Por los fans Capítulo seis
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Capítulo seis

CarlRodillasRojas : Solo te echaría de mi cama para que nos lo montáramos en el suelo.

Kyran

Cuatro meses después (Segundo curso en la Boston College)

C asi todos los grandes deportistas tienen sus propias supersticiones o rituales cuando se acerca un partido decisivo.

Conozco a tíos que se niegan a probar bocado durante las veinticuatro horas previas al día del partido y, por más que el entrenador les insista en la importancia de comer adecuadamente, no se bajan del burro.

Según ellos, gracias al hambre se concentran mejor, como si existiera una relación directa entre la necesidad de alimentarse y la de ganar.

Sé de jugadores que se abstienen de mantener relaciones el día antes del partido y ni siquiera se hacen una triste paja. Aunque también hay otros que, por el contrario, se empeñan en vaciarse los huevos cuando quedan minutos para salir al campo.

Yo no hago ninguna de esas cosas, pero las entiendo. Mantenerse en forma no es solo algo físico, sino también mental. En mi caso, sin embargo, el aspecto emocional es lo que me causa más problemas.

Los momentos de mucho estrés suelen desestabilizarme, pero absolutamente nadie lo sabe, excepto yo, lo cual es una ventaja.

Creo que el hecho de mantenerlo en secreto es lo que me permite concentrarme por completo en el juego.

A pesar de que no siempre puedo mantener bajo control mis emociones, fingir que todo va bien es mi punto fuerte, sobre todo cuando llega la hora de atarme las botas y exponerme ante cientos, o incluso miles, de fans animándonos.

Estoy acostumbrado a ser el centro de todas las miradas.

El equipo de fútbol del instituto de Somerville tuvo un gran año y, en nuestro último curso de secundaria, ganamos un campeonato.

Gracias a esa victoria, conseguí la beca para la Boston College y me consolidé como quarterback novato.

Me hicieron jugar en el tercer partido de la temporada pasada y acabamos aplastando a uno de nuestros mayores rivales, cuarenta y uno a diecisiete.

Desde entonces, la gente no ha dejado de fijarse en mí y, por lo que he oído, el estadio de la Boston College estará lleno hasta los topes esta noche.

De hecho, se han agotado todas las entradas, y eso que solo es el primer partido de la temporada.

En la Boston College se toman muy en serio el fútbol americano. Los Eagles han sido un referente de la NCAA desde que tengo uso de razón y han llegado a las finales de la ACC los últimos cuatro años consecutivos. Pero no han logrado ganar ningún campeonato nacional… todavía.

La necesidad que siento de superar mis impedimentos emocionales es lo que me motiva a darlo todo.

Es un hambre voraz que me lleva a enfrentarme a mis problemas con uñas y dientes para demostrarles que no tienen ningún poder sobre mí y que soy yo quien se encuentra al mando.

Por eso, mientras todos los demás están escuchando al entrenador Matthews dar su primer discurso motivacional de la temporada para que dejemos por los suelos a los Cardinals en el partido de esta noche, yo me quedo mirándome fijamente las manos.

Llámalo manía, costumbre, tic nervioso o como quieras, pero el caso es que suelo seguir con los ojos las líneas que me atraviesan las palmas y me gusta imaginar que son carreteras que conozco.

A veces incluso visualizo en mi mente coches diminutos transitando por ellas, recorriendo las mismas calles por las que llevo conduciendo o andando toda mi vida.

Creo que no recuerdo con exactitud de dónde salió este mecanismo de defensa ni qué lo desencadenó, pero, aunque lo hiciera, tampoco me apetecería pensar en eso ahora mismo. Lo único que me importa en este momento es el atasco que hay en la Mass Pike de mi mano.

No ha habido ningún accidente ni es hora punta, pero la gente conduce como el culo en esa autopista.

—Harbor. —El entrenador me llama por mi apellido, lo que hace que levante la vista hacia él de inmediato—. ¿Estás bien?

—Mejor que bien —gruño mientras me pongo los guantes y cubro las líneas de mi propio mapa.

—Así me gusta —contesta—. Quiero que estéis concentrados esta noche, chicos. Vamos a darles tal paliza que no van a saber ni por dónde les sopla el aire. ¡Salid ahí y demostrad lo que valéis!

Todos estallan en vítores al oírlo. Acto seguido, nos levantamos de un salto y nos preparamos para salir al campo.

—Las águilas van a merendarse unos buenos cardenales esta noche, colega. —Guty me da un codazo y le respondo con una sonrisa.

Samson Gutierrez es nuestro wide receiver y, además, mi compañero de cuarto.

Es uno de los mejores tipos que conozco: un jugador excepcional, con una risa contagiosa y una de esas personalidades que parecen brillar con luz propia.

El año pasado conectamos al instante y el entrenador confía en nuestra química en el campo para llevarnos de nuevo a la final.

Solo que, esta vez, no pienso irme sin un trofeo bajo el brazo.

El equipo avanza en fila por los pasillos del estadio que conducen al campo.

Como era de esperar, la adrenalina me tiene con los nervios a flor de piel.

Al fin y al cabo, es un gran momento: el primer partido de la temporada después de haberme labrado un nombre siendo un novato.

El entrenador ya ha tenido conmigo la charla sobre los ojeadores y dónde me veo en un futuro.

A mí me ha parecido un poco pronto, pero supongo que no es tan descabellado.

Los chicos que viven por y para el fútbol se ponen a pensar en estas cosas en cuanto tienen la edad suficiente para sostener un balón, y lo entiendo perfectamente. Yo sé que quería jugar en la NFL desde que era un crío.

«Esto lo has conseguido tú…».

Contengo mis emociones una vez más, entro al campo y me dejo envolver por los focos y los rugidos ensordecedores de cincuenta mil espectadores.

«Cincuenta mil… Hostia puta. Eso es mucha gente».

Recorro con los ojos el océano granate y dorado que conforma las gradas de nuestro equipo. No tengo ni idea de dónde se ha sentado mi padre, pero sé que está aquí. Viene a la mayoría de mis partidos. Es lo único que hace por mí. Y, aun así, no estoy del todo seguro de que sea únicamente por mí.

La música suena a todo volumen a través de los altavoces, pero apenas la oigo con el bullicio de las gradas. Nuestras animadoras están ahí, haciendo lo suyo: moviendo las caderas y los pompones al mismo compás. Justo en el medio, localizo a Lexi, que me lanza un beso.

—Si ganamos, te espera un buen polvo esta noche —suelta Guty entre risas.

—Ya he puesto el calcetín en el pomo —le respondo, guiñándole un ojo, lo que provoca que estalle en carcajadas y me sacuda por los hombros.

Nos ponemos los cascos y el entrenador nos reúne en un corrillo para nuestro cántico previo al partido.

—Eagles a la de tres —grita a toda prisa—. Una, dos, tres…

—¡Eagles! —rugimos todos al unísono, levantando las manos y rompiendo el corrillo.

El entrenador me da una palmada en la espalda mientras el equipo entero corre hacia el campo y la multitud brama para animarnos. El estadio entero vibra como si fuera un festival de música electrónica. Hay pancartas y gente con la cara pintada. Parece una casa de locos.

Pero no puedo pararme a pensar en eso: ya ha llegado la hora del partido.

Ganamos el sorteo y elegimos patear primero. Guty atrapa el balón y empezamos en la yarda veinticinco.

«Vamos allá».

Gracias a nuestra ofensiva inicial conseguimos colocarnos dentro de la mejor zona para marcar gol. Nuestro kicker, mi amigo Theo Reeves, lanza el balón justo entre los postes. No han pasado ni cinco minutos desde que comenzó el partido y ya llevamos la delantera.

Me siento en el banquillo y me quito el casco para beber un poco de agua mientras mantengo la mirada fija en los movimientos de nuestra defensa. El entrenador está callado, lo cual tampoco es de extrañar, porque no suele alzar la voz hasta la segunda mitad del partido.

—¡Madre mía! —Guty suelta una de sus carcajadas estridentes—. Me parto con ese tío.

—¿Con quién?

No tengo ni idea de a qué se refiere, ya que he centrado toda mi atención en Jenkins, uno de nuestros cornerbacks, que parece estar a punto de moverse antes del saque rival. Por suerte, al final no lo hace, pero, aun así, sigo observándolo con recelo.

—Baldwin —responde Guty sin dejar de reírse—. Me pregunto por qué lo habrán llamado así… ¿Tú crees que será por Alec Baldwin? El que salía en Rockefeller Plaza, ¿sabes quién te digo?

—¿De qué coño estás hablando? —Giro la cabeza hacia mi derecha, donde se ha sentado Guty, y me doy cuenta de que está mirando a la mascota del equipo mientras se descojona como si fuera lo más gracioso que ha visto en su vida.

No puedo evitar entrecerrar los ojos al fijarme en el tío disfrazado de águila. Está haciendo como que se apoya en el barril de Gatorade, pero entonces le da un codazo sin querer y casi lo vuelca.

—¿Se cree que es un mimo o qué? —Inclino la cabeza con una sonrisa divertida al verlo tontear de aquí para allá en la línea de banda.

—Por mí que se crea lo que quiera, tío —dice Guty suspirando entre risas—. El colega está a tope. Pienso contratarlo para la fiesta de cumpleaños de mi sobrino.

De repente, la multitud estalla en vítores y me levanto de golpe de mi asiento.

—¡Intercepción! —anuncia el árbitro, y todos gritamos al unísono.

—¡Toma ya, cari! —Guty me choca los cinco y se coloca el casco de nuevo.

—A por ellos, fiera.

Le echo un último vistazo a Baldwin el Águila y sacudo la cabeza al mismo tiempo que me pongo el casco para correr de vuelta al campo.

Ha llegado la hora del descanso y, por ahora, les sacamos ventaja.

Según el marcador, vamos veinticuatro a diecisiete. No es mucha diferencia, pero tampoco podemos quejarnos. Mientras la defensa siga las instrucciones del entrenador y no ceda ante el rival, todo irá bien.