Capítulo 20
Desperté en la cama que me había parecido más cómoda de todas las que había probado en mi vida.
Ernesto seguía a mi lado y, en cuanto Mía nos vio movernos, se subió a la cama para saludarnos y se colocó entre los dos, por encima de las sábanas. La abracé y le di un besito con mucho cariño en la cabeza mientras le daba los buenos días.
—Le das los buenos días a ella mejor que a mí.
—Celoso.
—Muchísimo.
Se acercó para besarme y Mía metió la cabecita entre los dos para conseguir también su beso.
Era tan mona…
Nos levantamos y, mientras Ernesto bajaba a Mía al parque canino que había a pocos metros del edificio, yo me dispuse a preparar el desayuno y también su cuenco con pienso y unos trocitos de carne.
No tardaron mucho en subir y Mía se puso de lo más contenta en cuanto vio su comida. Nosotros salimos a la terraza para desayunar.
Aquel era nuestro primer amanecer allí y, para mí, ese rincón exterior superaba a todos los que habíamos disfrutado durante el viaje.
Las vistas al mar, con la piscina infinita delante, eran una auténtica pasada.
Ni en mis mejores sueños habría imaginado que Ernesto vivía en un lugar tan espectacular.
No tenía ni idea de a qué se dedicaban sus padres ni sabía demasiado sobre su familia, pero que tenían poderío económico era evidente. Si lo habían ayudado a comprar algo así, ¿qué no tendrían ellos?
La realidad era que prefería no preguntar. Quería que fuese él quien, cuando se sintiera preparado, me contase qué había detrás de aquella falta de relación con su familia a pesar del nivel económico que parecía tener.
La paz que se respiraba durante el desayuno resultaba de lo más relajante. No daban ganas de moverse de la mesa y, además, Ernesto se había llevado la cafetera a la terraza para no tener que estar entrando cada vez que quisiéramos otro café de cápsulas.
—Entonces, ¿me estoy ganando que me pidas a gritos que me case contigo?
—Lo mismo que si vivieras en una chabola. Eso lo tienes difícil. A mí no me impresiona el patrimonio ni el estatus, me impresiona la persona. Pero de ahí a que te pida a chillidos que te cases conmigo… como que no entra en mis planes. —Me reí.
—Entonces no te enseño mi yate por ahora.
—Sí, claro. Lo que me faltaba ya es que aparecieras con un yate. Ahí sí que te vinculo directamente con el narco.
—¿Te imaginas ser la mujer de un narco?
—Prefiero ni imaginarlo. Aunque un narco no perdería el tiempo trabajando en una empresa, por muy bien posicionado que estuviera.
—Buena apreciación. —Carraspeó con aquella sonrisita de medio lado.
—Nos podemos ir hasta el domingo en el yate y así aprovechamos los días que nos quedan libres recorriendo la costa de Cádiz.
—Claro que sí, guapo —le dije siguiéndole la broma.
—Pues recoge otra vez tu ropa y los bañadores, que nos vamos.
—Mira, como me lleves a un yate y sea verdad, te juro que empiezo a cagarme.
—A Mía le encanta navegar, ¿a que sí? —le preguntó, y ella movió el rabo.
—Madre mía, que me está empezando a dar miedo.
—Tranquila, no hay nada ilegal.
—Es que me estás poniendo de los nervios. Primero, todavía no me has cobrado nada del viaje; segundo, me regalaste un pastón en productos; tercero, apareces con uno de los áticos más caros de la ciudad y ahora me dices que tienes un yate. Tiene que ser una broma.
—Lo mismo es un barquito, pero lo pasaremos bien.
—No, si al final vas a ser el hijo del rey camuflado en la empresa para investigar la procedencia de los vehículos.
—¿Y qué tiene que ver la Casa Real con las infiltraciones? —Se rio.
—Déjame, que me estoy montando mi propia película.
—Tendremos que hacer una buena compra para llevarnos.
—Lo tuyo es gastar, si es que… —Negué con la cabeza mientras sostenía la taza de café entre las manos.
—Nos lo vamos a pasar pipa y, además, haremos un cierre de vacaciones por todo lo alto.
—Ernesto, dime que estás bromeando.
—Había una vez un barquito chiquitito… —Comenzó a cantar.
—No juegues con mis emociones. Y no lo digo porque eso de que supuestamente tengas un yate vaya a hacerme más feliz, sino porque me haría sentir que no te conozco del todo y ya llevo demasiadas sorpresas.
—Pues tienes que recoger otra vez la ropa porque nos vamos, ¿a que sí? —volvió a preguntarle a Mía.
—Y dale con preguntarle a la perra, ni que te entendiera.
—Eso crees tú. Mira. Mía, tráeme tu collar, que nos vamos a navegar.
La perra se marchó hacia el interior y apareció poco después con el collar en la boca.
Me quedé perpleja.
Si le hubiese dicho «calle», todavía lo habría entendido, pero ¿navegar?
Ernesto se puso a hacer una compra por internet para recogerla dos horas más tarde. Así solucionaba él la vida. Yo todavía seguía pensando que todo aquello tenía que ser una broma y que terminaríamos en cualquier otro sitio de los alrededores.
Volví a preparar mi maletita con la ropa que había llevado a su casa, añadí los bañadores y, un rato después, salimos hacia el supermercado para recoger la compra.
Seguía sin poder creerlo. Al menos esperaba que todo tuviera alguna explicación, aunque no paraba de preguntarme si realmente existiría.
Llegamos al aparcamiento del supermercado, donde había un punto de recogida, y cargamos las bolsas en el coche. Yo continuaba incrédula ante todo aquello.
Mía iba en el asiento trasero, bien sujeta, aunque de pie y moviendo el rabito sin parar.
Nos dirigimos hacia el puerto deportivo de una localidad cercana, donde había unos yates capaces de quitarle el sentido a cualquiera. Ernesto no dejaba de mirarme de reojo y aquella media sonrisa seguía instalada en su cara.
Había uno que destacaba por encima de todos. Era el típico yate que una veía asociado a millonarios o jeques y que parecía sacado de una revista.
Obviamente no podía ser ese.
Porque entonces sí que iba a empezar a preocuparme de verdad.
Ernesto colocó en un carrito las bolsas con la ropa, la comida, la bebida y todas las cosas de Mía. Después dejó el coche en el aparcamiento privado y comenzamos a caminar por la pasarela de madera hacia la zona donde estaban atracados los yates.
—Dime que no —solté cuando vi que se dirigía precisamente hacia aquel impresionante barco.
—Vamos, ¿qué esperas?
Me quedé clavada en el sitio.
—Dime que no es cierto.
—Adelante. Bienvenida a mi segunda casa.
—Tú hoy me vas a tener que dar muchas explicaciones —le advertí muy seria mientras lo seguía hacia el interior.
Nos recibió el capitán junto con otro joven, ambos uniformados. El más joven cogió enseguida el carrito para encargarse de colocar todo.
—Esto es alquilado, ¿verdad?
—No, no lo es. —Soltó una risilla.
Jaime, el más joven, apareció poco después con dos copas de vino blanco, mientras Jorge, el capitán, comenzaba a preparar todo para abandonar el puerto.
No sabía ni cómo describir algo así ni dónde mirar primero. Todo a mi alrededor resultaba tan impresionante que me costaba asimilar que aquel yate formara parte de la vida de Ernesto.
—Por nosotros. —Brindó Ernesto mientras Mía recorría la cubierta feliz.
—Hoy me vas a contar todo.
—Luego, quizá después de unos vinitos.
Poco después se acercó un joven de una empresa de marisco y le entregó a Jaime una langosta junto con otras cosas. Ernesto me explicó que iban a prepararnos un arroz para comer que, según él, me iba a quitar el sentido.
Yo seguía flipando con todo lo que tenía alrededor, especialmente con la piscina del propio yate, tan espectacular que costaba apartar la vista de ella. En toda mi vida había visto tanto lujo como durante aquellos dos días en los que había empezado a adentrarme de verdad en la intimidad de Ernesto.
Esperaba que todo aquello tuviera algún sentido, porque cada nueva sorpresa conseguía que por mi cabeza empezaran a pasar demasiadas cosas…