Por favor, ¡cásate conmigo! Capítulo 25
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Capítulo 25

La semana se me había hecho bastante larga porque, desde el lunes que pasamos la tarde juntos, Ernesto y yo solo nos habíamos visto por las mañanas en el trabajo.

Él había dedicado los días siguientes a reunirse con su equipo legal para avanzar con la recuperación de sus bienes. Yo, por mi parte, aproveché para comer un día con mis padres, otro en casa de mis abuelos y la tarde anterior la pasé reordenando algunas cosas en casa.

Aquel viernes me levanté feliz porque Ernesto iba a pasar a buscarme para ir juntos al trabajo y, cuando termináramos, nos marcharíamos a su ático para pasar el fin de semana.

También tenía muchísimas ganas de ver a Mía. Aquella perrita se había vuelto muy importante para mí, se había ganado todo mi cariño en muy poco tiempo.

Estaba terminándome el café cuando Ernesto me avisó de que ya estaba llegando. Cogí mi bolsa de fin de semana y salí de casa despidiéndome de ella hasta el domingo.

Su beso de buenos días era maravilloso, pero todavía lo era más aquella sonrisa tan bonita con la que me recibió y el brillo de unos ojos en los que habría querido perderme para siempre. Lo amaba con todo mi corazón.

Por el camino me contó que tenía muchas cosas que explicarme sobre las reuniones de aquellos días, pero que prefería hacerlo después, en su ático, acompañados de un buen vino y algo rico para comer.

Sonreí feliz. Me encantaba que quisiera mantenerme al tanto de todo lo que estaba ocurriendo y, sobre todo, saber que seguía queriéndome a su lado también durante su tiempo libre.

Pero aquel viernes no iba a pasar precisamente desapercibido porque, nada más cruzar las puertas de la empresa, ¿a que no sabéis con quién nos encontramos?

Pues sí. Con la mismísima Lola y su sonrisa diabólica.

—¿La ignoramos o le doy el día? —me preguntó Ernesto en voz baja, refiriéndose, obviamente, a soltarle algo que la jodiera.

—Dale el día. —Me salió del alma.

Su actitud era de lo más reprobable y, aunque yo no solía comportarme así ni quería hacerlo, aquella mujer estaba consiguiendo superarme.

—Buenos días, doña Lola. ¿Cómo lleva sus últimos días laborales en la empresa?

Me quedé en shock con lo que acababa de soltarle. Esperaba alguna pulla o incluso una advertencia, pero no algo así cuando prácticamente nadie conocía todavía el poder que realmente tenía.

—No eres más tonto porque no te has entrenado —respondió entre risas—. Estas dos… —Se señaló los pechos—. Estas dos te sacan a ti de la empresa antes de que me echen a mí.

Le guiñó un ojo y le lanzó un beso.

—Pobre ilusa… —murmuró Ernesto antes de cogerme de la mano y continuar caminando con una sonrisa de provocación.

Nos echamos a reír al entrar en el pasillo porque, definitivamente, aquella mujer estaba como una cabra.

—¿La vas a echar?

—Antes de que cante el próximo gallo. —Carraspeó mientras se apartaba para dejarme entrar primero en el departamento.

Notaba a Ernesto más seguro y mucho menos cohibido que hasta entonces, algo que me hizo pensar que durante aquella semana había ocurrido algo importante para que se mostrara así.

Serían aproximadamente las doce cuando, en uno de los momentos de calma del departamento, Lola irrumpió hecha una energúmena y se dirigió directamente hacia Ernesto.

—¡Tú, desgraciado! —gritó señalándolo con el dedo, consiguiendo que todos levantáramos la cabeza—. ¿Qué cojones has hecho para que me comuniquen mi despido?

Llevaba unos papeles en la mano y parecía fuera de sí.

—Cuidado con cómo te diriges a él, niñata —solté mientras me levantaba de golpe.

—¡Como me salga del coño!

—Ahí tenemos a la enchufada bajuna que no encaja con el perfil de la empresa —respondió Ernesto entre risas mientras aplaudía lentamente.

—¡Te voy a llevar a los tribunales competentes! —le gritó amenazándolo.

—A los incompetentes, muchacha. Porque no creo que un juzgado muy cuerdo te admita ninguna denuncia a trámite.

—¿Quién cojones te crees que eres? ¡No eres más que una mosca cojonera!

—Me presento. —Le tendió la mano, aunque ella ni siquiera hizo ademán de aceptarla—. Ernesto Palacios, dueño y, en estos momentos, socio único de la empresa. ¿Algún dato más que quieras saber?

Todos lo miraron con absoluta incredulidad y a mí se me subió la sangre a la cabeza ante lo que acababa de soltar mi chico.

—¡Ya quisieras tú, pobre desgraciado! Te voy a follar en los juzgados.

—Tú a mí no me follas ni aunque esté borracho y no me acuerde ni de mi apellido. Sal de aquí, recoge tus cosas y lárgate de mi empresa.

—¡Estás loco! No eres más que un pobre jefe de departamento con los humos subidos.

—No lo es —intervino Gavino, apareciendo por detrás de ella.

El mismo Gavino que la había metido en la empresa por enchufe.

—Desde ayer, todos los directivos y jefes de departamento tienen constancia de que Ernesto no era únicamente jefe de departamento, sino el propietario que ha permanecido en la sombra de toda la multinacional.

»Así que, por tu bien y para no dejar todavía más manchado tu historial laboral, será mejor que recojas tus cosas y aceptes el despido. De lo contrario, pondré sobre la mesa más motivos para justificarlo.

—¿Te has vendido como una puta? —le preguntó a Gavino con incredulidad.

—Nunca debí dar la cara por ti. Me amenazaste para conseguir el puesto y en aquel momento me pillaste en una situación complicada, pero no pienso dejarte pasar ni una más.

»Tengo pruebas de cómo has jodido a muchos compañeros. Sal de la empresa antes de que termines haciéndolo con una etiqueta que te cierre muchas puertas.

Las caras de incredulidad de mis compañeros eran para grabarlas. Yo ya conocía la verdad y la noticia no me había pillado por sorpresa, aunque reconocía que tampoco esperaba que Ernesto fuese a hacerla pública tan pronto.

—Ahora vete con Carlos —solté sin poder evitarlo y con una sonrisa de oreja a oreja—. Porque con este… —señalé a Ernesto— te garantizo que no vas a poder. Tienes tan poca clase como el otro. Y te lo repito: gracias por sacarlo de mi vida porque, como verás, he ganado en todos los sentidos.

—Este se va a reír de ti igual que lo hizo el otro.

—A ver si te piensas que todos somos de tu calaña —intervino Ernesto—. Vete de aquí. Ya nos has hecho perder bastante tiempo y has hecho suficiente el ridículo.

—Sal, por favor —le pidió Gavino.

—Os voy a dejar mal por todos lados. ¡No vais a vender ni un puto coche más!

La amenaza provocó las risas de todos. Desde luego, aquella mujer no sabía ni por dónde le daba el aire.

—Te estoy diciendo que te vayas. No provoques más porque puedes salir muy mal parada —le advirtió Gavino.

—¡Esa es una puta! —gritó señalándome—. ¡Y tú, un cabrón! —añadió apuntando después hacia Gavino.

—¡Al menos soy una puta de alto standing , gilipollas! —le grité, provocando otra carcajada general.

Si es que lo mejor era tomarse aquello a risa. Al fin y al cabo, ella solita se había quitado la máscara y había terminado quedando bastante peor de lo que habría podido imaginar. Además, estaba despedida y ya no tendría que volver a verla por la empresa.

—Y ahora, todos a trabajar si no queréis enfadar al jefe supremo —anunció Ernesto, refiriéndose a sí mismo.

—¡Nos has dejado muertos! ¿En serio? ¿Eres el dueño de la multinacional? —preguntó Eduardo.

—Para que veas que no todos los jefazos vamos con aires por la vida. —Le guiñó un ojo.

—El puto amo —soltó Daniela mientras negaba con la cabeza y se reía.

—Que conste que cuando me fui de vacaciones yo no sabía absolutamente nada… —dije en mi defensa.

—Pídele a gritos que se case contigo o se lo pido yo —bromeó Juan, provocando otra carcajada general.

—Creo que se lo vamos a pedir todos —intervino Martina.

—Sois todos una panda de convenidos —respondió Ernesto entre risas.

—Yo no. A mí no me metas en el ajo —protesté, riéndome también.

—Cariño, tú estás en cuarentena hasta que me pidas a gritos que me case contigo. —Me guiñó un ojo.