Capítulo cinco
CapitánJackMeLaTrago : Cabálgame la garganta como un potro
Avi
Un año después (Primer curso en la Boston College)
–A y, mierda. Escóndeme.
Me agazapo en el banco en el que estoy sentado, utilizando a Frankie como muro.
—Mira que eres tonto, Vega —resopla la afectada mientras Zeb y Micah se ríen.
—Está siendo listo, que es diferente —dice Zeb con un suspiro—. Olivia se te pega como una lapa y no hay quien se la quite de encima. Si no, pregúntale a este cabrón. —Señala a Micah con el pulgar—. A él lo ha seguido hasta aquí desde New Hampshire.
—A ver, eso tampoco es así —interviene el aludido, negando con la cabeza—. Lo que pasa es que dio la casualidad de que los dos decidimos venir a la Boston College. Es una universidad muy grande…
—Venga ya, no me digas que no te viniste aquí para tenerla lejos —responde Zeb entre risas.
Ahora que hemos perdido de vista a Olivia Wheeler, aprovecho para enderezarme, y Micah me regaña con la mirada.
—No me puedo creer que te hayas liado con ella.
—Estaba borracho —mascullo a la vez que cojo el último regaliz rojo que me queda y le pego un mordisco—. Fue en la fiesta de bienvenida para los estudiantes de primer año. Solo nos dimos unos cuantos morreos, pero me ha estado siguiendo a todas partes desde entonces.
—Eso te pasa por enrollarte con alguien en la fiesta de bienvenida —dice con sorna—. Es una regla no escrita: nunca te líes con nadie en la primera semana de universidad.
—Bueno, pues está claro que la he cagado —murmuro, masticando el trozo de regaliz con rabia mientras ellos siguen descojonándose a mi costa. «Tener amigos para esto…»—. No es mi culpa que esté hecho un semental —bromeo, y me aplauden con sarcasmo.
—A mí se me da genial montar a caballo, Vega —contesta Zeb, guiñándome un ojo—. Te puedo enseñar un par de trucos si quieres.
Pongo los ojos en blanco y Micah se dobla de la risa. Frankie, en cambio, suspira y despega el culo del banco.
—Si habéis terminado de tiraros los trastos, vamos levantando el campamento, que llegamos tarde al ensayo de la banda —dice, agarrando a Zeb del brazo.
—Os acompaño —respondo al mismo tiempo que voy recogiendo los restos de nuestro almuerzo para tirarlos a la basura—. Yo también voy hacia allí.
Los tres miramos a Micah.
—Ojalá pudiera ir con vosotros, pero he oído que Kreston pone hoy las notas del parcial y necesito saber si mis padres van a dejarme volver a casa en verano o si voy a tener que quedarme a vivir en el coche hasta el curso que viene.
Le dedicamos una risa comprensiva.
—Buena suerte —lo animo, dándole una palmadita en la espalda.
Micah se aleja por el camino que lleva hacia el edificio de ciencias y nosotros ponemos rumbo a Lyons Hall.
El primer año en la Boston College ha sido la hostia.
Lo mejor de todo es que Frankie también consiguió entrar, así que vine aquí sabiendo que al menos contaría con una amiga que me impidiera hundirme en mis inseguridades.
Sobre todo porque este lugar dista mucho de todas las universidades a las que me había planteado ir en un principio.
«O sea, es una universidad jesuita, por el amor de Dios. No es por acusar a nadie, pero… ¿aquí admiten siquiera a judíos?».
Pues, al parecer, sí, porque aquí estoy yo. Imagino que influirá en algo que mi apellido sea Vega y no Roth, que es el de soltera de mi madre.
No obstante, siendo justos, no creo que importe mucho en realidad.
Y menos aún en mi caso, teniendo en cuenta que la religión me la sopla.
Lo único que sabía antes de venir aquí era que el programa de arte estaba bastante bien y que podía especializarme en algo que me permitiera ganarme la vida, aunque tampoco es que ese tema me quite el sueño.
Esto fue lo que pasó: eché la solicitud para la Boston College de coña porque mi hermanastro, el musculitos más insoportable y pijito de la faz de la tierra, no paraba de dar la lata con lo maravilloso que era este sitio, así que quería comprobar si a mí también me admitían para restregárselo por las narices.
Cuando después vi que, en efecto, había conseguido entrar, ni siquiera se me pasó por la mente venir de verdad.
Pero entonces Frankie me dijo que ella pensaba venir y…
, bueno, decidí darle una oportunidad y averiguar de qué rollo iban en esta universidad tan devota y vistosa.
Por ahora, la experiencia no ha estado nada mal. Sigo sin destacar en los estudios, de modo que mis notas son normalitas tirando a mediocres, pero he hecho amigos, me lo paso genial en las clases de arte y, en fin…, voy repartiendo rabo por ahí, ya que estoy hecho todo un semental.
Lo último es broma, por supuesto, pero está basado en hechos reales, porque siento que la universidad me ha invitado a correrme mis buenas juergas. ¿Lo pillas? Correrme.
No es que sea un zorrón que se lía con ciento y la madre, pero me faltaba un poco de calle en esto de las citas, el sexo y demás.
He empezado a hacer este año lo que la mayoría de la gente que conozco ya hacía en el instituto.
Voy a fiestas con mis amigos y, de vez en cuando, me enrollo con alguna que otra chica.
Luego continuamos explorándonos un poco más, después de los primeros besos, y, en contadas ocasiones, incluso llegamos al final.
Todo de forma muy casual, lo cual me parece estupendo.
Seguro, consensuado…, el paquete completo.
A juzgar por lo que he oído siempre de boca de los adultos, en las películas, en la tele y en todos lados, la universidad es el lugar perfecto para descubrirte a ti mismo, así que eso es lo que estoy haciendo.
Tengo diecinueve años. Tal y como yo lo veo, me queda toda una vida por delante para ponerme serio y decidir a qué quiero dedicarme. Por ahora, lo único que me apetece es divertirme y conocerme mejor.
«No tienes ni idea de quién eres en realidad».
El recuerdo de su voz hace que me detenga de golpe y se me tensen todos los músculos del cuerpo.
No me puedo creer que siga sin poder sacármelo de la puta cabeza. Han pasado por lo menos dos años desde que me dijo eso… Odio con todas mis fuerzas que sus palabras aún resuenen en mi mente con la misma intensidad que entonces.
Hablando de Kyran, casi nunca lo veo. Aunque vamos a la misma universidad, estamos matriculados en dos programas completamente diferentes y cada uno vive en una punta del campus. «Gracias a Dios».
Me topo con él algunas veces, pero no nos dirigimos la palabra ni nos miramos siquiera.
Es más, solo hemos vuelto a interactuar una vez desde aquel fatídico cumpleaños en el que nos peleamos como dos críos por el hecho de que yo quisiera venir a esta universidad.
Ahora me río de solo pensarlo, porque llevamos casi dos semestres enteros aquí y hablamos todavía menos que antes; sin embargo, ese día armó un follón tremendo por pensarse que iba a estar encima de él a todas horas.
«Será teatrero…».
La verdad es que es una mierda que me haya tocado un hermanastro como Kyran Harbor.
Habría sido maravilloso que nos hubiéramos llevado bien.
Ahora mismo podríamos estar compartiendo experiencias de buen rollo en vez de dedicar todas nuestras energías a rezar por no coincidir en ninguna fiesta, cosa que solo nos ha pasado una vez, de momento.
Era la noche antes de Acción de Gracias y se rumoreaba que iban a hacer un fiestón en una de las residencias de la avenida Comm, donde vive Kyran.
Sabía que era muy probable que él estuviera allí, sobre todo si era en su edificio o en alguno de los de al lado.
He de admitir que pensé en no ir, por puro instinto de supervivencia y para ahorrarme el mal trago de oírlo tirarme mierda toda la noche o de que montara un pifostio al verme.
Pero entonces Frankie y nuestra amiga, Bea, me convencieron de que debía hacer de tripas corazón y presentarme en la fiesta, así que fui. Y, como era de esperar, no salió nada bien.
Nos percatamos de la presencia del otro al mismo tiempo, pero estuvimos fingiendo que no nos habíamos visto varias horas en las que me dediqué a fumar y a beber hasta olvidarme de verdad de su existencia un rato.
Aun así, cuando Bea empezó a liarse con Theo, un amigo de él, nuestros grupos se juntaron más de la cuenta.
En un intento por evitar una pelea y huir del ceño fruncido de Kyran, me fui a la otra esquina de la fiesta.
Estaba hablando con Micah, a quien acababa de conocer esa noche (y con el que, por cierto, conecté de inmediato, porque a ambos nos gustaba el mismo pódcast de crímenes reales), cuando alguien me dio un toque en el hombro.
Y, cómo no, era mi querido hermanastro, dispuesto a alegrarme la noche con su carisma natural.
Supongo que puse los ojos en blanco antes de que me dijera nada, porque sus primeras palabras fueron:
—¿Qué puto problema tienes?
—Tú sabrás —le respondí con un suspiro en un alarde de sudapollismo, en parte incitado por el alcohol y todo lo que me había fumado, pero también por esa actitud de mierda con la que me venía siempre y que ya me tenía hasta las narices—.
Yo no tengo ningún problema. De hecho, tú eres la única persona que me ha dado problemas desde que me mudé a esta ciudad.
Kyran entrecerró los ojos y dio unos pasos hacia mí hasta invadir mi espacio personal.
—Quizá no tendríamos tantos problemas si te apartaras de mi camino.
Cerré los ojos y aspiré una bocanada de aire, intentando pensar en lugares tranquilos, mantras de yoga y cualquier otra chorrada relajante que se me ocurriera para no perder los estribos; sin embargo, cuando volví a abrirlos, seguía allí plantado, mirándome, lo que me terminó de confirmar que rezar no sirve para nada.
—Has sido tú el que se ha acercado a mí, Kyran —rugí—. Yo estaba muy a gusto ignorando tu existencia, cosa que hago desde hace meses.
Micah empezó a tirarme de la manga.
—Eh…, Avi, ¿cómo es que conoces al quarterback de los Eagles? ¿Y por qué estás discutiendo con él?
Ambos ignoramos sus preguntas.