Capítulo 37
Eran las seis de la mañana y estaba en la cocina preparando el primer café cuando apareció mi madre y me abrazó por la espalda.
—Todo saldrá bien, confía.
—¿Y cómo estás tan segura? —pregunté entre lágrimas.
—Porque ese hombre te amó más de lo que todos pudimos imaginar.
—No me ha llamado en todos estos días.
—Quizá necesitaba arreglar sus cosas, cariño.
—Tengo miedo de lo que pueda decirme.
—Deja que hablen vuestros corazones. Estoy segura de que todo se solucionará, hija.
Por momentos sentía que los nervios y el miedo podían conmigo. No encontraba ninguna razón para pensar que Ernesto fuera a perdonarme por haber desaparecido de su vida cuando más me necesitaba.
Eran las nueve de la mañana cuando salí en taxi hacia la empresa. Mis padres ya se habían ido a trabajar y, aunque tenía uno de sus coches a mi disposición, no me sentía con fuerzas para conducir.
Al llegar a las oficinas me crucé con algunos antiguos compañeros que, al verme, me dedicaron una sonrisa triste y me indicaron que Ernesto estaba en el que había sido mi departamento.
Las piernas me temblaban y el corazón me iba a mil mientras avanzaba por el pasillo. Sentía que podía desmayarme en cualquier momento, pero conseguí sacar fuerzas para seguir adelante.
Me detuve ante la puerta y todas las miradas se dirigieron hacia mí, incluida la suya. Ernesto levantó la cabeza y, cuando nuestros ojos se encontraron, una de aquellas sonrisas que tanto había echado de menos apareció en su rostro.
Las lágrimas empezaron a caerme.
—Ernesto… —dije titubeando.
—Dime, cariño —respondió como si entre nosotros no hubiera ocurrido nada.
—Por favor, ¡cásate conmigo! —grité sin pensarlo mientras lloraba como una niña pequeña.
—¿Lo habéis escuchado? —preguntó feliz mientras se levantaba y todo el departamento comenzaba a aplaudir.
Ernesto vino hacia mí con los brazos abiertos y me estrechó con fuerza, como si nada hubiera pasado y hubiera estado esperando aquel momento desde siempre.
—Claro que quiero casarme contigo. Te dije que este momento llegaría —susurró mirándome con aquel brillo en los ojos antes de llenarme la cara de besos.
—¿De verdad? —pregunté todavía incrédula y emocionada.
—Cuando quieras. Siempre contigo, preciosa.
Aquel fue uno de los abrazos más bonitos que había recibido en mi vida. No podía creer que estuviera ocurriendo de verdad. Me perdonaba, me abrazaba, me besaba y ni siquiera me pedía explicaciones.
—Te lo dije, hija. —Escuché detrás de mí.
Al girarme descubrí no solo a mis padres, sino también a mis abuelos, que lloraban emocionados.
—¿Qué hacéis aquí?
—Bueno… —empezó mi madre—. Ernesto fue quien me envió ayer la noticia y me pidió que te la hiciera llegar. También quería que consiguiera que vinieras esta mañana y que nosotros estuviéramos presentes porque estaba convencido de que ibas a pedirle a gritos que se casara contigo.
»Le prometimos guardar el secreto porque nos dejó muy claro que no tenía nada que perdonarte y que sabía perfectamente que te habían engañado.
Miré a Ernesto y rompí a llorar todavía más.
—Te quiero más que a mi vida, Julia. Y, aunque sé que te sientes culpable, aquí solo hay dos culpables y todos los lameculos que los ayudaron. Tú no tienes nada que ver con lo que hicieron. Tú eres la fuerza que me ayudó a salir adelante.
Los lloriqueos se extendían por todo el departamento, no solo entre mi familia y nosotros. ¿De verdad me lo estaba poniendo tan fácil? Después de todo lo ocurrido, seguía queriéndome de la misma manera.
—¿Y Mía? —pregunté preocupada por la perrita.
—Deseando verte —sonrió mientras me apartaba un mechón de pelo detrás de la oreja.
—¿Está bien?
—Sí, tranquila. El día del accidente estaba con Begoña y ella se la llevó a su casa.
—Menos mal —suspiré aliviada.
—Y ahora necesito que me hagas un favor. —Sacó unas llaves y me las entregó—. Vete al ático y encárgate de Mía, que está sola porque Begoña se ha ido a Jaén a la boda de su sobrina. En un rato vienen los inversores y espero dejar por fin todo cerrado. Intentaré estar allí para comer.
Mientras hablaba, no dejaba de acariciarme la mejilla.
—Vale —sonreí feliz.
—Gracias por todo —les dijo a mis padres y a mis abuelos antes de acercarse a abrazarlos uno por uno.
Mis padres me llevaron hasta el ático y allí me despedí de ellos sin saber si volveríamos a vernos ese mismo día, al siguiente o al otro. Los dos se echaron a reír con mi comentario.
Subí y, en cuanto abrí la puerta, Mía se lanzó sobre mí. La cogí entre mis brazos mientras ella me lamía la cara como si quisiera comerme a besos.
—Ya estoy aquí, preciosa mía.
Me preparé un café y, pese a que hacía fresquito, salí a la terraza con ella para fumarme un cigarrillo.
Todavía no conseguía asimilar lo que acababa de vivir ni la manera en la que Ernesto me había recibido.
Saber que había contactado con mi madre para ponerla al corriente de todo y convertirla en su cómplice decía muchísimo de él.
Y no pude evitar sonreír al recordar que incluso le había asegurado que yo terminaría pidiéndole que se casara conmigo.
Estaba tan convencido de que ocurriría que lo había organizado todo mientras yo ni siquiera sabía que aquella petición acabaría saliendo de mi boca. Al final no la había pensado ni preparado; me había salido directamente del corazón.
Llamé a Lorena para contarle lo sucedido y se puso a llorar de la emoción como una magdalena.
—¿Y qué han dicho en el trabajo sobre que me haya ido? —pregunté preocupada.
—Están preparando tu renuncia. El jefe dice que te va a echar de menos y que le ha gustado mucho cómo has trabajado durante este tiempo. Siempre tendrás las puertas abiertas de la empresa.
—Diles que ha sido un placer trabajar y aprender con ellos y que les agradezco muchísimo la oportunidad.
—Claro, cariño. Y no te preocupes por nada. Te mandarán toda la documentación y el finiquito con lo que tengan pendiente de abonarte.
—Eso es lo de menos.
—Pero es tuyo. Solo una cosa…
—Dime.
—Tienes que venir a verme con Ernesto un fin de semana.
—Eso está hecho. Estoy segura de que no dudará en animarse.
Me metí en la cocina para comprobar qué había en la despensa y en el frigorífico. Quería prepararle algo rico para comer y mimarlo un poco después de todo lo que había pasado.
Mía iba detrás de mí de un lado para otro intentando llamar mi atención para que le diera algún caprichito. Cogí un poco de pavo y empecé a darle pequeños trozos.
Aproveché para prepararme una tostada de pan de molde de centeno porque se me había abierto el apetito. Le puse mantequilla y empecé a comer mientras decidía qué podía hacer para el almuerzo.
Encontré una bandeja de solomillos de cerdo y pensé en prepararlos en salsa. Podía acompañarlos con unas patatas fritas, aunque enseguida se me ocurrió que una tortilla de patatas campera con sus verduritas quedaría mucho mejor.
Me fui viniendo arriba y terminé planteándome incluso hacer unas croquetas de jamón serrano y queso.
Tenía todo lo necesario, así que ¿por qué no?
Lo que sobrara nos serviría para la cena o incluso para el día siguiente.
Al final iba a montar un bufé entero mientras él resolvía por fin aquello que llevaba tanto tiempo deseando cerrar.
Todo fue saliendo sobre la marcha y, mientras cocinaba, iba dándole alguna cosita a Mía, que estaba disfrutando de su propio bufé particular.
Estaba acostumbrada a comer de todo, pero yo tenía claro que la mimaba bastante más que Ernesto, así que esperaba no provocarle una diarrea y conseguir que su dueño se enfadara conmigo. Solo de imaginarlo me entró la risa.
Los solomillos me quedaron de categoría y la tortilla tenía una pinta increíble. La masa de las croquetas estuvo un par de horas enfriándose y, cuando por fin pude rebozarlas, me salieron casi cuarenta.
Eran las dos de la tarde cuando recibí un mensaje de Ernesto avisándome de que ya estaba de camino. Lo acompañó con un montón de besitos en forma de emoticonos.
Al rato escuché abrirse la puerta y se me iluminó la cara. Mía corrió inmediatamente a recibirlo.
—Ya estoy aquí —dijo mientras me acariciaba la cara antes de darme varios besos.
—¿Todo bien?
—Genial. Nos hemos retrasado un poco porque mi equipo legal ha llegado media hora tarde por un atasco, pero ya está todo. Me he quitado un peso enorme de encima.
—Me alegro muchísimo.
—Eso sí, me he asegurado de que ninguno de los que he echado vuelva a ser contratado bajo ningún concepto.
—¡Ole tú! —Me salió del alma.
—Huele muy bien.
—Ven, mira.
Lo llevé hasta la mesa y abrió los ojos al ver todo lo que había preparado.
—Pero bueno, ¿te ha pillado inspirada? —preguntó mientras cogía una croqueta.
—Me he venido arriba y me he animado a cocinar varias cosas. De todas maneras, solo he frito doce croquetas y en el frigo quedan un montón.
Probó una y sonrió.
—Sin que se entere tu abuela, pero estas están también deliciosas. —Me guiñó un ojo.
Nos sentamos a la mesa y Ernesto no dejaba de sonreír. Tenía los ojos muy iluminados y se notaba que por fin había alcanzado ese punto de tranquilidad que tanto necesitaba. A pesar de todo lo sucedido, se estaba recuperando muy bien y tenía buen aspecto, aunque había perdido algunos kilos.
—¿Y ahora que ya no tienes la empresa, cuáles son tus planes?
—Precisamente de eso quería hablarte. Me he dado cuenta de que no necesito tantas cosas para ser feliz y de que cada propiedad termina convirtiéndose en una preocupación más.
»El yate, por ejemplo, no lo necesito. Cuando queramos hacer una salida, podemos alquilar uno y nos saldrá mucho más barato que mantener este.
También voy a vender el resto de las propiedades.
Solo quiero conservar el ático y comprar algún terreno con una casa en la sierra para cuando nos apetezca pasar allí un fin de semana o unos días.
»Quiero una vida tranquila, formar una familia contigo y disfrutar de la tranquilidad económica que ya tengo sin necesidad de acumular propiedades ni cosas que requieran constantemente mi atención.
—Me parece una decisión muy inteligente.
—Hay muchas cosas que me motivan y con las que puedo mantenerme ocupado. Algunas incluso podemos hacerlas juntos.
—Estoy segura de ello —sonreí emocionada.
En ese momento me llegó una notificación del banco. Cogí el móvil y vi que acababa de entrar una transferencia con el concepto de donación. Cuando comprobé la cantidad, levanté la vista hacia él.
—¿Qué es esto? —pregunté, aunque sabía perfectamente que solo podía venir de su parte.
—Un regalo de la venta de la empresa.
—No. Yo no puedo aceptar esto, Ernesto.
—Claro que puedes. Vas a convertirte en mi mujer y quiero que tengas la tranquilidad de contar con tus propios fondos. Has dejado dos trabajos por mí, primero el de mi empresa y después el de Italia. Me has demostrado de sobra que me amas y quiero que puedas vivir tranquila.
»Además, voy a poner a tu nombre un apartamento que tengo en el centro para que lo alquiles y tengas tus propios ingresos. Así podrás comprarte maquillaje y todas esas cosas que te gustan.
Los dos nos echamos a reír.
—No estoy aquí por tu dinero. Estoy aquí por ti, Ernesto.
—Lo sé.
—Pero esto no puedo aceptarlo —insistí mirando de nuevo el medio millón de euros que acababa de ingresar en mi cuenta.
—Eso no es nada comparado con lo que he recibido por la empresa.
—Lo sé, pero es tuyo. Te pertenece.
—No hay nada más que hablar, vida. Ya tienes tu casa y tendrás el apartamento para alquilar, así que no seas tonta. Considéralo un buen extra mensual por aguantarme a mí —sonrió—. Solo quiero que seamos felices y que nunca tengas miedo de quedarte sin nada.
—A lo único que tengo miedo es a perderte —confesé con el corazón en la mano.
Y esa era la realidad. No quería volver a vivir sin él ni perderlo por nada del mundo.
Me daba miedo despertar y descubrir que todo aquello había sido un sueño.