Por los fans Capítulo tres
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Capítulo tres

Avi

Seis meses después

B ueno, pues pasó lo impensable…

Tom le pidió matrimonio a mi madre. Y ella dijo que sí.

Lo hizo en Acción de Gracias. Estábamos cenando los cuatro en su casa: yo, mi madre, Thomas Harbor y el futbolista gilipollas de su hijo, Kyran.

Yo ya estaba molesto por la idea de pasar ese día con más gente aparte de mi madre por primera vez desde que era un crío, aunque me fastidiaba aún más tener que pasarlo con unas personas por las que no siento mucho aprecio, que digamos.

Entonces, cuando llegó la hora del postre y estábamos todos reunidos en el salón comiéndonos un trozo de tarta de calabaza como si fuéramos una familia feliz, Tom se arrodilló de golpe y le soltó la puta propuesta.

Llevaba todo el verano intentando mantener una actitud positiva ante todo aquello. No quería aguarle la fiesta a mi madre, porque se había pasado muchos años triste y sola tras la muerte de mi padre, pero la propuesta me sentó como un jarro de agua fría. Y no fui el único que se lo tomó mal…

En cuanto dijo que sí, Kyran se levantó de un salto y salió de allí hecho una furia. Tom fue tras él y cómo se gritaban el uno al otro un buen rato. Mientras tanto, yo me limité a quedarme sentado en silencio, forzando una sonrisa para mostrarle a mi madre que me alegraba por ella de verdad.

—Ya se le pasará. Solo necesita tiempo para asimilarlo. Sufrió mucho con lo del divorcio… —dijo Tom cuando regresó al salón.

Mi madre trató de tranquilizarlo, como si él fuera el que necesitaba consuelo, y no volvimos a ver a Kyran en toda la noche.

Después de aquella escenita, estuve comiéndome la cabeza varios días.

Pese a que no nos habían dicho abiertamente lo mucho que iban a cambiar las cosas, en el fondo lo intuía.

Mi madre, que es mi mejor amiga y la única persona que tengo en este mundo, iba a volver a casarse.

Mudarnos a Boston no había sido nada más que el comienzo…

Al parecer, se avecinaba una dinámica familiar completamente nueva a la que no me quedaba más remedio que adaptarme. Y, en efecto, los cambios fueron sucediéndose unos tras otros a la velocidad de un rayo tras esa cena.

Durante las vacaciones de Navidad, nos trasladamos a la casa de Tom y Kyran, en Somerville. Y ahora he retomado oficialmente mi penúltimo curso en otro instituto nuevo…, el de Somerville, por supuesto.

No obstante, eso es lo de menos. Tampoco es que me guste mucho el instituto, y no llevaba ni siquiera un año en el de Malden, así que no me había dado tiempo a acostumbrarme. En cambio, Holly sí que lo pasó bastante mal con la noticia…

Era como mi «novia», pero única y exclusivamente porque había perdido la virginidad con ella.

Nunca llegamos a hacernos pareja de verdad, y, aunque sé que está mal decirlo, creo que ella estaba más coladita por mí que yo por ella.

No es que no me gustara ni que no me guste ahora, pero es que nunca me ha hecho sentir mariposas en el estómago.

A ver, perder la virginidad con ella estuvo bien y todo eso, pero parecía más bien que era algo que tenía que hacer, en vez de ser algo que me hiciera especial ilusión.

Quedamos en mantener el contacto cuando me fuera de Malden.

En teoría, supongo que podría haber seguido saliendo con ella, ya que solo me he mudado al pueblo de al lado; sin embargo, no me parecía realista llegar a mi edad a un instituto nuevo con novia, y ese pensamiento es más que suficiente para demostrar lo poco que me importaba nuestra relación, porque, en realidad, no hacía falta que cortara con Holly.

Cada vez que lo pienso me siento como un capullo y no me gusta nada.

Todo esto es culpa de Tom.

Es él quien encandiló a mi madre en un abrir y cerrar de ojos y quien vive en un casoplón en Somerville, cerca del instituto, así que cambiarme de centro era más fácil que seguir en el de Malden. Es él quien tiene un hijo que me odia a muerte sin haber hecho ni el más mínimo esfuerzo por conocerme.

Decir que Kyran es gilipollas es quedarse corto. No estoy acostumbrado a convivir con hermanos, y ahora me ha tocado aguantar a uno que no se parece en nada a mí y que, encima, cada vez que nos cruzamos, me fulmina con la mirada, como si me hubiera meado en sus cereales integrales.

Ojalá no estuviéramos solo nosotros dos…

Nos vendría genial otro hermano que le quitara hierro al asunto.

Kyran tiene una hermana mayor, Bridget, pero, por lo visto, se fue a estudiar a California tras el divorcio.

No me extraña… Si a mí me dieran la oportunidad de poner tierra de por miedo entre esa alegría de la huerta y yo, no me lo habría pensado ni un segundo.

Aun así, por muy tentadora que suene la idea, no pienso dejar sola a mi madre.

De hecho, cuando me reuní con el orientador del instituto para hablar sobre las solicitudes para las distintas universidades, insistí en que mi lista de opciones debía limitarse a aquellas que se encontraran en el área de Boston precisamente por eso.

Acaba de terminar la hora del almuerzo y me dirijo a la clase de arte cuando, de pronto, me llega el sonido de un coro de risas escandalosas que me chirrían en los oídos igual que un acorde desafinado.

—¿Has escuchado alguna vez Hollaback Girl, de Gwen Stefani?

Me niego a mirar en su dirección, pero hay un grupo de jugadores de fútbol saliendo del vestuario y empujándose, como suelen hacer los deportistas a tope de testosterona.

Van absortos en su pequeña burbuja. No existe nada ni nadie más en el mundo…

—¡Joder! —gruño cuando uno de ellos se choca contra mi hombro, con tanta fuerza que se me cae el cuaderno de arte al suelo y las hojas acaban desparramadas por todo el pasillo.

Alzo la barbilla y fulmino con la mirada a todo el grupo de machitos. Como era de esperar, el que se ha estrellado conmigo es nada más y nada menos que el cabrón con el que ahora comparto baño.

—Ups —dice Kyran con una sonrisita de superioridad, mirando hacia atrás por encima del hombro a la vez que se aleja de mí; menudo pijo imbécil.

A continuación, procede a pisar mis dibujos mientras él y los mierdas de sus amigos se siguen riendo. Con la mandíbula apretada, me agacho para recoger mis cosas y guardo a toda prisa las hojas en el cuaderno al mismo tiempo que Kyran y sus colegas chocan los cinco.

—Vale… Está claro que eso ha sido a propósito —murmuro para mí mismo, ignorándolos deliberadamente.

—Madre mía, ¡menudo pringado! —suelta uno de los musculitos, riéndose a carcajadas—. ¿Eso es manga?

Una fuerza superior a mí me impide mantener el pico cerrado.

—Si tan penoso te parece, ¿por qué sabes lo que es? —respondo con una sonrisa en los labios, girándome hacia él.

Al muy tonto se le cambia la expresión por completo. De repente, parece avergonzado. «Bien, punto para mí».

—Por favor… Es lo único que os gusta a los frikis del arte —interviene Kyran, mirándome con los ojos entrecerrados—. Sois todos iguales. Os dedicáis a dibujar tías tetonas que no vais a ver en la vida real ni en un millón de años.

El grupito se echa a reír de nuevo.

—Lo siento, estoy intentando hacer memoria —gruño—. Es que a tu madre solo la he visto una vez.

Ensancho mi sonrisita malévola al darme cuenta de que Kyran está apretando los puños. Acto seguido, se da la vuelta y avanza hacia mí hecho un basilisco.

—¿Qué coño acabas de decir? —me bufa, y aprovecho para incorpo­rarme.

«A la mierda. Si quiere pelea, la va a tener. Es verdad que nunca le he pegado a nadie…, pero no creo que sea muy difícil darle un puñetazo. Además, últimamente he estado haciendo más ejercicio… A lo mejor puedo darle uno y salir corriendo».

—Ey, ya basta. —Al oír esa voz femenina, nos detenemos y, cuando dejo de fulminar con la mirada a Kyran un segundo, me percato de que hay una chica bajita de pelo rosa interponiéndose entre ambos.

Al ver que Kyran relaja los hombros, hago lo mismo.

Sus amigos lo agarran y tiran de él para impedir que acabemos enzarzados en una pelea de verdad.

Aun así, me lanza una última mirada furiosa antes de que los descerebrados de sus colegas se lo lleven lejos de mí.

Me giro hacia la chica que me está ayudando, todavía con la sonrisa malévola en la cara.

—Pasa de ellos —me dice, agachándose para recoger el resto de mis dibujos—. Seguro que están con el subidón de los esteroides que se han pinchado.

Suelto una risita y me fijo en ella mientras se incorpora.

Esta chica me suena… De hecho, va a mi clase de arte.

Pero solo llevo aquí un par de semanas, así que aún no se me ha quedado ningún nombre, salvo el del capullo que vive conmigo, que parece estar empeñado en convertir mi paso por este instituto en un verdadero infierno.

—Gracias —murmuro cuando me devuelve mis dibujos—. Les habría dado un par de puñetazos, pero ya tengo bastante con ser el nuevo. No creo que a mi reputación le hubiera venido muy bien que me pegaran una paliza unos gilipollas con coquilla.

Se ríe ante mi comentario y asiente con la cabeza.

—Ya, eso es verdad.

La observo con detenimiento un instante.

Es muy guapa y no se parece en nada a la mayoría de las chicas de este instituto.

Lleva la ropa rasgada con estilo y el pelo teñido de rosa.

Tiene la piel bronceada, una sonrisa Colgate, y la nariz y el labio perforados, además de algún que otro tatuaje en las manos.

Da la impresión de ser una tía bastante guay. Y quizá lo bastante antisistema como para que nos hagamos amigos por ser un par de bichos raros. Genial.

—Son muy buenos —añade, señalando con la mirada mi cuaderno de bocetos—. He visto de reojo algunos de tus dibujos en clase y me gusta tu estilo.

—¿En serio? —Sonrío de oreja a oreja sin poder evitarlo—. Gracias. Todavía estoy intentando definirme.