Capítulo cuatro #3
Guarda silencio y se limita a levantarse y coger otra cerveza para él.
«Para mí, nada… Gracias, papi».
—Es terrible, Ky. —Hannah pone su mano sobre la mía en la mesa. Me sobresalto y le echo un vistazo, desconcertado por el gesto—. Te mereces algo mejor.
Oigo un resoplido que proviene del otro lado de la mesa y me giro hacia Avi de inmediato. Está bebiendo de su botellín, con su sonrisita burlona intacta.
—¿Y a ti qué te pasa? —lo encaro, mirándolo con los ojos entrecerrados.
Termina de tragar despacio, con la vista clavada en mí.
—Nada. Estoy seguro de que no te merecías que te pusieran los cuernos.
—¡Avi! —lo regaña su madre.
—Solo digo que el karma no perdona —prosigue, encogiéndose de hombros con indiferencia—. Si tratas a la gente como una mierda, tarde o temprano, la vida acaba devolviéndotelo.
—Ve a contarle tus gilipolleces a otro —refunfuño.
—Chicos —nos corta mi padre, y suelta un suspiro mientras niega con la cabeza—, ¿no podemos disfrutar ni de una cena en familia en la que no estéis todo el rato a la gresca? Ya cansa.
Ahora me toca a mí resoplar. Por mucho que me cueste admitirlo, lleva razón.
Avi y yo nos ponemos a discutir casi siempre que nos encontramos, por eso intento ignorarlo todo lo que puedo, que no es mucho, teniendo en cuenta que compartimos casa, instituto y baño.
El simple hecho de estar cerca de él me dispara los niveles de frustración que acumulo dentro, y esa cantidad de estrés no me viene nada de bien.
Lo único que quiero es perderlo de vista para siempre.
«A ver si llega agosto de una puta vez».
—Es verdad. Vamos a cambiar de tema. —Avi se recuesta en su silla—. Iba a esperar hasta después de la tarta para daros la buena noticia, pero ya no me la puedo callar más.
Está tan exultante que la blancura de sus dientes casi me ciega. De hecho, ojalá me quedara ciego para no tener que ver nunca más esa puñetera sonrisita. Tal vez por eso me gusta tanto meterme con él en el instituto… Presenciar cómo se le borra de la cara me provoca una satisfacción enorme.
Mi padre y Hannah parecen ansiosos por saber lo que tiene que contarles Avi, pero yo estoy sentado en mi sitio sin más, arrancando a trozos, con fuerza, la etiqueta de mi botellín vacío.
—He decidido que no voy a ir a Tufts —anuncia Avi. Alzo la vista de golpe al oírlo, con los ojos abiertos de par en par por la sorpresa, y me doy cuenta de que está mirándome, cómo no—. Me han admitido en la Boston College.
«Pero… ¡¿Qué… cojones?!».
Se me pone la cara blanca. El corazón me ha dejado de latir por completo y permanece inmóvil en mi pecho como un trozo de carne sin vida.
«No… No, no, no. Ni de coña».
Ni siquiera me doy cuenta de lo fuerte que estoy clavando los dedos en la mesa hasta que me empiezan a doler.
—¡Aviel! Ay, Dios mío, ¡qué noticia más buena! —exclama Hannah eufórica, levantándose de un salto para abrazar a su hijo.
—¡Enhorabuena, Avi! —Mi padre le da un apretón en el hombro con orgullo—. ¡Mis dos hijos en la Boston College!
«Voy a potar».
—¡Vamos, Eagles! —Avi me sonríe con descaro mientras nuestros padres se vuelven locos de alegría. Luego, levanta una de sus cejas oscuras—. ¿Verdad, hermanito ?
Me obligo a reaccionar y arrastro la silla hacia atrás con un fuerte chirrido. Al levantarme, me siento mareado y aturdido.
—Genial… De puta madre —murmuro con voz ronca. Acto seguido, doy la vuelta y me dirijo al interior de la casa tambaleándome. Una vez dentro, cierro de un portazo.
Bueno, es una puerta corredera, así que no se puede dar un portazo como tal, y eso me cabrea aún más. Al final, la abro y la cierro cuatro veces con tal de poder estrellarla con todas mis fuerzas.
Aun así, sigo sintiéndome insatisfecho y, para colmo, ahora parezco todavía más un crío en plena rabieta.
—¡Joder! —gruño en voz alta, tirándome del pelo.
«¡Vaya puta mierda! Pensaba que iba a perderlo de vista cuando me fuera a la Boston College, pero no. También va a seguirme hasta allí como una mosca cojonera».
Temblando de la rabia, me acerco a la tarta de cumpleaños que hay sobre la encimera y suelto un gargajo descomunal justo encima del bonito glaseado de chocolate.
—Toma, gilipollas —digo entre dientes.
Después de atravesar la casa y subir las escaleras a toda prisa, entro en mi habitación y doy un portazo de los de verdad, mucho mejor que el de antes. Pego un grito de pura frustración, cojo lo primero que encuentro (un trofeo de fútbol del instituto) y lo lanzo contra la pared.
—¡Me cago en todo! —gruño, paseándome en círculos—. ¡Me cago en él, en su cumpleaños, en la carta de aceptación de la Boston College y en esa sonrisita de mierda! ¡Joder, joder, joder!
Tengo tanta ira acumulada que se me nubla hasta la vista. Lo odio con todas mis fuerzas. No soporto que se haya apropiado de absolutamente todo lo que me pertenecía. Ya no queda nada que sea solo mío y la simple idea me resulta devastadora.
Me meto en la cama, me tapo la cabeza con la almohada y trato de calmarme lo mejor que puedo. Inhalo una bocanada de aire tras otra, luchando por contener la tormenta de emociones que amenaza con desbordarme.
«Aguanta. Aguanta, aguanta, aguanta».
Intento tragarme lo que siento, como si estuviera forzándome a comer algo asqueroso. Tengo que masticarlo todo, empujarlo hacia dentro y aguantarme las putas náuseas como sea.
«Esto no es un juego. No puedes inventarte esas cosas, Kyran. Seguro que estás exagerando».
—Que te den —susurro con dificultad, ahogándome con las emociones que me suben por la garganta como si fueran bilis.
«No me lo estoy inventando…».
«Deja de mentirme».
«¡No es mentira!».
—Que te den… —gimoteo, con las lágrimas a punto de brotar. Cierro los ojos con fuerza y grito a pleno pulmón con la almohada en la boca.
De pronto, vuelvo a tener doce años y estoy gritando contra el colchón. Gritando de verdad hasta vaciarme los pulmones.
—¡Joder! —grito. Y rompo en llanto.
Y grito y lloro de nuevo.
Hasta que, exhausto y afónico, me quedo dormido con el arrullo de la voz decepcionada de mi padre en medio de un tormento silencioso.
Me despierto con el sonido de unos golpes.
La cabeza me pesa tanto que me cuesta levantarla.
Me palpitan las sienes, me noto la cara tirante y me duele la garganta.
Está claro que me he dormido en pleno ataque de rabia, algo que hacía tiempo que no me pasaba.
Ni siquiera en Acción de Gracias, cuando mi padre le pidió matrimonio a Hannah, llegué a este extremo.
Me deslizo fuera de la cama y me froto los ojos.
No hay nada de luz fuera, lo que significa que debo de haber estado fuera de combate unas cuantas horas por lo menos.
Me acerco a mi mesita de noche, cojo el bote de Excedrin para la migraña y me tomo dos pastillas.
Por si no fuera suficiente con el martilleo que siento en la cabeza, ahora se le ha sumado también un aporreo que no parece muy lejano.
Tardo unos segundos en darme cuenta de que proviene de la puerta del baño, o, bueno, más bien, de la que da a la habitación de Avi.
—¡Kyran, necesito entrar en el baño! —grita desde su cuarto—. ¡Abre la puta puerta, gilipollas!
Sonrío para mí mismo. Se ve que eché el pestillo de su lado esta mañana antes de irme al instituto.
«¡Uy! Qué pena…».
Me recuesto en la cama, cierro los ojos y espero a que las pastillas me hagan efecto.
La sonrisa malévola que tengo dibujada en los labios se me ensancha al oír los insultos que me dedica a dos puertas de distancia, pero entonces guarda silencio de pronto y oigo unos pasos, seguidos de una nueva tanda de aporreos, esta vez en la puerta de mi habitación.
—¡Kyran! No seas un puto llorica y ábreme la puerta del baño, joder —me ladra desde el pasillo.
—Usa el de abajo —gruño bastante alto para que le llegue mi voz.
—¡No! Tengo todas mis cosas en este —responde, en un tono tan irritable que no puedo evitar poner los ojos en blanco.
—Eso no es problema mío, princesita —resoplo, con la sonrisa intacta.
Me da igual que tenga razón con lo del karma y la vida acabe devolviéndomelo: chincharlo me resulta demasiado placentero, y más ahora.
Asumiré las consecuencias si con eso le hago pagar por todo lo que me está arrebatando. Mi plan de escape vale mucho más que ese jabón Dove para hombres que tanto le gusta.
—¿Eres consciente de que estás comportándote como un auténtico capullo? —brama a través de la puerta—. Vale, voy a ir la Boston College…, ¿y qué? Ni que fuera el puto fin del mundo.
«Se acabó».
Se me tensa la espalda, me levanto de golpe y avanzo con pasos firmes hasta la puerta. Luego, quito el pestillo, la abro de un tirón y veo que tiene una expresión de sobresalto en la cara, como si no se esperara que fuera a abrirla de verdad.
—Es que sí que lo es —contesto con un rugido—. Se suponía que en la Boston College iba a poder librarme de ti, y ahora voy a tener que aguantarte también allí como si fueras una exnovia pesada.
Pone cara de que le hace gracia mi descaro y eso me provoca una nueva oleada de furia que me recorre todo el cuerpo.
—No eres el dueño de la Boston College. —Se cruza de brazos—. Puedo ir a la universidad que me dé la gana. Estamos en Estados Unidos…, la tierra de la libertad para escoger dónde endeudarte hasta el cuello con préstamos estudiantiles.
—Exacto —le digo entre dientes—. Elige otro sitio. Si ni siquiera te importan tus estudios.
—¿Qué pasa, hermanito? —Sonríe con sorna y se apoya en el marco de la puerta—. ¿No te apetece estar cuatro añitos conmigo?
—Prefiero estar cuatro años recibiendo patadas en los cojones sin parar —murmuro.
—Ah, bueno… Eso tiene arreglo. —Me guiña un ojo.
Siento que estoy a punto de explotar. Me planto frente a él, echando chispas.
—Como se te ocurra ir a la Boston College, te juro que pienso convertir tu vida en un infierno.
Lejos de achantarse ante mi amenaza, me encara con una sonrisa.
—Que comience el juego, superestrella. Por si no te has dado cuenta, no te tengo miedo.
—Vas a arrepentirte de todo esto —mascullo, a escasos centímetros de su cara.
Pero él solo arquea una ceja.
—¿Igual que se arrepiente tu ex de no haberte puesto los cuernos antes?
Nop. Ya no puedo contenerme más.
La ira que llevo dentro se desborda y me lanzo contra él gritando. Lo derribo al suelo y lo agarro del cuello.
—¡Te voy a quitar esa puta sonrisa de superioridad de la jeta, imbécil!
—Antes me pienso limpiar el culo con tu toalla de cara, comemierda —grita a la vez que nos liamos a golpes en el suelo del pasillo.
Hay brazos y piernas por todas partes. Lo estrangulo al mismo tiempo que me da un puñetazo tras otro en los costados.
Nos revolcamos, gritamos y nos propinamos patadas.
Le tiro del pelo y me muerde. Menudo desastre.
Es la pelea más absurda de la historia y, aunque no quiero pensar en ello, ahora parecemos más hermanos que nunca, lo cual, por supuesto, me saca aún más de quicio.
—¿Qué tal estaba tu tarta de cumpleaños, pringado? —Le doy un rodillazo en el estómago, gesto que le arranca un gruñido.
Se detiene un momento y me mira boquiabierto mientras ambos tratamos de recuperar el aliento.
—Estaba buena… ¿Por qué? —Al verme sonreír con malicia, se le escapa un grito ahogado—. Ay, Dios, ¡no me digas que te has corrido en ella!
Arrugo la cara en un gesto de asco y desconcierto.
—Qué asco. ¿A ti qué coño te pasa?
—Le has hecho algo, ¿no? —Me retuerce el brazo en la espalda y gimo de dolor.
—¡Le he escupido! —Me río entre jadeos—. Espero que te haya gustado tragarte mi saliva, gilipollas.
—Serás capullo… —masculla, y volvemos a rodar por el suelo, peleándonos como si tuviéramos ocho años.
De pronto, percibo unos pasos pesados entre el rugido de la sangre que me resuena en los oídos. Cuando levanto la vista de Avi, a quien estoy sujetando con una llave de cabeza, me encuentro con las miradas furiosas de mi padre y mi madrastra.
—¿Qué cojones está pasando aquí? —gruñe mi padre mientras sube corriendo las escaleras, seguido de Hannah.
Se apresura a apartarme de Avi, y ella hace lo mismo con su hijo.
—¡Avi, déjalo! —grita, y consigue que me suelte los mechones de pelo a los que se había aferrado con ganas—. ¡Parad ya!
—¡Esto es una puta ridiculez! —ruge mi padre a la vez que nos ponen de pie a ambos. Avi y yo estamos despeinados, respirando con dificultad y mirándonos con rabia—. No pienso permitir que sigáis así ni un segundo más. ¡Tenéis que dejar de pelearos!
Me muerdo el interior de la mejilla y frunzo los labios. Me niego a ser el primero en dar el brazo a torcer. Al fin y al cabo, todo esto es culpa de mi querido hermanastro, que apareció en mi vida de repente con el único propósito de arruinármela.
—Os guste o no, ahora sois familia —dice mi padre con voz firme—. Y vais a comportaros como tal.
—Quiero que os disculpéis y os deis la mano —ordena Hannah—. Venga.
—Ha empezado él… —replica Avi entre dientes, y su madre le da una palmada en el pecho.
—Aviel Vega, ya eres adulto —lo reprende—, así que deja de actuar como un crío. Daos la mano y disculpaos u os juro que no vais a poner un pie fuera de vuestra habitación hasta que os vayáis a la universidad. ¿Queda claro?
Nos quedamos mirándonos unos segundos, sin querer obedecer, hasta que Avi acaba poniendo los ojos en blanco y procede a murmurar una disculpa.
—Lo siento…
—Yo también —me obligo a responder, pero mi padre, que no parece satisfecho, me empuja hacia delante. Tenso la mandíbula y continúo a regañadientes—: Lo siento… —Le extiendo la mano.
Avi me la estrecha sin fuerza ni entusiasmo. Luego nos damos la vuelta y nos dirigimos con paso airado a nuestras respectivas habitaciones. De fondo, oigo a mi padre y a Hannah quejándose de lo insoportables que somos mientras bajan las escaleras.
Al cabo de diez segundos, vuelvo a oír un último golpe en la habitación de Avi.
—La puerta, Kyran —gruñe.
Pongo los ojos en blanco, voy dando fuertes pisadas hasta el baño y quito el cerrojo. Entonces abre de golpe, con la cara aún enrojecida por la exasperación.
—Te lo digo en serio —empiezo a proferir una última amenaza—. Mantente lejos de mí en la universidad o la próxima vez pienso romperte la nariz.
Me giro y salgo del baño, pasando de su respuesta.
—Dalo por hecho, superestrella.