Capítulo siete
Kyran
C uando llega mi decimonoveno cumpleaños, ya hemos jugado tres partidos más y hemos logrado salir victoriosos de todos. La temporada ha arrancado a lo grande, así que el equipo está con los ánimos subidísimos.
El segundo partido lo jugamos fuera, en Pittsburgh, y ganamos a los Panthers treinta y ocho a treinta y uno, un resultado bastante reñido; en cambio, el tercero lo jugamos en casa, justo el día antes de mi cumpleaños, y machacamos a Syracuse por cuarenta y cuatro a tres.
Fue el regalo de cumpleaños perfecto y, por supuesto, lo celebré a tope esa noche.
Aun así, a pesar de nuestro triunfo aplastante, hay dos razones por las que no puede decirse que aquella noche fuera la mejor de mi vida.
La primera es que tuve que ver a Avi moviéndose de un lado a otro todo el rato con el puñetero disfraz de águila.
Intento con todas mis fuerzas no convertirme en el aguafiestas del equipo, pero no puedo soportar la idea de que sea el odioso de mi hermanastro quien se esconde debajo de ese traje, observándome y riéndose en cada partido.
Creo que esa rabia acumulada ha sido justo lo que me ha permitido hacerme con más yardas de pase de las que haya conseguido ningún quarterback a estas alturas de la temporada.
Por suerte, Avi no estuvo en Pittsburgh.
No sé si asistir a los partidos que se juegan fuera de casa no entra dentro de sus obligaciones como mascota o si simplemente no le dio la gana de ir, pero, en cualquier caso, fue un alivio no tener que verlo haciendo el ridículo con sus bailecitos por el campo.
Claro que, como era de esperar, en el siguiente partido que se celebró en casa sí se presentó como Baldwin y se dedicó a fastidiarme con su mera presencia, que parece ser lo único que se le da bien.
La segunda razón por la que la victoria contra Syracuse podría haberme dejado mejor sabor de boca es que mi padre no fue a verme.
De hecho, todavía no se ha presentado en ninguno de mis partidos, lo cual está empezando a minarme un poco la moral.
No esperaba que viajara a Pittsburgh, pero no tiene ninguna excusa para haberse perdido los demás.
El fútbol es el único aspecto de mi vida en el que me muestra algo de apoyo, y últimamente tampoco parece importarle.
Una parte de mí quiere llamarlo para averiguar qué le pasa; sin embargo, la otra se niega a darle esa satisfacción. Si ha decidido desentenderse de mí, no seré yo quien se lo impida.
«Por mí, le pueden dar por culo».
Lo malo es que, por mucha indiferencia que aparente, por dentro no paro de darle vueltas al asunto casi de manera obsesiva.
En realidad, me siento como si fuera otra vez ese niño que intenta desesperadamente no decepcionar a su padre y, al mismo tiempo, no puede evitar hacerlo por culpa de circunstancias que escapan a su control.
Es una espina que se me ha quedado clavada.
Por eso, cuando Hannah me llamó por mi cumpleaños y me pidió que volviera a casa para cenar con ellos este fin de semana, me aguanté las ganas de mandarlos a la mierda y le dije que iría, aunque solo fuera para encarar a mi padre y enterarme del motivo que lo había llevado a perderse mis partidos sin ni siquiera avisarme con una llamada o un simple mensaje de texto.
Y, ahora, aquí estoy, moviendo la pierna de los nervios en el asiento trasero de un Uber que me lleva directo a Somerville para enfrentarme a otra de esas cenas familiares forzadas que he estado evitando a propósito estos últimos años.
Durante las vacaciones de verano, he aprovechado para pasar el máximo tiempo posible con mis amigos y he procurado buscar cualquier excusa que me mantuviera alejado de casa con tal de no ver a mi padre tratándome como a una inversión fallida en lugar de como a un hijo, a Hannah acaparando todo su afecto y a Avi, cuya actitud calmada y cuya sonrisa constante no sirven nada más que para recordarme cómo podría haber sido mi vida si no se hubiera torcido tanto.
Pero, en esta ocasión, en vez de huir, estoy yendo directo hacia allí, dispuesto a lidiar con todos nuestros rollos familiares en un intento de descubrir qué está pasando.
El Uber se detiene frente a mi casa, justo detrás de lo que parece otro Uber. Me bajo del mío a la vez que Avi sale del suyo, y ambos ponemos los ojos en blanco al encontrarnos.
—¿Ves? Si no fueras tan capullo, podríamos haber compartido uno —murmura mientras nos dirigimos hacia la puerta principal.
—No, gracias —contesto, y me apresuro a agarrar el pomo para entrar en casa antes que él.
—Imbécil… —masculla por lo bajo, pero no le presto atención. Estoy demasiado ocupado recorriendo la casa con los ojos abiertos de par en par, preguntándome por qué ha cambiado tanto.
La mayoría de los muebles han desaparecido o han sido reemplazados por otros más pequeños y sencillos, y no hay ni un cuadro en las paredes. Todo tiene el mismo aspecto que cuando nos mudamos por primera vez. El aire huele a comida, pero no oigo el tarareo habitual de Theresa en la cocina.
No ha quedado ni rastro de lo que alguna vez fue nuestro hogar. Ahora tan solo parece un páramo desolado y envuelto en penumbras.
—¿Papá? —grito al mismo tiempo que Avi llama también a su madre a voces.
Hannah asoma la cabeza desde la cocina y nos dedica una sonrisa cansada.
—¡Hola, chicos!
Se seca las manos en un paño y avanza hacia nosotros con paso tranquilo. Cuando está más cerca, percibo las ojeras que le ensombrecen los ojos. Da la impresión de estar completamente agotada.
—Mi niño —dice con ternura mientras abraza a Avi; luego, se gira y me abraza a mí—. Felicidades atrasadas, Ky. Lamento que no hayamos podido ir a visitarte el mismo día de tu cumpleaños. Han pasado… muchas cosas.
—¿Como cuáles? —pregunto, nervioso, pero ella se aparta y se mete un mechón de pelo detrás de la oreja, evitando mirarme a los ojos.
—Mamá, ¿qué ocurre? —insiste Avi—. ¿Por qué habéis vaciado la casa?
—Eso, ¿y a dónde ha ido mi padre? No he visto su coche en la entrada…
—Tu padre está aquí —responde, como si tratara de tranquilizarme; sin embargo, lo único que consigue es dejarme con más dudas aún—.
Está en su despacho. Tenemos que hablar con vosotros de algunos asuntos, chicos, pero lo haremos en la cena.
—Se da la vuelta y sale pitando en dirección a la cocina—.
¡Acabo enseguida! —nos avisa, corriendo hacia los fogones—.
Poneos cómodos mientras tanto. No tardará mucho.
Avi y yo intercambiamos una mirada de preocupación antes de que él vaya detrás de su madre. Yo, en cambio, me quedo contemplando las paredes apagadas que me rodean.
«¿Qué coño está pasando?».
Atravieso la sala de estar hasta llegar al despacho de mi padre.
La puerta está cerrada, pero, al apoyar la oreja ligeramente contra ella, lo oigo hablar.
Aunque no logro entender nada, se nota que está al teléfono con alguien, y no parece una conversación agradable.
El tono grave de su voz suena desesperado y, de repente, empieza a gritarle a la persona que se encuentra al otro lado de la línea.
Retiro la oreja a toda prisa y contemplo la puerta que nos separa con un nudo en el estómago.
—Papá —digo, llamando suavemente con los nudillos—, ¿va todo bien?
Él permanece en silencio un instante y después se aclara la garganta.
—Sí. Dame un segundo.
Los nervios se me ponen a flor de piel de inmediato. La sensación de miedo que amenaza con apoderarse de mí me transporta a cuando tenía doce años y oía a mis padres a través de una puerta cerrada discutiendo sobre mí en voz baja.
Me paso los dedos por el pelo y exhalo una bocanada de aire para intentar calmarme. Me apoyo contra la pared y cierro los ojos.
«No es culpa mía».
Saco mi móvil del bolsillo y abro la cámara con el único propósito de mirarme a mí mismo.
«No pasa nada… No hay nada de qué preocuparse. Estás aquí».
«Este eres tú».
Un carraspeo me saca de golpe de mis pensamientos y pego tal bote que casi tiro el móvil al suelo. Al levantar la vista, me encuentro a Avi mirándome con la boca abierta y el ceño fruncido desde la salita de estar.
—La cena ya está lista. Cuando hayas terminado de mandarle mensajitos guarros a la barbie de turno, ven a la mesa.
—No estoy… —empiezo a gruñirle, pero ya se ha ido.
Suelto un suspiro, guardo el móvil y lo sigo hasta el comedor, donde se encuentra Hannah, cargada con platos de comida en las manos.
—¿Dónde está Theresa? —pregunto en un tono acusador y angustiado.
—Se ha tomado la semana libre —responde Hannah mientras pone la mesa, negándose a mirarme.
No sé qué está ocurriendo aquí ahora mismo, pero no me gusta nada. Si hubiera sabido que esto era lo que tenían preparado para mi cena de cumpleaños, me habría quedado en la universidad sin dudarlo.
Me siento a la mesa y Avi se coloca frente a mí.
Por un instante, creo que está observándome, pero, cuando le echo un vistazo, lo veo mucho más preocupado por los movimientos inquietos de su madre.
Al terminar de preparar la mesa, Hannah se detiene un instante y gira ligeramente el rostro hacia el despacho de mi padre.
Se aleja pisando el suelo con fuerza y, al cabo de unos segundos, la oigo tocar la puerta de su despacho para que se una a nosotros; sin embargo, me da la impresión de que no quiere salir de allí.
Algo va mal, muy mal, y lo que es peor: por primera vez desde que lo conozco, Avi ha dejado a un lado esa actitud chulesca y despreocupada que lo define.
De hecho, parece igual de incómodo que el resto, lo cual es aún más preocupante, como cuando hay turbulencias en un avión y las azafatas pierden también la calma.
Tras unos minutos, Hannah vuelve al comedor con mi padre, que va caminando en silencio detrás de ella. Me fijo detenidamente en él, pero su aspecto no me transmite nada de tranquilidad, porque está hecho un desastre.