Capítulo cuatro
Kyran
Un año después
S iento los músculos de los brazos tensos, como si estuvieran luchando por no temblar.
Noto cómo me arden al empujar la barra hacia arriba con todas mis fuerzas y volver a bajarla de forma controlada.
El pecho se me contrae y el sudor me empapa la frente.
Exhalo tras cada repetición mientras mi compañero las va contando.
—Veinticinco, veintiséis.
Dejo la mente en blanco para concentrarme en el dolor del peso que estoy sosteniendo.
Es agradable. Como una presencia reconfortante que se coloca a mi lado, me acaricia el pelo y me susurra al oído: «Eres tan fuerte que podrías partir con tus propias manos todo lo que te propusieras».
—Treinta —dice Garrison, que es el que me está supervisando, y procede a ayudarme a guiar la barra hacia los soportes antes siquiera de que termine.
Por mí, habría seguido, pero me imagino que treinta repeticiones con tanto peso es mucho más de lo que se recomienda normalmente.
«Debiluchos… Ponedme algo que me suponga un reto».
Cuando me incorporo despacio y me seco el sudor de las cejas, Garrison me da una palmadita en el hombro.
—Buen trabajo, máquina —me felicita con un gruñido.
—Cómo te gusta fardar, cabrón —grita mi amigo Markus con una sonrisita desde el otro lado del gimnasio.
Él solo se ha puesto setenta kilos en la barra.
«Supongo que no necesita sentir dolor, como yo».
Cojo la toalla, me la coloco alrededor del cuello, me levanto y estiro los brazos por encima de la cabeza. Luego bebo un poco de agua y echo un vistazo a mis compañeros de equipo. Voy a echar de menos esto…
No creo que el fútbol cambie mucho en la universidad, pero igualmente no será lo mismo. Tendré que acostumbrarme a otros jugadores y crear nuevos lazos de camaradería con ellos.
Por otro lado, jugar para los Eagles va a ser todo un desafío, aunque la verdad es que estoy emocionado. Siempre he destacado en el campo, pero no juego solo porque se me dé bien, sino porque lo necesito. El fútbol forma una parte esencial de mi identidad.
—Bueno, Ky… —dice Garrison, y me vuelvo hacia él, expectante—. ¿Has cortado ya con Becca?
Algunos de los chicos se ríen y, al oírlos, agacho la cabeza.
—No…
—Venga, hombre. —Suelta una risita—. Cuanto antes te lo quites de encima, mejor.
—Es que va a ser incómodo de cojones —me excuso, pasándome los dedos por los mechones sudados—. La han aceptado en Emerson… No sería tan difícil seguir viéndonos.
Marcus me mira con los ojos entrecerrados desde el banco de pesas donde está sentado.
—Pero ¿tú quieres?
—Uf, no. —Pongo los ojos en blanco—. A ver, Becca es una tía guay y todo eso, pero la universidad va a estar llena de chochitos.
—Ahí llevas razón —interviene Mack, otro de mis compañeros, sonriendo con picardía—. Y, siendo el quarterback de los Eagles, no te van a faltar.
Reprimo la sonrisa que amenaza con dibujarse en mis labios.
—Eso si llego a ser quarterback…
—Tío, claro que sí. —Garrison me da una palmada en el brazo—. Está escrito en las estrellas, hermano.
No puedo evitar reírme ante su comentario.
—¡¿Qué coño dices, tío?! —Marcus estalla en carcajadas.
—¡El destino existe! Te lo juro —se defiende Garrison.
«Siempre ha sido el hippie del grupo».
—Por no hablar de que Lexi también va a la Boston College… —Mack me lanza otra de sus miradas pícaras.
Me limito a asentir, sin saber muy bien qué responder.
Lexi Erikson es una chica que vive en Everett y está buenísima. Cuando se deja caer por alguna fiesta en Somerville, todos los chicos se vuelven locos por ella y la rondan como leones buscando aparearse con la única hembra de su manada.
No sabía que había conseguido entrar en la Boston College. Nos seguimos en Instagram, pero nunca hemos hablado mucho.
«Es animadora en Everett…, así que a lo mejor sigue siéndolo para los Eagles».
Al volver a acordarme de Becca, se me empieza a revolver el estómago y siento una oleada de náuseas. Tengo que cortar con ella, pero no será fácil. Llevamos juntos bastante tiempo. Incluso nos hemos dicho «te quiero», y, aunque para mí no fueron más que palabras, creo que ella iba en serio.
Sigo dándole vueltas a lo mismo mientras nos encaminamos a las duchas y los chicos continúan haciendo bromas de las suyas entre risas, completamente ajenos a mi dilema interno.
Si pudiera amar a alguien, sin duda debería ser a Becca.
En teoría, es perfecta para mí: preciosa, inteligente, de un entorno parecido al mío y, encima, le cae bien a mi padre.
Pero no he amado nunca a nadie. De hecho, no sé lo que se siente al estar enamorado.
Y a mi edad me preocupa un poco que no haya sido capaz de sentir nada más que una atracción superficial por alguna que otra chica.
La mayoría de los chicos que conozco tienen o han tenido novia y aseguran haber estado enamorados, aunque luego intenten hacerse los machos y restarle importancia.
El caso es que está claro que sintieron algo por esas chicas.
En cambio, yo nunca he sentido nada. Cada vez que pienso en el amor, noto un vacío en el pecho, como si, en vez de corazón, tuviera un simple círculo, un contorno sin ninguna sustancia sólida dentro.
A veces creo que estoy defectuoso y la mera idea me provoca una sensación rasposa que me trepa por el esófago igual que unas garras.
Me coloco delante del espejo y contemplo mi reflejo un segundo, obligándome a controlar el pánico que no puedo exteriorizar delante de mis compañeros. Me aferro al lavabo, cierro los ojos y respiro hondo. Cuando los abro, me sostengo la mirada a mí mismo a través del cristal.
«Estás aquí. Este eres tú».
Las risas me sacan de mis pensamientos y veo que todos los chicos han empezado a desfilar desnudos detrás de mí de camino a las duchas. Aún me cuesta tragar saliva, pero ignoro la molestia, tal y como hago cuando levanto pesas, y me uno a ellos.
Siempre procuro darme prisa en las duchas del vestuario.
De todas formas, tampoco es que sea el sitio ideal para quedarte a pasar el rato.
Aunque estoy bastante a gusto con mi cuerpo, debo admitir que hay ocasiones en las que me resulta un poco incómodo ducharme al lado de un montón de tíos en pelotas como si fuera lo más normal del mundo.
«No pasa nada. Te enjabonas, te enjuagas y fuera».
Cuando doy por terminada mi ducha rápida de dos minutos, me alejo del resto y voy a por mi ropa. Entonces, mientras me estoy vistiendo, tomo una decisión: tengo que ir a buscar a Becca y cortar con ella. Es lo correcto.
Como ha dicho Garr, cuanto antes me lo quite de encima, mejor.
Me parece que todavía está por el instituto.
Pertenece al comité de graduación y, dado que faltan solo un par de semanas para la ocasión, se han estado reuniendo casi todos los días después de las clases.
Me despido de los chicos con un asentimiento de cabeza, reprimo el miedo que me provoca pensar en su reacción y salgo pitando del vestuario.
Al llegar a las puertas de la cafetería, donde normalmente se reúnen los del comité, me pongo a pasearme de un lado a otro unos segundos para tratar de controlar los nervios.
Luego, respiro hondo y me animo a entrar.
Veo al grupo sentado en una mesa, charlando, pero me doy cuenta al instante de que Becca no está con ellos.
Algunos levantan la vista cuando me acerco.
—Hola, chicos —los saludo, dedicándoles una sonrisa educada.
—Kyran… Hola —responde Julie con voz animada y los ojos muy abiertos, lo que me hace arrugar la frente un momento.
—¿Está Bec por aquí? —Echo un vistazo alrededor.
—Eh…, no —contesta, mirando de reojo a Josh, que se encuentra a su lado—. Ha ido a por su cargador.
—Su cargador… —repito, observándolos y preguntándome por qué se están comportando de manera tan esquiva.
—Con Ash —añade Josh, lo que provoca que Julie le dé un codazo.
—¿Con Ash? —Entrecierro los ojos.
Los dos se limitan a mirarme y asentir. Noto cómo se me empieza a formar un nudo en el estómago, pero decido ignorarlo.
—Gracias —murmuro al mismo tiempo que me alejo con pasos fuertes hacia las puertas.
—¡Seguro que vuelve enseguida! —grita Julie a mi espalda, aunque la ignoro.
Voy a buscar a mi novia. Ahora mismo.
Recorro los pasillos con el cuerpo en tensión. Está claro que la historia del cargador es mentira, porque aquí no hay ni un alma y no la encuentro en su taquilla. Reviso todas las aulas, desesperado, comiéndome la cabeza sin parar, hasta que por fin me llegan unas voces del aula de música.
Me asomo por la ventanita de la puerta y veo a Becca y Ash. Al percatarme de que solo están hablando, relajo los hombros y suelto una risita de alivio mientras niego con la cabeza, sin poderme creer que haya entrado en pánico por una tontería.
«Un momento… No. No era una tontería».
Ash se inclina sobre mi novia con una sonrisa y le planta un beso lento en los labios. Entonces, ella le desliza la mano por la mandíbula y enreda los dedos entre sus mechones negros y despeinados, correspondiéndole el beso como si lo ansiara.
No lo aparta… Se ha puesto a darse el lote con otro tío a plena vista, como si no le importase una mierda nada ni se acordase de que tiene un puñetero novio que ha ido a buscarla para romperle el corazón.
Aprieto la mandíbula y agarro el picaporte de la puerta, dispuesto a abrirla de un tirón e irrumpir dentro para darle una paliza a ese capullo.
Sin embargo, me detengo. Y dejo caer la mano a un lado.
—Que le den… —susurro para mí mismo mientras me alejo.
Claro que me cabrea que mi novia, con la que llevo casi dos años, esté enrollándose con otro, pero supongo que, en cierto sentido, me está haciendo un favor.
Me saco el móvil del bolsillo y le escribo un mensaje rápido.
Yo: Te dejo.
Ya está. Hecho.
Si ella no ha tenido la decencia de hablar conmigo antes de liarse con otro, yo tampoco pienso tenerla para decírselo a la cara.
Aun así, voy echando humo por las orejas de camino al coche.
«¿En serio, Bec? ¿Ash Holloway?».