Por favor, ¡cásate conmigo! Capítulo 22
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Capítulo 22

Nos habíamos despertado después de dormir una siesta en el camarote, con Mía acomodada a nuestros pies.

La paella, el vino y, sobre todo, la confesión de Ernesto me habían dejado una sensación de lo más extraña. Era el gran jefe de la empresa y aquello no resultaba precisamente fácil de digerir.

Era cierto que, tratándose de una multinacional formada por varias sociedades, podía resultar muy complicado saber quién estaba realmente detrás si los propietarios querían mantenerlo alejado de la imagen pública.

Obviamente, aquello no podía ocultarse a Hacienda ni a las administraciones correspondientes, pero sí al resto de la gente, sobre todo cuando había directivos y administradores que eran quienes daban la cara por la empresa.

El caso era que tenía a un multimillonario tumbado en mi cama, con el que acababa de pasar unas vacaciones que no habían tenido absolutamente nada que ver con la vida que yo asociaba a alguien con semejante patrimonio.

Pero Ernesto siempre había sido discreto y nunca había aparentado tener más de lo que mostraba.

Lo abracé porque necesitaba aferrarme a ese Ernesto del que me había enamorado durante un viaje que se quedaría para siempre en mi corazón. Al hombre al que ya amaba con todas mis fuerzas.

Y había algo de lo que me alegraba: haber descubierto todo aquello después. Así nunca podría pensar que me había acercado a él por interés ni verme como una aprovechada.

—Buenas tardes, mi preciosidad —sonrió mientras me devolvía el abrazo—. ¿Un cafelito y un bañito en el mar?

—Me apunto —respondí con una sonrisa.

—No quiero que te comas el coco por nada. Todo seguirá igual de bien.

—Vale.

Pronuncié aquel «vale» con una sonrisa que ni siquiera sentía del todo mía, porque la realidad era que me inquietaba saber que él tenía tanto. No habría sabido explicar exactamente por qué, pero de repente me sentía un poco fuera de lugar.

Subimos a cubierta, donde nos sirvieron café acompañado de unas pastas. Mía no se separaba de mí y, después de terminar, Ernesto y yo bajamos al agua para darnos un baño. El mar estaba de lo más apetecible.

Mía nos observaba desde el borde del barco, junto a las escaleras, moviéndose nerviosa de un lado para otro porque quería tirarse, aunque no terminaba de atreverse pese a que Ernesto la animaba. Hasta que, en una de esas, saltó al agua y nadó directamente hacia sus brazos.

Nos echamos a reír mientras la acariciábamos y, una vez confiada, comenzó a nadar alrededor de nosotros. El mar estaba completamente tranquilo y el yate permanecía detenido frente a una cala, así que la dejamos juguetear un rato antes de volver a subir a bordo, donde nos esperaban dos gin-tonics .

Todo había cambiado mucho desde que comenzamos aquel viaje. Demasiado, al menos desde mi punto de vista. Ernesto, en cambio, parecía estar acostumbrado a moverse entre mundos completamente distintos.

Y, según sus propias palabras, todavía me quedaba mucho por descubrir.

Intenté sacar todas aquellas ideas de mi cabeza porque, si continuaba dándoles vueltas, iba a volverme loca. Yo quería seguir disfrutando de Ernesto, de aquella persona maravillosa que había conocido hasta entonces, sin importarme cuánto dinero o cuántas propiedades tuviera.

Después del segundo gin-tonic , la risa volvía a salirme con naturalidad y empezaba a sentirme tan bromista como durante todo aquel mes de agosto a su lado.

—Ahora entiendo que no quisieras cobrarme nada del viaje y que te diera igual gastarte ese dinero en la tienda de cosmética —dije entre risas mientras alzaba la copa.

—Y te he regalado mil doscientos euros de complemento por ser mi mujer de compañía.

—¿Cómo que tu mujer de compañía?

Le lancé el paquete de tabaco a la frente y él estalló en carcajadas.

—Hasta que no me pidas a gritos que me case contigo, te consideraré como tal.

—¿Y me vas a dar todos los meses ese suplemento? Porque lo mismo no me conviene que te conviertas en mi prometido —bromeé, riéndome todavía más.

—No lo querrás. Preferirás convertirme en tu esposo. Además, fingiremos ser dos trabajadores normales mientras vivimos una vida preciosa.

—¿Qué pasa? ¿Que si no fueras el dueño no podríamos tener una vida preciosa?

—A este nivel, no.

—Te recuerdo que fui igual de feliz en una cabaña de madera dentro de un camping en Galicia. —Le hice una mueca burlona.

—Pero no me digas que poder permitirnos ciertos lujos tampoco está bien.

—Bueno, siempre podríamos haber ahorrado para alquilar un yate un fin de semana.

—Y un ático, claro —respondió con ironía—. ¿Sabes cuánto cuesta alquilar este yate un fin de semana?

—No. Dímelo tú.

—Por día ronda los quince mil euros.

—Ya… —Solté una carcajada.

Aquel era uno de esos yates que incluso tenían solárium en la parte superior y conseguían dejar perplejo a cualquiera que los viera pasar.

—Te has quedado sin palabras.

—Simplemente estaba pensando que, si no pudiéramos alquilar uno como este, siempre nos quedaría una barca de pedales, como a la mayoría de los mortales.

—Igualito, vamos. —Soltó otra carcajada—. No me quiero ni imaginar cuando veas mi avión privado.

—Ernesto, para. —Lo señalé con un dedo, empezando a temer que sus palabras pudieran ser ciertas.

—O mi casa en la isla griega de Mykonos.

—¿Y no tienes también un palacio? —pregunté siguiendo la broma.

—Bueno, tengo una mansión en el centro de París con terraza y vistas a la Torre Eiffel.

—Dime que estás de coña.

—¿Nunca has estado en Bali?

—¿También tienes una villa allí? —pregunté irónicamente.

—Con vistas a los arrozales.

Por aquella risita suya ya no sabía si me estaba tomando el pelo o si realmente poseía todo lo que acababa de enumerar.

—Ernesto, por favor. Te juro que ya no sé si creerte, pero me estás poniendo de los nervios.

—¿Y por qué debería molestarte que tuviera propiedades por todo el mundo?

—No es eso. Es que no me cuadraría nada. Bueno, en realidad ya no me cuadra nada, ¿para qué te voy a engañar?

—Muchas de esas propiedades todavía están en poder de «mis padres». —Marcó las comillas con los dedos.

—¿Por qué haces ese gesto cada vez que te refieres a ellos?

—Porque no los considero como tales.

—Pero son tus padres, te gusten o no.

—Hoy en día cualquiera puede hacerse llamar padre.

—Sean mejores o peores, son los que te han tocado.

—Y nunca mejor dicho. —Se echó a reír.

—Creo que hay muchísimo detrás de tus palabras y no sé si debería darme miedo descubrirlo.

—Hay demasiado, pero a cada uno le toca vivir la vida que le toca.

—Imagino que gracias a ellos tienes todo este imperio.

—Bueno, digamos que ellos tuvieron más suerte que yo…

—Tus respuestas son muy ambiguas.

Ernesto dio un trago a su copa antes de hablar.

—Mis padres biológicos fallecieron cuando yo tenía dos años.

Acababa de soltarme otra bomba, esta vez con el tercer gin-tonic delante, y me quedé completamente en silencio.

—Lo siento.

—Tranquila. Lo que más me duele es que confiaran precisamente en esos dos energúmenos para que se hicieran cargo de mí y administraran todo hasta que alcanzara la mayoría de edad. Algo de lo que, por cierto, supieron aprovecharse bastante bien.

—Entonces no son tus padres.

—Legalmente, sí. Me adoptaron por deseo expreso de mis padres biológicos, que habían dejado establecido en testamento que, si les ocurría algo, ellos se ocuparían legalmente de mí y de todo lo relacionado conmigo.

—Y no han sido precisamente justos contigo.

—Ni justos, ni honestos, ni buenas personas. Estoy en litigio con ellos.

—¿Los tienes demandados?

—Así es.

—Lo siento.

—Tranquila. Es algo que he aprendido a manejar para que no me afecte demasiado.

—Pero sigues hablando con ellos.

—Lo mínimo. Por ahora intentamos mantener una relación cordial. Yo tengo a mi equipo legal trabajando en todo y ellos aparentan colaborar, aunque nunca terminan de ser del todo claros.

—Entonces siempre supiste que eras adoptado.

—No. Lo descubrí hace cinco años.

—Me dejas helada.

—Se suponía que, al alcanzar la mayoría de edad, debían entregarme el ochenta por ciento de todo. Pero, claro, eso no les convenía. Durante años pensé que aquella fortuna les pertenecía y me sentía agradecido por todo lo que me daban.

»Cuando en realidad no eran más que migajas de un patrimonio que habían ido moviendo entre empresas para intentar quedarse con la mayor parte.

—Qué fuerte.

—La empresa pertenecía originalmente a mis padres biológicos y, utilizando los beneficios que generaba, ellos fueron creando sus propias sociedades e intentando sacar patrimonio de una estructura para llevarlo a otra.

»Es un lío enorme, pero estamos llegando hasta el final para recuperar todo lo que me pertenece. Hasta hace aproximadamente un año no había tenido ni voz ni voto en Macar-eins, pero conseguí recuperar completamente el control.

»También he ido recuperando propiedades que me cedían poco a poco para evitar que descubriese lo que habían hecho. Mis padres tenían patrimonio repartido por todo el mundo. Algunas propiedades las estoy vendiendo y otras las mantengo hasta decidir qué quiero hacer con ellas.

—Qué asco de dinero.

—Más bien de personas que no se conforman con lo mucho que ya tienen e intentan quedarse también con lo de los demás. De todas formas, te lo estoy contando grosso modo porque todo es muchísimo más complejo.

»Precisamente por eso todavía no quiero que se sepa nada dentro de la empresa. Cuando todo termine, obviamente asumiré el mando públicamente.

—¿Y cómo terminaste trabajando en nuestro departamento?

—Era una de las reglas que me impusieron mis padres. Supuestamente querían que me ganara mi sueldo y fuera escalando dentro de la empresa, aunque en realidad lo que no querían era verme demasiado arriba.

»Me mantenían conforme dándome propiedades que ya eran mías y pagándome un salario mucho mayor de lo que nadie sabía. Obviamente, no cobraba lo que tú creías.

—Ya me lo imagino.

—Todo está en manos de quienes mejor pueden solucionarlo. Yo solo quiero vivir tranquilo y hacerlo junto a ti, porque no me cabe la menor duda de que terminarás pidiéndome a gritos que me case contigo.

Solté una carcajada.

En el fondo me daba pena que estuviera pasando por algo así y, sobre todo, que durante tantos años hubiese tenido que vivirlo prácticamente en soledad.