Por los fans Capítulo dos #3
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Capítulo dos #3

—Tu habitación es muy sosa.

Acto seguido, se dirige escaleras abajo dando fuertes pisadas y me deja allí plantado, con unas ganas tremendas de molerlo a palos.

«¿Qué coño le pasa a este tío? ¿Es que no lo han educado en su casa? ¡Que nos acabamos de conocer, joder! Y ya está soltándome pullitas, el emo chulito de mierda».

Tengo un humor de perros cuando nos sentamos a la mesa. Theresa nos sirve la cena y luego se apresura a retirarse para que comencemos a comer, sumidos en una tensión tan densa que se podría cortar con un cuchillo.

No me habría importado pasarme la noche removiendo la comida en el plato en silencio, pero, por desgracia, mi padre decide darles conversación.

—Bueno, Avi, ¿qué te parece el instituto de Malden?

Avi levanta la vista hacia él y se queda mirándolo un buen rato mientras mastica y parpadea con los ojos muy abiertos, como si no supiera qué responder.

—No está mal —dice al fin, jugueteando con el tenedor—. La clase de arte es bastante guay.

—Avi se inclina más por el arte —dice Hannah, mirando a su hijo de reojo—. Siempre ha sido… complicado intentar que se interese por otra cosa.

Me fijo en él. Si mis padres me lanzaran un comentario como ese, me sentiría cohibido; sin embargo, da la impresión de que a él no lo afecta en absoluto. Lo único que hace es encogerse de hombros y meterse otro bocado de pollo en la boca con una sonrisa.

—Vaya… —contesta mi padre, y me preparo para su matraca habitual sobre lo importante que es la educación, sacar buenas notas para entrar en una universidad que esté a la altura y todos esos rollos.

Pero, en lugar de eso, se limita a decir—: Bueno, estoy seguro de que no tardarás en encontrar tu camino.

Por lo menos, ya tienes claro lo que te apasiona.

Casi se me sale la bebida por la nariz al oírlo.

—A Kyran le va bien en el instituto —prosigue—, pero su verdadera pasión es el fútbol. ¿Verdad, hijo? —Me dedica una sonrisa amable que me niego a corresponder.

«¿Quién coño eres tú y qué has hecho con el filofascista de mi padre?».

—Sí —gruño, desconcertado—. Me encanta el fútbol.

Avi me sonríe con suficiencia.

—A ver si lo adivino… Eres el quarterback del equipo.

Frunzo los labios, porque ha dado en el clavo: soy el quarterback. Y estoy orgulloso de ello, pero, por alguna razón que no alcanzo a comprender, no me apetece darle el gusto de pensar que me tiene calado desde el principio.

Menos mal que ya está aquí mi padre para hacerlo.

—¡Sí! —responde por mí con satisfacción—. Tiene todas las papeletas para entrar en el equipo universitario el año que viene. Después podrá competir por una beca para la Boston College.

—¡Anda! —exclama Hannah con entusiasmo—. El equipo de fútbol de la Boston College… Qué emocionante, ¿no, Avi?

—No sé si esa es la palabra que yo usaría… —contesta y vuelve a encogerse de hombros mientras sigue comiendo.

—Avi también estaba pensando en ir a la Boston College —añade su madre.

Él alza la cabeza de golpe.

—Ah, ¿sí?

—Tienen un programa de arte excelente —continúa, ignorando a su hijo y dirigiéndose sobre todo a mi padre, que asiente para mostrarle su aprobación.

—Eso he oído. El instituto de Somerville también ofrece unas clases de arte magníficas, pero a Ky no le interesa nada que no sea el fútbol. Por eso optamos por un centro público en vez de uno privado. Además, necesitábamos que el equipo estuviera a la altura…

«Claro, papá. Por eso estoy en un instituto público, di que sí…».

—La Boston College me parece maravillosa —remata Hannah con un suspiro.

—¿No sería divertido que los dos fuerais al mismo centro? —comenta mi padre, sonriente.

Da la impresión de que nos lo está preguntando a nosotros, pero ni siquiera nos ha mirado. Solo tiene ojos para Hannah. Se está esforzando tanto por impresionarla que siento que voy a potar del asco en cualquier momento.

—¿Puedo levantarme de la mesa? —pregunto en un tono evidente de enfado.

—Por supuesto que no. Acabamos de sentarnos —gruñe en voz baja sin dignarse a mirarme—. Bueno, contádnoslo todo sobre Nueva York. ¿Qué tal era la vida en Brooklyn?

«No. Me. Interesa. Ni. Lo. Más. Mínimo». Tengo que luchar contra las ganas de hundir la cara en el plato.

Hannah empieza a relatarnos con entusiasmo cómo era su día a día en Brooklyn antes de mudarse aquí el año pasado. Imagino que mi padre ya se sabe esa historia de memoria, pero, aun así, la escucha embelesado.

Al parecer, su marido falleció hace algunos años, pero no entra en detalles sobre lo sucedido, y eso aviva mi curiosidad. Hasta que menciona de dónde proviene en realidad.

Hannah nació en Israel. Se fue de allí cuando era joven y se mudó al Líbano con unos familiares antes de emigrar a Estados Unidos a los dieciocho años.

Por lo que entiendo, siempre tuvo roces con los suyos, pero, después de casarse con su difunto marido, que era español, supongo que su comunidad la repudió.

Aunque su historia me resulta fascinante, apenas puedo prestarle atención. No dejo de darle vueltas al hecho de que mi padre, un católico irlandés de manual desde que nació, esté saliendo con una mujer judía.

«Nunca pensé que llegaría a ver esto».

Deduzco que Hannah y Avi no practican el judaísmo.

Ambos dicen que se consideran más espirituales que religiosos, pero ahora mismo no tengo la cabeza para intentar descifrar lo que significa eso.

No obstante, lo que me sorprende de verdad es que Thomas Harbor, mi padre, esté llevando tan bien todo este tema…

El mismo que me ha estado obligando a ir a una iglesia católica toda mi vida. El que se aseguró de que nos bautizaran a mi hermana y a mí y de que yo hiciera la comunión. El que estuvo mandándome a los campamentos que organizaba la iglesia hasta los doce años y me obligó a ser monaguillo.

Me están empezando a sudar las manos a lo bestia y no puedo parar de frotármelas contra los vaqueros. Es verdad que hace años que no piso una iglesia, pero mi padre todavía se considera un católico conservador.

Lo único que necesito es que se acabe de una vez esta cena.

Presiento que me va a dar una migraña de campeonato y ya estoy hasta las narices de tener que guardar las apariencias mientras veo al niñato que está sentado frente a mí sonriendo tan campante, como si no le inquietara absolutamente nada en este puñetero mundo y se sintiera super a gusto en mi casa.

En cuanto terminamos la cena y el postre, salgo disparado al porche trasero en busca de un poco de aire. Necesito estar un rato a solas para despejar la mente. Todo me resulta sofocante en este momento.

Sin embargo, al cabo de unos escasos tres minutos, oigo pasos acercándose a mí.

—Tienes una casa bonita. —La voz masculina y rasposa que pronuncia esas palabras me tensa la espalda de inmediato y me obliga a girar la cabeza para echar un vistazo por encima del hombro—. Somerville parece guay.

—¿Por qué? ¿Dónde vives tú? —pregunto con una risita cargada de desdén, como si fuera un tío de lo más pedante, pero no puedo evitarlo. No estoy de humor para hablar con él.

—En Malden —responde Avi tranquilamente.

No sé si no ha captado el tono mordaz de mi pregunta porque es tonto de remate o porque le da igual y ha decidido pasarlo por alto sin más, pero me inclino a pensar que es la primera opción—.

Por ahora vivimos en un apartamento. No está mal, pero me gustaría tener más espacio. Algo parecido a esto.

—Pues, ¿sabes qué? —Me doy la vuelta para encararlo—.

No vas a conseguirlo. No sé qué película te habrás montado en la cabeza, pero, si lo que pretendéis tú y tu madre es encontrar a alguien con dinero que os mantenga, ya podéis ir sacándoos esos pajaritos de la cabeza, porque os va a salir el tiro por la culata.

Buscaos a otra familia a la que chuparle la sangre y dejadnos en paz.

En sus ojos percibo un fugaz destello de algo parecido a la vulnerabilidad propagándose por ese tono particular de azul claro tirando a grisáceo. Por más que trato de ignorarlo, me es imposible no fijarme en él.

El veneno de mi comentario se diluye enseguida, y Avi, con una de esas sonrisitas despreocupadas que ha estado esbozando durante toda la velada, camina lentamente en mi dirección.

—No te preocupes, superestrella. No me juntaría con un pijo de mierda como tú ni muerto. —Se mete las manos en los bolsillos y se inclina hacia mí—. Echarías por tierra mi reputación. —Me guiña un ojo, gira sobre sí mismo y me deja ahí plantado en la terraza.

Suplico con todas mis fuerzas que haya algo de verdad en sus palabras.

«No van a durar. Ni de coña… Cuando se le pase el capricho a mi padre, recuperará la cordura. Esto no es para siempre».