Capítulo tres #2
—Tus retratos son una pasada. Y me encanta el nivel de detalle de este. —Señala un boceto que empecé ayer, en el que se aprecia a una chica y un chico de la mano mientras un haz de luz los eleva hacia una nave espacial—. Me llamo Frankie, por cierto.
Me cambio el libro de mano para estrecharle la suya.
—Avi. Me alegra conocer por fin a alguien decente por estos lares. Pensaba que estaba todo lleno de futbolistas y animadoras.
—Bueno, a mí me encanta el fútbol, no te creas —dice con una sonrisa—. Aunque soy más de ir a los partidos. De hecho, estoy en la banda.
—Qué fuerte —respondo entusiasmado—. O sea que eres una friki buenorra en medio de un mar de pijos.
Frankie echa la cabeza hacia atrás, riéndose a carcajadas, y ese sonido me provoca un cosquilleo cálido en el estómago. Su voz tiene un tono rasposo y sensual que me fascina.
—Hay más como yo, no te preocupes. Ven conmigo, polluelo. Voy a enseñarte cómo sobrevivir en este sitio.
Estoy tan emocionado ante la idea de hacer por fin una amiga que me limito a asentir y a seguirla sin pensar, como si fuera un perrito faldero.
«Tal vez este instituto no esté tan mal después de todo…».
No hay nadie cuando llego a casa.
Es un alivio, porque no estoy de humor para ver a mi madre y a Tom mirándose como dos tortolitos mientras hablan sin parar sobre los planes de la boda. Y, desde luego, tampoco me apetece encontrarme con el imbécil de mi futuro hermanastro después de lo que ha pasado hoy en el instituto.
Estoy intentando mantener una actitud positiva con respecto a todo esto, de verdad, pero me entran ganas de arrojarme de cabeza por un puente cada vez que pienso en que ese pedante de mierda va a convertirse en mi hermanastro.
«Se cree muy superior, don Perfecto, el quarterback del equipo, con sus excelentes notas, su ropita planchada y sin agujeros, sus musculitos, ese pelo repeinado y esa manía tan fea que tiene de reírse de la gente diferente con los gilipollas de sus amigos…».
Subo las escaleras hacia mi habitación riéndome para mis adentros. Putos mediocres. Todos llevan las mismas pintas, se visten de la misma forma y basan toda su personalidad en los deportes. Son tan patéticos y predecibles que me pongo malo solo de pensarlo.
Salen con animadoras ricachonas que guardan un parecido inquietante con sus propias madres, mujeres blancas, anglosajonas y protestantes, lo cual da un mal rollo que flipas.
Llegan al punto más álgido de su vida en la universidad y luego acaban en un matrimonio igual de aburrido que el de sus padres.
Las chicas que antaño levantaban pasiones (y otras cosas) se convierten en zombis adictas al vino blanco y al Xanax, y las superestrellas del fútbol se pudren en un trabajo corporativo sin futuro donde aprovechan para ponerle los cuernos a su mujer con la secretaria hasta que les cae una demanda por acoso.
Entonces se divorcian y se ponen a tirarles los tejos a madres de emos incautos como yo.
Y el ciclo vuelve a repetirse una y otra vez.
—Bah —refunfuño al entrar en mi cuarto y tirar la mochila sobre la cama—. No soporto a los populares.
Rebusco en el cajón secreto de mi escritorio y saco un poco de hierba y papel de liar. Bueno… No sé con certeza si eso fue lo que le pasó a Tom con su esposa, pero la verdad es que no me sorprendería para nada.
Cierro los ojos un segundo y sacudo la cabeza. Me gustaría concederle el beneficio de la duda, porque quiero que mi madre sea feliz, pero esta gente es tan distinta a nosotros que me resulta difícil no desconfiar de sus intenciones.
Al fin y al cabo, no son personas de clase obrera, sino católicos irlandeses de Southie.
«No me extraña que Kyran me odie tanto… A sus ojos, no soy más que un perro sin pedigrí».
Aunque tampoco es justo que piense así de él. Es cierto que es un capullo, pero no me ha hecho ningún comentario racista ni nada por el estilo. Y ya me he hartado de darle vueltas a toda esta mierda.
«Hora del peta».
Me pongo el porro entre los labios, lo enciendo y doy una larga calada al mismo tiempo que cojo un ambientador en espray y lo rocío por todas partes para enmascarar el olor.
Entonces voy a por mi mochila y saco la tarea de español.
Verla me saca una sonrisa, pero se me borra de inmediato en cuanto la realidad me azota de golpe.
«Mi padre… me hablaba en español de pequeño. Antes de morir».
Yo tenía seis años cuando Arlo Vega abandonó este mundo.
Trabajaba en la construcción para el ayuntamiento hasta que, un día, tuvo un trágico accidente laboral: un andamio mal asegurado cedió y mi padre, que se encontraba encima, cayó en picado desde una altura de más de treinta metros. Murió al instante.
Su pérdida nos abrió una de esas heridas que dejan cicatrices en el alma y te acompañan toda la vida, algo que dudo que Thomas o Kyran Harbor puedan llegar a entender jamás desde su posición acomodada.
Un ruido sordo me saca de mis pensamientos. Instintivamente, me apago el porro en la lengua y lo guardo todo en el cajón, por si acaso es mi madre o su prometido, pero, al oír los pasos que retumban por las escaleras, me doy cuenta de que no son ellos, sino alguien peor y muy enfadado.
Desde el otro lado de la puerta me llega una voz amortiguada que acompaña a los pasos que se dirigen hacia la otra habitación, justo al final del pasillo. De pronto, oigo a Kyran cerrar de un portazo mientras habla con alguien, probablemente por teléfono.
—Solo es un año… —Oigo su voz a través de la puerta del baño que compartimos—. Ya se lo he preguntado al director Brown y me ha dicho que puedo rellenar unos formularios para seguir asistiendo al de Somerville, aunque resida de forma oficial en Cambridge. Los distritos escolares son…
Hace una pausa, como si alguien lo hubiera interrumpido, y me acerco sigilosamente para enterarme mejor de la conversación.
—Ya lo sé, mamá. Lo sé, pero te lo pido por favor. —Por su tono, parece afectado de verdad, como cualquier otro ser humano. Por una vez, no está actuando como un imbécil engreído y malhumorado—. Es que no quiero… No aguanto estar aquí. Por favor, ¿puedo irme a vivir contigo?
Se me abre la boca sola. No me puedo creer lo que estoy escuchando…
¿Le está suplicando a su madre que lo deje mudarse con ella… para alejarse de mí? Al menos, eso es lo que estoy sacando en claro. ¿Por qué si no iba a querer largarse con tanta desesperación de la casa en la que ha estado viviendo tantos años?
Kyran permanece en silencio unos tensos instantes en los que intento no hacer ruido para poder seguir espiando.
Entonces percibo un suspiro entrecortado.
—Vale… No pasa nada. Da igual. Que te vaya bien la vida.
Acto seguido, se pone a gruñir en voz alta, por lo que intuyo que ha colgado.
De pronto, un estruendo me sobresalta. Creo que ha estrellado algo contra la pared.
Al oírlo arrastrar los pies con furia por la casa, el subidón de la sativa que me he fumado me infunde el coraje suficiente para plantarle cara.
Ahí está, resoplando porque tiene que vivir conmigo, como si fuera una tortura, cuando ha sido él quien me ha estado tratando como una mierda a mí desde que nos conocimos. No es justo. Yo tampoco estoy contento con esta situación, pero al menos intento poner de mi parte.
Cuando lo oigo entrar al baño hecho un basilisco, decido aprovechar la ocasión y abro la puerta de golpe.
—¡Ajá! —exclamo.
No sé muy bien por qué se me ha ocurrido decir eso, pero tampoco es que pueda pararme a pensar en ello…
Kyran está en pelotas.
Se apresura a taparse el paquete, con los ojos abiertos de par en par y la cara roja como un tomate. Parece sorprendido y horrorizado de verme.
—¡¿Qué coño haces?!
—Eh, perdón… —murmuro, mirando hacia otro lado mientras él coge una toalla y se envuelve rápidamente la cintura.
—¡¿Por qué te cuelas en el baño cuando estoy desnudo, puto rarito?! —ruge con un tono desconcertado y furioso en la voz.
Una vez que estoy seguro de que se ha tapado, vuelvo a echar un vistazo y me lo encuentro lanzándome una mirada asesina, con el pelo castaño claro alborotado y las mejillas sonrojadas.
Me aclaro la garganta.
—Esto… Eh…
Se me ha quedado la mente en blanco.
«¿Por qué había entrado aquí? Ah, sí…».
Me enderezo antes de continuar.
—Te he oído suplicándole a tu madre que te deje irte a vivir con ella… —digo, cruzándome de brazos—. Estás desesperado por librarte de mí, ¿eh?
Le tiembla la mandíbula.
—Sí. Ahora más que nunca.
—No te pases. —Clavo los ojos en los suyos con la misma rabia.
—Ah, porque espiar a alguien y luego sorprenderlo desnudo en el baño no es pasarse, ¿no? —replica, arqueando una ceja, y me encojo de hombros.
«Bueno, ahí lleva razón…».
Dejo salir un suspiro y me froto los ojos con los dedos.
—Vale, es verdad. Pero, con lo alto que estabas hablando, era imposible no oírte.
—Ya, claro… —bufa con desdén, poniendo los ojos en blanco, y se gira para trastear con las cosas que tiene en su lado del lavabo.
—Mira, Kyran… —Me giro para encararlo—. Esto me resulta igual de incómodo que a ti, créeme.
—Lo dudo mucho —sisea entre dientes.
—Te lo digo en serio. No estoy acostumbrado a vivir con nadie más que mi madre, y mucho menos a tener un hermano…, al que además acabo de conocer y con el que ahora comparto instituto y baño.
—Tú no eres mi hermano —escupe, mirándome fijamente.
Suelto un resoplido de frustración.
—Ya, bueno… Nos guste o no, nuestros padres van a casarse, así que ¿no te parece que deberíamos…, no sé, hacer un esfuerzo? ¿Intentar al menos llevarnos bien? Por ellos…
Kyran guarda silencio un momento, contemplándose en el espejo con una expresión rara en la mirada. Sus ojos, que normalmente son de un tono avellana, entre el verde y el marrón, ahora se han vuelto más oscuros, y tiene las pupilas tan dilatadas que las percibo incluso desde donde estoy.
Veo cómo traga saliva y se aferra luego al borde del lavabo.
—Yo no le debo nada a mi padre.
Lo miro con el ceño fruncido. «¿Qué coño significa eso?».
Entonces se da la vuelta y me lanza una mirada tan seria que casi me atraviesa con ella.
—Con quién decida casarse mi padre es asunto suyo, pero, en lo que a mí respecta, tu madre y tú solo sois unos desconocidos a los que tengo que aguantar hasta que me gradúe y me largue de aquí para perderos de vista a todos.
—Vaya… —Respiro hondo y trago saliva—. Qué cruel.
—Es la verdad. —Permanece firme mientras el pecho le sube y le baja de toda la ira que está conteniendo—. No necesito más amigos y, desde luego, tampoco me hace falta un hermano que no se parece en nada a mí.
Parpadeo.
—Si ni siquiera me conoces.
—Ya lo creo que sí, te tengo calado. —Da un paso en mi dirección—.
Eres el niño fumeta que se lo toma todo a risa porque es más fácil que reconocer que no tienes ni idea de quién eres en realidad.
Te escudas en esa «mente de artista» que crees que tienes para justificar tu falta de objetivos en la vida, aunque, en el fondo, no es más que una excusa para vaguear y seguir dando tumbos como un payaso sin rumbo.
No tienes amigos, ni novia, ni nada. Eres un niñito de mamá y te gusta pensar que estás cuidando de ella, pero la verdad es que no te necesita.
Nadie te necesita. —Me quedo clavado en el sitio cuando se acerca todavía más a mi rostro—.
Solo sirves para ocupar espacio. Ahora, lárgate de aquí. Por favor y gracias.
Me ha dejado de piedra. La oleada de pura adrenalina que me recorre las venas me revuelve el estómago con tanta ferocidad que siento que voy a potar.
«No me puedo creer que acabe de soltarme toda esa mierda… ¿De qué va el gilipollas este?».
Se me tensan todos los músculos del cuerpo y aprieto los puños.
—Pues vale. Que te den a ti también —murmuro con la voz ronca.
Acto seguido, salgo del baño hecho una fiera y pego un portazo que sacude la pared entera. Exhalo con fuerza, meneo la cabeza y finjo que no me han afectado sus palabras. Que solo la ha tomado conmigo porque es un gallito que piensa que está por encima de los demás.
Sin embargo, da igual lo que haga. No consigo sacarme su voz de la cabeza.
Por mucha hierba que me fume, sigo oyendo su eco.
«No tienes a nadie».
«Nadie te necesita».
Me paso el resto de la noche intentando concentrarme en los deberes del instituto y, cuando mi madre y Tom vuelven con la cena, les digo que no tengo hambre.
Me quedo encerrado en mi habitación, con la vista fija en las páginas de unos libros que ni siquiera estoy leyendo mientras no dejo de darle vueltas a una verdad de las que duelen.
«No tienes… ni idea… de quién eres en realidad».