Por favor, ¡cásate conmigo! Capítulo 28
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Capítulo 28

Dicen que la perfección no existe, pero yo había pasado un fin de semana de lo más perfecto, de esos en los que, a pesar de no habernos movido apenas del ático, no nos había hecho falta nada más.

Aquel lunes amanecía con una sensación extraña porque iba a ir a la empresa para formalizar la extinción de mi contrato de mutuo acuerdo. Ernesto, por su parte, estaría reunido con los inversores para cerrar la venta y habíamos quedado en ponernos en contacto a lo largo de la mañana.

Me había dejado en casa la noche anterior después de cenar y, de nuevo, aquel sentimiento de vacío se apoderó de mí al meterme sola en la cama. Sin embargo, algo me decía que sería por poco tiempo porque nuestra relación avanzaba de manera vertiginosa.

Me tomé el primer café sin prisas, ya que no tenía que entrar a primera hora.

El equipo directivo estaba al tanto de que aquel día terminaría mi relación laboral con la empresa; quienes no sabían nada eran mis compañeros, que seguramente extrañarían no verme llegar a mi hora habitual.

Aunque, sabiendo ya que era la pareja del dueño, podían sacar mil conclusiones.

Ernesto me había dado permiso para contarles que la empresa cambiaría de manos, pero también para tranquilizarlos: la venta se realizaría manteniendo sus puestos y sus condiciones laborales.

Tenía una sensación agridulce. Los cambios me daban miedo y dejar un puesto que me proporcionaba tanta seguridad hacía que aparecieran todas aquellas dudas sobre si estaba cometiendo una locura. Aun así, había tomado una decisión y pensaba seguir adelante.

La vida también estaba para arriesgarse y allí me encontraba yo, a punto de lanzarme por un acantilado de felicidad, esperando encontrarme muchas cosas bonitas durante la caída.

Salí de casa y me dirigí a la empresa. Nada más llegar, lo primero que hice fue pasar por mi departamento para ver a los chicos.

Las bromas no tardaron en aparecer y enseguida empezaron a llamarme la privilegiada dueña consorte.

—Vais mal encaminados, chicos —sonreí—. Traigo dos noticias fresquitas en plan titulares. La primera es que Ernesto está en estos momentos cerrando la venta de la empresa.

»Pero no os adelantéis porque a vosotros no os va a suponer ningún cambio: la empresa se traspasa manteniendo vuestros puestos y las mismas condiciones, así que prácticamente ni lo notaréis.

—Estoy flipando —dijo Daniela.

—¿Pero vosotros os quedáis? —preguntó Eduardo.

—No. Como entenderéis, Ernesto ya no seguirá en la empresa, aunque obviamente pasará por aquí para despedirse de todos. Va a emprender una nueva etapa y me ha pedido que lo acompañe y lo ayude con la gestión de sus proyectos.

»Así que la segunda noticia es que yo también me marcho y he venido a despedirme de vosotros.

—Yo quiero dar un braguetazo como el tuyo —bromeó Daniela, provocando las risas de todos.

—No os vais a librar tan fácilmente de mí. Tendremos que vernos de vez en cuando para tomar unas cañas.

—Por supuesto —respondió Eduardo mientras me echaba un brazo por encima de los hombros y me daba un beso en la mejilla.

—Bueno, voy a pasar por Asesoría, que tengo que formalizar mi salida.

Antes de marcharme, abracé a cada uno de ellos y me dedicaron unas palabras preciosas que dejaron todavía más claro el cariño que sabía que me tenían.

La sorpresa llegó cuando fui a firmar la documentación y descubrí que, junto con el finiquito que me correspondía, recibiría una compensación extraordinaria que elevaba el importe total a setenta mil euros. El dinero se hizo efectivo en mi cuenta de manera inmediata.

Salí de la empresa con una sensación difícil de explicar, todavía preguntándome si había hecho lo correcto.

Pero la decisión estaba tomada y ya no quería seguir dándole vueltas.

Lo primero que pensaba hacer era terminar de pagar el préstamo de la reforma y los muebles, que era lo que más tranquilidad iba a darme.

Me dirigí a la sucursal bancaria y, después de esperar un poco, me hicieron pasar a una mesa donde pude realizar las gestiones necesarias para cancelar la deuda pendiente.

Después de aquello, no solo me habían quedado unos treinta mil euros de la cantidad recibida, sino que además contaba con algunos ahorros. Nunca había sido de gastar todo mi sueldo y las pagas extras apenas las tocaba, salvo para permitirme algún capricho de vez en cuando.

Seguía esperando la llamada de Ernesto, aunque no sabía a qué hora podría ponerse en contacto conmigo. Estaba liado con la venta y con su equipo organizándolo todo, así que decidí ir a casa de mis abuelos para comer. Mis padres llegarían después y aprovecharía para ponerlos al corriente de todo.

Y eso fue exactamente lo que hice. Durante la comida solté la bomba y conseguí dejarlos a todos de lo más sorprendidos.

Mis abuelos me apoyaron desde el primer momento y mis padres también.

A mi madre lo único que le preocupaba era el poco tiempo que Ernesto y yo llevábamos juntos y que hubiese dejado un trabajo estable de aquella manera.

No es que lo viera mal; en realidad, sentía una inquietud bastante parecida a la mía.

Pero, como ella misma decía, siempre podría buscar otro puesto si las cosas se torcían, algo que todos esperábamos que no ocurriera.

Ya no tenía deudas y sabía que siempre contaría con el apoyo de mi familia, así que lo mejor era pensar en positivo y disfrutar de aquella nueva etapa junto a Ernesto.

Lo que sí les dolió fue conocer la historia de sus padres adoptivos y todo lo que le habían hecho. Ninguno podía imaginar que detrás de Ernesto hubiese algo así.

En un principio iba a ser él quien se lo contara, pero finalmente decidimos que lo hiciera yo si veía antes a mi familia. Tampoco quería mantenerlos ajenos a una situación que iba a cambiar tantas cosas en mi vida.

Después de comer me dirigí al centro comercial porque había visto una chaqueta de nueva temporada que me había llamado mucho la atención y quería comprármela. Estaba bien de precio y me había parecido monísima en uno de esos vídeos que aparecen en redes sociales de chicas haciendo hauls de compras.

Entré en la tienda y la encontré casi de inmediato. Si ya me había gustado a través de la pantalla, en directo me pareció una pasada y solo costaba treinta y nueve euros.

Me la probé y terminó de convencerme. Era una cazadora marrón de lo más versátil y sabía que iba a darle muchísimo uso. Aproveché también para comprar un jersey beige que tenía un tacto increíble y una camiseta básica blanca de manga larga.

Empezaba a inquietarme que, a aquellas horas, todavía no hubiese recibido ningún mensaje de Ernesto, aunque al mismo tiempo entendía que debía de estar tremendamente ocupado.

Llegué a casa y, justo cuando estaba entrando, recibí un mensaje de Lorena. Decidí hacerle una videollamada para ponerla al día de todo y, como era de esperar, se quedó loca y aseguró que había dado el braguetazo del siglo.

No podía parar de reírme con sus gestos exagerados. No tenía remedio. Pero también se alegraba muchísimo por mí porque entre nosotras había un cariño mucho más grande que cualquier otra cosa.

A ella se la veía de lo más feliz con Marcello y estaba construyendo una historia que, por lo que me contaba, tenía toda la pinta de conseguir que se quedara en Italia mucho más tiempo del previsto. Y era normal. Cada uno tenía que vivir allí donde su corazón fuese feliz.

Me hizo prometerle que haría todo lo posible por ir a visitarla pronto con Ernesto y, después de colgar, guardé las compras y me metí en la ducha antes de ponerme cómoda.

Seguía deseando recibir algún mensaje o una llamada de mi chico, pero parecía que aquello se iba a hacer de rogar.

Para cenar me preparé un sándwich de jamón york y queso y me lo comí sentada en el sofá con una lata de refresco. A esas alturas, Ernesto llevaba ya varias horas sin aparecer en línea en WhatsApp y empecé a ponerme más nerviosa.

Cuando dieron las once de la noche, terminé escribiéndole.

Julia: Buenas noches, cariño. Espero que el día haya salido como esperabas. Te amo.

No obtuve respuesta y aquello consiguió inquietarme todavía más.