Por favor, ¡cásate conmigo! Epílogo
100%

Epílogo

Diez años cumplían aquel día nuestros gemelos… Sí habéis leído bien, gemelos.

Porque al final no vino uno, sino dos: Alba y Martín, nuestros pequeños terremotos, tan caóticos como adorables y capaces de revolucionar una casa entera en cuestión de minutos.

Después llegó Sebastián, que ya tenía siete años y había resultado ser el más tranquilo de todos. Y digo de todos porque, cuando pensábamos que nuestra familia estaba completa, apareció Sheila, que acababa de cumplir cuatro años.

Cuatro preciosos hijos que habían llenado nuestra vida de ruido, carreras, juguetes por todas partes, noches sin dormir y una felicidad que jamás habría podido imaginar.

Y aquel día estábamos todos en la casa de la sierra celebrando el cumpleaños de los gemelos.

Si por los niños fuera, viviríamos allí todo el año. Les encantaba correr por el campo, bañarse en la piscina y desaparecer durante horas inventándose aventuras entre los árboles. Pero, obviamente, entre el colegio y nuestra vida diaria, no era una opción.

Cinco años atrás habíamos vendido el ático y comprado un chalé en la misma urbanización de mis padres. Tenía cinco dormitorios, jardín y piscina, así que cada niño contaba con su propio espacio y nosotros disfrutábamos de una casa mucho más cómoda para la familia que habíamos formado.

La casa de la sierra, en cambio, no se tocaba. Era nuestro refugio. El lugar donde pasábamos muchos fines de semana, parte del verano y cualquier día en el que necesitábamos desconectar un poco de todo.

—¡Mamá! ¡Martín me ha mojado!

—¡Porque ella me ha empujado primero!

—¡Como sigáis así, vais los dos dentro de la piscina! —grité desde el porche.

Escuché la risa de Ernesto detrás de mí y, un segundo después, sus brazos rodearon mi cintura.

—Qué carácter tienes.

—Cuatro hijos, cariño. Cuatro.

—Te lo has buscado.

Giré la cabeza lentamente para mirarlo.

—Ni se te ocurra.

—¿Qué he dicho?

Aquella sonrisa seguía teniendo el mismo efecto en mí. Los años podían pasar, pero había cosas que no cambiaban, y Ernesto continuaba teniendo la misma facilidad para sacarme de quicio y, al segundo siguiente, conseguir que quisiera comérmelo a besos.

Nuestra vida había cambiado muchísimo desde la boda.

Él terminó vendiendo casi todas las propiedades que conservaba y acabó encontrando algo que realmente lo llenaba: creó una fundación destinada a ayudar a niños de distintos lugares del mundo para que pudieran acceder a colegios, alojamiento, alimentación y todo aquello necesario para crecer en unas condiciones dignas.

Lo que comenzó como un proyecto mucho más pequeño fue creciendo con los años hasta convertirse en una organización importante, con miles de personas colaborando para que aquella ayuda pudiera llegar cada vez más lejos.

Ernesto trabajaba principalmente desde casa y contaba con un equipo que gestionaba buena parte del día a día desde el local que había comprado para convertirlo en la sede de la fundación.

Tenía un corazón enorme y, si ya me parecía una gran persona cuando lo conocí, verlo convertirse en padre consiguió que lo admirara todavía más.

Era paciente, juguetón, divertido, cariñoso y estaba completamente volcado con nuestros hijos.

Se tiraba al suelo a jugar con ellos, no se perdía una función del colegio, ayudaba con los deberes y tenía una capacidad sorprendente para aguantar cuatro voces hablándole al mismo tiempo sin perder la cabeza. Bueno, casi siempre.

Yo tampoco me había quedado de brazos cruzados.

Después de regresar de Italia seguí colaborando con la empresa de Lorena y, aunque al principio solo hacía campañas puntuales de publicidad y diseños digitales para promociones, poco a poco fui asumiendo más proyectos hasta terminar encargándome de buena parte del trabajo que podía realizarse a distancia.

Me gustaba muchísimo porque podía organizarme desde casa, tenía mis propios ingresos y continuaba disfrutando de algo que había descubierto casi por casualidad durante aquellos meses en Florencia y que había terminado convirtiéndose en una parte importante de mi vida.

Lorena, por su parte, continuaba viviendo en Italia y, sí, se había casado con Luca. Quién nos lo iba a decir. Tenían un hijo de cinco años, Fabio, del que Ernesto y yo éramos padrinos, igual que ellos lo eran de Alba y Martín.

Lo de Marcello no terminó demasiado bien porque le costó aceptar que Lorena hubiera rehecho su vida con Luca y acabó alejándose de los dos, pero con el paso de los años aquello dejó de importarles.

Ellos estaban felices y ese fin de semana también habían venido desde Italia para celebrar con nosotros el cumpleaños de los gemelos.

—¡Tía Julia! —gritó Fabio mientras pasaba corriendo detrás de Alba y Martín.

—¡No corráis alrededor de la piscina!

—Déjalos disfrutar —dijo Lorena acercándose a mí.

—Eso lo dices porque esta noche tú te vas a dormir tranquilamente y yo me quedo con cuatro niños revolucionados por el azúcar.

—Cinco —añadió mirando a Fabio.

—Muchas gracias por recordármelo.

Luca apareció detrás de ella y le rodeó los hombros con un brazo.

—Yo siempre he dicho que esta familia necesita más niños.

Lorena giró la cabeza hacia él.

—Sigue hablando y esta noche duermes solo.

—Retiro lo dicho.

Nos echamos a reír porque, desde luego, eran tal para cual.

Mis padres tampoco se perdían nada relacionado con sus nietos y se habían convertido exactamente en la clase de abuelos que imaginé cuando les anunciamos mi primer embarazo.

Siempre estaban dispuestos a llevárselos, inventaban planes constantemente y nuestros hijos se volvían locos cada vez que sabían que iban a pasar el día con ellos.

Mis abuelos, por suerte, seguían también con nosotros y, con más de noventa años, estaban estupendamente y conservaban una energía que ya quisiéramos muchos.

Mi abuelo discutía con Martín sobre cómo tenía que golpear el balón mientras mi abuela intentaba convencer a Sheila de que dejara de picar comida antes de sacar la tarta.

—Déjala, mujer —protestó mi abuelo.

—Luego no come.

—Es un cumpleaños.

—De los gemelos, Mario. No de Sheila.

—Pues como si lo fuera.

Negué con la cabeza sonriendo porque había cosas que, por muchos años que pasaran, nunca cambiaban.

Mía también seguía formando parte de todo aquello.

Nuestra pequeña bolita se había convertido ya en una viejita y los años se le notaban en el paso más lento y en las horas que podía pasarse tumbada al sol, aunque conservaba intacto su radar para detectar cualquier trozo de comida que pudiera caer cerca de ella.

Los niños la adoraban y habían crecido a su lado, mientras ella aprendía a soportar con paciencia abrazos, besos, caricias y alguna que otra invasión de su cama. En esos momentos descansaba bajo una silla del porche, atenta por si alguien se apiadaba de ella y le dejaba caer algo.

—No me mires así —murmuré al verla pendiente de mí—. Ya has comido bastante.

Ernesto soltó una risa.

—Eso se lo dices siempre justo antes de darle algo.

—Porque está mayor. Hay que darle caprichos.

—Eso llevas diciendo diez años.

Sonreí sin ningún tipo de arrepentimiento justo cuando mi madre apareció anunciando que ya era hora de sacar la tarta y todos empezamos a reunirnos alrededor de la mesa.

Alba y Martín se colocaron delante de las velas mientras mi padre preparaba el móvil para grabarlos; Lorena sacaba el suyo y Luca empezaba a cantar antes de tiempo hasta que mi abuela lo mandó callar.

Busqué a Ernesto con la mirada y descubrí que él ya me estaba mirando. Diez años habían pasado desde que aquellos dos llegaron al mundo y bastantes más desde unas vacaciones por el norte que terminaron cambiándonos la vida por completo.

Los gemelos soplaron las velas entre aplausos y gritos, mientras Sheila protestaba porque también quería hacerlo y Sebastián intentaba explicarle que tendría que esperar a su cumpleaños. Aquella era nuestra vida: caótica, ruidosa y absolutamente perfecta para nosotros.

La tarde fue pasando entre comida, piscina, juegos y conversaciones y, cuando empezó a caer el sol, los niños seguían entretenidos en el jardín mientras los mayores nos repartíamos entre el porche y la mesa.

Ernesto se sentó a mi lado, me pasó un brazo por los hombros y yo apoyé la cabeza contra él.

—¿En qué piensas? —preguntó.

—En todo esto.

Miró hacia nuestros hijos.

—No está mal.

—Podría haber salido peor.

—Muchísimo peor. Podrías no haberme pedido a gritos que me casara contigo.

Levanté la cabeza.

—Sabía que en algún momento ibas a sacarlo.

—Es uno de los mayores triunfos de mi vida.

—Qué pesado eres.

—Pero tenía razón.

Eso no podía discutírselo. Nunca se me olvidarían aquellas vacaciones en el norte durante las que no dejaba de repetirme que algún día terminaría pidiéndole a gritos que se casara conmigo, ni tampoco el día en que finalmente lo hice, muerta de miedo y sin saber qué iba a responderme.

Habían pasado muchos años desde entonces, con cuatro hijos, cambios de casa, proyectos, noches sin dormir, discusiones absurdas, reconciliaciones y momentos maravillosos junto a otros que no lo habían sido tanto.

Porque la vida no había sido perfecta y nosotros tampoco, pero seguíamos juntos y continuábamos eligiéndonos cada día.

—¿Eres feliz? —preguntó Ernesto.

Lo miré y no tuve que pensarlo ni un segundo.

—Muchísimo.

Me besó en la frente.

—Entonces todo ha merecido la pena.

—Todo.

Volví a apoyar la cabeza en su hombro mientras escuchaba las risas de nuestros hijos y las voces de mi familia alrededor.

A veces pensaba en aquella Julia que comenzó unas vacaciones con un compañero de trabajo sin imaginar absolutamente nada de lo que estaba a punto de sucederle.

Si pudiera volver atrás, no le contaría cómo iba a terminar aquella historia; dejaría que lo descubriera sola, que se riera, se enfadara, se enamorara, sufriera el dolor de perderlo y terminara comprobando que aquel hombre tan seguro de sí mismo tenía razón desde el principio.

Porque, después de todos aquellos años, seguía teniendo clarísima una cosa: una y mil veces más le pediría a gritos que se casase conmigo.