Por favor, ¡cásate conmigo! Capítulo 19
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Capítulo 19

Llevábamos tres días disfrutando de la playa, comiendo en los chiringuitos e incluso saliendo a cenar. Estábamos aprovechando a tope aquellos últimos días de vacaciones y todavía nos quedaban algunos más.

Ese día habíamos quedado para comer en casa de mis abuelos, donde también irían mis padres.

Ernesto se había levantado temprano para ir a por pan y recoger una tarta de turrón que había encargado el día anterior en una pastelería con mucha fama que había en mi calle. Quería llevarla de postre a casa de mis abuelos.

Lo escuché llegar y salí para ayudarlo a preparar el desayuno. Venía con un ramo de flores precioso que me entregó junto con un beso y un «te quiero» que sonó cargado de verdad.

Preparé el ramo para colocarlo en uno de mis floreros de cristal mientras él hacía el café y las tostadas.

Estaba de lo más emocionada con aquellos detalles que tenía conmigo y que conseguían hacerme sentir todavía más especial de lo que ya me había sentido durante todos los días que llevábamos juntos.

Aquella mañana me había levantado con muchas ganas de ponerle mantequilla salada a la tostada, lo que hizo que él también se animara. Y es que estaba tan rica…

Después de desayunar preparé una bolsa con mis cosas porque, al salir de casa de mis abuelos, nos iríamos a su piso para pasar allí unos días. Me lo había pedido y a mí también me hacía ilusión conocer su espacio más personal y empezar a formar parte de él.

Llegamos a casa de mis abuelos, donde mis padres ya estaban disfrutando de un poco de queso acompañado de una copa de vino. Nos recibieron entre abrazos y sonrisas por tenernos allí con ellos. No podía tener una familia mejor.

—No debiste traer nada —le recriminó mi abuela cuando Ernesto le entregó la tarta y la botella de vino que había llevado.

—Claro, no solo voy a traer a su nieta para que coma —contestó, provocándonos una carcajada.

—Te recuerdo que esta es mi familia.

—Y la mía, que en nada habrá enlace.

—Dios te oiga —murmuró mi abuela.

—¡Mamá! Di algo.

—Todos queremos boda —contestó ella con una risita cómplice mientras miraba a Ernesto.

—No te queda otra que pedirme a gritos que me case contigo.

—Vas apañado. Por cierto, dile a mi familia que todavía no has aceptado coger un euro del viaje y que no he pagado ni el agua.

—Y encima se llevó un montón de cosas para pintarse la cara.

—Se llama maquillaje y skincare , y sí, te pasaste comprándome cosas.

—Hija, le vas a tener que gritar eso de que se case contigo —me animó mi abuela mientras ponía una bandeja de esas croquetas que nunca faltaban.

—Eso, poneos de su parte. ¡Qué bonito! Tener familia para esto.

—Yo me mantengo neutral —dijo mi padre.

—Por poco tiempo, suegro —le contestó el descarado de Ernesto.

Mi familia se reía con las ocurrencias de Ernesto y yo, aunque fingía estar ofendida, estaba encantada de escucharlo decir aquellas cosas. Me tenía de lo más enamorada.

Para comer, mi abuela había preparado un montón de costillas de cordero al horno que eran todo un espectáculo para el paladar. Ernesto no paraba de felicitarla por su mano en la cocina.

—A ver si aprendes de tu abuela —me dijo dándome con el codo en el brazo.

—¿Para qué? Si ya te tengo a ti para que me cocines.

—Estáis viendo cómo se aprovecha de mí, ¿verdad?

—Eres tú el que siempre se adelanta a todo. —Me encogí de hombros.

—A partir de ahora me voy a cruzar de brazos.

—Venga, te apoyo —le dije ante la risa de todos.

—¿Lo vas a hacer todo tú?

—No, me voy a cruzar de brazos también. —Le hice una mueca.

La comida fue un no parar de risas y, cuando llegó el momento de despedirnos, Ernesto todavía tuvo que hacer la broma de decirme que devolviese a mi abuela y a mis padres el dinero que me habían dado para el viaje, ya que no había hecho uso de él.

—Tira para la calle, que al final te voy a tener que dar una patada en el culo —le dije.

—Lo estáis viendo. Demasiado aguanto para lo mal que me trata —decía mientras se despedía de mi abuela con dos besos y de los demás con un apretón de manos—. Me la llevo para mi casa e intentaré devolverla más dócil.

—Mejor quédatela —le contestó mi abuela.

—¡Abuela! —resoplé antes de negar con la cabeza y echarme a reír.

Salimos de casa y nos dirigimos hacia su piso en el coche. No podía parar de reírme porque lo que había liado Ernesto durante toda la comida y la sobremesa no era ni medio normal. Los había tenido a todos a carcajadas con sus ocurrencias.

Se dirigió hacia la zona en la que yo sabía que vivía, aunque desconocía exactamente en qué edificio. Mi sorpresa llegó cuando entró en el aparcamiento de uno bastante lujoso y conocido por ser residencia de gente adinerada de la ciudad.

—No me dirás que vives en este edificio —dije alucinando cuando estacionó el coche en una plaza privada y cerrada.

—Sí, pero en un ático pequeñito.

—¿Ático pequeñito?

—¿Qué pasa? —me preguntó riéndose.

—Aquí un ático pequeñito puede costar… ¿setecientos mil euros? ¿Eres hijo de un marqués?

—De un hijo de puta —murmuró tan campante.

—No, en serio. Me estás vacilando.

Sacó las cosas del maletero con aquella sonrisa y nos dirigimos al ascensor, donde puso su huella para poder subir al ático.

—Quita esa cara de tonta.

—Estoy flipando, en serio. Que ganamos bien, pero de ahí a vivir aquí…

—Ya te dije que me «ayudaron» mis padres. —Hizo el gesto de entrecomillar la palabra con los dedos.

—¿Qué secreto tienes para que te hayan pagado algo así?

—Algún día te contaré. —Me acarició la cara mientras me dedicaba una sonrisa de oreja a oreja.

Flipando. Me había quedado completamente flipando, aunque todavía me faltaba descubrir lo mejor. Cuando se abrió la puerta del ascensor, comprobé que todo el rellano pertenecía a su vivienda y que allí solo había una puerta: la de su casa.

Al entrar y descubrir las dimensiones del lugar, me quedé todavía más perpleja.

Pero antes de que pudiera fijarme demasiado en nada, una preciosa perrita marrón, con la carita arrugada y la mirada más tierna que había visto en mi vida, corrió hacia Ernesto moviendo el rabo y dando saltos de alegría.

—Dime que no la has dejado sola tanto tiempo, por Dios.

—Mía, cariño. —La cogió en brazos mientras ella lo llenaba de lametones, ignorando por completo mi comentario—. Mira a quién traigo, a la compi más guapa de toda la empresa.

—Ernesto… —dije en un tono que exigía explicaciones mientras le acariciaba la cabecita a la perra.

—Tranquila, que no se ha quedado sola. Ha estado muy bien cuidada por Begoña, la mujer que me limpia el ático y que también se encarga de ella cuando yo no estoy. Se la llevó a su casa y la ha dejado aquí hace un rato porque le escribí para avisarla de que ya veníamos.

—¿Mujer de la limpieza? Joder, qué bien vives.

—Ven, te enseño el piso y dejamos las maletas en la habitación.

—El piso, dice… —Me reí.

Solo la entrada ya me pareció más grande que mi salón y mi cocina juntos. Era muy amplia y desde allí se veían las puertas que daban acceso a las habitaciones.

Tres, para ser exactos.

A la derecha había una única puerta que conducía a la suya y, cuando la abrió, por poco me caigo de culo.

—No me jodas… —murmuré incrédula.

A ver cómo explicaba todo aquello sin dejarme nada.

El dormitorio ocupaba uno de los laterales del edificio.

Nada más entrar, a la derecha, estaba la enorme cama y, frente a ella, aunque dejando bastante espacio entre ambas zonas, había un gran sofá orientado hacia una pared con chimenea y una televisión encima.

Al frente se encontraba parte de la terraza principal, con una zona techada mediante cristales móviles en la que había otro sofá de exterior, una mesa de madera y una maceta de cuerda con unas preciosas plantas verdes. Todo desprendía lujo sin necesidad de fijarse demasiado.

Junto a la televisión había una puerta, pegada a la zona de la terraza, que daba al vestidor. Y no a uno cualquiera, sino a un señor vestidor de esos que daban miedo hasta mirar. Al otro lado se encontraba un impresionante baño con una amplia ducha y un jacuzzi en forma de concha.

Y todo aquello pertenecía únicamente a su habitación…

La decoración y los muebles también me llamaron muchísimo la atención.

Predominaban las paredes blancas y el mobiliario del mismo color combinado con superficies de madera clara.

Todo estaba perfectamente integrado e iluminado, consiguiendo que, a pesar de las dimensiones y el lujo, el conjunto resultara armonioso.

Al otro lado de la vivienda estaban las otras dos habitaciones, una con cama de matrimonio y otra con dos camas individuales.

Ambas contaban con baño privado, vestidor y terraza, aunque sus dimensiones eran aproximadamente la mitad que las de la habitación de Ernesto.

El mobiliario seguía la misma línea que en el resto de la casa.

Una auténtica pasada.

Al final de la entrada, unas puertas abiertas daban paso al salón, comunicado con la cocina mediante una gran barra con encimera, parecido a la distribución de mi casa, pero aquello era otra historia por sus dimensiones y acabados.

Todo mantenía la misma línea de mobiliario y decoración que el resto del ático.

Y todavía quedaba la terraza.

Unas enormes puertas automáticas de cristal daban acceso a ella. Tenía una zona techada con una gran mesa y sillones de exterior, una piscina infinita con vistas a la playa y hasta una barbacoa.

—¡Esto es una puta locura! —exclamé mientras acariciaba a Mía, que nos había seguido todo el recorrido moviendo el rabo y ya me tenía completamente enamorada—. Dime que no eres hijo de un capo del narco o algo por el estilo.

—Tendrás que descubrirlo. —Me pellizcó el culo.

—En serio, estoy flipando. Menos mal que lo tienes pagado porque la cuota de una hipoteca de esto debe de llevarse una nómina entera.

—Mi familia tiene un buen patrimonio, no sufras por eso. Y ya sabes que mi nómina está libre.

—Y que casi cobras el doble que yo.

—Llevo más tiempo, soy jefe de equipo y tengo mis responsabilidades. —Carraspeó.

Yo no sabía exactamente cuánto ganaba, pero mi nómina era de dos mil cuatrocientos euros más cuatro pagas. Él tenía que cobrar casi el doble o incluso más porque no solo llevaba más tiempo en la empresa, sino que dirigía el equipo y era nuestro jefe de departamento.

De todas maneras, aquel ático era un lujo al alcance de muy pocos y seguramente tenía un valor superior incluso al chalé de mis padres, situado en una urbanización. Su familia debía de contar con un patrimonio considerable para que él pudiera tener algo así completamente pagado.

Seguía en shock . Nunca había visto un ático de aquellas características y mucho menos con semejantes vistas a la playa y a la ciudad.

Comenzamos a deshacer la maleta de Ernesto y a colocar sus cosas, ya que durante el viaje y los días que habíamos pasado en mi casa habíamos ido lavando la ropa. También guardé la mía en el espacio libre que había dejado para mí.

Me llamaba muchísimo la atención lo bien colocado que lo tenía todo, ordenado por colores y al milímetro.

Mía movía el rabito emocionada y yo me estaba enamorando completamente de ella. Le reproché a Ernesto que nunca me hubiese hablado de la perrita ni enseñado una sola foto, pero él se justificó diciendo que le gustaba sorprenderme.