Capítulo 18
Después de disfrutar de cuatro días en el País Vasco y llevar ya veintiún días de vacaciones, decidimos regresar a Cádiz. No porque no quisiéramos alargar el viaje, sino porque todavía nos quedaban diez días libres y nos apetecía pasarlos disfrutando de las playas de nuestra zona.
Valoramos varias opciones, pero a los dos nos pareció que esa era la más adecuada. Seguiríamos juntos, aprovechando a tope los días que nos quedaban antes de volver a nuestras obligaciones y, sobre todo, a ese trabajo que compartíamos.
Como decía Ernesto, ni allí nos íbamos a quitar de encima el uno al otro…
Nos levantamos a las siete de la mañana, llevamos las cosas al coche y pusimos rumbo al sur.
Cuando llevábamos una hora de trayecto, paramos a desayunar en un bar de carretera y aprovechamos que había una gasolinera para llenar el depósito. Nos pedimos unas tostadas con carne a trompicones, especialidad de la casa, que estaban divinas, además de llevar mantequilla.
—Verás cuando me suba al peso en casa —dije con una risita nerviosa.
—Pues no te subas. Hasta septiembre no hay peso que valga.
—Me siento inflamada. —Me toqué la barriga—. Y los pantalones me quedan más ajustados.
—Normal, llevamos tres semanas comiendo como si no hubiese un mañana.
—Todo por tu culpa.
—Ah, no. Eso se lo pienso decir a mi abogado.
—Y dale con el abogado. —Puse los ojos en blanco—. Además, si lo tuvieras, no sé cómo ibas a pagarlo después de habértelo gastado todo en productos de maquillaje para mí.
—Es verdad, regreso arruinado perdido.
—A mí, cuando lleguemos, me pasas la lista de todo lo que has gastado en compras, alojamientos y restaurantes o te la lío muy grande. Hoy saldo mi cuenta o no te hablo.
—¿Y si mejor hablamos de eso cuando me pidas a gritos que me case contigo?
—Ni de coña. Mira que hago los números al tuntún y te hago una transferencia.
—Hacienda nos investigará.
—No, porque puedo demostrar que tú lo pagaste todo y yo participé en el viaje.
—No lo veo muy claro.
—Ni falta que me hace. No me la juegues porque me niego a haber venido por la cara.
—Por la cara bonita, que eso suma.
—De eso nada. Yo pago mi parte.
Me ignoraba y me daba la sensación de que iba a tener una buena guerra con él, pero no me importaba. La libraría hasta conseguir mi victoria porque no pensaba permitir que Ernesto hubiese asumido todos los gastos del viaje, ni mucho menos. Yo no era así.
Retomamos la ruta porque todavía nos quedaban muchas horas para llegar a casa, aunque íbamos sin prisas y sin ninguna necesidad de correr para llegar antes.
Todo lo contrario, disfrutábamos del camino, de la compañía y de esa música que también había formado parte del viaje y nos hacía tararear infinidad de canciones.
Después de varias paradas para comer, repostar y comprar algún café, por fin llegamos a nuestra tierra alrededor de las siete de la tarde.
Fuimos directamente a mi casa, donde Ernesto había decidido instalarse durante los días de vacaciones que todavía nos quedaban. La idea me parecía estupenda porque, si algo quería en aquellos momentos, era seguir disfrutando de su compañía.
Tras dejar las cosas, nos fuimos al súper para hacer una buena compra porque el frigorífico estaba completamente vacío.
Cogimos el coche para ir al supermercado grande que había a la salida de la ciudad y tuvimos la fortuna, por llamarlo de alguna manera, de encontrarnos allí haciendo la compra a mi ex con Lola. Sí, tal cual.
Lo más increíble fue que ella, en cuanto nos vio, levantó la cabeza con un gesto cargado de orgullo y desvió la mirada hacia otro lado. Increíble, pero cierto. Terminaba de mostrarme su verdadera personalidad sin necesidad de decir una sola palabra.
Ernesto y yo nos miramos sonriendo y seguimos nuestro camino. Ni ellos ni nadie en el mundo iba a robarnos la felicidad. Eso sí, a Carlos le cambió la expresión por completo y la sonrisa desapareció de su cara.
¡Anda y que le jodieran!
Eso era precisamente lo que quería: verlos juntos y que Lola dejara de fingir de una vez. Para mí ya estaba tan muerta como él por hipócrita, mentirosa y falsa.
Después de llenar el carro, nos dirigimos a las cajas y, por casualidad, volvimos a encontrarlos pagando su compra justo en la de al lado.
Los dos tenían una expresión de absoluta seriedad y parecía que nuestra presencia los había incomodado.
Nosotros, en cambio, seguíamos felices de la vida porque cada vez lo éramos más y aquella nueva etapa no dejaba de llenarnos de cosas bonitas.
Estábamos colocando la compra en el frigorífico cuando llamaron a la puerta y, al abrir, me llevé la sorpresa de encontrarme con mi abuelo.
—No vengo a molestar, solo os he traído esto que me ha mandado la abuela.
—No molestas, abuelo. Pasa.
—No, que venís cansados y yo ya me voy a cenar.
Saludó a Ernesto y, después de charlar brevemente con nosotros, se marchó. Mis abuelos no podían ser más bonitos.
Mi abuela lo había mandado con un recipiente lleno de sus fabulosas croquetas y otro con unos filetes en salsa que también tenían una pinta increíble. Ernesto se puso a freír croquetas como loco, de lo más emocionado, mientras calentaba los filetes en otra sartén.
Sin esperarlo, ya teníamos la cena solucionada. Habíamos comprado unas pizzas para aquella noche, pero decidimos dejarlas para otro momento.
Antes de sentarnos a la mesa, llamé a mi madre, con la que había estado en contacto por mensajes durante todo el camino.
Me propuso que nos reuniéramos los seis para comer uno de aquellos días y a los dos nos pareció genial.
A mí me encantaba comer en familia y a mi abuela recibirnos en su casa y agasajarnos con sus impresionantes platos.
A Ernesto se le veía feliz de formar parte de aquellos planes familiares y completamente dispuesto a participar en ellos. Y yo estaba encantada de que estuviera no solo en mi vida, sino también en todo lo que me rodeaba.
Tenía claro que yo ya formaba parte de la suya, aunque no ocurría lo mismo con su familia.
Aquel seguía siendo un tema del que no quería hablarme demasiado y se notaba que existía un gran distanciamiento entre ellos.
Me causaba curiosidad, por supuesto, pero no pensaba presionarlo para obtener respuestas.
Cuando se sintiera preparado o tuviese ganas de contármelo, lo haría.
Después de cenar nos dimos una ducha y nos pusimos cómodos.
Nos sentamos en el sofá con intención de ver una película, pero los ojos empezaron a cerrársenos prácticamente solos.
El viaje nos había dejado hechos polvo y estábamos de lo más cansados, así que terminamos apagando la televisión y marchándonos a la cama.
Durante unos instantes, mis pensamientos regresaron al supermercado y a aquel encuentro con Carlos y Lola.
No porque me hubiese afectado, ya que no lo había hecho ni lo más mínimo, sino porque me había impactado la mirada de ella, llena de frialdad y desprecio, y aquel gesto orgulloso al levantar la cabeza como si quisiera demostrarme algo.
El caso era que ninguno de los dos tenía ya cabida en mi vida. Ella, en realidad, nunca la había tenido, aunque durante un tiempo me hubiese hecho creer lo contrario. Al final resultaban ser tal para cual, dos mentirosos que parecían incapaces de ser sinceros incluso consigo mismos.
Me abracé a Ernesto y le dejé un beso en la mejilla. Por su respiración tranquila, debía de estar ya en el séptimo sueño.
Era allí, entre sus brazos, donde encontraba mi paz y donde jamás habría imaginado que conseguiría sacar la mejor versión de mí misma.
—Te amo —le susurré al oído, aunque estuviese dormido.
Una sonrisa apareció en sus labios sin que llegara a despertarse.