Capítulo 29
Eran apenas las siete de la mañana cuando me desperté de una pesadilla, sudando y con el corazón en un puño.
Miré el móvil y mi mensaje seguía sin aparecer como leído, mucho menos contestado. Con la respiración agitada, fui hasta la cocina y, mientras preparaba café, me bebí un vaso de agua fría.
Tenía una sensación de lo más extraña…
Que Ernesto no hubiese encontrado ni unos segundos para leer mi mensaje o contestarme me parecía tan raro que cada vez me sentía más incómoda e inquieta.
Tenía una presión en la boca del estómago y no dejaba de pensar que algo iba mal.
No sabía por qué, pero aquella idea no desaparecía y, por momentos, cobraba más fuerza.
Estuve a punto de llamar a Marta, la prima de Ernesto, pero ¿qué iba a saber ella de todo aquello si se suponía que la familia permanecía ajena a lo que ocurría entre él y sus padres?
Me iba a dar algo…
No fue hasta las nueve y media de la mañana cuando tomé la decisión de salir a la calle para que me diera un poco el aire. Incluso había pensado acercarme al ático más tarde si seguía sin tener noticias suyas.
Me senté en una terraza, pedí un café y lo llamé, pero, para mi sorpresa, su teléfono estaba apagado. Aquello consiguió ponerme todavía más nerviosa y, en cuanto terminé, me dirigí a su ático porque necesitaba saber qué estaba pasando.
No podía subir porque el ascensor funcionaba con llave o huella y yo no tenía ninguna de las dos cosas, así que llamé al telefonillo esperando obtener alguna respuesta.
Nadie contestó y, justo cuando estaba a punto de marcharme, salieron una señora y su marido que, al verme allí, me preguntaron si buscaba a alguien.
—Venía buscando a Ernesto, pero parece que no está en casa.
—No es su casa, es la nuestra —respondió ella con extrañeza.
—¿Cómo que la vuestra?
—Ernesto es nuestro hijo y estuvo aquí unos meses viviendo hasta que se marchó a Alemania.
¿Sus padres? ¿Alemania? ¿Aquella era su casa? No sabía si cogerlos por el cuello o contar hasta mil. Me sentía completamente aturdida.
—¿Qué me estáis contando? —pregunté incrédula y en un tono bastante poco cordial.
—No sabemos quién eres, pero, por lo que vemos, no debes de conocerlo demasiado bien.
—Soy su novia y se supone que vosotros ya no pintáis nada en su vida. ¿Dónde está Ernesto?
—Te estamos diciendo que se ha marchado a Alemania, a la sede principal de nuestra empresa.
—La empresa no es vuestra. Es de él y la ha vendido.
Los dos se miraron, sonrieron y negaron con la cabeza.
—Hija, no sé de qué hablas, pero Ernesto se ha ido allí porque va a casarse con la directora de Recursos Humanos. Nosotros iremos dentro de unos días.
—¡¿Qué le habéis hecho a Ernesto?! —grité, perdiendo los nervios y negándome a creer una sola palabra de lo que estaban diciendo.
—Vámonos —le dijo ella a su marido—. No tenemos por qué aguantar esto.
—Ernesto no quería ni veros.
—Hasta aquí hemos llegado —intervino él—. O nos dejas en paz o llamamos a la policía.
—A la policía iré yo, no os quepa ninguna duda. Más vale que aparezca o vais a salir en todos los titulares.
Me fui directa a la empresa para hablar con el director y averiguar si finalmente se había producido la venta. Cuando llegué a su despacho, me hizo pasar extrañado por mi visita. Fui directa al grano y su respuesta consiguió dejarme todavía más descolocada.
—La empresa pertenece a sus padres y nunca se ha producido ningún movimiento para venderla, ni mucho menos se ha planteado hacerlo. Ernesto se despidió para marcharse a Alemania, donde va a ocupar la dirección de las oficinas principales.
—Hace cuatro días dijo delante de todo su departamento que era el dueño.
—Siempre ha formado parte de la propiedad como hijo de los dueños, pero nunca se habló de ningún cambio en la dirección de la empresa —respondió con tanta naturalidad que yo ya no entendía absolutamente nada.
—Había una relación horrible en esa familia.
—No. Ayer estuve comiendo con Ernesto y sus padres antes de que se marchara. Jamás ha habido una mala relación entre ellos. ¿De dónde has sacado eso? —preguntó extrañado.
—Entonces, ¿por qué me pidió que dejara mi trabajo y me dijo que después trabajaría para él?
—Tu salida se formalizó por expreso deseo tuyo, según nos comunicó Ernesto, y mediante un acuerdo entre ambas partes. Nos explicó que ya no estabas a gusto en la empresa y que habías tenido problemas con algunos compañeros.
Sentí que iba a desmayarme. No entendía nada y, si era cierto que se había marchado, ¿por qué había querido que yo tampoco continuara en la empresa? Me estaba entrando una ansiedad que conseguía que hasta respirar me costara.
—No os creo. No os creo a ninguno.
Salí de allí a toda prisa porque algo dentro de mí insistía en que todos estaban mintiendo. Nada de lo que estaba ocurriendo era ni medio normal. Parecía una broma macabra de la que yo era la única que no conocía el final.
Llamé a Marta para preguntarle si sabía algo de su primo y su respuesta consiguió confundirme todavía más.
Según ella, Ernesto se había marchado a Alemania porque había vuelto con su ex después de que esta dejara a su pareja.
Es más, me confesó que había pensado mucho en mí durante aquellos días porque no sabía cómo estaría después de que él me hubiese dejado.
Seguía sin creerme nada.
Me fui hasta el muelle donde estaba el yate y allí encontré a Jaime limpiándolo.
Le pregunté por Ernesto y me confirmó que tenía entendido que se había marchado a Alemania.
Pero lo más fuerte llegó cuando quise saber qué ocurriría con el yate y me respondió que no pertenecía a Ernesto, sino a sus padres, que se lo prestaban de vez en cuando para navegar.
Todo aquello resultaba cada vez más rocambolesco y mi situación no hacía más que empeorar.
Y, por si no hubiese tenido suficiente con todo lo que estaba descubriendo, recibí un mensaje de Lola diciéndome que el karma me lo tenía todo bien preparado. Lo acompañaba con una foto desde su puesto de trabajo y añadía que las cosas habían vuelto a su sitio y que yo había caído en la trampa.
¿Pero por qué iba Ernesto a querer hacerme algo así? ¿Y por qué me había dado tanto dinero al marcharme de la empresa? No entendía absolutamente nada. Solo sabía que mi mundo parecía estar desmoronándose por completo.
Fui a buscar a mis padres y los puse al corriente de todo. Tampoco podían creerlo y estaban tan confundidos como yo. Nada tenía sentido ni lógica mientras yo seguía llamando una y otra vez a un número que permanecía apagado.
¿Cómo podía ser que, de la noche a la mañana, me encontrara metida en una historia para la que no estaba preparada y que amenazaba con devorarme sin haberla visto venir?
Lola estaba de nuevo en la empresa, sus padres seguían en posesión de sus propiedades y yo me encontraba sin trabajo después de haber vivido una historia que jamás habría podido imaginar.
Me quería morir, me estaba ahogando en la pena y no conseguía entender qué sentido tenía todo aquello ni por qué me estaba pasando a mí.
Lo peor era no tener ninguna forma de hablar con Ernesto. Lo único que se me ocurría era presentarme en las oficinas de Alemania y obligarlo a darme una explicación, porque no sabía qué más podía hacer.
Me dejé caer en el sofá llorando como una niña pequeña, llena de miedo y sintiendo que me habían arrebatado lo más valioso de mi vida. Lo que había sufrido con Carlos no se acercaba ni por asomo al dolor que estaba atravesando en aquellos momentos.
¡¿Qué cojones había hecho yo para merecer algo así?!