidad en el rostro.
—Por desgracia, no podremos seguir pagándoos la universidad a ninguno de los dos —anuncia al fin, con los hombros visiblemente hundidos.
—Hostia puta, esto no puede estar pasando… —Me froto los ojos con los dedos.
—Las becas deben de haber cubierto la mayor parte de la matrícula —tartamudea Hannah, intentando consolarnos.
—Pero no podemos hacernos cargo de la residencia —añade mi padre con un tono carente de emoción.
Se me cae el alma a los pies.
—Todo irá bien —continúa Hannah—. Además, siempre podéis volver a casa cuando acabe este semestre si hace falta. No se tarda nada en llegar a la universidad desde aquí. Muchos chicos darían lo que fuera por vivir tan cerca del campus como vosotros…
«Y una mierda. No pienso tirarme dos años enteros yendo en autobús a la Boston College ni de coña. Me niego a mudarme otra vez aquí. No. Paso».
—Menuda putada —dice Avi con una risita amarga al mismo tiempo que sacude la cabeza.
—Entonces, ¿no podemos hacer absolutamente nada ? —pregunto con desesperación mientras me echo a temblar en mi asiento, impotente ante el peso de la puta broma en la que se ha convertido mi vida.
—Podrías hablar con tu tutor… O con tu entrenador. —Mi padre se encoge de hombros y sigue bebiendo de espaldas a nosotros—. A ver si te permiten solicitar alguna beca de alojamiento…
—Sí, claro. —Me agarro del pelo con más fuerza—. Viviendo tan cerca, no van a concederme nada, joder. Y, aunque acabe colando, no creo que me den nada hasta el año que viene.
—Kyran, tampoco va a acabarse el mundo por vivir un semestre en casa… —responde Hannah, con un hilo de remordimiento en la voz.
«¿Perdona? Pues claro que se va a acabar. Será mi ruina».
Se suponía que la Boston College iba a brindarme la libertad que tanto ansiaba. Vivir aquí un semestre bastaría para echarlo todo por tierra.
Necesito estar en la residencia con mis compañeros de equipo. Me encanta compartir cuarto con Guty y ver a mis amigos cada vez que quiera. Si me mudo aquí, tendré que aguantar a mi padre, que pasa de mi culo, a la pobre de su nueva mujer y… a Avi.
«No. Es que me niego a aceptar esta mierda».
—Tom, por favor, siéntate y come algo —murmura Hannah en un tono implorante.
—No tengo hambre —le responde de manera tajante. Luego, se echa otro vaso de whisky y se aleja dando zancadas en dirección a su despacho.
Una vez allí, pega un portazo y, con él, da la conversación por terminada oficialmente.
Mi vida tal y como la conocía hasta este momento ha llegado a su fin.
Todos los planes y todas las cosas por las que me he dejado la puta piel se han ido al traste de la noche a la mañana.
Un recuerdo me asalta la mente. Veo a mi padre contándonos a mi hermana y a mí que va a divorciarse de nuestra madre y, de pronto, vuelvo a pensar en la mirada que me lanzó justo antes de encerrarse de un portazo en su despacho.
«Nunca vas a poder librarte de la culpa. Nada de lo que hagas será suficiente para enmendar el daño que has causado».
—¿Sabéis qué? —Arrastro la silla hacia atrás y me pongo de pie, esforzándome por mantener el equilibrio pese al vértigo que se ha apoderado de mí—. Yo tampoco tengo hambre.
Me dirijo hacia las escaleras y las subo con el piloto automático activado, insensible al mundo que me rodea.
La falta de control me resulta tan abrumadora que me está provocando una presión insoportable dentro del cráneo, como una migraña.
Cierro con fuerza la puerta de mi cuarto, me apoyo contra ella y trato de recobrar el aliento.
«Esto no puede estar pasando… No puede ser real».
Después de lo que me ha costado salir de aquí, no puedo perderlo todo así como así.
Me aparto de la puerta, voy dando tumbos hasta la cama, me desplomo bocabajo y entierro la cara en la almohada.
El año pasado fue increíble. Entré en la Boston College, hice nuevos amigos, estuve en fiestas y jugué al fútbol, pero lo más importante es que por fin conseguí dejar atrás las pesadillas y los recuerdos asfixiantes. No puedo volver a vivir aquí…
«Y a él tampoco le hace gracia tenerme en esta puta casa».
Cuando llevo un buen rato rumiando mis inquietudes, llaman a la puerta. Una chispa de esperanza prende en mi interior al pensar que quizá sea mi padre, que viene a decirme que no ha sido mi culpa y que todavía me quiere, pase lo que pase.
Sin embargo, tras incorporarme y gritar que entre, aparece por la puerta la última persona que me apetece ver en este momento.
—Ey… —Avi permanece en el umbral y cambia el peso de pie—. ¿Cómo lo llevas?
Niego con la cabeza y me dejo caer de nuevo sobre la cama.
—¿Qué quieres, Avi?
Al no recibir respuesta, vuelvo a echar un vistazo a la puerta y me lo encuentro mordiéndose el labio.
—A mí también me ha jodido todo esto, ¿sabes?
—Ah, ¿sí? No me digas. —Me río con sorna—. Ni siquiera te gusta la universidad. Te daría lo mismo mudarte aquí otra vez o cambiarte de sitio. No te importa nada.
—Sí me importa, joder. —Se adentra en la habitación—. He hecho amigos en la Boston College, igual que tú, ¿vale? Que no sea el quarterback superestrella del equipo de fútbol no significa que no tenga nada que perder.
Pongo los ojos en blanco.
—A ti siempre se te presentarán más oportunidades que a mí, Kyran.
—Se sienta con desgana sobre mi cama y yo me abrazo las rodillas para mantener las distancias—.
Probablemente puedas solicitar alojamiento gracias a tu maravillosa beca de fútbol.
Yo me daré con un canto en los dientes si la ayuda me cubre la matrícula completa.
—Vete de mi cuarto, Avi —le pido, con un hilo de melancolía en la voz que espero que le pase desapercibido—. Ya tengo bastante con sentirme así como para que encima estés tú ahí de espectador.
—¿Por qué? ¿Porque no existe ni la más remota posibilidad de que entienda por lo que estás pasando?
—responde, frustrado—. Joder, estás tan centrado en tu ombligo que no te das cuenta de que esto no solo te está afectando a ti, Kyran.
Nos está afectando a todos. Era la primera vez que lograba interesarme por algo y que conseguía estar en un sitio que suele ser más para gente como tú que como yo…
Me incorporo de golpe y le lanzo una mirada cargada de odio.
—Ay, pobrecito de Avi. Qué duro es ser de clase trabajadora. No tienes ni idea del tipo de cosas que tiene que aguantar la gente. —Trago saliva y me echo hacia atrás mientras él me observa con el ceño fruncido—. Para ti será mucho más fácil superarlo porque puedes hacerlo.
—¿A qué te refieres con eso? —murmura.
—Da igual —digo entre dientes, poniéndome de pie para alejarme de él.
No aguanto ni un segundo más a su lado, y menos si va a seguir mirándome de esa forma.
Me dirijo hacia la puerta, pero, antes de salir del cuarto, me detengo para dedicarle unas últimas palabras cargadas de desánimo:
—Supongo que nos veremos en la universidad… mientras podamos continuar yendo.
Acto seguido, bajo las escaleras, salgo por la puerta y pido un Uber que me lleve al campus. En los veinte minutos de trayecto, no paro de darle vueltas al tormento que alimenta mi determinación.
En mis manos se dibujan los caminos que separan el cautiverio de la libertad.
«Tengo que encontrar una salida. No puedo desmoronarme de nuevo… Esta vez no».