Por favor, ¡cásate conmigo! Capítulo 31
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Capítulo 31

Mis padres entraron en casa para ayudarme con las maletas.

Iban a llevarme al aeropuerto y, aunque el día anterior ya habíamos cenado todos juntos en casa de mis abuelos, de quienes me despedí entre abrazos y promesas de poner toda mi actitud para salir adelante, aquella mañana las emociones volvían a estar a flor de piel.

Juraba por mi vida que iba a intentarlo. Necesitaba darme la oportunidad de cerrar aquel episodio y reconducir mi vida sin volver a ponerla en manos de nadie.

Cuando llegamos al aeropuerto, mis padres me acompañaron a facturar las dos maletas grandes y nos despedimos antes del control de seguridad, donde me prometieron que irían a verme muy pronto.

Di una vuelta por la terminal mientras esperaba a que comenzara el embarque y aproveché para comprar algunas cosas para Lorena.

Cuando subí al avión y ocupé mi asiento junto a la ventanilla, aguanté como pude aquellas lágrimas que amenazaban con aparecer.

Tenía la sensación de estar escapando de algo que yo no había provocado, como si huyera de mi propia realidad.

No era fácil, para nada. Además, conforme había ido descubriendo cosas, más tenía la sensación de haber sido un títere en manos de un psicópata. Desde luego, Carlos había acabado convertido en un santo porque, comparada con la traición de Ernesto, la suya hasta parecía una broma.

Pasé el vuelo en un silencio que agradecí. Por suerte, a mi lado viajaba un matrimonio que se pasó prácticamente todo el trayecto durmiendo. Suerte la de ellos, porque hasta yo habría preferido cerrar los ojos y desconectar de todos aquellos pensamientos que tanto daño me hacían.

Cuando aterrizamos, un cosquilleo me recorrió el estómago. Eran sensaciones tan extrañas que ni yo misma conseguía entenderlas. Lo único que tenía claro era que estaba deseando abrazar a mi amiga.

Cogí un carro para colocar las maletas y me dirigí hacia la salida de la terminal del aeropuerto de Florencia, donde Lorena me esperaba con una emoción enorme reflejada en la cara.

En cuanto me vio, corrió hacia mí para abrazarme y rompí a llorar entre sus brazos mientras ella me acariciaba el pelo y me repetía al oído que todo iba a salir bien.

Fuera nos esperaba Marcello con el coche.

Se bajó enseguida para darme la bienvenida, abrazo incluido, guardó todo mi equipaje en el maletero y nos llevó hasta el apartamento.

Después de ayudarnos a subir las cosas, decidió marcharse para dejarnos a solas.

Le dije que podía quedarse, pero insistió en que aquel día era para nosotras. Se le veía muy majo.

—Es monísimo —dije cuando Lorena terminó de enseñarme todos los rincones.

—Y las vistas al Ponte Vecchio son lo mejor.

—Sí, es una pasada. No podrían ser mejores.

El piso tenía dos habitaciones, un baño, una cocina y un salón, todo independiente. Estaba completamente reformado y muy cuidado, hasta el punto de dar la sensación de que prácticamente lo estaba estrenando.

—Tienes una hora para colocar tus cosas antes de que nos vayamos a comer. —Me guiñó un ojo y miró el reloj—. Y la cuenta empieza ya.

—Me sobra media hora —respondí con una risa algo forzada, pero intentando poner de mi parte.

Abrí las maletas encima de la cama de la habitación que había quedado libre para mí y empecé a guardar mis cosas mientras Lorena aprovechaba para limpiar el baño y recoger la ropa del tendedero.

La habitación era amplia y tenía un armario empotrado que ocupaba prácticamente una pared completa.

Junto a la ventana había una cómoda con bastante espacio alrededor que, además de servirme para guardar ropa en los cajones, convertí en la base para mis perfumes y maquillaje.

Frente a la cama tenía un escritorio grande con su silla, donde coloqué el ordenador y un par de libros que había llevado con la intención de leer cuando tuviera la cabeza algo más despejada y fuese capaz de concentrarme.

El salón daba a una terraza preciosa con una pequeña mesa de madera y tres sillas.

El piso estaba realmente bien y Lorena pagaba setecientos euros al mes, cantidad que a partir de entonces compartiríamos entre las dos.

Teniendo en cuenta lo nuevo que estaba todo, tanto el mobiliario como la reforma, no me parecía nada mal de precio.

Terminé de colocar mis cosas y todavía me sobraba espacio por todas partes. Después contesté a los mensajes de mi madre, con quien ya había hablado durante el trayecto desde el aeropuerto, y le conté la buena impresión que me había causado el piso y lo bonitas que eran las vistas.

—Lista. Cuando quieras podemos irnos a emborrachar —bromeé.

—Si hay que emborracharse, nos emborrachamos —respondió encantada antes de darme otro abrazo.

Fuimos caminando hasta el Ponte Vecchio, lo cruzamos y continuamos hasta la Piazza della Signoria, un lugar precioso y lleno de vida, monumentos y esculturas, entre ellas la réplica del David de Miguel Ángel.

Nos sentamos en una de las terrazas y pedimos un Aperol.

—Qué lugar más bonito —dije mientras admiraba cada rincón de la plaza.

—Yo vengo mucho aquí a tomar algo. Es verdad que pagas un poco más por el sitio en el que estás, pero merece la pena.

—Con estas vistas, no me extraña.

—Italia me está enamorando en muchos sentidos y no descarto quedarme más de un año.

—Si sigues con Marcello, terminarás quedándote para siempre.

—Eso dice mi madre. —Se echó a reír—. Marcello tiene un hijo de tres años. Hace uno que se divorció de su mujer.

—Sí, eso me lo contaste. ¿Y cómo lo lleva?

—Bueno, ella es un poco exquisita y lo marea bastante con los horarios del niño, a pesar de que los tienen establecidos. Él intenta adaptarse para no entrar en conflictos, pero me da que van a tener más de una guerra porque eso puede aguantarlo durante un tiempo.

»Como ella siga cambiándole los planes y termine jodiéndolo con algo que de verdad le duela, al final va a estallar.

—Entiendo.

—De todas maneras, nosotros vamos poco a poco. Tampoco es que nos hayamos prometido la luna ni mucho menos. Estamos juntos, nos gustamos, disfrutamos y ya veremos qué pasa —dijo, consiguiendo arrancarme una risita.

—Pero te noto muy ilusionada.

—Sí, aunque también voy con pies de plomo. Está claro que quiero que su hijo esté por delante de todo, pero si a mí me va a cambiar los planes cada vez que a la otra le salga del coño, te digo yo que le doy puerta rápido.

—Te entiendo.

—¿Y tú? ¿Ilusionada con el nuevo trabajo?

—Bueno, no es lo que estaba buscando, pero sí. Al menos es algo nuevo y me obliga a salir de la cueva. Aunque, si te digo la verdad, no tengo ilusión por nada. Las estoy pasando putas y todavía no consigo superar todo lo que ha sucedido.

—Hay que ser muy mala persona y muy canalla para engañarte de esa manera. Lo peor es que no hay por dónde cogerlo. ¿Por qué hizo que dejaras tu puesto de esa forma? ¿Y por qué sus padres aceptaron pagarte semejante cantidad? Es que no tiene ni pies ni cabeza.

—No creo que llegue a entenderlo nunca, pero te juro por mi vida que, cuando esté mejor y tenga fuerzas, me planto en las oficinas de Alemania y a ese me lo echo yo a la cara.

—Y yo te acompaño. Lo hacemos hablar aunque sea a hostias. ¡Qué hijo de puta más grande! Lo odio con toda mi alma.

Sabía que Lorena también estaba afectada por todo aquello. Me quería demasiado como para no estarlo.

—Me hizo mucho más daño que Carlos. Al menos aquel no consiguió que perdiera el trabajo —dije con una risa amarga mientras negaba con la cabeza.

—Si al final va a ser verdad lo que dices: lo ha hecho santo.

—Lo que más rabia me da es que no haya tenido los santos cojones de darme la cara. Apaga el teléfono, cambia de número y que me den. Hay que ser mala persona y tener la sangre muy fría.

—Pues sí. Pero ¿qué te puedes esperar de alguien capaz de inventarse una historia así y dejar a sus propios padres en semejante lugar?

—Yo ya no me creo ni que sea adoptado. Es que pienso que todo era mentira.

—Lo que tienes que hacer es odiarlo con todas tus fuerzas hasta que consigas sacártelo del corazón. Ese hombre no se merece ni un poquito de ese corazón tan grande que tienes. —Me señaló el pecho.

—Por desgracia, todavía no lo odio. Pero, si lo tuviera delante, te juro que acabaría presa de la que le iba a dar —dije mientras se me escapaba una carcajada.

—Pues iba a recibir palos por todos lados, porque yo no me iba a quedar mirando y aplaudiendo.

—En fin… Ojalá la vida le haga sentir aunque solo sea un poco de todo el daño que me ha hecho a mí.

—El karma, cariño. Ese está para todos.

—Pues espero que haga su trabajo, ese que no me dejó hacer a mí.

—Tiempo al tiempo.

—No me queda otra. —Sonreí.