Por favor, ¡cásate conmigo! Capítulo 35
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Capítulo 35

Llevaba un mes en Florencia y, aunque todavía tenía momentos en los que lloraba abrazada a la almohada o bajo la ducha, también sentía que había hecho lo correcto al marcharme.

Aquella empresa estaba sacando de mí capacidades que ni siquiera sabía que tenía.

Me encantaba mi trabajo y ya me habían felicitado en más de una ocasión por algunas de las ideas de promoción que había aportado.

Luca también se había convertido en un gran amigo. Muchas veces, cuando Lorena salía durante el finde con Marcello o se quedaba en su casa, él y yo aprovechábamos para cenar juntos o tomar unas copas.

Eso sí, solo éramos amigos y me respetaba como tal porque había entendido enseguida que yo estaba más blindada que un furgón de la policía antidisturbios.

En aquellos momentos no había cabida en mi vida para el amor ni para rollos de ningún tipo.

Todavía tenía heridas que no habían cicatrizado y algunas seguían doliéndome como el primer día.

Precisamente aquel sábado había amanecido sola en casa porque Lorena se había marchado el día anterior a pasar el finde con Marcello.

Luca iba a venir a desayunar conmigo y había prometido traer churros.

Me hacía gracia encontrar aquella tradición que yo consideraba tan española en otros lugares del mundo, aunque allí los hacían algo más gruesos, la masa era diferente y solían venderlos rellenos de crema o de chocolate tipo Nutella.

Habíamos quedado en desayunar en casa y después salir a pasear por la ciudad. También comeríamos juntos en uno de esos restaurantes que él calificaba como una de sus joyas escondidas.

Con Luca había surgido una conexión muy especial y, muchas veces, parecía entenderme sin necesidad de que yo dijera una palabra.

Unos días atrás me había sincerado con él y le conté toda mi historia con Ernesto.

Se quedó alucinado y, de repente, comprendió mejor aquellos bajones que me daban sin previo aviso y que me dejaban con la mirada perdida.

También me dejó muy claro que no buscaba nada conmigo. Simplemente le caía muy bien y disfrutaba de mi compañía. Decía que me veía más como una hermanita que como una posible conquista, algo que a mí me daba muchísima tranquilidad.

Acababa de terminarme el primer café cuando llamaron a la puerta.

—Buenos días, señorita española y favorita de tu mejor amigo Luca —saludó enseñándome el paquete de churros que llevaba en la mano.

—Buenos días, señor galán —sonreí mientras me apartaba para dejarlo pasar.

—Traigo un chisme de la empresa.

—No me digas.

—Un buen café y canto todo.

—Eso está hecho. —Me reí mientras cogía el paquete y lo dejaba encima de la mesa.

—¿Sabes que Isabella se ha liado con el jefe?

—¿Con Alexandro? —pregunté sorprendida.

—Con el mismísimo.

—Pero si él le saca por lo menos veinte años.

—¿Y desde cuándo es tan importante la edad para sentirse atraído por alguien? Además, vivimos en una época en la que eso está a la orden del día y Alexandro está muy bien para su edad.

—Sí, en eso estoy de acuerdo contigo, pero no me lo esperaba. A ella la veo tan dulce y… no sé, diferente. ¿Estás seguro?

—Tan seguro como que anoche, cuando volvía de cenar en casa de mis padres, los pillé muy acaramelados en una terraza. Él hasta le estaba limpiando la comisura de los labios.

—Me quedo muerta. —Me reí alucinada con la información.

—Ese chisme se merece que prepares mi café con mucho amor.

—¿Acaso te lo pondría de otra manera? —negué mientras ponía los ojos en blanco.

—He traído los churros con rellenos diferentes.

—Perfecto. El resultado son las mismas calorías, así que tampoco vamos a ponernos exquisitos.

—Con ese cuerpo no deberías preocuparte.

—No empieces —le advertí señalándolo con un dedo.

—Si es que me tienes más limitado que mi madre cuando estaba en el colegio.

—Por algo sería.

—Porque me despistaba con mucha facilidad.

—Ahí lo tienes. —Me eché a reír.

Nos sentamos a desayunar y gemí en cuanto probé el primer churro, relleno de una crema que estaba buenísima.

—Golosa.

—La culpa es tuya, que eres quien los ha traído.

—Si es que me los pediste a gritos.

—¿Qué dices? —negué poniendo los ojos en blanco.

—Yo lo propuse y a ti te faltó tiempo para aceptar.

—A nadie le amarga un dulce.

—Ahí lo tienes… —repitió, devolviéndome exactamente la misma frase que yo había utilizado antes con lo de su madre.

Tenía respuesta para todo y esa era una de las cosas que más gracia me hacían de él.

Después de desayunar tranquilamente y hablar sobre una serie que estaba viendo y que me recomendaba encarecidamente, nos echamos a la calle.

Eran apenas las once de la mañana, pero me apetecía tomar otro café en la Piazza della Signoria. Me encantaba volver de vez en cuando porque podía quedarme embobada contemplando las esculturas y todo lo que rodeaba aquel lugar.

No llevábamos ni un minuto sentados cuando apareció Lorena, que un rato antes me había preguntado qué estaba haciendo.

—¿Te han echado? —preguntó Luca nada más verla.

—No, me he ido yo. Y no pienso volver atrás ni para coger impulso —pidió un café al camarero antes de sentarse.

—¿Qué ha pasado? —pregunté preocupada.

—Que su ex lo ha llamado porque el nuevo novio la ha invitado a comer con su familia y le ha pedido que se quede con el niño —explicó con retintín y un cabreo de dos pares—. Ya le he dicho que, si sabe contar, no vuelva a contar conmigo.

—Bueno, es su hijo.

—Y yo siempre termino sobrando en la ecuación o convirtiéndome en la que solo cuenta cuando él tiene un hueco libre. Pues no. No pienso aguantar esto más. Paso de él y que se olvide de mí.

—Anda, cuéntale el cotilleo del mes —le pedí a Luca para distraerla y que le soltara el bombazo de Alexandro e Isabella.

Luca no se hizo de rogar y se lo contó con todo el arte que tenía.

—No me jodas…

—No, no, yo no jodo. El que jode es el jefe a la empleada —respondió, consiguiendo arrancarnos una risilla.

—Una vez Isabella hizo un comentario dando a entender que al jefe se le podía dar un buen repaso.

—Entonces tampoco te pilla tan de sorpresa —comenté.

—Bueno, una cosa es decirlo y otra imaginar que realmente iba a terminar pasando, pero mira, al final se salió con la suya. —Negó con la cabeza, todavía demasiado enfadada por lo de Marcello como para entrar de lleno en el cotilleo.

—Cambia esa cara, hija, que después hablas de mí.

—Es que me ha dado muchísima rabia. Vive a las órdenes de su ex y me parece muy inmaduro por su parte.

—Pues ya sabes, sácalo de tu vida, pero que no te amargue —le dijo Luca.

—Eso es, que luego tú para los demás lo ves todo muy fácil —añadí.

—Ese ataque es muy gratuito, amiga —me soltó un poco picada.

—Pero no he dicho ninguna mentira.

—A este me lo saco de la cabeza en un santiamén.

—Pues eso quiero, que no te joda el fin de semana.

—Que se conforme con haberme jodido anoche —soltó, provocándonos una carcajada.

—Dichosa tú, que por lo menos lo disfrutaste —añadió Luca con aquella risa contagiosa.

El día estaba bastante más frío y, aunque llevaba una rebeca, empezaba a echar de menos alguna capa más. Después de un mes allí, el otoño ya se hacía notar con fuerza y el cambio de temperatura había sido bastante brusco.

Nos fuimos a pasear por un mercadillo de antigüedades para hacer tiempo hasta la comida.

Me enamoré de un libro nada más ver la portada y, aunque estaba escrito en italiano, eso no me frenó a la hora de comprarlo.

Cada vez me familiarizaba más con el idioma y leerlo podía ser otra forma de seguir aprendiendo.

A la hora de comer fuimos al restaurante que Luca calificaba como una de sus joyas.

Tenía una terraza cubierta preciosa y, en cuanto nos sentamos, él se encargó de elegir algunos entrantes que, según decía, no podíamos perdernos.

Acertó de pleno. La ensalada estaba deliciosa y las bruschettas fueron de las mejores que había probado desde mi llegada a Italia.

Como plato principal, los tres nos decantamos por pasta.

En algún momento de la comida, sin saber muy bien por qué, Ernesto volvió a colarse en mi cabeza. Seguía sin conseguir sacarlo del todo y, aunque intenté disimular, el dolor regresó acompañado de aquellos recuerdos que yo había vivido con todo mi corazón mientras estuvimos juntos.

Por suerte, no permití que me arruinara el día. Seguimos entre paseos, conversaciones y unas copas que tomamos durante la tarde. Cuando llegó la hora de cenar, Lorena y yo decidimos volver a casa porque estábamos cansadas y ya habíamos aprovechado el sábado de sobra.

Antes de marcharse, abracé a Luca y le agradecí el día.

Era una de esas personas que merecía la pena tener cerca como amigo.