Por los fans Capítulo cuatro #2
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Capítulo cuatro #2

No es su tipo para nada. Toca la guitarra, lleva vaqueros rasgados y se pinta las uñas de negro. Es un emo tonto del culo. Me recuerda a…

Aprieto el puño.

«Joder, lo que me faltaba».

Conduzco en silencio los diez minutos que hay hasta casa, rumiando mi enfado.

Sé que estoy comportándome como un crío…

Iba a cortar con ella de todas formas. No obstante, si se ha liado tan alegremente con ese payaso en el instituto, a la vista de cualquiera que pasase por allí, me imagino que no es la primera vez que lo hace, lo que significa que la muy guarra me ha estado poniendo los cuernos todo este tiempo.

Y yo ahí, rechazando a todas las chicas (incluso a algunas de sus mejores amigas) que querían tema conmigo, mientras ella se lanzaba a los brazos de una copia barata de Brandon Lee en El cuervo.

«Qué puta mierda».

Al llegar a casa, freno de golpe y gruño en voz alta. Hay un Jeep aparcado en mi sitio.

«Otra vez el porrero este de los cojones…».

Salgo del coche de un salto y me dirijo hacia la entrada hecho un basilisco.

—¡Avi, te has vuelto a poner en mi sitio! —grito en cuanto cruzo la puerta.

No veo a nadie, pero oigo risas que provienen de la terraza trasera, así que me encamino hacia allí con pasos pesados, cada vez más enfadado.

—Avi, me has quitado el sitio, carapolla —ladro desde la puerta corredera, sin prestar atención a lo que se cuece en el exterior—. Te pedí que no pusieras el puto coche…

—Ky —me interrumpe mi padre con tono de reprimenda—, controla esa lengua. Y deja de gritarle a tu hermano. Es su cumpleaños.

— No es mi hermano —murmuro, rechinando los dientes con tanta fuerza que noto hasta cómo me crujen.

Avi me dedica una sonrisa desde la mesa de fuera, donde se encuentran todos sentados.

—Gracias por felicitarme, tío. Eres el mejor.

Echo un vistazo alrededor. Me fijo en la decoración, percibo el olor a parrilla… y veo una tarta enorme encima de la isla de mármol de la cocina.

Como era de esperar, se me había olvidado que hoy mi hermanastro cumplía los dieciocho.

A decir verdad, me la suda tanto que no he hecho ningún esfuerzo por recordarlo, pero, ahora que me han vuelto a sacar el tema, caigo en la cuenta de que mi padre me había mencionado algo de que iban a hacer una «barbacoa familiar» para celebrarlo.

«Magnífico. ¿Puede empeorar aún más el día?».

—Kyran, ven, siéntate —me llama Hannah, dándole unas palmaditas a la silla que tiene al lado—. Hay ensalada y aperitivos. El resto de la comida estará lista en nada.

Al ver que me sonríe con amabilidad, suelto el aire que estaba conteniendo y me permito relajarme un poco.

Lo cierto es que mi madrastra es bastante maja, y eso hace que me cueste seguir oponiéndome frontalmente a formar parte de esta nueva «dinámica familiar».

Sé que todo sería más fácil si dejara de resistirme y pusiera de mi parte para llevarme bien con ellos…

Al fin y al cabo, ya ha pasado un tiempo.

Mi padre se casó con Hannah en septiembre.

Celebraron una ceremonia íntima en Narragansett.

Sin iglesia de por medio, por supuesto. Solo asistimos nosotros y un par de amigos de mi padre.

Imagino que los pocos miembros de la familia Vega con los que Hannah y Avi aún tienen trato no pudieron ir.

Aunque, vamos, mi hermana tampoco se presentó.

Menos mal que fue algo pequeño y sencillo, porque no tenía yo el cuerpo para bodas.

Bastante tuve ya con que me obligaran a ponerme de pie con Avi delante de todos: él, al lado de su madre, y yo, al lado de mi padre.

No paró de guiñarme un ojo y, en respuesta, yo no dejaba de ponerle cara de asco.

Ha estado pinchándome así desde que se vinieron a vivir con nosotros, y la boda no cambió nada.

Avi y yo no congeniamos. Somos demasiado diferentes y, por si eso fuera poco, siempre está tocándome las pelotas.

No hace más que fumar porros y dibujar cosas raras.

Arrasa con toda la comida que hay en la casa, aparca en mi sitio y, cuando no me lanza una de sus pullitas sarcásticas, se lía a soltar teorías conspiranoicas que no tienen ni pies ni cabeza y que, al parecer, se cree de verdad.

No obstante, aunque el tío es raro de cojones, lo que peor llevo es la rabia y el rencor que me carcomen por dentro sin poder remediarlo cada vez que veo esa cara de imbécil y me acuerdo de lo simpático que se vuelve mi padre cuando él y su madre están delante.

Mi padre no se ha reído ni bromeado conmigo desde que yo tenía diez años.

Solo me habla de las mismas chorradas de siempre: el fútbol, las clases y lo mínimamente necesario para mantener una relación padre-hijo formal y distante.

En eso se resumen todas nuestras interacciones desde la ultimísima vez que intenté contarle algo y acabé destrozando nuestra familia por completo. Sé que todavía me culpa por todo lo que pasó, así que conmigo nunca es el Thomas Harbor que muestra ante Hannah y Avi.

Con él se echa unas risas, le da consejos y se ofrece a ayudarlo en todo lo que necesite. En cambio, conmigo nunca haría nada de eso. Y por esa razón, más que por cualquier otra tontería, odio con todo mi ser a Avi Vega.

Mi hermanastro… Dios, aun habiendo pasado ocho meses, sigue sacándome de mis casillas tener que referirme a él así.

No veo la hora de largarme. Estoy deseando salir de esta casa e irme a vivir al campus de la Boston College; así me libraré de esta farsa de familia y, sobre todo, de Avi y sus sonrisitas condescendientes.

Cada vez que lo veo alzar las comisuras de la boca, cosa que, por desgracia, pasa muy a menudo, despierta mis instintos asesinos.

Otro motivo de peso para mudarme de aquí pronto.

«No creo que llegue a Navidad sin estrangularlo hasta la muerte».

A regañadientes, y sin tratar de ocultarlo, me siento junto a Hannah en la mesa mientras ella me sirve un plato de ensalada. Mi padre sonríe, pero, por supuesto, no me está mirando a mí, sino a su esposa.

A continuación, se lleva un botellín de cerveza a los labios y bebe un trago. Al verlo, Avi le da un codazo.

—¿Puedo tomarme una de esas? —le suplica con una sonrisita cómplice—. Como ya soy mayor de edad y todo eso…

—Avi. —Hannah pone los ojos en blanco, sonriendo.

Mi padre se queda mirándolo un segundo con los ojos entrecerrados, pero luego suspira y se encoge de hombros.

—Claro, por qué no. Solo una.

—Gracias, Tom. —Avi se levanta de la silla y me guiña un ojo.

No entiendo por qué coño lo hace, pero me pone de los nervios. Quizá lo haga precisamente por eso.

Se acerca a la mininevera y saca un botellín.

—¿Puedo tomarme una yo también? —pregunto, porque me vendría genial el alcohol para rebajar mi enfado.

—Tú todavía no tienes dieciocho —responde mi padre de manera tajante.

—Pero me faltan solo unos meses para cumplirlos… —gruño como si fuera un niño pequeño, lo cual me irrita aún más—. Y, hasta donde yo sé, la edad legal para beber es veintiún años, no dieciocho.

Le dedico una sonrisita falsa a Avi y él me la devuelve, pero después saca otra botella y, sin esperar a la aprobación de mi padre, se acerca para dármela.

Entonces Hannah se percata de que su marido no parece muy contento e interviene para apaciguar las aguas.

—Van a beber cerveza cuando se vayan a la universidad, Tom. Es mejor que aprendan ahora a hacerlo de manera responsable.

Me detengo antes de abrir el botellín y observo atentamente a mi padre, que acaba asintiéndole a su esposa con una breve sonrisa para mostrar su acuerdo. Al presenciar esa reacción, la sangre empieza a hervirme de pura rabia.

Si supieran cómo es en realidad… Antes de que ellos aparecieran en nuestra vida, jamás habría permitido esta clase de vicios.

De hecho, una vez se encontró en la acera de la calle la colilla de un cigarro que se había fumado Marcus y me gritó durante tantas horas seguidas que estuvo a punto de quedarse sin voz.

Pero Avi puede fumarse toda la maría que quiera y hacer un submarino en su cuarto, que parece el camerino de Kid Cudi, y, aun así, no le dice nada. No tiene ningún puto sentido.

Abro la botella con brusquedad y le doy un buen trago, pasando de ellos, que siguen con su parloteo mientras cenamos.

Con las hamburguesas, los perritos y el pollo a la brasa nos comemos también una charla que gira en torno al negocio de mi padre y lo emocionado que está porque ha conseguido cerrar un acuerdo con un promotor muy prestigioso y ahora mismo están ganando dinero a raudales, pero sé que todo esto es solo un preámbulo para insistirme en que me especialice en empresariales en la Boston College.

A pesar de que el fútbol le parece bien por ahora, soy plenamente consciente de que espera que siga sus pasos y me encargue del negocio familiar, pero no tengo ni la menor intención de hacerlo.

Pienso llegar a la NFL con tal de no acabar ahí, aunque tenga que dejarme la piel.

—Bueno, Ky —dice Hannah, y, cuando la miro, noto por su expresión que se ha dado cuenta de que no quiero continuar hablando del mundo laboral. He de admitir que valoro que intente mantener la paz entre mi padre y yo. Al menos, hasta que me suelta—: ¿Cómo te va con Becca?

Me dispongo a darle un sorbo al botellín de cerveza para evitar responder.

«Anda, mira tú por dónde. Ya está vacío…».

—Hemos cortado —murmuro, jugando con la etiqueta.

—Ah… Lo siento mucho —contesta con sinceridad.

—Es una lástima, Kyran —añade mi padre con un tono que refleja más decepción que preocupación—. Era una buena chica. Y no hay nada de malo en empezar la universidad teniendo pareja. Incluso podría servirte para ver las cosas con perspectiva…

—Me ha puesto los cuernos —lo interrumpo, lanzándole una mirada fulminante desde el otro lado de la mesa. De pronto, se le descompone la cara y se queda mirándome boquiabierto—. ¿Todavía piensas que debería haber seguido con ella? —pregunto, con la cabeza inclinada hacia un lado.