Por los fans Capítulo uno #2
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Capítulo uno #2

Mi madre pone los ojos en blanco al presenciar cómo me lo apago en la lengua.

—Avi…

—¿Qué haces en casa tan temprano, madre? —pregunto, cegándola con la sonrisa más inocente que soy capaz de esbozar y batiendo las pestañas con la esperanza de parecerle el ser más dulce y adorable del planeta.

Estoy preparado para la regañina que va a echarme, así que tiro la mochila al suelo y me quedo de pie esperando a que me diga algo, pero, al ver que guarda silencio, me fijo mejor en su cara.

Pese a la sonrisa que le adorna los labios, parece un poco nerviosa mientras da unas palmaditas en el sofá, junto a ella.

—Ven, siéntate aquí conmigo, hijo mío —ruega con calma—. Tenemos que hablar.

Trago saliva. Vale… Esto no me gusta nada.

Mi madre es mi mejor amiga. Sí, puede que esa afirmación termine de retratarme como el fracasado que soy, así que, como suele decirse, cría fama y échate a dormir con las Converse desgastadas… o algo así.

Desde hace un tiempo, solo nos tenemos el uno al otro.

A estas alturas, no nos quedan pelos en la lengua, así que rara vez nos ponemos serios; sin embargo, a juzgar por la tensión de sus hombros y la forma en la que me está mirando, presiento que se avecina una charla importante, de esas que me traen flashbacks de Vietnam en los que mi madre, completamente destrozada, me dice con los ojos anegados en lágrimas: «Tenemos que hablar… Es sobre tu padre».

—Prefiero estar de pie —respondo, cruzándome de brazos visiblemente malhumorado, como si así me creara un escudo contra lo que está a punto de ocurrir.

—Aviel, por el amor de Dios, ¿quieres sentarte? —me pide con un resoplido.

—Bueno… —murmuro, acercándome al sofá—. Pero lo hago porque yo quiero, no porque tú me lo digas.

Suelta una risita ante mi comentario y sacude la cabeza mientras me siento a su lado.

—Está bien, jefe, tú mandas.

Me noto la garganta seca y áspera cuando empieza a acariciarme la cara y a pasarme los dedos por los mechones oscuros de pelo.

—¿Qué tal el instituto? —pregunta, y la miro con los ojos entrecerrados.

—Mamá, por favor. Está claro que tienes que decirme algo, así que déjate de rodeos y ve al grano, que me estás poniendo de los nervios.

Me lanza una mirada llena de ternura y ladea la cabeza.

—Lo siento, cielo. No quiero que te enfades… —En cuanto percibo que se le quiebra la voz, me inclino hacia delante, con el alma en vilo—. Pero tengo que darte una noticia.

—¿Qué noticia? —contesto con tranquilidad. Intento mantener la calma y darle el tiempo que necesita para seguir hablando, pero no puedo dejar de mover los dedos.

Entonces inhala una gran bocanada de aire y, acto seguido, la expulsa poco a poco.

—He conocido a alguien —escupe de golpe.

Me he quedado de piedra. Ahora mismo parezco una escultura de mármol de un adolescente conmocionado. No sé por qué, pero era lo último que me esperaba que me dijera.

Mi madre frunce el ceño mientras la miro boquiabierto, como si acabara de confesarme que quiere unirse a una compañía de circo.

—Avi…, ¿estás bien?

—Eh… ¿Qué? —Sacudo la cabeza, obligándome a parpadear unas cuantas veces—. Sí, sí. Claro… Eh… No pasa…, eh, ¿nada?

No quería sonar dudoso, pero la verdad es que no termino de procesarlo.

«¿Ha conocido a alguien? ¿En plan… que va a salir… con él?».

Ha tenido algunas citas a lo largo de los años, pero nunca han llegado a nada. Lo normal es que me diga que ha «quedado con un amigo» o algo por el estilo. Desde luego, nunca me había pedido que me sentase para hablarme de sus ligues.

—Vale… Es que te has puesto un poco pálido… —dice, removiéndose en su asiento, inquieta.

—O sea que… —la interrumpo— tienes una cita, ¿no? Eso está genial —contesto con toda la serenidad que soy capaz de fingir mientras intento no dejarme llevar por el pánico.

—En realidad, ya hemos tenido varias citas. —Se aclara la garganta.

—Anda… —La cabeza empieza a darme vueltas sin parar, como un hámster corriendo en una rueda—. Pues no me habías dicho nada.

—No quería contártelo hasta que estuviera segura de que iba en serio —responde, clavando el azul profundo de sus ojos en los míos mientras parpadea con inseguridad.

—Espera… Entonces, ¿vais en serio? —La voz me sale áspera—. ¿Con quién estás saliendo?

—Se llama Tom.

Solo con pronunciar su nombre se le ilumina la cara de un modo que hace que se me forme un nudo en el estómago.

—¿Tom? —Se me escapa una risita cargada de desdén—. Vaya mierda de nombre.

—Aviel —me reprende, fulminándome con la mirada—, eso es una falta de respeto.

—Perdón. —Me froto los ojos—. Es que… me ha pillado por sorpresa. No lo he visto venir. Nunca me has pedido que me siente para hablarme de tu vida amorosa.

—Lo sé, cielo. Lo siento. No era mi intención ocultártelo, pero, con todo el lío de la mudanza y el nuevo instituto…, me pareció que era mejor esperar y ver si me gustaba de verdad antes de decirte nada —confiesa, dándome un apretón cariñoso en el brazo.

Trago saliva para tratar de calmar la sequedad que me raspa la garganta; estoy hecho un mar de dudas.

—¿Y te gusta?

Asiente con la cabeza.

—Sí. Es un encanto, además de inteligente. Y tiene un hijo de tu edad…

—¿Dónde has conocido a este tío? —pregunto, sin permitirle acabar la frase, aunque estoy centrando todos mis esfuerzos en disimular el hecho de que sigo flipando con la noticia.

No quiero comportarme como un niñato, pero es que me ha descolocado por completo—.

¿Y por qué no me he dado cuenta de que has salido tantas veces con él?

—Trajo su coche al concesionario —empieza a decir— y me preguntó si quería ir a comer con él. Hemos almorzado juntos varias veces y me ha invitado a cenar en un par de ocasiones…

—Entonces, cuando me decías que te habías quedado trabajando hasta tarde… —murmuro, atando cabos.

—Siento mucho haberte mentido, Avi —responde con un tono triste al mismo tiempo que me coge la mano entre las suyas—.

Es que… todo esto es nuevo para mí. Sabes que no he…

—Se queda en silencio un segundo y baja la mirada hacia nuestras manos—.

No he tenido ninguna relación seria desde que estuve con tu padre.

Esas palabras me arden en el pecho, como si tuviera ácido en las venas.

Mi padre murió cuando yo tenía seis años.

Es una auténtica mierda que hayan pasado diez años y mi madre no haya logrado llevar ninguna relación a buen puerto desde entonces.

No quiero que sea infeliz; al fin y al cabo, aún es joven.

El hecho de que perdiera al amor de su vida en un trágico accidente no significa que no pueda estar con nadie nunca más.

Aunque, claro, yo no sé absolutamente nada del amor.

Ni siquiera he tenido novia…, a no ser que cuente lo de Kelsey Lachlan, con la que estuve saliendo tres días al empezar el instituto.

O lo de Taylor Nguyen, la chica con la que me enrollaba alguna que otra vez cuando vivíamos en Brooklyn.

Aun así, no creo que pudiera considerarse una relación en ninguno de los dos casos.

No es que no quiera salir con nadie, es solo que no he encontrado todavía a ninguna persona capaz de poner mi mundo patas arriba…, como le ha pasado a mi madre con Tom, al parecer.

—Ay, tesoro, sé que te está costando asimilarlo —dice, echándose sobre mí para consolarme. Me rodea entre los brazos y me aprieta con fuerza mientras me pasa los dedos por el pelo, igual que cuando era pequeño y ambos nos deshacíamos en lágrimas por la muerte de mi padre.

—Mamá, que ya no soy un niño —gruño, zafándome de su abrazo—. No me importa que estés saliendo con alguien, pero me gustaría que no sintieras la necesidad de ocultármelo.

—Lo sé, Avi —replica y me sostiene la mandíbula con su fina mano—. Eres el mejor hijo del mundo. Por eso tenía que decirte la verdad. Te aseguro que a mí también me ha pillado por sorpresa todo esto.

Asiento y trago saliva una vez más para ahogar mis inseguridades. Vale, a mi madre le gusta un tío, ¿y qué? Es solo eso, un tío. No voy a tener que llamarlo «papá».

—Entonces…, ¿te gusta de verdad? —pregunto, forzando una sonrisa a la que mi madre no duda en corresponder.

He de admitir que parece unos cuantos años más joven ahora mismo, como si esta relación le hubiera devuelto la vida. No quiero darle muchas vueltas al tema, pero supongo que eso significa que el tal Tom debe de ser muy importante para ella.

—Pues sí, Avi —contesta con un ligero temblor en la voz—. Es maravilloso. Tengo muchas ganas de que lo conozcas. —Abro los ojos de par en par otra vez y suelta una carcajada al verme—. Cuando estés listo, por supuesto.

Dejo escapar un suspiro poco a poco.

«Bueno… Si ella es feliz, yo también. Estoy seguro de que puedo hacer el esfuerzo de… conocer a… este tío».

Pero tendrá que ganarse mi aprobación. Si no está a la altura de mi madre, no pienso dar mi brazo a torcer.

De pronto, resuena en mi cabeza algo que ha mencionado antes.

—¿Has dicho que tiene un hijo de mi edad?

Asiente con entusiasmo.

—¡Sí! Aunque todavía no me lo ha presentado. Estábamos esperando a hablar con vosotros primero…

«O sea, ¿que tenían planeado todo esto?».

—Mamá…, ¿cuánto tiempo llevas saliendo con este tío? —inquiero, mirándola con los ojos entrecerrados.

Se muerde el labio inferior y guarda silencio durante un segundo.

—Unos… dos meses.

—¡¿Dos meses?! —Esta vez abro tanto los ojos que están a punto de salirse de las órbitas—. ¡Si solo llevamos viviendo aquí tres! Joder, no sabía que en Boston había tanto buitre…

—¡Avi! —grita, lanzándome una mirada asesina.

—Vale, vale. Igual son más bien moscas revoloteando alrededor de la miel —rectifico, dedicándole una sonrisa inocente—. Tú eres la miel, por si no te había quedado claro…, porque eres muy dulce.

Se pellizca el puente de la nariz.

—¿Cómo he podido engendrar a un hijo así?

Su desesperación solo contribuye a ensanchar mi sonrisa.

—Aviel, ya te he dicho que siento habértelo ocultado —continúa, suspirando con pesar—.

¿Puedes dejar de hacerme sentir culpable, por favor?

Es una situación nueva para todos. Tom acaba de pasar por un divorcio complicado, por eso queríamos asegurarnos de que lo nuestro iba en serio antes de contároslo.

Se me encoge el estómago al oírla hablar así, como si ya fuéramos una familia.

«Mi madre, Tom, yo… y el otro chico. ¿Mi hermanastro? Uf, quita, quita».

Llevo toda mi vida siendo hijo único. No sabría comportarme como un hermano.

—Mamá, tengo que hacerte una pregunta muy importante —susurro, y me observa con recelo—. Por favor te lo pido, ¿puedo irme a fumar?

Se le escapa una carcajada que me hace curvar de nuevo los labios en una ligera sonrisa.

A pesar de la inquietud que se ha apoderado de mí, sigue siendo mi madre y mi mejor amiga. Sí, lo admito: sufro de mamitis aguda. Mientras nuestra relación no cambie, tendré fe en todo lo demás.

Aun así, ahora mismo necesito serenarme un poco antes de perder la cabeza del todo.

—Bueno… —responde, recobrando la compostura—. Ve a la terraza mientras termino de preparar la cena. Prometo hacerme la loca.

—Gracias, mamá.

Me levanto del sofá con alegría y ella sonríe.

—Te quiero, Avi.

Cuando oigo su voz, me detengo en seco y miro hacia atrás por encima del hombro con una sonrisa en la cara. Aunque intento que parezca un gesto desenfadado, no puedo ocultar que, en realidad, estoy algo tenso.

—Y yo a ti, madre.

Me dirijo a la terraza, sosteniendo el porro ya encendido entre los labios, con los músculos rígidos y una maraña de pensamientos imposible de desenredar. No me apetece darle vueltas a la idea de que mi vida está a punto de volver a cambiar drásticamente por segunda vez en tres meses…

Pero eso que se lo digan al porro que me he propuesto dejar reducido a cenizas.

Solo necesito que el humo ahogue estos pensamientos antes de que acaben consumiéndome por completo, por favor.