Por favor, ¡cásate conmigo! Capítulo 24
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Capítulo 24

Si la noche anterior me había costado conciliar el sueño sin Ernesto a mi lado, despertarme de la misma forma resultó todavía más extraño.

¡Cómo lo echaba de menos!

Tenía un mensaje suyo en el móvil dándome los buenos días y diciéndome que me quería muchísimo. Le respondí confesándole cuánto lo había echado de menos y que lo amaba con todo mi corazón.

Me hacía gracia pensar que regresaba al trabajo de una manera muy diferente a como me había marchado antes de las vacaciones. Y no solo por mi relación con Ernesto, sino porque lo hacía conociendo un secreto del que prácticamente nadie estaba al tanto.

Me tomaba el café delante del espejo del baño mientras me maquillaba, intentando conseguir un efecto glow en la piel. Estaba motivadísima, aunque a la vez un poco tristona porque había terminado un mes que, sin ninguna duda, había sido el mejor de mi vida. Tal cual.

Solo me quedaba preguntarme qué me tendría preparado el destino a partir de entonces…

Durante el trayecto hasta la empresa fui escuchando en el coche un par de canciones que se habían convertido en parte de nosotros y de nuestro viaje.

Al llegar, y como si la vida quisiera poner un poco de movida en mi primer día, la primera persona con la que me encontré fue Lola, que se quedó mirándome con bastante descaro.

—¿Qué pasa? —le pregunté en un tono poco amigable.

—Llevas muy mal ser la cornuda de la empresa —respondió con una sonrisa irónica.

Juro por mi vida que en ese momento me esperaba cualquier cosa menos aquella contestación.

—Ya veo que te has encargado tú solita de quitarte la máscara.

Mientras tú ves a una cornuda, yo veo a una mujer que se ha librado de tener a su lado a un hombre que no estaba a su altura.

Gracias, bonita. Te debo una. —Le guiñé un ojo y seguí mi camino, repitiéndome que no iba a permitir que aquello me afectara.

—Y ahora iré a por el otro, «guapa».

Aquel «guapa» sonó de todo menos amable, pero fue lo anterior lo que consiguió que me detuviera.

Me giré, le dediqué mi mejor sonrisa y levanté el dedo corazón antes de continuar caminando.

Como si «el otro» no supiera perfectamente de qué iba aquella mujer. Y no solo eso: ese hombre al que pretendía conquistar podía ponerla de patitas en la calle en un santiamén.

Al entrar en mi departamento, lo primero que escuché fue la voz de Ernesto.

—Aquí viene el amor de mi vida. ¿A que es bonita?

Lo dijo lo bastante alto para que todos lo escucharan y varios sonrieron. A saber qué les habría contado durante mi ausencia o de qué se habrían enterado ya.

—Buenos días —saludé con una sonrisa dirigida a todos.

Ernesto se acercó y me dio un beso en la mejilla. Aproveché para contarle en voz baja lo que acababa de ocurrir con Lola y, por la expresión que puso, no pareció hacerle ni la menor gracia.

—Deja eso en mis manos. Si quiere guerra, la va a tener, pero con emboscada incluida —respondió también en voz baja antes de guiñarme un ojo.

—Bueno, no te lo he contado para que hagas nada. Solo quería que estuvieras al tanto.

—No me voy a quedar de brazos cruzados, pero sé cómo hacer las cosas. Dejaré que coja confianza y, cuando llegue el momento, todo la pillará desprevenida. Ya hablaremos tranquilos a la salida. He reservado en un restaurante de la avenida.

—Gracias —sonreí, feliz al comprobar que seguía haciendo planes conmigo incluso después de haber terminado las vacaciones.

—Gracias a ti por convertirte en la razón que necesitaba para sentirme más vivo.

La mañana de trabajo resultó de lo más animada a pesar del encontronazo inicial. Ernesto estaba pletórico, haciendo de las suyas y consiguiendo que todo el departamento acabara a carcajadas.

Obviamente, ya se había encargado de dejarles claro que yo terminaría pidiéndole a gritos que se casara conmigo.

Hugo incluso organizó una apuesta en la que todos participaron para decidir si aquello acabaría ocurriendo o no.

La mayoría apostó a que no; otros, a que sí, y algunos fueron todavía más lejos y aseguraron que ni siquiera duraríamos porque a Ernesto ninguna relación le había aguantado medio año.

Después de una mañana así de divertida, terminó la jornada laboral. Primero fuimos hasta mi casa para dejar mi coche y después me subí al suyo. Ernesto lo dejó en el aparcamiento de su edificio, ya que el restaurante estaba a pocos pasos.

—Así que esa hija de puta te ha dicho que va a ir a por mí —murmuró con una sonrisa mientras levantaba la copa de vino.

—No tiene vergüenza.

—Ninguna. Se cree que porque se gaste todo el sueldo en cirugías estéticas puede conquistar a cualquier hombre.

—Lo de los labios se le ha ido un poco de las manos —comenté con una risilla, a pesar de que jamás había sido de meterme con nadie por su aspecto físico. Pero a ella la tenía atravesada.

—Entró por enchufe en la empresa —me confesó—. La metió Gavino, del departamento Financiero, por un favor que le pidió alguien muy cercano.

—Vaya, con razón está tan subidita.

—Pero ya me encargaré de que sea él mismo quien tenga que despedirla. —Me guiñó un ojo—. Aunque todo será a su debido momento.

»Sigo en negociaciones con «mis padres» y, hasta que no consiga dejarlo todo cerrado, no quiero montar ningún follón importante porque después vendrán muchos cambios.

—Me dijiste que ya tenías el control de la empresa.

—Y lo tengo, pero no quiero más problemas hasta que termine de recuperar todo lo que me pertenece y pueda cerrar definitivamente ese episodio.

—Te entiendo.

—Y no te preocupes por Lola. Esa va a salir por la puerta grande.

—Sinceramente, no te estoy pidiendo que la eches. Solo te lo he contado por lo que me ha dicho.

—No quiero a alguien así en mi empresa. —Me guiñó un ojo—. Es más, voy a confesarte algo que no te esperas…

—No estoy para más sustos. —Di un trago a la copa y sonreí de lado.

—Mi intención es vender la empresa en cuanto tenga todo mi patrimonio en orden.

—¿Me vas a dejar sin curro? —pregunté abriendo los ojos de par en par.

—Tienes dos opciones: seguir trabajando para quien la compre, porque la venta incluirá a toda la plantilla, o venirte conmigo para ayudarme a gestionar mi patrimonio.

»Tengo muchos proyectos en mente y necesitaré una mano derecha. Además, trabajarías desde la tranquilidad de mi despacho en casa.

—Sí, claro. Y luego, cuando te canses de mí, me das dos patadas.

—Tendrás un buen contrato blindado. —Me guiñó un ojo—. Pero de eso hablaremos cuando llegue el momento. Antes estoy seguro de que me pedirás a gritos que me case contigo.

—Y dale con el tema. —Me eché a reír.

—No te preocupes por nada. Todo saldrá bien con la empresa y también con nuestro futuro.

—Me quedan cinco años de préstamo —dije mientras me santiguaba.

Los dos nos echamos a reír y me aparté un poco de la mesa cuando llegó el camarero con nuestros solomillos al roquefort acompañados de patatas panaderas. Tenían una pinta increíble y a mí ya me crujía el estómago del hambre.

Con Ernesto sentía paz, ilusión y esa emoción que solo aparece cuando el corazón está contento de verdad y los sentimientos atraviesan uno de sus mejores momentos.

Después de comer fuimos a pasear por la avenida y entramos en una tienda de relojes de firmas bastante caras, donde terminó comprando uno para él y otro para mí a pesar de todas mis protestas.

Si algo tenía Ernesto era que resultaba tremendamente generoso y siempre intentaba ponerme por delante. No necesitaba ninguno de aquellos regalos porque ya me tenía completamente a sus pies desde mucho antes de que supiera todo lo que poseía.

Pasamos el resto de la tarde juntos, paseando y haciendo algunas compras, y terminamos cenando en un restaurante asiático. Después regresé a casa en taxi y Ernesto continuó en el mismo hasta la suya.