Capítulo 32
Nos levantamos a las siete de la mañana dispuestas a afrontar juntas mi primer día de trabajo. Yo estaba de los nervios porque todo era nuevo para mí y no sabía cómo iba a desenvolverme.
La empresa era una firma internacional de bolsos y complementos de moda.
Lorena trabajaba en el departamento de marketing y yo iba a incorporarme al mismo equipo, así que trabajaríamos codo con codo.
Ella se encargaba de las estrategias de mercado, la publicidad y el estudio de posibles mejoras de los productos.
Era un trabajo que le encantaba y del que siempre me hablaba maravillas.
Esperaba estar a la altura y, sobre todo, aprender mucho a su lado porque estaba segura de que podía aportarme muy buenos conocimientos.
Las oficinas ocupaban un edificio entero cerca del centro y podíamos llegar caminando desde casa en menos de diez minutos. Era un paseo precioso que disfruté casi tanto como el del día anterior, cuando nos habíamos pasado horas recorriendo el centro y conociendo diferentes lugares.
Al llegar nos dirigimos al despacho de Alexandro, el responsable de aquella sede, que ya nos esperaba para que firmara el contrato.
Era un hombre muy simpático de unos cincuenta años que, por lo que me había contado Lorena, caía bien a todo el mundo.
Me recibió con mucha amabilidad, se interesó por cómo estaba y me dijo que era un placer darme la bienvenida a la empresa.
Después me explicó las condiciones del contrato: cuarenta horas semanales repartidas en cinco días, como ya venía haciendo en España. El horario era de ocho de la mañana a cuatro de la tarde, con media hora de descanso para desayunar y una hora para comer. Nada mal.
El salario era de dos mil quinientos euros mensuales más una paga extra cada seis meses.
Me daba por más que satisfecha, así que firmé y me fui con Lorena hasta su despacho, donde compartiríamos espacio porque había una segunda mesa libre.
Aunque pertenecía al departamento de marketing, allí se organizaban en despachos de dos personas en lugar de trabajar todos juntos en una misma sala.
Poco después apareció Marcello con dos cruasanes y dos cafés para nosotras.
El detalle me recordó inevitablemente a los que Ernesto solía tener conmigo y, aunque intenté disimular, sentí cómo la tristeza volvía a apretarme por dentro.
En realidad, nunca se había marchado del todo, pero había recuerdos capaces de intensificarla en cuestión de segundos.
Aun así, le agradecí el gesto con una sonrisa.
Lorena dedicó las dos primeras horas de la mañana a explicarme cómo gestionaba la parte publicitaria y en qué se basaba a la hora de plantear nuevas propuestas.
Poco a poco fui animándome porque aquella faceta estaba empezando a interesarme mucho y ya tenía ganas de investigar por mi cuenta para intentar aportar nuevas ideas.
Durante el descanso salimos a tomar un café, aunque fuimos incapaces de desayunar después del cruasán que nos había llevado Marcello. No solo era enorme, sino que además estaba relleno de Nutella, así que ya nos habíamos metido una buena dosis de calorías a primera hora de la mañana.
—Me ha gustado mucho esa parte del marketing publicitario. Aprovecharé las tardes para investigar un poco e intentar sacar ideas.
—No sabes cuánto me alegra verte tan animada.
—Y la verdad es que estoy muy contenta con el sueldo que me han ofrecido. Esperaba menos.
—Esta empresa paga muy bien. Yo cobro más por el tiempo que llevo y demás, pero, si siguieran renovándote y acabaras quedándote en la empresa, ya fuera aquí o en España, te aseguro que comprobarías lo generosos que son.
—Bueno, espero que al menos no me echen antes de los seis meses por ser una patosa.
—No lo eres, cariño. Además, eres una mujer muy responsable.
—Así que tú debes de ser la chica nueva —dijo una joven que acababa de salir del edificio y se acercaba a nosotras.
—Sí, ella es Julia —respondió Lorena.
—Encantada, yo soy Isabella —me saludó con dos besos.
—Igualmente.
—Siéntate con nosotras. —La invitó Lorena.
—Genial. Me alegra mucho conocerte —dijo mientras ocupaba una silla.
Isabella me cayó bien desde el primer momento. Era italiana, pero hablaba español con mucha soltura, aunque conservaba ese deje tan característico de su idioma.
—Hoy voy como loca. Se me borró un archivo del viernes y he tenido que empezarlo desde el principio. Menos mal que más o menos recordaba todo lo que había hecho. Esto sí que es empezar bien la semana —comentó con una sonrisa preciosa.
—Bueno, al menos has podido solucionarlo —respondió Lorena.
—Sí, porque, de lo contrario, me habría tirado por la ventana. —Nos reímos—. Y, para rematar, tengo a mi madre en el hospital desde el sábado. Se cayó por las escaleras y se hizo daño en la cadera.
»Mi hermano y yo tenemos que turnarnos para estar con ella, aunque dicen que, si todo va bien, le darán el alta en dos o tres días.
—Vaya, lo siento —dije preocupada.
—¿La han tenido que operar? —preguntó Lorena.
—No, por suerte no se la fracturó. Pero, por la edad y por cómo fue la caída, prefieren tenerla unos días en observación antes de mandarla a casa. Ya sabéis que un golpe así no afecta igual a una persona joven que a alguien de edad avanzada.
—Claro —respondimos a la vez.
—Dentro de lo malo, podría haber sido mucho peor, así que estoy agradecida. Pero voy como loca entre el trabajo, el hospital y todo lo demás. A ver si se recupera pronto y puedo volver a la normalidad.
A pesar del poco tiempo que habíamos compartido, me había sentido muy cómoda hablando con Isabella. Ser la nueva y encontrarme con gente así hacía que todo resultara bastante más fácil.
Lorena aprovechó el resto de la mañana para enseñarme un poco de todo y conseguir que empezara a familiarizarme con los temas que tocaríamos en el departamento.
A la hora de comer nos quedamos en el despacho.
La noche anterior había preparado una pasta a la carbonara riquísima y la habíamos llevado en unas fiambreras monísimas, acompañada de unos picos y unas croquetas.
Lorena cocinaba muy bien y me explicó que la mayoría de los días llevaba la comida de casa para ahorrar tiempo y dinero.
Me pareció una idea estupenda y yo también pensaba colaborar en prepararla porque tampoco se me daba nada mal la cocina.
A las cuatro salimos del trabajo y regresamos caminando a casa. Por el camino aproveché para hacer algunas fotos y mandárselas a mi familia.
No sabía qué tenía Italia, pero, a pesar de encontrarme en uno de los momentos más oscuros de mi vida, conseguía regalarme pequeños instantes en los que sonreía de verdad sin necesidad de forzarme. Apenas llevaba dos días allí, pero aquel cambio empezaba a sentarme bien.
Antes de llegar a casa, entramos en el supermercado para comprar galletas, napolitanas y algunas cosas que pudiéramos llevar al trabajo.
También cogimos pechugas de pollo para preparar al día siguiente unos filetes empanados con un revuelto de verduras de acompañamiento. Esa vez me encargaría yo de la comida.
Para cenar habíamos decidido pedir unas pizzas en el restaurante que había debajo de casa. Lorena llevaba desde mi llegada insistiendo en que tenía que probarlas porque, según ella, eran las mejores de toda la ciudad y las hacían en horno de leña.
El día estaba pasando sorprendentemente rápido y agradecía que las horas no se me hicieran eternas.
Después de ducharme y ponerme el pijama para estar cómoda, hice una videollamada al grupo de mi familia para contarles cómo había ido mi primer día.
Lorena también se asomó a la pantalla y relató algunas anécdotas que consiguieron hacernos reír.
Mi madre y mi abuela, que eran las más expresivas, no paraban de repetir que había sido todo un acierto que me fuera a Italia porque ya me notaban algo mejor.
—Vosotros no os preocupéis, que de aquí a una semana la tengo bailando sevillanas —les aseguró Lorena con todo su arte.
Después de colgar, me puse a preparar la comida del día siguiente. Quería dejar las verduras salteadas y los filetes empanados para tener que freírlos únicamente al levantarnos.
Cuando terminé, aproveché para ver vídeos de otras firmas y fijarme en campañas publicitarias que hubieran funcionado bien y conseguido hacerse virales. Aquella parte del trabajo me estaba gustando mucho y empezaba a picarme el gusanillo de encontrar alguna idea que pudiera sorprender a la empresa.
Lorena bajó a recoger las pizzas que había encargado por teléfono y no tardó ni cinco minutos en regresar con ellas. Eran dos medianas, una margarita y otra di mare , ambas con un aspecto increíble.
A las dos nos pasaba lo mismo: nos encantaba la margarita a pesar de ser una de las pizzas más sencillas. Sin embargo, aquella noche me sorprendieron las dos y no habría sabido decir cuál estaba más buena. Tenía que darle la razón a Lorena porque en aquel sitio las hacían increíblemente bien.
Mientras cenábamos, decidimos poner una película de una plataforma. Nos llamó la atención la sinopsis de una comedia romántica bastante alocada y terminó siendo todo un acierto: nos mantuvo enganchadas hasta el final y consiguió arrancarnos más de una carcajada.