Capítulo 39
Se cumplían justo dos meses desde que habíamos regresado de una luna de miel que duró seis semanas y durante la que recorrimos varios lugares del mundo: hicimos un safari por Kenia, pasamos unos días en las Maldivas y estuvimos tres semanas en Japón, donde disfrutamos como enanos recorriendo distintos lugares y empapándonos de su cultura.
Decir que me sentía la mujer más afortunada del mundo era quedarme corta. Sin duda, estaba viviendo una de las etapas más bonitas de mi vida y, a veces, hasta me daba miedo pensar que algo pudiera estropearse. Era aquello de «demasiado bonito para ser cierto».
Estaba terminando de preparar la mesa porque Ernesto había ido a recoger un postre que yo había encargado. Sabía que le iba a gustar, aunque seguramente no imaginaba hasta qué punto.
Cuando regresó, nos sentamos a comer y no pude evitar fijarme en aquella felicidad que llevaba instalada en la cara desde hacía meses y que, por suerte, era completamente compartida.
—¿Y a ti qué te pasa, que te veo con la risilla suelta? —me preguntó cuando estábamos a punto de pasar al postre.
—Nada. Estoy deseando comer esa tarta helada —respondí poniendo ojitos.
—A mí me da que tienes algo que decirme.
—Yo no —negué intentando hacerme la despistada.
Esperé hasta que cortó la tarta y descubrió que por dentro era mitad rosa y mitad celeste. Entonces levantó la vista hacia mí arqueando una ceja.
—No sé si será niña o niño —solté, disfrutando de su desconcierto.
—Julia…
Sus ojos empezaron a llenarse de lágrimas.
—Vamos a ser papás —dije mirándolo con una emoción que apenas podía contener.
—¿De verdad?
—Sí, cariño. Sí.
Se levantó inmediatamente y me abrazó con tanta fuerza que acabó rompiendo a llorar.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Ayer por la tarde me hice la prueba. En cuanto vi el resultado, llamé a la pastelería porque quería contártelo de esta manera.
—Vamos a ser papás, cariño —repetía sin soltarme.
—Sí, vamos a ser padres —sonreí mientras también empezaba a llorar.
Hicimos una videollamada a mi familia para darles la noticia y no hace falta explicar cómo reaccionaron mis padres y mis abuelos. Lloraron, rieron y hablaron todos a la vez hasta que finalmente quedamos para cenar aquella noche en un restaurante y celebrarlo juntos.
—Un hijo… Vamos a tener un hijo —seguía repitiendo Ernesto sin terminar de asimilarlo.
No se lo esperaba en absoluto y, para ser sincera, yo tampoco. Llevaba unos días notando algunas cosas extrañas y, cuando empecé a sospechar que podía estar embarazada, decidí hacerme una prueba para salir de dudas.
Nos tumbamos en el sofá y Ernesto no dejó de fantasear ni un segundo con todo lo que estaba por venir. Sabía que la noticia le haría muchísima ilusión, pero no imaginaba que iba a verlo así, completamente desbordado por los nervios y la emoción.
Ya quería que pidiéramos cita con el ginecólogo para comprobar que todo estuviera bien y empezar a llevar el embarazo controlado. Incluso hablaba de mirar habitaciones para el bebé y comprar cosas cuando todavía no sabíamos ni de cuánto tiempo estaba exactamente, mucho menos si sería niño o niña.
—Lo que más me gusta es que voy a poder verlo crecer sin perderme ningún momento —dijo, feliz de saber que nuestra situación nos permitía organizarnos sin depender de horarios de trabajo.
—Lo mismo terminas desquiciado.
—Nada de eso. Va a ser la mayor bendición de mi vida.
Lo dijo con tanta seguridad que no pude evitar sonreír.
Nos pasamos buena parte de la tarde en el sofá imaginando cómo sería nuestra vida con un miembro más en la familia. Bueno, en realidad ya seríamos cuatro, porque Mía contaba como una más y la teníamos tan mimada que cada vez estaba más redondita.
Durante la luna de miel se había quedado con mis abuelos y no podía decir precisamente que lo hubiera pasado mal. La habían consentido tanto que casi tuvimos que arrebatársela para conseguir que regresara con nosotros al ático.
Cuando llegó la hora de prepararnos para ir a cenar con mi familia, entramos juntos en la ducha y me hizo muchísima gracia que Ernesto se agachara para besarme la barriga, aunque todavía no se notara absolutamente nada.
—Estamos deseando verte la carita, cariño —dijo hablándole al bebé.
Se me erizó la piel. No podía haber encontrado un hombre mejor y todavía me costaba creer que aquel compañero de trabajo hubiera terminado convirtiéndose en mi marido y en mi todo.
Antes de salir, llamé por videollamada a Lorena para contarle la noticia.
En cuanto la escuchó empezó a gritar que iba a ser tía.
Ya lo era, pero para ella un hijo mío también le daba derecho al título, aunque no compartiéramos la misma sangre.
Para algo estaba aquello de que la familia también se elegía.
Cuando llegamos al restaurante donde habíamos quedado con los míos, encontramos sobre la mesa una cajita abierta con un chupete y un biberón. Estaba justo delante de mi abuela, que sonreía encantada.
—Abuela, que eso da mala suerte antes del tercer mes —dije riéndome mientras la abrazaba.
—De eso nada. A tu madre le compramos de todo desde el mismo momento en que supimos que la esperábamos.
Mi padre tampoco podía disimular la emoción. Convertirse en abuelo le hacía una ilusión enorme y estaba convencida de que iba a ser de esos que buscarían cualquier excusa para tener al bebé en brazos.
Todos brindaron con vino mientras yo me conformaba con un vaso de agua. También tenía clarísimo que no volvería a encenderme un cigarrillo durante el embarazo. La salud de mi hijo estaba muy por encima de cualquier otra cosa.
Durante la cena no dejaron de hacer planes alrededor del bebé y me emocionaba verlos tan ilusionados con su llegada. Aunque el peor era Ernesto, que parecía haber olvidado que existía algo más en el mundo. Se le caía la baba y todavía ni siquiera le había visto la cara.
Mis abuelos estaban convencidos de que sería niña, mis padres apostaban por un niño y Ernesto repetía que le daba exactamente igual, que solo quería poder abrazarlo y saber que estaba sano.
Yo, si tenía que reconocer alguna preferencia, sentía un poquito más de ilusión ante la idea de que fuera una niña.
Poder compartir con ella ciertas cosas me hacía gracia, aunque si venía un niño lo recibiría exactamente con el mismo amor.
Que fuera lo que tuviera que ser y, como decía Ernesto, que llegara sano.
Aquel estaba siendo un año tan bonito que parecía que no dejábamos de enlazar momentos importantes: la boda, la luna de miel y, de repente, aquel embarazo que ninguno de los dos esperaba todavía.
Vivía en una nube de la que no quería bajarme y a veces me preguntaba qué había hecho para merecer tanta felicidad.
Me imaginaba paseando junto a mi marido mientras él empujaba el carrito y se me llenaba el pecho de emoción.
Algo me decía que los meses que quedaban por delante iban a hacérseme eternos, pero, si había algo de lo que estaba segura, era de que iba a vivirlos en la mejor de las compañías: Ernesto y mi familia.
No podía sentirme más afortunada.