Capítulo dos
Pollicornio: Dios, te suplicaría que me destrozaras la vida y luego te daría las gracias.
Kyran
«N o quiero tener absolutamente nada que ver con esto…».
Cierro los ojos con fuerza e intento concentrarme con más ahínco en lo que estoy haciendo. Pongo todo mi empeño en disfrutar del momento y acallar los pensamientos que no dejan de dar vueltas en mi cabeza por lo que sé que me espera después.
Siento su lengua húmeda y suave dentro de la boca.
Los mechones lisos enredados entre los dedos cuando la agarro con fuerza del pelo para seguirle el ritmo.
Cada vez que me succiona o me muerde los labios con ternura, le correspondo el gesto, recostado en su cama mientras se balancea sobre mí con sus pronunciadas curvas.
Me siento de puta madre. Joder, como para no… Pero, aun así, estoy distraído. Y no quiero.
Daría lo que fuera por poder dedicarle toda mi atención a mi novia en este instante, pero no paro de pensar en lo que se supone que debo hacer.
«Una mierda, eso es lo que es».
—De verdad que me tengo que ir, cielo. Mi padre va a ponerse hecho una furia si llego tarde —murmuro contra los labios carnosos de Becca en un intento de apartar mi boca de la suya por tercera vez.
—Venga, quédate… —gimotea y procede a deslizar una mano entre los dos hasta detenerse en mi entrepierna—. Te prometo que valdrá la pena.
¿En qué cabeza cabe que un chico de mi edad rechace una oferta como esa? En ninguna, ya te lo digo yo.
Pero tampoco es que dependa de mí. Esta noche es «especial», según mi padre, y ya la simple idea me desagrada bastante. Lo último que me hace falta es que se tire toda la velada lanzándome miradas de desaprobación tras presentarme allí despeinado y lleno de chupetones.
Aunque creo que Becca no me ha dejado ninguno a la vista, no me apetece arriesgarme.
—Por muy tentador que suene —sonrío y la beso con ternura una última vez al mismo tiempo que me aparto con delicadeza—, tengo que irme. Si lo cabreo ahora, voy a terminar castigado lo que queda de verano. Y no queremos que eso pase, ¿verdad?
Sigue haciendo pucheros y tocándome por todas partes con dedos ansiosos, pero luego se detiene y deja salir un suspiro.
—Tienes razón. Además, la fiesta en la piscina de Kim es dentro de dos semanas y no puedes perderte bajo ningún concepto el bikini que me he comprado. —Bate sus largas pestañas postizas mientras me mira—. Te va a flipar cuando lo veas.
Le aprieto un poco los dedos contra la cintura.
—Me muero de ganas.
Le doy un último beso rápido en los labios y ruedo por la cama para zafarme de su agarre. Me despido con la mano, le lanzo un beso y salgo disparado de su habitación, directo hacia las escaleras. Al salir por la puerta, empiezo a sacudir la cabeza, molesto con la situación.
«Joder, no me puedo creer que haya renunciado a darme el lote con mi novia por esto… Encima tenemos la casa para nosotros solos».
Los padres de Bec se pasan el día trabajando y, ahora que estamos en plenas vacaciones de verano, podemos hacer lo que nos dé la gana, siempre y cuando sea antes de las seis.
Tenía muchas ganas de volver a acostarme con ella.
La primera vez que lo hicimos (en la que nos estrenamos ambos) no estuvo nada mal, pero fue un poco…
raro. Aunque tal vez esa no sea la mejor palabra para definir aquella experiencia…
El caso es que ambos estábamos hechos un manojo de nervios, así que no veía la hora de volver a montarla (joder, ni que fuera una yegua). Al fin y al cabo, la práctica hace al maestro, y a mí se me da bien casi todo, por lo que calculo que con un par de veces más seré un hacha también en la cama.
Pero no. En lugar de estar metiéndole de nuevo mi polla ansiosa, voy de camino a casa un viernes por la noche para cenar con mi padre, la mujer a la que se está tirando y su hijo.
«Preferiría darle un buen trago al bote de la lejía».
Y, aun así, estoy yendo porque siento una necesidad patológica de complacer a las figuras de autoridad, sobre todo a mi padre. A veces desearía mandarlo a la mierda, dedicarle una peineta y hacer solo y exclusivamente lo que yo quiera.
Pero entonces me acuerdo de que, por mi bien, necesito disponer de cierto orden y estructura en mi vida. Es lo único que impide que me coma la cabeza con… otras cosas.
Relego esos pensamientos al fondo de mi mente, camino hasta la parada del autobús y me dedico a esperar.
Por norma general, soy una persona bastante paciente, pero también estoy hasta los huevos de ir en autobús a todos lados.
En cuanto cumpla los dieciséis, pienso sacarme el carné de conducir.
Mi padre dice que, si saco sobresalientes en todo el primer semestre del penúltimo año del instituto, me compra un coche.
He ahí la meta de este otoño. Pan comido.
Cuando por fin aparece el autobús, me monto y me siento en silencio, aunque sigo rumiando mis pensamientos a medida que subimos por Highland Ave.
La casa que tenemos en Somerville es bonita…
A decir verdad, mucho más que la otra, en la que me crie, que, por cierto, también estaba en Somerville, justo en la otra punta de la ciudad.
Creo que, después del divorcio, mi padre quería demostrar a toda costa lo bien que le iba y por eso se compró una casa mejor que en la que vivíamos cuando él y mi madre aún estaban juntos.
Lo más importante es mantener cierta imagen. Una fachada. Mientras todo parezca perfecto por fuera, da igual lo podrido y deteriorado que esté por dentro.
Aprieto los dientes, saco mi móvil del bolsillo y abro la cámara. Acto seguido, fuerzo una media sonrisa, me hago un selfi y lo publico en mi cuenta de Instagram con el siguiente pie de foto:
Otro día a tope en Somerville. Me siento #afortunado por mi ciudad natal.
Lo leo y suelto un suspiro lento.
Cuando el autobús se detiene en mi parada, me bajo y recorro andando la calle que conduce hasta mi casa. Por suerte, no veo ningún coche desconocido en la entrada, lo que significa que nuestros invitados aún no han llegado.
«A lo mejor se han arrepentido… A lo mejor no tengo que aguantar la cena esta de mierda y puedo salir con mis amigos en lugar de someterme a esta versión paterna de la tortura del submarino».
Por desgracia, al entrar en casa percibo olor a comida, por lo que intuyo que el plan sigue en pie. Enseguida veo a Theresa metida en la cocina, preparando un plato mucho más elaborado de los que suele hacer cuando solo estamos mi padre y yo.
Él no cocina ni lleva a cabo ninguna tarea de la casa, así que, tras el divorcio, contrató a Theresa para que se encargara de todas esas cosas. Es una mujer agradable y, aunque nunca lo admitiría en voz alta, me gusta que esté por aquí, porque hace de mediadora entre ambos. Un rol muy necesario.
«No me quiero ni imaginar cómo sería vivir en esta casa si estuviéramos nosotros dos solos…».
—Llegas tarde —dice mi padre con la voz ronca desde la sala de estar. La espalda se me tensa de inmediato al oírlo.
—Me dijiste a las seis y media… —murmuro, dándome la vuelta despacio.
—Y son menos cuarto. —Levanta la muñeca y me enseña el Rolex, como si así reforzara su mierda de argumento—. Esa es la definición de «tarde», Kyran.
Aprieto los puños a los lados.
—Bueno, todavía no han llegado, ¿no? —replico, pero se queda mirándome con los ojos entrecerrados. Entonces respiro hondo para calmarme y rectifico—: Estaba con Becca.
Asiente levemente con la cabeza, lo que me indica que mi excusa le basta para no seguir echándome la bronca. A mi padre le cae bien Becca, sobre todo porque su familia es de Southie y tiene dinero. En realidad, eso es lo único que le importa.
Se la sudan la personalidad y los intereses. Para Thomas Harbor, haberte criado en un entorno católico irlandés de Boston es más que suficiente.
—Ve a cambiarte para la cena. —Le da un trago a su vaso de Jameson—. Estarán al caer.
Se me pasan por la cabeza un montón de cosas que quiero decirle, pero, como de costumbre, me las guardo todas y obedezco sin rechistar. Me dirijo con paso firme hacia la escalera y subo a mi habitación.
«Es que no entiendo por qué tenemos que hacer todo esto…».
Mis padres llevan tres años divorciados, y sé que él ha estado saliendo con otras mujeres. Aunque no me haya hablado de ello, tampoco hace falta ser un lince para darse cuenta. Sale trajeado por las noches y siempre vuelve a casa cuando yo ya llevo un buen rato durmiendo.
Pero ahí acaba la cosa. Me suda la polla que tenga sus ligues. Por mí, como si se tira a toda la ciudad de Boston.
Lo que no quiero es verme forzado a conocer a las tipas con las que se acuesta. Eso solo le incumbe a él y a nadie más. ¿Por qué me tiene que obligar a mí a soportar una cena incómoda con esta mujer y su hijo? ¿Qué pinto yo ahí?
Empiezo a pensar en mi madre mientras me quito la ropa y me cambio para la cena.
Se volvió a casar seis meses después de que se formalizara el divorcio y se quedó embarazada al poco tiempo.
Pasó de ser Elena Harbor a secas a convertirse en Elena Harbor-McLaughlin.
Ahora vive en Cambridge con su marido, Paul, y mi media hermana, Paige, a quien solo he visto una vez.
Apenas mantengo el contacto con mi madre, aunque tampoco me extraña. Parecía que se moría de ganas de huir de su antiguo matrimonio… y de mí. Y de los recuerdos que compartíamos. Qué rápido se desmoronó todo…
Cierro los ojos y me los froto con tal fuerza que, cuando vuelvo a abrirlos, solo veo destellos de luz. Cojo el móvil, abro la cámara y poso para un buen selfi sin camiseta. A pesar de que no pienso subirlo, me lo hago igualmente y me quedo un rato mirándolo, analizando mi cuerpo y mi figura.