Por favor, ¡cásate conmigo! Capítulo 27
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Capítulo 27

Los amaneceres junto a Ernesto olían a felicidad y lo había echado muchísimo de menos durante aquellos días.

Lo abracé con fuerza y él sonrió antes de dejarme un beso en la frente.

—¿Un buen desayuno?

—Sí, por favor —sonreí.

Mía saltó sobre la cama y se colocó entre nosotros, repartiéndonos un montón de besos sin parar.

—Creo que te quiere más que a mí.

—No, pero sí que me ha cogido mucho cariño porque le doy mucha comida, ¿verdad? —le pregunté a Mía, que respondió moviendo el rabito.

—Voy preparando el desayuno. —Ernesto me dio un beso y se levantó.

Se metió en la ducha antes de vestirse. Habíamos dormido desnudos después de cerrar la noche por todo lo alto, con unas sábanas que habían sido testigos de la fuerte atracción que sentíamos el uno por el otro.

Como norma, o más bien imposición, no me dejaba ponerme nada para dormir porque decía que quería tenerme completamente desnuda a su lado y sentir el roce de mi piel. A mí me encantaba sentirme tan deseada.

Me levanté y fui al baño para ducharme. Mía me siguió y se sentó delante del plato de ducha a esperar pacientemente a que terminara.

Cuando salí a la terraza, donde Ernesto ya había preparado el desayuno, me lo encontré hablando por teléfono. Por lo que pude interpretar, era alguien de su equipo legal que le estaba comunicando novedades sobre la negociación con los inversores.

—Han aceptado de inmediato —me dijo al terminar la llamada.

—¿Sí?

—Mi equipo les envió la oferta ayer por la tarde y hace media hora han respondido al correo diciendo que quieren venir a España cuanto antes para cerrar el trato.

»Ya tenían todos los informes de la empresa desde hace tiempo y solo estaban esperando a que yo diera el paso una vez solucionado mi problema.

—Me da vértigo. Desde mi posición parece que está ocurriendo todo demasiado rápido, aunque entiendo que esto viene de meses atrás.

—Para ti es rápido. Para mí, todo este tiempo ha sido una eternidad.

—Lo entiendo.

—Alegra esa cara. Nos espera un futuro muy bonito.

—Estoy contenta por ti, pero créeme que todavía estoy en shock por cómo se ha desarrollado todo.

—Deberías estar contenta por los dos.

—Yo ya era feliz contigo en el norte sin saber todo lo que había detrás.

—Pues míralo como si nos hubiera tocado la lotería y ahora pudiéramos vivir una vida todavía más cómoda.

—Sí, claro. Como si nos hubiera tocado la lotería. —Me reí mientras negaba con la cabeza.

—Ve haciéndote a la idea de que el lunes ya no vas a la empresa a trabajar. Solo irás para despedirte de tus compañeros.

—¡Ernesto! Me va a dar un chungo y va a ser por tu culpa. ¿Cómo que ya no voy a trabajar?

—Todo es inminente. El mismo lunes dejaré preparado lo necesario para tu salida de la empresa y así, cuando entren los nuevos inversores, tú ya no tendrás ninguna vinculación laboral con ella.

—A mí me va a dar algo. De verdad que sí.

—No tienes que preocuparte por nada.

—Claro que no. Acabo de perder mi trabajo, pero estoy tranquilísima. —Apreté los dientes y cogí la taza, dispuesta a meterme una buena dosis de cafeína en el cuerpo.

—Piensa que el lunes tendrás pagado el préstamo y una oferta para un nuevo trabajo mucho más cómodo sobre la mesa.

—Ernesto…

—¿Qué? —preguntó entre risas.

—Nada, que esto es una locura. Pero vamos, me tiro a la piscina y, si está vacía, ya veré cómo salgo.

—Nadando conmigo. ¿Qué mejor plan que ese?

Desayunamos entre bromas y terminé riéndome hasta de mí misma. Era cierto que aquella nueva situación me ponía de los nervios, pero había tomado una decisión y quería confiar en que todo saldría bien.

Cuando recogimos la mesa, fuimos al mercado para comprar lo necesario y preparar una paella de marisco. Mía vino con nosotros.

Nos detuvimos delante de la pescadería y Ernesto tuvo que hacerme la misma pregunta un par de veces porque mi cabeza seguía en otro sitio.

Compramos langostinos, mejillones, almejas y chocos, más que suficiente para conseguir una buena base junto con las verduras. En casa tenía además una langosta que había dejado descongelando y que también pensábamos añadir a la paella.

Después pasamos por la frutería para comprar las verduras y aprovechamos para llevarnos una buena cantidad de fruta. Por último, entramos en la carnicería y compramos unas costillas de ternera troceadas para guisarlas al día siguiente.

Queríamos pasar todo el fin de semana en el ático, donde se estaba de maravilla y no nos faltaba ninguna comodidad, piscina incluida. Estábamos a principios de septiembre y todavía podíamos seguir disfrutando del verano.

De regreso, mientras paseábamos, entramos en un obrador donde compramos una telera de pan de leña y algunos dulces que se nos antojaron nada más verlos en la vitrina.

Me encantaba hacer ese tipo de cosas con Ernesto. Los dos disfrutábamos comprando productos para después meternos juntos en la cocina y preparar la comida. Además, él tenía muy buena mano y todo le quedaba espectacular.

Cuando llegamos a casa, yo me encargué de guardar la compra mientras Ernesto comenzaba a preparar la paella y a cortar los ingredientes. Sirvió dos copas de vino blanco y puso música de fondo.

Mía saltaba a nuestro alrededor reclamando alguna de sus chuches o un poco de comida.

Ella era así: a todas horas esperaba recibir alguna porción y, desde luego, a tragona no le ganaba nadie.

Aquella chiquitina se había convertido en muy poco tiempo en una parte importante de mi vida.

Me tenía completamente loca y no podía dejar de achucharla y besarla.

El fondo del arroz empezaba a oler que daba gloria y solo con aquello se me estaba despertando todo el apetito.

—Echa bastante arroz, que hoy caen dos platos —dije mientras le apretaba una nalga.

—Arroz para cuatro personas. —Giró la cara y me dio un beso en los labios.

En ese momento entró una videollamada de mi madre. La acepté y coloqué el teléfono de manera que pudiera ver la paellera.

—Mira, mamá, qué pedazo de pinta.

—Qué rico, hija.

—Este hombre cocina muy bien. ¿Sabes que le ha tocado la lotería? —pregunté en tono de broma.

La expresión de Ernesto era de estar conteniendo una carcajada.

—¿Cómo que le ha tocado la lotería? —preguntó mi madre con una risilla que dejaba claro que no se creía absolutamente nada.

—Sí, y me va a pagar el préstamo y voy a dejar el curro. —Apreté los dientes.

—¡Qué cosas tienes, hija! —Se echó a reír.

Obviamente, estaba bromeando a medias, y Ernesto negaba con la cabeza entre risas por la forma en que, de algún modo, le estaba soltando a mi madre parte de lo que había ocurrido.

—Que sí, mamá, que ya te explicaré. Paso a ser la asistente personal de Ernesto el millonario.

—Ah, mira, pues no suena mal —respondió siguiéndome la corriente porque continuaba sin creerse nada.

—Y todavía tiene que pedirme a gritos que me case con ella —intervino Ernesto.

—Hija, si resulta que ahora es millonario, yo no me lo pensaría mucho —bromeó mi madre sin ser consciente de la realidad.

—Pues mira, viéndolo así, al final voy a tener que pedírselo. —Me reí.

—Veo que estáis muy bien. Solo quería saludaros. Cualquier cosita, me llamáis, tortolitos.

—Vale, mamá. Esta semana voy a verte, que ya dejo el curro.

—Claro que sí, hija. Besitos.

Colgó sin haberse creído una palabra.

Nos echamos a reír a carcajadas. Había sido buenísimo, aunque más lo sería ver su cara cuando descubriera, unos días después, que detrás de mis bromas había mucha verdad.

La paella quedó espectacular y nos sentamos en la terraza para disfrutarla.

Por momentos iba siendo más consciente de todo lo que se me venía encima. Iba a dejar un trabajo que adoraba y en el que era feliz, pero había decidido apostar por una nueva etapa al lado de Ernesto.

Madre mía, cuando le contara a Lorena todo lo sucedido, se iba a quedar flipando. Aunque difícilmente tanto como yo, que todavía seguía asimilando todo lo que había descubierto desde que regresamos del viaje y aquella realidad sobre Ernesto que había tenido delante durante tanto tiempo sin verla.

Lo que más inquietud me producía era pensar en el lunes, cuando tendría que ir al departamento para despedirme de mis compañeros y formalizar mi salida de la empresa.

Empezaba a comprender de verdad aquella frase que decía que la vida podía cambiar drásticamente de un momento a otro. En mi caso había ocurrido así porque, ¿quién me habría dicho que, después de una decepción tan grande, mi vida iba a dar semejante giro en todos los sentidos?

Lo principal era que amaba a Ernesto y me sentía tan feliz a su lado que estaba dispuesta a apostar por aquella nueva vida. Y, en esa ocasión, estaba convencida de que no me arrepentiría de la decisión que acababa de tomar.