Capítulo 38
No podía creer que aquel día hubiese llegado…
Iba a darle el «sí, quiero» a Ernesto, el que sin duda era el amor de mi vida. Al hombre al que le había pedido a gritos que se casara conmigo, tal y como tantas veces me advirtió que acabaría haciendo. Y pasó. Además, estaba orgullosísima de haberlo hecho.
Habían transcurrido ocho meses desde que regresé de Italia y, desde ese mismo momento, me había quedado a vivir con él en el ático. Nuestra vida había cambiado por completo y atravesábamos una etapa tan bonita que a veces hasta nos parecía irreal.
Ernesto había vendido prácticamente todo su patrimonio y solo conservaba el ático y una preciosa casa que compramos en la sierra, a la que nos escapábamos de vez en cuando.
Precisamente allí íbamos a darnos el «sí, quiero».
Era grande, acogedora y tenía unos espacios estupendos para celebrar algo tan íntimo como nuestra boda.
También había puesto a mi nombre aquel apartamento que después alquilé y dejé en manos de una inmobiliaria para que se encargara de gestionarlo, al igual que hice con mi casa.
Los ingresos de ambos alquileres me permitían tener mi propio dinero todos los meses y el medio millón de euros que Ernesto me había donado lo dejé a plazo fijo en el banco porque no tenía ninguna intención de tocarlo.
Desde Italia habían venido Lorena y Luca, que, contra todo pronóstico, habían terminado convirtiéndose en pareja y lo suyo estaba ya más que consolidado.
Aquello le repateó bastante a Marcello, que dejó de hablarles a los dos, pero ellos estaban felices y habían venido para acompañarnos en un día tan importante.
Los padres de Ernesto estaban en prisión por varios de los delitos que se les imputaban y finalmente se había demostrado que incluso estaban detrás del accidente.
Eran de las peores personas que había conocido en mi vida y les habían caído años de condena por varios frentes, al igual que a otros implicados en toda aquella trama.
Lola no entró en prisión porque decidió colaborar con la investigación y contar todo lo que sabía, aunque había estado metida en bastantes cosas. Tampoco seguía con Carlos. En cuanto él se enteró de todo lo ocurrido y del grado de implicación que había tenido ella, la dejó de manera fulminante.
Mi padre me llevaría hasta el altar y mi madre acompañaría a Ernesto. De su familia no vendría nadie, ni siquiera Marta, que finalmente había resultado ser una mentirosa y estar demasiado del lado de sus tíos.
Además, Ernesto había conseguido recuperar legalmente el apellido de sus padres biológicos y aquello le había dado una paz enorme.
Habíamos pasado la noche juntos a pesar de que, según decían, hacerlo daba mala suerte, pero ninguno de los dos creía en esas cosas.
—¿Has podido dormir algo? —me preguntó abrazándome.
—Ni diez minutos seguidos. Lo que no entiendo es cómo tú has podido dormir a pierna suelta sabiendo que dentro de unas horas vamos a convertirnos oficialmente en marido y mujer.
—Te lo has buscado.
Empezó a hacerme cosquillas y terminé riéndome mientras intentaba apartarlo. Durante unos minutos nos quedamos así, disfrutando de aquella calma antes de que comenzara de verdad el día.
En la casa estaban mis padres, mis abuelos, Lorena y Luca. Nadie más. Queríamos una boda íntima y no necesitábamos a más gente para disfrutarla.
En el jardín ya estaba prácticamente todo preparado y habíamos contratado a un par de camareros y dos cocineros para que se encargaran de servirnos y nosotros solo tuviéramos que preocuparnos de disfrutar.
Nos levantamos y salimos a desayunar al porche, donde mis abuelos ya estaban con su cafelito.
—Hombre, la pareja más bonita del mundo —dijo mi abuela con su eterna sonrisa.
—Esos somos nosotros, cari —soltó Lorena apareciendo por detrás y provocando las risas de todos.
—Buenos días —saludaron mis padres casi al unísono.
Sí, éramos poquitos, pero no necesitábamos a nadie más. Queríamos vivir nuestra boda de una manera íntima, lejos del bullicio de las grandes celebraciones y disfrutando de cada momento con las personas que realmente nos importaban.
Eso no significaba que tuviéramos menos ilusión, ni mucho menos. Yo había tardado una eternidad en decidirme por el vestido y nos habíamos encargado de que no faltara ningún detalle.
Los camareros aparecieron con un desayuno preparado a lo grande. Aquello parecía el bufé de un hotel y había prácticamente de todo.
Lorena sería la encargada de maquillarme y peinarme porque se le daba de maravilla. La ceremonia estaba prevista para la una y vendría un concejal del ayuntamiento para oficiarla.
El jardín estaba quedando precioso. Habíamos colocado una mesa grande bajo un cenador que compramos para la ocasión y que después podríamos seguir utilizando. Allí nos sentaríamos todos para comer después de la ceremonia.
Mi vestido era de tela con caída, corte sirena, tirantes anchos y escote cuadrado, con detalles bordados por toda la pieza. Era sencillo, con un aire muy ibicenco, pero al mismo tiempo delicado y justo lo que quería para aquel día.
La zona de la ceremonia también estaba quedando monísima, con una mesa de madera blanca y las sillas del mismo color. Los de la floristería acababan de llegar y estaban terminando de decorarlo todo.
—A ver si el próximo enlace es el vuestro —le dijo mi madre a Lorena.
—Señora, que yo no le he hecho nada para que me amenace de esa manera —contestó Luca, provocándonos una buena carcajada.
—Tú reza para que no te deje por otro, así que punto en boca —le soltó Lorena.
—Pobre de mí —respondió él mientras se santiguaba.
—No eres más chulo porque no te entrenas —replicó ella negando con la cabeza mientras mi abuela asentía dándole toda la razón.
Eran tal para cual y me encantaba la pareja que habían formado. Ni yo me lo había imaginado y mucho menos Lorena, pero a veces las cosas sucedían sin buscarlas. Luca era también el motivo por el que mi amiga había decidido quedarse en Italia más tiempo del que inicialmente tenía previsto.
Después de un desayuno que se alargó durante un par de horas, llegó el momento de empezar a prepararnos.
Me fui a la habitación de mi madre para que Lorena me maquillara y peinara. Saldría desde allí ya vestida y del brazo de mi padre.
El resultado quedó chulísimo y mi madre no pudo evitar emocionarse y soltar alguna lagrimita. Lo mismo le ocurrió a mi padre cuando vino a buscarme y me vio completamente preparada para dar el «sí, quiero».
—No puedes estar más bonita, cariño —dijo emocionado antes de besarme en la mejilla y ofrecerme el brazo para que me agarrara a él.
Ernesto me esperaba junto a mi madre en la zona de la ceremonia. Detrás, sentados en las sillas, estaban mis abuelos, Lorena y Luca, que comenzaron a aplaudir felices cuando me vieron aparecer.
Mi futuro marido no pudo contenerse y empezó a llorar mientras me veía avanzar hacia él.
—Eres la mujer más bonita del mundo —dijo entre lágrimas mientras abría los brazos para recibirme.
—Y tú, el hombre más guapo y elegante que he conocido.
Lo abracé con fuerza y durante unos segundos pareció que allí no había nadie más.
La ceremonia comenzó entre sonrisas y una emoción que nos recorría la piel. Fue corta, íntima y sin grandes discursos porque tampoco los necesitábamos; después de aquellos meses, Ernesto y yo ya nos habíamos dicho todo lo que sentíamos.
Cuando llegó el momento de convertirnos oficialmente en marido y mujer, nos miramos sonriendo antes de sellarlo con un beso que consiguió arrancar los aplausos de todos. Hasta Mía correteaba feliz por el jardín de un lado a otro, como si también quisiera formar parte de aquello.
Mi abuelo descorchó entonces una botella y mi abuela nos acercó las copas para brindar. El fotógrafo no dejaba de captar cada gesto y Lorena, cómo no, hacía lo mismo con el móvil, empeñada en inmortalizarnos desde todos los ángulos posibles.
Después del brindis, aprovechamos para hacernos algunas fotos por distintos rincones de la finca y, cuando terminamos, nos sentamos por fin a disfrutar de los entrantes que habíamos elegido para el menú.
—Y ahora… —anunció Lorena apareciendo con una caja de la firma para la que trabajaba—, este regalo que te manda el jefazo por tu boda.
—¿En serio? —pregunté emocionada.
—Para que veas que también dejaste huella allí —añadió Luca.
Dentro había un bolso de una de las líneas más exclusivas de la nueva colección. Me hizo muchísima ilusión y me pareció un detallazo por parte de Alexandro, así que no dudé en escribirle para agradecérselo.
No había sido el único regalo. Lorena nos había obsequiado con un juego de sábanas y una colcha de una firma italiana que eran una pasada, Luca nos sorprendió con una selección de vinos de su tierra, mi abuela nos regaló un Rolex a cada uno y mis padres, un robot de cocina y una vajilla preciosa.
Les habíamos dejado claro que no queríamos dinero y se lo pusimos bastante difícil a todos con el tema de los regalos, pero aun así se las ingeniaron para tener algún detalle con nosotros.
La comida se alargó entre conversaciones, risas y brindis, y tampoco faltó la tarta de boda que habíamos elegido, helada y con sabor a trufa.
Después llegó nuestro baile, completamente improvisado al ritmo de una balada que era muy especial para los dos, y durante aquellos minutos volví a tener la sensación de que no existía nadie más a nuestro alrededor.
Más tarde nos cambiamos de ropa y nos pusimos algo más cómodo para seguir disfrutando de la tarde y de alguna copa. Hasta mis abuelos se animaron como si fueran dos chavalitos, y verlos así consiguió hacerme todavía más feliz.
Me encantaba el día que habíamos conseguido crear. Era especial precisamente por eso: porque lo habíamos celebrado de la manera más íntima y sencilla posible, rodeados únicamente de las personas que queríamos tener a nuestro lado.