Capítulo dos #2
Estoy en buena forma, lo cual es lógico, teniendo en cuenta la cantidad de horas que me paso jugando al fútbol americano.
Recorro con los ojos la foto que se ve en la pantalla, fijándome en el pelo rubio oscuro, peinado hacia atrás con los dedos, y en la piel ligeramente bronceada por el sol de los primeros días de verano.
Parpadeo varias veces ante el chico que me devuelve la mirada y los latidos acelerados de mi corazón se van calmando poco a poco.
—Ese eres tú —susurro.
—¡Kyran! —me llama a gritos mi padre desde abajo.
Al oírlo, me sobresalto y vuelvo a la realidad.
—¡Ya voy!
Termino de abrocharme los botones de la camisa, me meto el móvil en el bolsillo, le echo un último vistazo al espejo y salgo de la habitación.
Estoy convencido de que mi padre ha montado todo este espectáculo sin sentido solo para aparentar. No creo que vaya en serio…
Pero, cuando lo veo abrir la puerta y saludar a unos desconocidos mientras bajo las escaleras, una vocecita dentro de mí me dice que esconde algo más.
Mi madre se volvió a casar. Tiene una hija y una nueva familia. Una vida completamente diferente a la que compartía con nosotros.
A ojos de mi padre, eso es una victoria. Y él no puede quedarse atrás.
—Hola, preciosa —dice mi padre con una sonrisa en la cara, dirigiéndose a una mujer de pelo negro.
«¿“Preciosa”? Lo que me faltaba… Qué asco».
Le besa la mejilla. Luego le hace un gesto para que pase y ella lo sigue adentro con otra sonrisa.
No me gusta nada cómo se están mirando; sin embargo, dejo de prestarle atención a la repugnante imagen de mi padre babeando por otra mujer cuando un chico alto con el pelo igual de oscuro entra justo detrás de ella.
Me detengo en seco en el penúltimo escalón, con el ceño fruncido.
—Thomas, te presento a mi hijo, Avi. —La mujer señala al chaval, que parece tener mi edad, mi misma estatura y una complexión similar… Aunque puede que él esté un poco más delgado.
Su madre le echa una mirada de reojo y esboza una sonrisa nerviosa al ver que extiende el brazo hacia mi padre.
—Es un auténtico placer conocerte, Avi. —Le estrecha la mano que le ha ofrecido—. Y, por favor, llámame Tom.
—Vale, Tom… —El tal Avi da la impresión de estar examinando a mi padre. Clava los ojos en él y lo barre de pies a cabeza con una mirada protectora, sin alejarse de su madre, que le da un codazo que le arranca un gruñido—. Eh, gracias… Igualmente.
Arrugo la frente.
«¿De dónde cojones ha salido este tío? Parece un poquito gilipollas».
—Kyran. —Mi padre pronuncia mi nombre con la habitual seriedad de su acento irlandés, lo que me impulsa a bajar a regañadientes los pocos escalones que me separan de ellos—. Estos son Hannah Vega y su hijo, Avi. —Me lanza una mirada que hace que me enderece de inmediato y les tiendo la mano.
—Hola —murmuro con evidente desgana—. Yo soy Kyran. Encantado de conoceros.
—Hola, Kyran —me saluda Hannah mientras me estrecha la mano con una sonrisa. Por mucho que me fastidie admitirlo, parece maja. Tiene la voz suave y melodiosa, y ella en sí es realmente guapa. La piel aceitunada y el pelo largo y negro le dan un aire mediterráneo—. He oído hablar mucho de ti.
La blancura perlada de sus dientes casi me deslumbra, al igual que su amabilidad, pero, por alguna razón que no logro comprender, cuando le suelto la mano y me giro hacia su hijo, lo único que siento es hostilidad.
—Qué hay —dice este, con una sonrisa que revela unos hoyuelos pronunciados.
Rechino los dientes.
—Ey. —Le estrecho la mano con fuerza, apretando, para que le quede claro quién manda aquí.
«Mi padre, sí…, pero también yo».
Nos pasamos un rato más largo de la cuenta evaluándonos el uno al otro. Bueno, más bien yo soy el que lo evalúa. Él parece que me observa sin más, aunque lo hace de tal modo que me siento juzgado y me pongo de los nervios.
—¿Queréis algo de beber? —les ofrezco tras alejarme de él, en un intento de ser educado.
A pesar de que he centrado mi atención en Hannah y estoy poniendo todo mi empeño en ignorar a Avi, no puedo evitar echar un breve vistazo en su dirección para ver qué está haciendo. Ya ni siquiera me está mirando a mí, ahora se ha puesto a recorrer la casa con los ojos.
«Mmm… El atontado este se distrae con una mosca. Pobre cachorrito».
—Pues sí, gracias —responde Hannah, pero se gira hacia mi padre—. Tomaré lo mismo que tú.
—Ven. Tengo una botella de un burdeos espectacular lista para descorchar —contesta él, agarrándola del brazo.
«Puaj. Acabamos de empezar y ya me tienen harto».
Nuestros padres se alejan y nos dejan ahí plantados como dos imbéciles.
Avi los sigue con los ojos un instante, con el mismo brillo protector de antes, mientras que yo vuelvo a mirarlo y estudio su ropa.
Lleva puestos unos vaqueros negros ajustados con rajas en las rodillas, unas Converse desgastadas y una camiseta gris oscuro con cuello de pico que le marca el torso.
Saco un poco de pecho. «Podría con él».
—Bueno, pues… hay refrescos y demás en la cocina, por si te apetece algo —murmuro en un tono bastante refinado, aunque no me interesa en lo más mínimo entablar conversación con este tío.
Me basta con mirarlo para saber que no tenemos nada en común y que lo de esta noche va a ser una putísima pérdida de tiempo descomunal.
—¿Para nosotros no hay vino? —pregunta y, al ver que pongo una mueca, empieza a reírse—. Era broma. Relájate un poco. —Me da una palmada en la espalda, de esas que resuenan, y se dirige a la cocina.
A este paso, el ceño fruncido va a convertirse en un rasgo más de mi cara.
Cuando oigo a Hannah y a mi padre compartiendo risitas en la sala de estar, tenso la mandíbula con tanto ahínco que siento que estoy a punto de romperme los dientes.
Encima, por si eso fuera poco, al llegar a la cocina me encuentro a Avi abriendo el frigorífico como si estuviera en su casa.
Se saca una lata de Coca-Cola, la abre y le da un sorbo.
Luego, hace el típico ruidito de satisfacción que emite la gente tras beber algo que para su paladar equivale a ambrosía y se apoya en la encimera.
Tardo un instante en darme cuenta de que tengo los puños apretados a ambos costados.
—¿Tú de qué vas? —pregunta, y vuelvo a fruncir el ceño, irritado y confundido.
—¿Que de qué voy? —me mofo—. Yo no voy de nada. ¿De qué vas tú ?
Esboza una sonrisa que me saca de mis putas casillas.
De nuevo, me recorre con la mirada lentamente, de arriba abajo. Aunque me invade la acuciante necesidad de rodearme el cuerpo con los brazos para protegerme, me obligo a enderezarme y permito que continúe, pero lo vigilo de reojo.
—Tienes pinta de pijo —dice en un tono despreocupado—. ¿Eres el típico deportista que va presumiendo de musculitos o algo por el estilo?
Me esfuerzo por tragarme la rabia que amenaza con apoderarse de mí a un ritmo más acelerado que de costumbre.
—Juego al fútbol americano, si es a eso a lo que te refieres —gruño.
—Era de esperar —suelta con un resoplido.
—¿Qué coño estás insinuando?
Theresa aparece en la cocina en cuanto termino de escupir la pregunta.
—Bueno, chiqui, ya está bien. Por mucho que me encante tenerte revoloteando por aquí mientras intento cocinar, necesito que te apartes un poquito. Estás ocupando demasiado espacio. —Se detiene con una cuchara de madera en la mano al percatarse de nuestro invitado—. Anda, hola. ¿Y este quién es?
Pongo los ojos en blanco cuando veo que Avi le dedica una sonrisa.
«¿Por qué sonríe tanto? Parece que está chalado».
—Es Avi —murmuro—. Su madre está… saliendo con mi padre. O eso dicen.
Theresa nos echa un vistazo rápido a ambos, levanta una ceja un instante y luego le ofrece una sonrisa educada a Avi.
—Pues encantada de conocerte, Avi. Yo soy Theresa, pero puedes llamarme criada o señora, según te apetezca, como el título de aquella película.
Avi se ríe y entonces chocan los cinco, como si se conocieran de toda la vida.
Soy consciente de que no es normal que me hierva la sangre de esta manera por una tontería como esa, pero no puedo evitarlo.
No me gusta nada lo que está pasando. Una cosa es que mi padre traiga a esta mujer y al tonto de su hijo a cenar, pero que se crean los dueños de la casa y se hagan amigos de mi Theresa…
No lo soporto.
Justo en ese momento, mi padre y Hannah entran en la cocina agarraditos de la mano.
—Qué os parece si os enseño la casa —dice alegremente. Está sonriendo de verdad por primera vez en toda mi vida. Y parece feliz.
«¿Qué clase de pesadilla es esta?».
—La cena estará lista en diez minutos —los avisa Theresa.
—Estupendo —responde mi padre sin dejar de sonreírle a Hannah, ni ella a él.
Me hierve la sangre.
Mi padre procede a hacerles un tour por toda la casa a Hannah y a Avi, que se quedan maravillados ante todo lo que les muestra y no dejan de emitir exclamaciones de asombro, como si no hubieran visto nunca una casa. Mientras tanto, yo me limito a seguirlos, echando humo por las orejas.
No me apetece ponerme celoso de estas dos personas que acabo de conocer. Odio los celos. Por lo general, siempre logro proyectar la suficiente confianza en mí mismo como para mantenerlos a raya, pero ahora mismo me resulta imposible acallar al monstruito verde que habita en mí.
Por cómo se está comportando mi padre, da la impresión de que lleva años amargado y por fin ha encontrado la felicidad de nuevo, gracias a Hannah Vega y al caraculo risueño de su hijo.
Eso ya de por sí hace que me sienta como una puta mierda, pero es que, encima, ella es diametralmente opuesta a mi madre y al tipo de mujer que suele atraer a mi padre.
Aunque apenas la conozco, basta con verla y oírla hablar para corroborarlo, y él parece encantado con el hecho de que su novia no tenga nada en común con mi madre.
Una vez que terminamos de recorrer la planta de arriba, mi padre y Hannah empiezan a bajar las escaleras charlando, pero Avi se acerca a mí para susurrarme algo.