Por favor, ¡cásate conmigo! Capítulo 23
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Capítulo 23

Era domingo y el último día que amanecíamos en el yate, ya que regresábamos a tierra firme para afrontar, a partir del día siguiente, la vuelta al trabajo.

Habían sido pocos días, pero intensos, en los que disfrutamos del relax de los baños en el mar y en la piscina, además de esos ratos en cubierta en los que charlábamos durante horas sin estar pendientes del tiempo.

Ernesto no solo se había sincerado conmigo sobre muchas cuestiones personales y se había abierto en canal desvelándome cosas que jamás se me habrían pasado por la cabeza, sino que también me había demostrado que yo le importaba y que quería tenerme en su vida para siempre. Así mismo me lo había dicho.

Nos esperaba el desayuno en cubierta y pensábamos disfrutarlo con tranquilidad. Mía ya reclamaba nuestra atención para que nos levantásemos y, de paso, le tocara a ella su ración.

Aquel día nuestras vidas volverían a separarse de algún modo, porque yo regresaría a mi casa y él a la suya.

Sabía que iba a echar de menos tenerlo en mi cama al acostarme y al despertarme, pero las vacaciones habían terminado y nuestra relación continuaría como la de cualquier pareja que acababa de empezar.

—Me vas a echar mucho de menos esta noche —me dijo cuando ya estábamos sentados a la mesa.

—Sí, eso estaba pensando —confesé con una sonrisa que hasta yo misma noté tierna.

—Pronto me pedirás que nos casemos y ahí empezará a dar todo un giro.

—Pues, si depende de eso, vamos a pasar más tiempo separados que juntos —bromeé.

—Ya verás como no. —Me guiñó un ojo con aquella seguridad tan suya.

«Me vas a pedir a gritos que me case contigo». Aquella frase se había convertido en la reina indiscutible de todo el viaje. Habría sido imposible calcular la cantidad de veces que me la había repetido.

Cuando llegó la hora de desembarcar, miré hacia atrás desde el coche para observar el yate y sonreí. ¿Quién me habría dicho durante aquel viaje por el norte que Ernesto guardaba tantísimas cosas sobre su vida?

Lo que sí tenía claro era que todo aquel patrimonio estaba ligado a una historia de secretos y sufrimiento que lo había llevado a encontrarse con una realidad bastante dura.

Nos dirigimos a mi casa y Mía entró cotilleándolo todo sin dejar de mover el rabito. A ella también iba a echarla de menos porque se había creado algo muy bonito entre las dos.

Ernesto iba a preparar pasta para comer y después se marcharía con Mía.

Tenía algunas cosas de trabajo que quería dejar listas antes de reincorporarse al día siguiente y yo todavía alucinaba al pensar en cómo llevaba tantos asuntos desde la distancia sin dar ninguna pista en los departamentos sobre quién era en realidad.

Se metió directamente en la cocina y comenzó a sacar todo lo necesario mientras yo ponía una lavadora con mi ropa y recogía las cosas que había traído en la bolsa.

—Te voy a hacer los mejores espaguetis a la carbonara del mundo.

—Venga, deseando estoy probarlos.

—Paciencia, amore , que estoy empezando a fuego lento. —Me pellizcó el culo.

—Con el buen desayuno que nos hemos metido y ya tengo hambre.

—Bueno, eso fue hace rato. Pero vamos, que tienes tan buen apetito como yo.

—Este mes hemos comido de todo, pero con el marisco nos hemos pasado. Ha debido de subirnos hasta el ácido úrico.

—Seguro que no. —Carraspeó, me miró y acto seguido me dedicó uno de sus guiños—. Por cierto, ¿con ganas de volver al trabajo?

—No me queda otra. —Le hice una mueca burlona—. Pero sí, ya sabes que estoy cómoda en mi puesto.

—Y, si algún día no lo estás, solo tienes que decírmelo y te cambio al departamento que quieras.

—Quita, quita. Además, desde donde estoy te vigilo mejor. —Carraspeé.

—Me encanta que lo hagas. ¿Hay algo más bonito que tener cerca a mi futura mujer?

—Bueno, eso lo dirá el tiempo. Lo mismo terminas de mí hasta las narices. Aunque tienes libertad para moverte por los departamentos que quieras.

—O sea, que me movería yo y no te movería a ti.

—Obvio. A mí me dejas donde estoy —respondí entre risas.

—Encima exigiendo. Te me estás subiendo a la chepa.

—Ya sabes lo que hacen las confianzas.

—Y tener información de primera mano.

—Mira, con eso no había contado. —Le saqué la lengua.

Nos echamos a reír y, entre una cosa y otra, no atinábamos ni a abrir las latas de refresco que había sacado para los dos.

La pasta iba cogiendo una pinta brutal. Además, Ernesto estaba preparando la carbonara con yema de huevo, queso curado y un poco de agua de la cocción, como se hacía realmente en Italia, y no con nata.

Nos sentamos a la mesa y a Mía le preparamos un platito con un poco de pienso y unas salchichas cortadas en trocitos.

Daba saltos de emoción, aunque la muy lista también pedía de nuestra comida.

Entre un poquito que le daba Ernesto, otro que le daba yo y vuelta a empezar, terminó poniéndose las botas.

Antes de marcharse, Ernesto me dijo algo que me alegró el alma.

—Esto es el comienzo de algo muy bonito y con futuro. Te quiero.

—Yo también te quiero, Ernesto.

Cuando cerré la puerta tras ellos, sentí un vacío casi instantáneo. Era una sensación diferente, incluso esperanzadora, pero no por eso dejaba de hacerse notar.

Ya lo echaba de menos.

Me di una ducha, me puse el pijama y preparé un té antes de sentarme en el sofá para hacer una videollamada a mi amiga Lorena.

Durante aquel mes la había mantenido al tanto por mensajes de todo lo que estaba ocurriendo entre Ernesto y yo, pero obviamente no pensaba contarle su secreto.

Hasta que él decidiera hacerlo público, no saldría de mi boca ni siquiera para compartirlo con mi familia.

—Contigo quería yo hablar —soltó en cuanto aceptó la videollamada.

—Buenas tardes, preciosa —respondí entre risas.

—Anoche tuve una velada de esas que todavía me tienen temblando.

—¿Te acostaste con alguien?

—Digamos que sí.

—¡No me lo puedo creer! Cuenta, cuenta. Espero que haya sido con ese que te hace suspirar tanto, porque, si no, me llevo un chasco.

—Efectivamente, con Marcello, ese compi que me trae por la calle de la amargura.

—¿Y cómo fue eso?

—Ya sabes que en la oficina siempre estamos con las indirectas. Pues ayer me dijo que me iba a invitar a cenar. No me lo preguntó, lo dio por hecho.

—Toma ya. —Me reí.

—Fuimos a un restaurante buenísimo en el que había reservado una mesa y, ya sabes, entre vino y vino se nos fueron la lengua, el tonteo y la vida. —Soltó una carcajada—. Terminamos comiéndonos el postre humano en su apartamento.

—¡Qué fuerte!

—Me quedé allí a dormir y esta mañana me preparó uno de esos desayunos hechos con mucho amor. No me quedé a comer porque, para desgracia suya, según sus propias palabras, tenía una comida familiar. Pero, nena, creo que está muy pillado por mí.

—Entonces es recíproco.

—Sí, creo que sí. Casi estoy segura. Ya sabes que desde que llegué hubo mucha química entre nosotros y no ha parado de tirarme la caña.

—Hasta que te la ha dado.

—Efectivamente. Es pura magia en la cama. No veas cómo me hizo sentir —suspiró.

—Te entiendo.

—Normal, te estás tirando al jefe de tu departamento.

—Bueno, entre nosotros ya está pasando algo bonito —sonreí.

—¿Quién te iba a decir que terminarías enganchada a Ernesto?

—Nadie. En la vida habría podido imaginarlo y, sin embargo, es lo más bonito que me ha pasado.

—Si es que el amor llega por donde menos se espera.

—Y bueno, entonces veo que estás feliz.

—Sí, Julia. Marcello me gusta muchísimo y, después de lo que vivimos anoche, me ha dejado en una nube de la que no consigo bajarme. Solo con pensar en él ya siento un cosquilleo en el estómago.

—¡Qué guay! —dije emocionada—. Al final te veo quedándote a vivir en Italia.

—Pues oye, no me importaría. —Se puso las manos debajo de la barbilla para hacerse la angelita—. Así tienes una excusa para venir a verme y nos ponemos ciegas a pasta y pizza . Y, por cierto, ¿por qué no te animas a venir un finde con Ernesto?

—Siempre se lo puedo proponer.

—Esa sonrisilla de enamorada que llevas no tiene precio.

—Ni la tuya.

Las dos nos echamos a reír.