Capítulo 33
Me desperté aquel viernes sabiendo que con él terminaba mi primera semana de trabajo. Para mi sorpresa, había sido mucho más dinámica de lo que esperaba y me llevaba un montón de aprendizajes que hasta a mí misma me sorprendían.
Había pasado de estar amargada y triste el cien por cien del día a estarlo solo un veinticinco, porque el resto del tiempo lo pasaba entretenida, aprendiendo cosas nuevas y disfrutando de pequeños momentos en una ciudad que cada vez me fascinaba más.
Tener una rutina diaria también me estaba ayudando muchísimo.
Ese finde Marcello tenía a su hijo, así que Lorena no había hecho planes con él. No es que mantuvieran todavía una relación demasiado seria, pero, cuando estaba libre, aprovechaban para salir y pasar tiempo juntos.
Nosotras habíamos decidido salir a cenar y tomar unas copas y, aunque yo no estaba demasiado animada para algo así, a Lorena no le había valido un no por respuesta.
Nos levantamos a la hora de siempre y, mientras una preparaba los cafés, la otra se encargaba de las fiambreras para el trabajo. Aquella vez teníamos tortilla de patatas y ensalada de pasta.
La tarde anterior habíamos recibido un paquete de mi abuela y lo que nos reímos al abrirlo fue poco.
Nos había enviado diez paquetes de jamón envasado, chorizos para cocinar, un montón de galletas, latas de conservas y unas cuantas cosas más.
No sabía qué se pensaba la pobre mujer que vendían en Italia ni qué clase de escasez creía que íbamos a pasar.
Lo había preparado el lunes y enviado el martes, así que en apenas dos días ya lo teníamos en nuestras manos. Y, no contenta con aquello, nos había amenazado con seguir mandándonos cosas constantemente. Lorena decía que se la iba a comer a besos y las dos nos habíamos reído muchísimo.
Mi familia estaba encantada de verme algo mejor después de aquellos primeros días en Italia y no dejaban de mandarnos mensajes y llamarnos.
Salimos hacia el trabajo con una mañana preciosa. Parecía que el verano se resistía a marcharse a pesar de que ya nos acercábamos al otoño.
Nada más llegar nos encontramos una buena movida entre dos compañeros que se estaban reprochando algo en mitad del pasillo y tuvo que intervenir el director para poner orden.
Los italianos eran muy intensos hablando, con todos aquellos gestos y ese tono que conseguía que cualquier discusión pareciera todavía más grave de lo que realmente era, aunque estaba claro que entre aquellos dos no había demasiado buen rollo.
—Así vamos a terminar nosotras cualquier día —bromeó Lorena.
—Pues ese será mi último día aquí, porque cojo mis cosas y me piro.
—¿Adónde vas tú sin mí, cacho perra?
—A mi casa, que por lo menos es lo único que tengo pagado. —Me eché a reír.
—Míralo por el lado bueno, el cabrón ese al menos te dio para pagar el préstamo y todavía te sobró dinero. No solo te dio por culo.
—Eso sí. —Hice el gesto de vomitar.
—Estoy deseando que pasen un par de meses y que él sea solo un recuerdo. Pero que vamos a ir a Alemania a vestirlo de limpio, ya te digo yo que vamos.
—¿Será verdad que se va a casar?
—Pues como me entere de cómo y cuándo, voy a montarle el numerito.
—¿Te imaginas? Justo en ese momento en el que pregunten si alguien tiene algo que decir o debe callar para siempre y aparezcamos las dos llamándolo de todo menos bonito. —Solté una carcajada.
—Y, ya puestos, destrozamos todos los adornos que haya por medio. Si la liamos, que sea a lo grande.
—Y de paso le cantamos esa canción de «es un gran necio, un estúpido engreído». —Cada vez me reía más—. Menos mal que follaba bien, porque, de lo contrario, ya sería para morirse de pena.
Lorena soltó una carcajada enorme.
—Me encanta verte así. Al menos ya eres capaz de tomarte algunas cosas con humor.
—No me queda otra. Además, gracias a ti estoy empezando a levantar cabeza y a salir de ese pozo que parecía no tener fondo.
—Y saldrás del todo, por mi vida que sí. —Se besó los dedos a modo de juramento.
—Pero te digo una cosa… ¡No quiero más hombres en mi vida!
—Eso dices ahora, pero el ser humano tropieza hasta tres veces con la misma piedra, así que todavía te queda una.
—Yo no. Ya te digo que no pienso dejar que se me acerque ninguno con intenciones que vayan más allá de la amistad.
—Recuerda que el amor a veces viene envuelto en forma de amigo.
—Una y no más, santo Tomás.
—Ya lo veremos.
—Lorena, ahora mismo no quiero ni que me rocen con un lápiz.
—«Ahora», tú lo has dicho. —Se reía la capulla.
—«Ahora» puede ser una palabra tan amplia como toda la vida.
—No, toda la vida no. Te digo yo que, antes de que te des cuenta, estás otra vez enamorada hasta las cejas.
—Estás loca. En mi vida no hay sitio para eso. Te lo juro, no quiero hombres ni de lejos.
—Siempre puedes enamorarte de una mujer.
—Pues mira, casi lo veo más fácil. —Solté una carcajada que ella no tardó en acompañar.
—Además, ya tenemos que ir pensando en ser madres, que a nuestra edad…
—Hoy en día eso no es ningún problema. Se puede ser madre soltera perfectamente, ya sea mediante adopción, fecundación o cualquier otra opción. —Me encogí de hombros.
—Te estás buscando que te dé un cate y te quite todas las tonterías.
—¿Tonterías? Lo digo completamente en serio. Si quieres, te presto mis zapatos para que veas cómo se ve todo desde este lado.
—Lo mismo me los quedo, porque son monísimos. —Me hizo una burla.
Marcello apareció en ese momento con un par de cafés y una sonrisa de oreja a oreja.
—Mi ex se ha echado novio y creo que es lo mejor que me podía pasar —nos contó feliz de la vida.
—Mira, por lo menos hoy tenemos noticias buenas y bonitas —dijo Lorena, provocándome una risa que intenté contener sin conseguirlo.
—Os mantendré informadas —prometió antes de marcharse con la misma sonrisa con la que había entrado.
—Se ve buena persona. Nos trae café —comentó Lorena con su habitual toque irónico.
—A ti se te cae la baba.
—Hasta que no me demuestre que es un hombre de los pies a la cabeza, lo tengo en cuarentena. Me da a mí que este vive más sometido a su ex de lo que me gustaría —suspiró poniendo los ojos en blanco.
—¿Te imaginas que resulta ser el hombre de tu vida?
—Trabaja y calla, que por tu culpa también les estoy cogiendo tirria a los tíos —respondió entre risas.
—¿Por mi culpa? ¿Qué culpa tengo yo de que todos se rían de mí?
—Trabaja y calla, que te estás ganando que te clave el boli en la frente.
—A sus órdenes, jefa. —Me llevé la mano a la frente en un saludo militar.
La jornada pasó rápido. Aquel trabajo me entretenía mucho más que el anterior y estaba descubriendo en mí una faceta que no esperaba. Incluso conseguía sorprender a Lorena con algunas ideas que ni ella imaginaba que sería capaz de sacar.
Al final iba a tener que agradecerle enormemente que me hubiera sacado de casa y prácticamente obligado a ir a Italia. Todo estaba resultando mucho más llevadero e incluso divertido. ¿Quién me lo iba a decir?
Salimos del trabajo y nos dirigimos a casa para pasar allí la tarde antes de ir a cenar y tomar unas copas. Queríamos echarnos al menos una siesta de una horita, algo que todavía no habíamos conseguido hacer en toda la semana.
Por el camino fuimos decidiendo qué nos pondríamos.
Yo tenía claro que elegiría unas bermudas negras de vestir con unas sandalias cerradas por delante que todavía no había estrenado.
Para la parte de arriba llevaría una camiseta blanca ceñida, adornada en un lateral con una flor de tela del mismo color que era monísima.
Todavía no hacía suficiente frío para llevar chaqueta ni rebeca.
Me tumbé en la cama con intención de descansar un rato y, en cuanto me quedé sola con mis pensamientos, volvieron los recuerdos que durante todo el día había conseguido mantener a raya.
Quería tener actitud, sacar lo mejor de mí y no permitir que la mala baba de otras personas siguiera jodiéndome la vida, por mucho daño que me hubieran hecho.