Por favor, ¡cásate conmigo! Capítulo 21
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Capítulo 21

Habíamos acomodado todo en el camarote, que era tan impresionante como el resto del megayate. Lo peor era aquella sensación extraña de que había algo que se me escapaba y que no iba a desaparecer hasta que Ernesto cantase de una vez.

Me puse el bikini y me até un pareo a la cintura. El barco ya había comenzado a navegar y Mía iba de un lado para otro como si estuviera más que acostumbrada a estar allí.

—Cambia esa cara, que no he robado el yate.

—Bueno, a saber de dónde salió el dinero —dije en un tono bastante serio que a él le provocó una carcajada.

—Lo hablamos todo con la paella que nos están preparando y un buen vino.

—Sería lo ideal, vamos, digo yo. —Ladeé la cabeza.

—No te preocupes por nada.

—Ya veremos si tu versión me convence.

—Anda, vamos. —Estiró la mano para que saliéramos del camarote.

Llegamos a la cubierta y, sobre la mesa, nos esperaban el vino en su cubitera, las copas y una bandeja con varios tipos de queso rodeados de frutos secos. El barco navegaba con tanta suavidad que apenas se notaba el movimiento gracias a los estabilizadores.

Nos acomodamos en los sofás que rodeaban la mesa y que, por supuesto, no podían ser más cómodos. Aunque ya no sabía ni de qué me extrañaba.

—Soy tu jefe.

—Lo sé, ¿y? —pregunté.

—No me has entendido.

—Pues explícate.

—Soy el dueño de Macar-eins a nivel global.

—Sí, hombre —resoplé entre risas.

—A ver, querías saber de dónde sale el dinero del yate, del ático…

—Ernesto, si vas a empezar a bromear, prefiero no escuchar ninguna versión.

—No estoy bromeando. Soy el dueño de la empresa.

—Es una multinacional alemana y los dueños son alemanes.

—Efectivamente. La empresa nació en Alemania y ese es su origen.

—Ernesto… —resoplé y di un trago a la copa—. Venga, imagina que te lo compro. ¿Qué haces de jefe de equipo de un solo departamento?

—Estrategia personal.

—Explica eso, porque sigo sin creerme nada.

—Escúchame atentamente, Julia. —Su tono se volvió más serio—. No te estoy mintiendo y eres la primera persona de la empresa que conoce mi relación con ella, aparte del jefe de Administración, Jason.

—Dame una prueba —le pedí mirándolo sin titubear.

—¿La quieres?

—Sí.

—Está bien. ¿Y dejarás de retarme?

—No te estoy retando.

—Me estás poniendo en entredicho.

—No es eso. Es que, después de varios años trabajando contigo como un compañero más, vas y me sueltas que eres el dueño de la empresa. ¿Cómo quieres que me lo tome? —Solté una risa cargada de incredulidad.

Me sostuvo la mirada con una sonrisa de reto y levantó el teléfono.

—Hola, Jason. Necesito que hagas algo un momento. Se trata de la empleada Julia Oneto. Quiero que le ingreses un incentivo inmediato de mil doscientos euros.

—No, no —protesté con una risa tonta, aunque seguía sin creérmelo.

—Claro, luego se lo incluyes en la nómina como complemento —le indicó a Jason.

Continuaron hablando unos instantes y, de repente, me saltó una notificación del banco. Acababa de recibir un ingreso procedente de la empresa por valor de mil doscientos euros y, como concepto, figuraba «Complemento de nómina».

Me quedé blanca mientras Ernesto se despedía de Jason y le daba las gracias.

—¿Necesitas alguna prueba más? Porque imagino que un simple jefe de equipo no tiene poder para llamar al administrador de la empresa y pedirle que, por toda la cara, le ingrese un complemento de nómina a una trabajadora.

—¿Quién eres? —pregunté todavía en shock .

—Tu jefe y el de todos los que trabajan en cualquiera de las sedes de la multinacional.

—¿Y por qué no me lo habías dicho?

—Por la misma razón por la que no se lo he dicho a nadie. ¿No entiendes eso?

—Sí, ya, pero, joder, ¿cómo es posible que ocultes algo así durante tanto tiempo?

—Como si no quiero salir a la palestra nunca —sonrió.

—Imagino que eres el hijo de los dueños.

—Ahí sí que hay una historia bastante más compleja. ¿Puedo contártela otro día o tiene que ser ahora?

Los dos nos reímos.

—Me acabas de mandar un complemento que no me pertenece.

—Ya sabes, puedes irte a tu tienda favorita de cosmética y gastártelo.

—Sí, hombre. Con todo lo que tengo ya, no me va a dar la vida para gastarlo y posiblemente hasta me caduque. —Me reí—. No quiero un dinero que no me pertenece.

—Pues bien que cogiste el de tu madre y de tu abuela.

—Estoy en shock , Ernesto. Jamás habría imaginado algo así.

—¿Y en qué cambia la película?

—Nada, nada. Por favor, en nada —respondí con ironía mientras ponía los ojos en blanco.

—Pues no debería cambiar. Mi estatus no cambia quién soy ni lo que siento por ti y, mucho menos, el hecho de que seguiremos trabajando en el mismo equipo.

—Pero no entiendo cómo no tienes privilegios. Siempre estás ahí dándolo todo en un departamento en el que nos encargamos de que las entregas de los vehículos salgan a tiempo.

—Todo tiene su lógica. La empresa cuenta con grandes profesionales que se ocupan de la dirección, la estrategia y la administración. A mí me gusta más estar en este lado. Y luego, obviamente, reviso todo desde mi pequeñito ático. —Apretó los dientes.

—Sigo en shock , Ernesto. Te juro que no me lo vi venir.

—¿Y crees que cualquier empleado se lo vería venir?

—Por supuesto que no.

—Pues ya sabes que quiero que esto siga siendo un secreto.

—Lo será. No tengo ganas de perder mi puesto —bromeé.

—Jamás mezclaría lo personal con lo laboral. Eso sí, siempre y cuando no me vendas. —Carraspeó conteniendo aquella risa de medio lado.

—Qué fuerte, Ernesto. Qué fuerte.

—Y, aun así, me pedirás a gritos que me case contigo.

—Sí, claro. —Puse los ojos en blanco.

—Lo que no entiendo es cómo nadie se ha dado cuenta de dónde vives o de lo de este yate…

—No voy mostrando mi vida. Actúo con normalidad y no suelo dejar que nadie entre en ella, salvo mi mejor amigo de toda la vida, David, y ahora tú.

—¿David, el de Recursos Humanos?

—Ese mismo.

—Ah, bueno. Ya veo que hay alguien más que sabe quién eres.

—Mi círculo más íntimo. —Me guiñó un ojo.

—Bueno, y los equipos de Dirección y Administración.

—El equipo de Dirección habla con la dirección de Alemania, que es desde donde reciben las órdenes. Ellos tampoco saben nada de mí. Aquí solo lo sabe el jefe de Administración.

Jaime apareció con la paellera, que tenía una pinta brutal, la dejó a un lado de la mesa y nos sirvió. También puso en el cuenco de Mía una porción de arroz limpio, sin ningún trozo de marisco.

Yo seguía flipando. ¿Cómo se suponía que debía mirar a Ernesto a partir de ese momento?

Era el dueño de la empresa, casi nada. No un trabajador que ocupaba un cargo en mi departamento y punto.

Por mucho que él insistiera en que nada tenía por qué cambiar, desde mi perspectiva sí lo hacía y me estaba costando digerirlo.

—Está riquísima —dije después de probar la paella.

—¿Y tienes que decirlo con ese tono tristón?

—Es que no salgo de mi asombro. Si te soy sincera, en ese momento habría preferido que fueras el trabajador que yo creía.

—¿Envidia?

—¡No! —Solté una carcajada.

—No cambia nada. Mis sentimientos hacia ti llevan mucho tiempo creciendo, desde la primera vez que te vi por la empresa.

—Me cuesta asimilarlo todo.

—Nada cambiará entre nosotros, preciosa. Aún te queda mucho por saber, pero creo que será mejor que te lo vaya contando por fascículos para que puedas digerirlo.

—No sé yo si es mejor ir por fascículos, como dices, o que lo sueltes todo de golpe. —Negué con la cabeza, agobiada.

—Date tiempo para asimilar esto. Detrás hay una historia familiar de la que te prometo que en ese momento no me apetece hablar. Hay heridas que no se curarán nunca y prefiero disfrutar de los días que nos quedan. Ya habrá ocasión de abrirme en canal y contártelo todo.

—Tranquilo, te entiendo.

—Y ahora sigue disfrutando de la paella, que, como dices, está riquísima.