Capítulo cinco #3
Se me escapa otra carcajada.
—¿Llamas «felicidad » a ir disfrazado de águila a los partidos de fútbol?
—Pues sí. —Se ríe—. Podría ser algo diferente y divertido, tú piénsatelo.
Le echo un vistazo al folleto y no puedo evitar sonreír con la foto de Baldwin el Águila. Es totalmente ridículo, pero he de admitir que me inspira cierta ternura.
—Imagínate lo mucho que harías rabiar a Kyran… —me susurra Frankie al oído con tono cantarín.
—¡Eso! —la anima Zeb, todavía con una sonrisa pícara en la cara—. A la superestrella no le vendría nada mal que le bajaran los humos.
Levanto la vista hacia él y curvo los labios.
«Razón no le falta».
Es nuestra última noche en la residencia antes de las vacaciones de verano.
Oficialmente, puedo decir con orgullo que he sobrevivido a mi primer año en la Boston College y que, para mi sorpresa, me lo he pasado muy bien.
Estamos en la habitación de Frankie, fumando hierba, bebiendo vino rosado y ayudándola a terminar de embalar sus cosas.
Cuando llegué a este sitio, creía que estaría desesperadísimo por volver a casa en verano para ver a mi madre, olvidarme de las clases y todo ese rollo; sin embargo, ahora que ha llegado el momento de irse, la verdad es que me da un poco de pena.
Voy a echar de menos vivir con los amigos tan increíbles que he hecho, verlos cada vez que me dé la gana, charlar de cualquier chorrada entre clase y clase, y almorzar juntos todos los días.
Jamás pensé que diría esto, pero no veo la hora de que llegue el otoño para volver aquí.
—¡Toma ya! —grita Zeb, lanzándose sobre la mesa—. ¡Saluda a tu nuevo compañero de cuarto!
Sostiene el móvil en alto y señala a Micah, a quien se le ilumina la cara al instante.
—¡¿En serio?! ¿Lo hemos conseguido?
—¡Sí, amor! —Zeb empieza a contonearse por toda la habitación y Micah se levanta y se pone a bailar haciendo el robot—. Nos han puesto en el edificio Welch. Tercera planta.
—Ay, qué buena planta —repone Bea mientras mete un montón de libros en una caja—. Ahí me lie yo con dos pelirrojos. Una chica y un chico.
—¿Al mismo tiempo? —pregunto con una sonrisita, y ella me guiña un ojo en respuesta.
Bea es una tía superenrollada. Es la compañera de cuarto de Frankie y está buenísima.
Tiene la piel clara, el pelo oscuro, largo y rizado, y siempre huele de maravilla.
Nos liamos una vez cuando nos conocimos.
Íbamos como una cuba y no estuvo nada mal, pero ambos acordamos no volver a hacerlo para no complicar las cosas.
A estas alturas, intento mantener la polla lejos de la gente que pertenece a mi grupo de amigos.
—¡Avi! ¿Me ayudas, porfa? —grita Frankie desde su habitación.
Me levanto, riéndome de Zeb y Micah, que siguen celebrando con bailecitos que van a compartir cuarto el curso que viene, y voy al encuentro de Frankie.
—¡Ay, no! Ya has guardado el dibujo del hombre polilla que te hice —me quejo, haciendo un puchero a la vez que miro el espacio vacío en la pared.
Mi reacción le saca una carcajada.
—Pues claro. Es una de mis posesiones más preciadas. Toma, envuélveme esto con plástico de burbujas, anda —me pide, entregándome un aro de luz.
—¿Por qué tienes tantos trastos para grabar? —digo mientras envuelvo con sumo cuidado un cacharro que debe de haberle costado una fortuna.
Frankie posa los ojos en los míos y entonces curva sus labios pintados de un morado vibrante en una media sonrisa.
—No puedo revelarte mis secretos, Vega. Si lo hago, puede que me mires de forma distinta.
No puedo evitar reírme a carcajadas.
—Ya. Se ve que no sabes con quién estás hablando…
Deja lo que estaba haciendo y coge su móvil. Tras mover los dedos sobre la pantalla, se acerca a mí con paso seguro y me lo extiende.
Lo agarro con el ceño fruncido y miro lo que me enseña. Es una cuenta de OnlyFans. Y en la foto de perfil sale una chica que claramente es ella con una máscara. Luego, me fijo en su nombre de usuario: FrankieSaysRelax.
—Madre mía, ¡¿esta eres tú?!
Me quedo boquiabierto cuando continúo ojeando el perfil.
No es una simple suscriptora, es creadora de contenido.
Los ojos se me salen de las órbitas.
—Ay, la leche, ¡estás desnuda!
Suelta una risotada y me quita el móvil de las manos.
—Bueno, ya está bien, don Perverto Guarrínguez. No es para tanto.
Me aclaro la garganta.
—Pues a mí me parece que necesito ver un poquito más de ese contenido estelar —digo, alargando la mano hacia su móvil, pero ella lo aleja de mi alcance con una risita.
—Vas a tener que pagar si a esta gatita quieres mirar —tararea, arqueando las cejas.
—Ese ritmo suena como No Diggity, de Blackstreet. —Sonrío—. Buen gusto.
—Gracias. Me he permitido la licencia poética de adaptar la letra.
—Bueno… ¡¿Y eso?! —exclamo con un grito ahogado, pero luego me apresuro a bajar la voz y a echar un vistazo hacia la puerta para asegurarme de que no nos oye nadie—. ¿Tienes un OnlyFans?
Frankie asiente con la cabeza.
—Sip. Se gana un montón de pasta.
Alzo una ceja.
—¿En serio?
—Uf, y tanto —responde con un suspiro—. Yo me he abierto la cuenta este año y ya casi tengo para pagarme un piso fuera del campus.
—¡¿Qué?! —grito de nuevo, y abre los ojos de par en par.
—¡Calla, hombre! Que te van a oír. —Mira hacia la puerta—. No lo sabe nadie. Excepto Bea.
Estoy alucinando. No doy crédito a lo que me está contando.
«Mi amiga, mi pequeña y dulce Frances Dumonte… ¡¿sube vídeos a internet como Dios la trajo al mundo a cambio de dinero?!».
A decir verdad, tampoco me sorprende tanto. Al fin y al cabo, es la más rebelde del grupo.
—Vaya… —Recorro su cuerpo con la mirada de arriba abajo. Ahora no puedo evitar fijarme en ella de otro modo. Será picarona…—. Qué fuerte. Entonces…, ¿te grabas siempre a ti sola o invitas… a alguien más?
Ensancha la sonrisa.
—¿Me estás pidiendo una colaboración, Vega?
El calor se me sube a las mejillas al instante y bajo los ojos hacia el suelo.
—¿Yo? Qué va. No creo que pudiera hacerlo…
—Te sorprenderías —canturrea, y después me da una palmadita en el culo—. Bueno, basta de cháchara. Hora de volver al trabajo.
Sigo ayudándola a embalar el resto de sus cosas a la vez que intento no darle muchas vueltas a toda esta nueva información, pero no puedo dejar de preguntarme en qué consistirán exactamente las actividades extraescolares de Frankie y cuánto dinero ganará con ellas en realidad.
Es bastante interesante. De un tiempo a esta parte, los servicios de suscripción para creadores de contenido han subido como la espuma, y el porno…
Bueno, siempre ha sido una industria gigantesca.
Yo nunca me he suscrito a ninguna cuenta de OnlyFans, pero sí he visto a gente promocionándolas…
en el lado oscuro de Twitter. Y en clips de PornHub.
Esos pensamientos continúan rondándome por la cabeza mientras terminamos de guardarlo todo en cajas y esperamos a que llegue la pizza que hemos pedido, pero, justo cuando Zeb enciende nuestro último porro de despedida, el móvil me vibra en el bolsillo y me olvido de todo lo demás.
Al sacarlo y tocar la pantalla, me encuentro con un correo de la Oficina de Gestión de Alojamientos de la Boston College.
—Ay, mierda… Ya me ha llegado —susurro al mismo tiempo que lo abro y elevo una plegaria silenciosa para que me asignen un edificio que esté cerca de mis amigos.
—¡Ojalá te metan en Welch! —dice Micah muy animado.
—¡O en Roncalli! —añade Bea.
—Eso, y a lo mejor hasta tienes suerte y te toca alguien un poquito más alegre que Finn —bromea Zeb.
—Oye, por lo menos mi compañero de cuarto no ha salido cantarín ni guarro, como el tuyo. —Lo miro y veo que pone los ojos en blanco.
Zeb está ansioso por perder de vista a Evan, su compañero de cuarto actual. Es otro deportista musculitos, como Kyran, pero lo peor de todo es que el tío, encima, es un desastre total y siempre pone música country a toda hostia a las seis de la mañana.
—Si vuelvo a escuchar Save a Horse, Ride A Cowboy , te juro que me coloco detrás del susodicho caballo para que me deje inconsciente de una coz en la cabeza —farfulla Zeb, y todos nos echamos a reír—. Pero, aun así…, no es mucho peor que tu compañero. En serio, es que parece un asesino en serie.
—Hostia puta… —susurro, ignorándolo mientras recorro el correo frenéticamente con los ojos.
—¡¿Qué?! —gimotea Bea—. ¡No nos dejes en ascuas!
—¿Te han mandado a Tudor? —Micah se desliza por el suelo para acercarse más a mí.
—Peor… —respondo con un hilo de voz, notándome el estómago tan revuelto como si acabase de bajarme de una montaña rusa—. Me han puesto en Walsh.
A todo el mundo se le escapa un grito ahogado.
—¿El edificio que está en la otra punta del campus? —pregunta Frankie, decepcionada.
Agacho la cabeza y me froto las sienes.
Ese. El edificio que está justo en el lado del campus de Kyran.
Peor aún: Walsh es donde ha estado viviendo mi hermanastro este año.
«Ay, Señor, si acabamos en la misma residencia va a convertir mi vida en un infierno de verdad».
—A lo mejor a él también lo cambian —interviene Bea rápidamente al darse cuenta de lo que me pasa, intentando mantener una actitud positiva para que no me venga abajo.
Pero todos sabemos que es muy poco probable que saquen a Kyran de Walsh. Además, la mayoría de los jugadores de fútbol vive allí y, conociéndolo como lo conozco, querrá quedarse con su manada.
—Me cago en mi puta suerte… —suelto con un gruñido.
—Pide un cambio —propone Zeb—. Quién sabe. Quizá te dejen.
—Lo llevo claro —me quejo, arrojando el móvil al suelo—. A los estudiantes de segundo año no les hacen ni caso. Y menos si no estás en el equipo de fútbol, sacas unas notas de mierda y no tienes tu apellido en ningún edificio del campus.
—Seguro que no es para tanto. —Micah me da un codazo—. La parte buena es que se supone que los cuartos de Walsh son los más bonitos.
—Claro, porque están llenos de superestrellas del fútbol y niños ricos —replico con un suspiro de frustración—. Yo ahí no pego ni con cola, joder.
—Bueno, entonces… —Frankie me sonríe con simpatía, coge un papel arrugado y me lo lanza—. Parece que es el momento perfecto para unirte al equipo.
La fulmino con la mirada, agarro el papel y lo aliso como buenamente puedo. Al verlo, se me escapa un resoplido burlón.
«¿Baldwin el Águila…? Mátame, camión».