Por favor, ¡cásate conmigo! Capítulo 34
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Capítulo 34

Estábamos listas para salir a disfrutar de mi primera noche italiana desde que había llegado.

—Estamos monísimas de la muerte —dijo Lorena, que también se había decantado por unas bermudas de vestir y llevaba un conjunto bastante parecido al mío.

—Pues sí. Además, el labial rojo te queda genial.

—Al igual que a ti, cariño. Si es que somos mucha mujer para tanta pasta.

Me eché a reír con su comentario.

Nos dirigimos hacia la plaza de Santo Spirito, situada al sur del río Arno. Era una zona bohemia y muy animada, bastante alejada del bullicio turístico y frecuentada por la gente local. Estaba llena de bares y restaurantes toscanos y, nada más llegar, me encantó el ambiente que se respiraba.

Elegimos una terraza con música en directo y, cuando empezaron a sonar los primeros acordes de L’Italiano , una canción que conocía perfectamente, me animé muchísimo.

Pedimos para compartir unos mejillones al vapor y unos langostinos a la parrilla y, como plato principal, una pasta con marisco. Aquella noche la cosa iba de productos del mar.

Brindamos con un vino blanco de la zona que resultó ser todo un acierto. Tenía un sabor afrutado y entraba con tanta facilidad que imaginé que subiría de la misma manera.

Le pedimos al camarero que nos hiciera una foto con los entrantes sobre la mesa y las copas de vino en la mano. Quería guardarla de recuerdo y mandársela a mi familia, que se alegraba muchísimo de verme disfrutando otra vez.

No tardaron en llegar un montón de piropos y mensajes cariñosos, como no podía ser de otra manera. Amaba a mi familia y, sobre todo, saber que siempre podía contar con ellos. No podía haber sido más afortunada.

Lorena también tenía una familia estupenda, con unos padres maravillosos y dos hermanos, ambos casados y con un hijo cada uno. Sus sobrinos eran, por supuesto, los niños mimados de mi amiga.

—Y volvemos a brindar por el trabajo tan impresionante que has hecho esta semana y porque se te ve muy animada.

—Sí, me encanta. Ha sido todo un descubrimiento —respondí con una sonrisa.

—Y encima tienes una compañía inmejorable —añadió señalándose a sí misma con un carraspeo.

—Eso te lo concedo, aunque a veces me amenaces con clavarme el boli en la frente.

Nos echamos a reír.

—Tú te lo buscas solita.

Los entrantes estaban deliciosos y el vino todavía mejor. Estaba poniendo todo de mi parte y dejándome envolver por un país en el que empezaba a sentirme como en casa. Cada día estaba más convencida de que irme a Italia había sido una de las mejores decisiones que podía haber tomado.

Cuando nos trajeron el plato principal, ya estábamos algo achispadas después de las dos copas de vino que llevábamos encima y nos reíamos hasta de nosotras mismas.

—En España, por Navidad, caen cestas de productos gastronómicos y aquí caen un par de bolsos de la firma.

—Sí, lo sé. Te recuerdo que me has regalado un par de ellos y solo los saco en ocasiones especiales —respondí con la risa floja.

—Normal. Tener algo así entre las manos es como tener una joya. Hay que cuidarlos.

—En más de una ocasión he estado tentada de venderlos —bromeé.

—Serás capulla. —Me miró de lado.

Cada uno de los bolsos que me había regalado rondaba los tres mil euros de precio de mercado.

Era una firma de lujo a la que no todos los bolsillos podían acceder, con algunos modelos clásicos que se habían convertido en auténticos iconos y líneas mucho más exclusivas destinadas a sus clientes más pudientes.

La pasta estaba que se salía del pellejo, como decíamos en mi tierra, y la cena estaba resultando todo un triunfo. Por no hablar del vino. Ya íbamos por la tercera copa y parecía agua de lo rápido que desaparecía.

Después de cenar decidimos tomar la primera copa allí antes de marcharnos. Se estaba de maravilla en aquella plaza bohemia, donde la vida se palpaba en cada rincón. Me había encantado el ambiente y tenía todas las papeletas para convertirse en uno de mis sitios favoritos de la ciudad.

—Pero míralas, qué bien están ellas.

Al escuchar aquella voz, nos giramos y nos encontramos con Luca, uno de nuestros compañeros de la empresa.

—Hombre, nuestro compi favorito —dijo Lorena, mintiendo descaradamente, pero consiguiendo sacarle una sonrisa.

Le dimos dos besos y lo invitamos a sentarse con nosotras. Se pidió una copa y nos contó que venía de cenar en casa de sus padres.

—Ya sabía yo que hoy no iba a llegar temprano a casa, y eso que me había propuesto ser bueno.

—Tú no eres bueno ni aunque vuelvas a nacer.

—Lorena, no seas mala conmigo, que yo te cuido mucho.

—¿Tú cuidarme a mí? ¿Te has caído y te has dado un golpe en la cabeza?

—¿No decías que era tu compi favorito?

—También digo que me gusta el invierno cuando prefiero el verano.

—Mujeres… —soltó riendo mientras negaba con la cabeza y ponía los ojos en blanco.

—¿Y qué haríais los hombres sin nosotras?

—Vivir sin problemas —respondió con tanta rotundidad que me arrancó una carcajada—. Tu amiga me cae mejor. Mírala, ella no me ataca.

—Como mi amiga abra la boca y suelte todo lo que lleva dentro, no vuelves a saludarla en tu vida.

—Tampoco te pases —protesté entre risas.

—No, ella no es como tú. Eso se ve de lejos.

Luca era monísimo y tenía ese estilo tan italiano a la hora de vestir, elegante y con clase. Aunque, en realidad, casi todo el mundo en la empresa desprendía elegancia, algo bastante lógico teniendo en cuenta que trabajábamos para una firma de lujo.

Por lo que me había contado Lorena, antes de que aceptaran contratarme, había tenido que enseñar unas cuantas fotos mías. Al parecer, me había vendido bastante bien y no lo dudaba ni por un segundo. Mi amiga siempre me había tenido en un pedestal.

Después de tomarnos la copa, Luca propuso que fuéramos a un local cercano con una terraza que, según él, se ponía muy animada. Lorena y yo nos miramos y aceptamos. Tampoco teníamos ningún plan concreto más allá de improvisar la noche.

Y resultó ser otro acierto. El sitio me gustó desde el primer momento y nos acomodamos en un rincón en el que se estaba a las mil maravillas. Además, Luca tenía unas salidas buenísimas y no tardó en arrancarme una carcajada detrás de otra.

Lo mejor fue el monólogo que se montó contándonos su última relación.

Comparaba a su ex con la mismísima Paris Hilton y aseguraba que había sido la mujer que más cara le había salido en menos tiempo.

Tenía unos gustos carísimos y, según él, cada vez que salían a cenar perdía un riñón y parte del otro.

No la había dejado porque ya no la quisiera ni porque hubiera dejado de gustarle, sino porque corría el riesgo de terminar en la ruina.

Me dolía hasta el costado de tanto reír. No lo había hecho así desde que ocurrió todo lo de Ernesto y aquel hombre tenía unas ocurrencias buenísimas.

La noche estaba resultando divertidísima porque Luca enlazaba una historia con otra y parecía tener cuerda para rato.

Después nos habló de otra relación con una mujer que tenía un hijo de dos años y que, según él, al mes de conocerlo ya pretendía que le diera sus apellidos y que el niño lo llamara papá.

Para quitársela de encima había tenido que inventarse la historia de su vida y aseguraba que poseía un imán especial para atraer a todas las locas.

Qué arte tenía, por favor. Detrás de todo aquel porte y aquella elegancia había un hombre que perfectamente podría haberse ganado la vida haciendo monólogos. Hubo un momento en el que Lorena y yo acabamos llorando de la risa. Nos estaba alegrando la noche.

Hasta que a Luca le dio por decir que necesitaba una pareja como yo, porque se me veía una mujer normal y sin problemas psicológicos.

—Quita, quita, que yo soy así hasta que saco la fiera que llevo dentro.

—Ya decía yo que era raro que se salvara alguna. Menos mal que me has avisado porque ya te había puesto en la lista de posibles conquistas.

—Pues sácame rápido. Por tu bien, sácame de ahí cuanto antes —respondí entre carcajadas—. Como yo te haga un monólogo de mi vida, vas a salir corriendo.

Los dos se echaron a reír.

Entre la charla y las copas nos dieron las cinco de la mañana sin apenas darnos cuenta. La noche había pasado volando gracias a aquel hombre que nos había hecho reír como hacía tiempo que no lo hacíamos.

Cuando salimos del local, Luca insistió en acompañarnos hasta el apartamento y nos ofreció un brazo a cada una para que nos agarráramos a él. Más arte no podía tener.

—Ahora mismo soy la envidia de todo el que pasa. —Presumía mientras caminaba con una a cada lado.

—Di que sí. Y encima españolas. Si es que no puedes tener más suerte. —Le seguía el juego Lorena, que iba tan achispada como yo.

Nos acompañó hasta la misma puerta y esperó a que entráramos antes de marcharse.

Yo me fui directa a la cama, quitándome la ropa por el pasillo. Estaba muerta de cansancio, pero la noche había sido divertidísima y me alegré muchísimo de haberme animado a salir.