Capítulo 26
Llegamos a su casa y encontramos la mesa puesta en la terraza. Begoña lo había dejado todo preparado antes de marcharse unos minutos atrás.
Mía saltaba feliz al verme y correteaba de un lado para otro. Nos sentamos y Ernesto descorchó una botella de vino antes de servirnos dos copas.
—Y ahora ya puedo decir que me siento un hombre libre —dijo mientras hacía chocar su copa contra la mía.
—Quiero que me cuentes todo. Me has creado una necesidad —confesé con una risa nerviosa—. No me esperaba lo que ha pasado hoy ni que fueras a descubrir tus cartas tan pronto.
—Ayer por fin firmé todos los acuerdos y recuperé gran parte de lo que es mío. Necesitaba cerrar ya esta etapa. Mi padre creó la empresa en Alemania, donde vivió unos años antes de morir.
»Lo que menos podía imaginar era todo lo que acabaría ocurriendo por dejar en manos de esas personas el poder para gestionarlo todo hasta que yo alcanzara la mayoría de edad. Por poco me muero y todavía siguen gestionándolo —bromeó.
—Me alegro muchísimo.
—Les he dejado claro que, a partir de este momento, no quiero mantener ningún vínculo con ellos y que ni se les ocurra intentar acercarse a mí. Me voy a llevar muchos desprecios y muchas historias a la tumba, pero no se merecen que vuelva a mirarlos en lo que me queda de vida.
—Te entiendo.
—Estoy feliz, amor. Por fin cierro una etapa de varios años que han sido muy jodidos para mí.
—Me lo imagino.
—Ahora solo quiero quitarme la empresa de encima. Sé que mi verdadero padre la creó con muchísima ilusión, pero a mí me pesa demasiado y me ata todavía más.
»Aunque esté perfectamente gestionada por grandes equipos en todo el mundo, es una responsabilidad que no quiero asumir.
»Con el dinero que me paguen por ella no tendría vidas suficientes para gastarlo y prefiero administrar mi patrimonio con tranquilidad antes que seguir atado a algo que, de algún modo, también me ha hecho daño.
—Y estás en tu derecho.
—Tengo unos inversores interesados en comprarla desde hace mucho tiempo. Solo están esperando a que les dé el visto bueno y se quedarán con la empresa, manteniendo a los empleados de todas las sedes del mundo.
—Te recuerdo que todavía tengo un préstamo que pagar y no quiero perder mi puesto —dije con una risa nerviosa.
—Te necesito a mi lado. Quiero que trabajes para mí. —Me guiñó un ojo.
—¿Y si lo nuestro sale mal?
—¿Dudas de tus sentimientos?
—No. —Negué con la cabeza—. Pero ¿y si tú…?
—Ni se te ocurra hablar por mí. Ya te conté que te amo desde la primera vez que te vi. Quiero pasar el resto de mi vida a tu lado y te garantizo que, cuando entrego el corazón, lo hago para siempre.
—Entonces dime cómo lo haríamos, porque me preocupa el préstamo. Sé que, si pasara algo, mis padres y mis abuelos me ayudarían, pero no quiero depender de ellos.
—Cuando renuncies a tu puesto en la empresa, te daré una compensación con la que podrás terminar de pagar el préstamo y quedarte tranquila.
Acto seguido, te daré de alta en la sociedad que he creado y en la que tengo parte de mi patrimonio.
Además, vas a ganar mucho más… —Me apretó la mano por encima de la mesa.
—Me parece excesiva esa compensación.
—Nunca dudes de que te la mereces, ¿vale?
En realidad, tampoco me quedaba tanto por pagar. El préstamo lo había pedido para hacer la reforma y amueblar la casa, y ya había abonado aproximadamente la mitad. Aun así, todavía debía unos cuarenta mil euros y me parecía una barbaridad que Ernesto quisiera darme una cantidad así.
—Pero, si voy a trabajar para ti, no hace falta que me des más de lo que me corresponde.
—Es un regalo personal que quiero hacerte y no hay nada más que hablar. Igual que te regalé los productos de cosmética, el viaje y aquel importe que te ingresé para que me creyeras. —Carraspeó.
—Ernesto, pero ponte en mi lugar.
—Precisamente porque me pongo en tu lugar es por lo que me nace hacerlo. —Me acarició la mejilla—. Disfruta de la comida, que este finde es para nosotros.
—Por cierto, está riquísima la carne en salsa.
—Begoña cocina muy bien. Por eso la conservo —respondió con una sonrisa.
—Sigo en shock con todo lo que ha pasado hoy.
—Y tendrás que poner al día a tu familia.
—Sí, pero eso será la semana que viene, cuando los vea para comer.
—Quiero estar presente. —Carraspeó.
—Adelante. Y ya de paso se lo cuentas tú.
—No te creas que me voy a cortar un pelo. Les hago un resumen rápido y listo.
—Pues eso mismo. —Me reí—. ¿Cuándo quieres hacer lo de la venta de la empresa?
—Cuanto antes. Mi equipo legal ya tiene órdenes de poner las condiciones sobre la mesa de manera inmediata. No tengo ninguna duda de que las aceptarán.
—Al final me va a sentar mal la comida.
—Confía en mí, por favor. Siempre he estado de tu lado y necesito que tú estés ahora en el mío.
—Lo sé y, por supuesto, me tendrás. Pero entiende que todo esto me pone nerviosa. Son muchos cambios, cosas que no esperaba y que me han venido todas de golpe.
—Vamos a vivir juntos todos esos cambios.
—Sí, ya… —Me eché a reír nerviosa.
—Eres todo lo que necesito para ser feliz, Julia.
—Y me tienes, pero yo podría quedarme trabajando allí y seguir con nuestra historia. —Le hice una mueca burlona.
—Si te quedas allí, no la vendo. No quiero vivir sin ti. Entiendo que para ti nuestra historia empezó durante el viaje, pero para mí comenzó mucho antes, y no tenerte a mi lado no es una opción.
Su tono y la forma en que lo dijo me llenaron el alma. Sus palabras eran tan bonitas que consiguieron darme parte de la seguridad que necesitaba en aquel momento.
—Nos vamos, cariño. Los dos a una.
—Te amo. No lo dudes nunca.
—Que sea lo que Dios quiera.
—Vernos juntos. Eso es lo que quiere. —Volvió a acariciarme la mejilla.
—Otra copa, por favor —pedí después de beberme el vino de un trago.
—Todas las que quieras, mi vida.
Todo aquello era muy fuerte, pero también esperanzador. Me ponía en su lugar y entendía que quisiera cerrar aquel ciclo y necesitara darle un giro a su vida.
Quizá iba a cometer la mayor locura de la mía, pero quería arriesgarme, dejar mi puesto y cogerme de su mano para comenzar juntos una nueva etapa.
Quería acompañarlo durante aquella transición que él necesitaba y que, inevitablemente, también supondría una para mí.
Se merecía tomar por fin el rumbo por el que llevaba tantos años luchando y yo quería estar a su lado, sin ninguna duda.
Después de comer y disfrutar de una larga sobremesa charlando, nos tumbamos abrazados en el sofá, con Mía a nuestros pies reclamando también su parte de cariño.
Estar allí, tumbada en un sofá con Ernesto, era para mí un lujo mucho mayor que cualquiera de las cosas que pudiera poseer. Su alma se había fusionado con la mía y ambos habíamos demostrado que nuestra conexión iba mucho más allá de lo material y de cualquier riqueza.
No quería ni imaginar la reacción de mi familia cuando descubriera la verdad y todos los cambios que se avecinaban en mi vida.
Lo que sí tenía claro era que nos apoyarían y que se alegrarían de que Ernesto hubiera conseguido cerrar aquella etapa, aunque hasta entonces hubiesen sido completamente ajenos a todo lo ocurrido.
Lo amaba y, pasara lo que pasara, estaba dispuesta a jugármela por amor.