Capítulo 36
Sentía una ligera resaca del día anterior. A lo tonto, habíamos estado desde la comida hasta las ocho de la tarde entre vinos y copas.
Fui a la cocina, me tomé una pastilla y me preparé un café. Lorena todavía dormía, así que intenté no hacer ruido para no despertarla.
Llevaba puesto un pijama abrigadito y salí a la terraza con el café y un cigarrillo. Después desbloqueé el móvil para mirar el mensaje que había recibido. Era de mi madre, de hacía apenas media hora, y me decía que abriera el enlace que me había enviado.
En la imagen principal aparecía la policía llevándose detenidas a dos personas. Reconocí enseguida a los padres de Ernesto, pero lo peor fue leer el titular.
«Detenido el matrimonio Palacios por falsificación, apropiación indebida y usurpación de identidad de su propio hijo, el empresario Ernesto Palacios, mientras este se debatía entre la vida y la muerte tras sufrir un accidente el día en que iba a vender su imperio empresarial»
Sentí que iba a desfallecer mientras intentaba empezar a leer la noticia. Solo con aquel titular, algo me decía que allí estaban todas las respuestas y que nada era como me habían hecho creer.
Entre lágrimas fui descubriendo todo el entramado. Estaban involucrados el director de la empresa, Jaime, el trabajador del yate e incluso la asesoría a la que había acudido buscando información. Todo había sido orquestado para hacerme llegar una versión que no se correspondía con la realidad.
Ernesto había despertado del coma hacía una semana y en cuanto pudo hacerlo, denunció a sus padres. A partir de ahí se abrió una investigación que había terminado con la detención del matrimonio.
Todo aquello que ellos me habían asegurado que les pertenecía estaba, en realidad, a nombre de Ernesto. Además, la policía sospechaba que los propios padres podían estar relacionados con el accidente que casi le había costado la vida.
Sentí que las piernas iban a fallarme cuando reparé en que Lorena estaba detrás de mí leyendo también la noticia por encima de mi hombro.
—Me quiero morir —conseguí decir entre lágrimas.
—Es muy fuerte, Julia. Creo que deberías volver a España.
—Sí, pero me da pena por ti. Has dado la cara para conseguirme este trabajo.
—No te preocupes por eso. Me debían un favor y yo pedí que te contrataran porque para mí era algo muy personal. Nadie te va a juzgar ni se va a enfadar contigo. Además, ya te han cogido cariño.
—¿Y cómo hago para renunciar?
—Te mandarán toda la documentación de forma digital. No te preocupes.
—Gracias.
La abracé llorando, con el corazón encogido.
Lorena me ayudó a buscar un vuelo y avisé a mi madre de que había conseguido uno que salía a las dos de la tarde para que pudieran recogerme cuando llegara.
Hicimos las maletas a toda velocidad y llamó a Luca para que viniera a buscarnos y nos llevara al aeropuerto. Durante el trayecto lo pusimos al corriente de todo.
No sabía qué me esperaba en España ni cómo iba a reaccionar Ernesto cuando me viera. Lo único que tenía claro era que necesitaba pedirle perdón por haberme alejado y por haber creído a unas personas sobre las que él mismo ya me había advertido, y esos remordimientos me estaban destrozando.
Después de facturar las maletas, me despedí de ellos entre abrazos y lágrimas, prometiéndoles que volveríamos a vernos.
Fue subir al avión, sentarme junto a la ventanilla y romper otra vez a llorar.
No podía evitarlo. Tenía una sensación horrible dentro y me maldecía por no haber intentado llegar más al fondo de todo aquello, aunque también sabía que me lo habían puesto muy difícil.
Todo estaba preparado para que creyera aquella historia y la reincorporación de Lola a la empresa había sido una de las cosas que más me convencieron de que era cierta.
A mi lado viajaba una chica que, al verme, me preguntó si estaba bien. La miré, pero fui incapaz de responder. Solo pude negar con la cabeza mientras las lágrimas me nublaban la vista.
—Cariño, no sé qué te pasa, pero todo en la vida tiene remedio menos la muerte —me dijo mientras me acariciaba el brazo con gesto apenado.
—No sé si esto tendrá remedio, pero siento un dolor enorme aquí dentro —conseguí responder completamente rota.
Durante buena parte del vuelo mantuvo mi mano entre las suyas y no dejó de intentar tranquilizarme. Terminé contándole la historia por encima y se quedó perpleja, aunque evité entrar en demasiados detalles para que no pudiera relacionarla con la noticia que acababa de publicarse.
Me dio ánimos y no paró de repetirme que todo saldría bien y que Ernesto seguramente se alegraría de verme. Eso era precisamente lo que yo deseaba: que no me guardara rencor y que, pese a todo, no me hubiera olvidado.
Poder desahogarme con Noemí, que así se llamaba, fue un alivio. Había sido tan comprensiva y cariñosa conmigo que incluso terminamos intercambiando los teléfonos al descubrir que vivía en un pueblo cercano a mi ciudad.
Cuando aterrizamos y recogimos las maletas, me abrazó con mucho cariño antes de despedirse y me aseguró que seguiríamos en contacto. Le di las gracias de corazón.
Mis padres me esperaban a la salida y me abracé con fuerza a ellos. Los dos intentaban tranquilizarme, repitiéndome que todo terminaría solucionándose poco a poco.
Estaba tan mal que decidí irme con ellos al chalé. Quedarme sola en mi casa me habría vuelto loca.
Por el camino me contaron que habían averiguado que Ernesto ya había retomado el control de la empresa y que, según algunas noticias, al día siguiente se reincorporaría para poner orden antes de intentar retomar la venta que había quedado paralizada el día del accidente.
Cuando llegamos, seguí leyendo todo lo que encontraba publicado.
Por lo visto, ya habían rodado algunas cabezas.
El director había sido apartado, al igual que Lola, a la que varias informaciones señalaban como una de las personas relacionadas con los padres de Ernesto, y había más empleados bajo investigación.
Estaba alucinando. Aquello había sido una trama perfectamente organizada y esos seres eran auténticos demonios. No me extrañaba que la policía sospechara que incluso podían estar detrás del accidente de Ernesto para conseguir quedarse con todo.
Mis abuelos vinieron a verme y me dio muchísima pena descubrir la tristeza en sus caras. Todos estaban sufriendo conmigo porque, como siempre había dicho, para ellos yo era una de las personas más importantes de sus vidas.
No conseguía comprender cómo unos padres podían hacer algo así con un hijo, aunque cada vez estaba más convencida de que jamás se habían sentido realmente como tales. Habían adoptado ese papel porque les convenía y porque podían obtener un beneficio de él.
Miré el móvil y vi que Ernesto aparecía en línea. Solo verlo conectado consiguió encogerme todavía más el corazón.
Entonces comprendía por qué su teléfono había estado apagado durante aquellos primeros días y por qué no había contestado ninguno de mis mensajes. Me dolía muchísimo pensar en todo lo que había pasado mientras yo estaba lejos, convencida de que me había engañado y abandonado.
Y qué asco me daban aquellos asesores a los que los padres de Ernesto habían comprado para convencerme de que todo les pertenecía a ellos y no a su hijo. Había llegado hasta esa asesoría por recomendación de un compañero de trabajo y, al recordarlo, solo podía pensar en lo tonta que había sido.
¿Cómo podía haber sido tan estúpida?
Tenía pensado ir a las oficinas a la mañana siguiente. No sabía cómo reaccionaría Ernesto al verme ni qué iba a decirle cuando lo tuviera delante. Solo tenía claro que necesitaba buscarlo porque llevaba demasiado tiempo deseando volver a verlo.
Según había leído en la prensa, se encontraba refugiado en casa de unos amigos mientras atravesaba aquellos momentos tan dolorosos. Por eso ni siquiera me planteé ir al ático a buscarlo aquella misma noche.
No podía dejar de pensar en Mía y en qué habría sido de ella durante todo ese tiempo. Esperaba que estuviera bien porque no sabía si podría soportar otra mala noticia.
Me acosté temprano a pesar de saber que difícilmente conseguiría dormir. Necesitaba abrazarme fuerte a la almohada y llorar hasta quedarme rendida.
Nunca había dejado de amarlo…