Capítulo uno
AlexanderElCurioso: Se me ha muerto el canario… Me prestas tu hoyo para enterrarlo??
Avi
¿ A lguna vez te has preguntado…?
Hace años que tengo un sueño recurrente. No se repite todas las noches, pero, cuando lo hace, siempre ocurre lo mismo.
Estoy en la azotea de un edificio muy alto de la ciudad. No sé muy bien cuál, aunque, por lo alto que parece en mi mente, diría que tal vez es el Empire State Building.
Tengo los músculos tensos y me castañetean los dientes. Todo a mi alrededor da la impresión de ser tan real que puedo sentir la brisa helada enredándose entre los mechones de mi pelo…
No hay barandillas. Me encuentro justo en el borde, tanto que me sobresalen los dedos de los pies.
Lo peor es que sé que debería dar un paso atrás y centrarme con todas mis fuerzas en huir de una muerte segura.
Sin embargo, nunca escucho las advertencias de esa vocecita interior, de modo que me acabo resbalando, como si una parte de mí ansiara encontrarse con el abismo.
Y me caigo.
Empiezo a descender hacia el vacío, pero no es una caída rápida, sino lenta. Me quedo suspendido en el aire y floto frente a cada una de las ventanas del edificio. Los pájaros pasan volando junto a mí y observo a los demás siguiendo con sus vidas tras el cristal. A veces los reconozco.
Mi madre suele estar allí. Alza la vista y sonríe al verme levitando al otro lado de la ventana. Ese gesto siempre me forma un nudo en el estómago. Parece feliz, completamente ajena a la realidad.
No tiene ni idea de que su hijo está a punto de morir.
Lo curioso es que, mientras estoy cayendo en picado, no siento miedo. La emoción de la caída se apodera de mí y me sumerge en un trance onírico que no me conduce a la muerte…, sino a la vida.
Siempre me despierto antes de impactar contra el suelo etéreo y me incorporo de golpe en la cama con una sensación inquietante, como si hubiera estado planeando en el aire de verdad, y, una vez que recupero la conciencia, me desplomo de nuevo sobre el colchón.
Antes pensaba que eran los alienígenas, aprovechando para abducirme por la noche, o que formaba parte de una simulación y alguien estaba toqueteando el código. Quién sabe, oye, no habría sido tan descabellado.
Pero tal vez se trate más bien de un puente o de una especie de portal. Una rendija hacia los lugares más recónditos de mi mente.
Y, por muy aterrador que resulte al principio, no puedo evitar preguntarme qué se siente en realidad al caer desde tan alto.
No me tomo nada de esto de forma literal, por supuesto.
No estoy deprimido ni quiero lanzarme al vacío desde lo alto de un edificio.
Aun así, a mi subconsciente parece fascinarle la idea de transportarse flotando a otra parte, de arrojarse a un plano desconocido y de saludar entre risas a la gente que se encuentra tras las ventanas mientras yo caigo en picado.
Ya sé lo que estás pensando… «Este tío está drogado hasta las cejas».
No te juzgo; en otra ocasión, podría ser eso, pero ahora mismo no es el caso.
De hecho, me muero de ganas de llegar a casa solo para fumarme un porro y olvidarme de otro día estresante en el instituto.
Llevo aquí tres meses y todavía estoy intentando acostumbrarme a este sitio, aunque, siendo justos, el instituto de Brooklyn tampoco es que fuera mi lugar favorito.
Hace tres meses, mi querida madre y yo dejamos atrás la ciudad que era nuestro hogar para mudarnos a una zona acogedora del noreste histórico de la que quizá hayas oído hablar: Boston.
No me resultó fácil despedirme de Nueva York; me encantaba estar allí, a pesar de ese único pero nefasto recuerdo que nos dio el empujón necesario para hacer las maletas y empezar de cero en otro lado.
Brooklyn ha sido mi hogar y el de mi madre durante toda mi vida y más de la mitad de la suya.
De hecho, las calles de Nueva York me enseñaron tanto como mis padres, de modo que tres meses no son suficientes para olvidar todas las cosas que me gustan de la ciudad.
Echo de menos el ajetreo, la suciedad que todo el mundo finge ignorar y la gente a la que no le importa una mierda su aspecto ni lo que piensan de ella los demás.
Aunque reinen el desorden y el caos, Nueva York es el punto de encuentro de las personas más auténticas con las que me he topado en la vida.
Boston no está mal. No digo que no tenga sus cosas buenas, pero ni siquiera vivimos allí, sino en Malden, una ciudad pequeña de las afueras.
Sabía que ir a un nuevo instituto iba a tenerme con los nervios de punta a todas horas.
Entre acostumbrarme a Boston y a todas esas peculiaridades que la diferencian de Nueva York, y cogerle el ritmo al cuarto año de secundaria e intentar hacer amigos mientras me pongo al día con unos deberes que no me interesan lo más mínimo…
, han sido unos meses agitados, cuando menos.
Aun así, creo que lo estoy llevando bien, sobre todo porque he conocido a un chaval que se llama Kyle y vende maría.
En general, no me puedo quejar, pero, como soy bastante antisocial, me está costando eso de hacer amigos e integrarme. Nunca se me ha dado bien, la verdad.
Soy un poco rarito, y no me apetece adoptar otra personalidad para que los demás me acepten.
Creo firmemente que todo llega a su debido tiempo.
Si en algún rincón del mundo existe alguien a quien también le gusten el arte, la música emo antigua, los críptidos, el true crime y Tarantino, sé que tarde o temprano nos encontraremos y nos haremos amigos.
No veo la necesidad de forzar las cosas.
«Ajá, el círculo vicioso del introvertido: esperar a que otros frikis como tú se acerquen a ti».
Así que, bueno, todavía no he hecho ningún amigo de verdad (a excepción de Kyle), voy fatal en clase y mi entorno no deja de recordarme lo mucho que difieren Boston y Brooklyn, pero no pienso desanimarme tan pronto.
Al fin y al cabo, no se puede hacer una tortilla sin romper huevos, ¿no?
Y los míos siguen en su sitio, de modo que aún tengo esperanza.
El móvil me vibra en el bolsillo justo cuando pongo un pie fuera del autobús.
Una vez que he cruzado la calle, lo saco y abro Instagram para leer bien la notificación que me ha saltado.
Confiando en mi visión periférica, empiezo a caminar por la acera en dirección al apartamento donde vivimos ahora, con los ojos clavados en el mensaje directo que acaba de llegarme:
HollyLang333: Me flipan tus dibujos
Curvo los labios en una ligera sonrisa al leerlo, hasta que tropiezo y casi se me cae el móvil por no fijarme en dónde piso.
Holly es una chica de mi instituto y está en mi clase de arte. Tuve que pellizcarme al verla ojeando uno de mis bocetos antes, pero supongo que, si ha revisado mi perfil y me ha escrito, no me lo estaba imaginando.
«¡Chúpate esa! ¡El panoli de Avi ha ligado!».
Estoy emocionado. Esto no suele pasarme nunca.
Holly es muy guapa y, además, me ha dedicado una sonrisa sincera las pocas veces que hemos interactuado, lo cual me parece buena señal.
No obstante, lo que más me gusta de todo es que ha elogiado mi arte.
Siempre sienta de maravilla que te inflen el ego un poquito, la verdad, y en estos instantes me hace mucha falta.
A lo mejor no puede equipararse a esa sensación de ir por ahí flotando que experimento en mis sueños, pero igualmente me conformo.
«Y ahora que me he acordado de mis fumadas mentales… ¿Dónde está ese porro?».
A mi madre todavía le queda una hora para salir del trabajo, por lo que me da tiempo a encenderme uno antes de que llegue a casa y se ponga a echarme la bronca.
Aunque sabe que me gusta fumar para calmarme la ansiedad, no le hace mucha gracia, porque Hannah Vega no ha probado las drogas en su vida.
Apenas bebe de vez en cuando. He intentado explicarle un millón de veces que ya no es ilegal consumir marihuana, pero siempre me sale con la misma cantinela de que todavía no he cumplido los dieciocho.
«¿Qué más dará? Si ya casi soy mayor de edad… Bueno, me faltan dos años y una semana, pero eso no le importa a nadie».
No creo que esos dos años supongan una gran diferencia, aunque me imagino que los padres lo ven todo de otra forma.
Por ejemplo, mi madre hace la vista gorda cada vez que llego a casa oliendo a maría los fines de semana.
No deja de montarme pollos, eso sí, pero, por alguna razón que no termino de comprender, no le parece tan grave que fume un poco de hierba los sábados, siempre y cuando no lo haga entre semana.
Será una de esas cosas que solo pueden entender las madres.
Le doy las gracias a Holly y añado el emoji de la carita sonriente.
Al percatarme de que ya estoy cerca del portal de nuestro edificio, me guardo el móvil y saludo con la mano a la casera, Rosemary, que vive enfrente.
Siempre está fuera, regando sus flores y cortando su parcelita de césped de dos metros y medio, con un sombrero de paja tan estrafalario que parece una figurante mal vestida de La casa de la pradera.
Es una señora rara, pero me cae bien. Además, se le marca tanto el acento de Boston que me hace gracia.
Saco las llaves y abro la puerta con una mano y uso la otra para hurgar en mi mochila en busca de un porro y un mechero, intentando no tirar nada mientras subo todas las escaleras hasta llegar a nuestro apartamento, en la tercera planta.
En cuanto entro, me coloco el porro entre los labios y chasqueo el mechero una y otra vez, tratando de hacer que salte la llama.
«Creo que ya va siendo hora de que me pille uno nuevo…».
Consigo encender el porro al cabo de un rato, cuando estoy atravesando el salón de camino a la terraza; sin embargo, por desgracia, me freno en seco al encontrarme a mi madre sentada en el sofá, mirándome fijamente con las cejas levantadas.
Abro los ojos de par en par y me quito el porro de los labios a toda prisa, como quien no quiere la cosa.
—Hostia… ¿Cómo ha llegado esto aquí?